Sesenta y cuatro. Dylan
Sesenta y cuatro
Dylan
Llevo tres días viviendo en una puta nube.
Literalmente.
Si Jamie me viera ahora mismo, probablemente me daría una bofetada para comprobar si un alienígena ha abducido al antiguo Dylan y ha dejado en su lugar a este imbécil sonriente.
Pero me da igual. Me da absolutamente igual todo.
E s lunes por la tarde y