Sesenta y cinco. Talya
Sesenta y cinco
Talya
Si alguien me hubiera dicho hace un par de meses, o incluso hace una semana, que iba a ser capaz de derribar mis propios muros para dejar que alguien se acercara tanto a mí, habría pensado que estaba completamente loco.
Durante años, mi cerebro ha estado programado para esperar siempre el golpe. Para descon fiar de todo el mundo y sobrevivir en silencio. Sin embargo, estos últimos días esa alarma constante que siempre resonaba en mi cabeza ha empezado a apagarse.
Entregarle mi confianza a Dylan me aterraba, pero él no me exige nada ni me trata como si estuviera rota. Simplemente está ahí, demostrándome con cada gesto y cada mirada que no todos los hombres son como los monstruos de mi pasado.
Cada vez que me sostiene, cada vez que me hace reír o me besa hasta dejarme sin respiración, siento que mis heridas duelen un poco menos. Es una sensación tan nueva, tan abrumadora y preciosa que a veces me da miedo parpadear y descubrir que me lo he inventado todo.
Pero es real.
Él es real.
Todo lo que estoy sintiendo es real.
Y la prueba de ello la tengo justo delante de mí.
—¡Talya, mira! —exclama Elsie, tirando de mi mano con una fuerza sorprendente para lo pequeña que es—. ¿Podemos subirnos a la noria antes de irnos? ¡Porfi, porfi!
Una ráfaga de aire helado me golpea la cara, pero no soy capaz de borrar la sonrisa que tengo dibujada en los labios.
Estamos en pleno corazón de los jardines de Princes Street.
El tradicional mercado navideño de Edimburgo es un laberinto bullicioso de casetas de madera adornadas con miles de pequeñas luces cálidas que brillan contra la oscuridad del final de la tarde.
Huele a almendras tostadas, a canela y al vapor dulce de los puestos de crepes y chocolate caliente.
Dylan se empeñó en sacarme de casa después de comer. Apareció en la puerta con Elsie con la excusa de que necesitaba refuerzos de urgencia para lidiar con la energía inagotable de su hermana pequeña. Pero sé perfectamente que no es verdad.
Sé que, en el fondo, solo quería regalarme esto.
Una tarde navideña normal.
Mi primera Navidad sin mamá se había resumido en tragar nudos en la garganta mientras Margaret y Douglas fingían una fría normalidad. Por eso, Dylan quería regalarme un recuerdo bonito y luminoso que opacara la tristeza que empezaba a asfixiarme en estas fechas.
Y lo ha conseguido.
—Enana, llevamos tres horas caminando por aquí —le recuerda Dylan—. Te has comido una crepe de chocolate, casi me tiras en la pista de hielo y llevas un gorro de reno que parpadea. Creo que ya es suficiente por hoy.
Elsie hace un puchero dramático y frena en seco tirando de nuestras manos. Después, me mira a mí, sabe perfectamente quién es el eslabón débil.
—Pero tú si quieres subirte, ¿a que sí?
Suelto una carcajada que se convierte en una pequeña nube de vaho en el aire frío de la ciudad. Miro a Dylan, que me observa con esa expresión suave y brillante que parece reservarme solo a mí, y me encojo de hombros.
—Yo no le digo que no a la inmensa noria iluminada, Ashmore —concedo.
Elsie da un salto de alegría y se suelta de nuestras manos para salir corriendo hacia la cola de la atracción.
Dylan niega con la cabeza mientras suspira divertido.
Aprovecha que su hermana se ha adelantado unos metros para acortar la distancia entre nosotros y darme un beso rápido y helado en la comisura de los labios.
Mi corazón amenaza con salirse de mi pecho si sigue tratándome así.
—Te estás ganando puntos muy rápido con ella, señorita —murmura.
—Es fácil. Solo tengo que llevarte la contraria a ti.
Por un par de horas, rodeada del ruido festivo del mercado, he sentido algo parecido a lo que es tener una vida normal. Una vida que no duele.
Sin embargo, esa burbuja se rompe cuando el coche de Dylan aparca frente a la casa de mis tíos un buen rato después. Primero hemos dejado a Elsie en su casa y soy consciente de que lo ha hecho para que pudiéramos quedarnos a solas unos minutos.
Ya en la calle, Dylan se detiene en la acera y me agarra por la cintura hasta pegarme a su abrigo para protegerme del viento.
—Si por mí fuera, te secuestraba y te llevaba a mi casa para que pasaras allí lo que queda de fiestas —murmura mientras me pasa un mechón de pelo detrás de la oreja—. Odio dejarte aquí.
Ha intentado convencerme para pasar las fiestas con él y su familia.
Y, aunque me encantaría decirle que sí, ahora que las cosas parecen estar un poco mejor en casa, por algún motivo que no termino de entender del todo, no quiero estropearlo.
—Estaré bien —le prometo en voz baja—. Últimamente, Margaret… no parece odiarme tanto. Además, sobreviviré sabiendo que te voy a ver después.
Dylan sonríe de esa forma que hace que se me acelere el pulso, se inclina y me da un beso lento y profundo que me hace olvidar que estamos a varios grados bajo cero.
Creo que estoy completamente enamorada de este chico.
—Te veo mañana, preciosa —susurra contra mis labios.
Me separo de él a regañadientes y recorro el pequeño sendero hasta el porche de la casa. Cuando llego a la puerta y me vuelvo para mirarlo por última vez, Dylan continúa en el mismo sitio: apoyado contra la puerta de su coche y esperando pacientemente a que entre.
Le dedico una última sonrisa y giro la llave en la cerradura.
En el instante en que cierro la puerta a mi espalda y lo pierdo de vista, el silencio de la casa cae sobre mí y la realidad vuelve a golpearme.
Suelto un suspiro y me quito la bufanda.
La casa está en silencio. Dejo el abrigo en el perchero de la entrada y me dirijo hacia la cocina para coger un vaso de agua, pero me detengo en seco al pasar por el salón.
Douglas lleva desde el veintiséis de diciembre en Londres solucionando un problema de última hora en la empresa y no vuelve hasta la mañana de Nochevieja. Es decir, en unos pocos días.
Margaret, últimamente, suele pasar todo el día encerrada en su habitación, así que esperaba encontrar todo a oscuras.
Pero la luz de la lámpara de pie está encendida. Ella está sentada en el sofá, encorvada sobre la mesa de centro. No está viendo la televisión ni leyendo una revista. La superficie entera está cubierta de fotografías antiguas, desperdigadas sin ningún orden.
Doy un paso involuntario hacia el interior del salón y la madera del suelo cruje bajo mis zapatillas.
Margaret da un respingo, sobresaltada. Levanta la cabeza de golpe y sus manos vuelan sobre la mesa, recogiendo las fotografías con una torpeza desesperada. Las amontona sin cuidado para meterlas en una caja de zapatos de cartón descolorido.
—¿Qué haces aquí tan pronto? —pregunta. Su voz suena ronca, más áspera de lo normal—. Pensaba que cenabas fuera.
Me quedo parada en el umbral, desconcertada por su reacción frenética.
—Hacía mucho frío. Solo hemos dado una vuelta.
Me quedo esperando algún comentario mordaz.
Pero no llega.
Margaret cierra la caja de zapatos de golpe y se levanta. Al hacerlo, la luz de la lámpara le da directamente en la cara y me quedo sin palabras. Tiene los ojos inyectados en sangre y las mejillas empapadas.
Ha estado llorando. Parece llevar horas haciéndolo.
—Bien —murmura mientras esquiva mi mirada por completo—. Estoy cansada, voy a irme a dormir. Tienes comida en la nevera.
Se aclara la garganta y abraza la caja contra su pecho como si fuera un salvavidas. Después, cruza por mi lado a paso rápido hacia las escaleras.
Me quedo sola en el salón, mirando la mesa de centro vacía, con el corazón encogido por una sensación extraña que no logro identificar.
¿Qué eran esas fotos que estaba viendo Margaret y por qué ha estado llorando mientras las miraba?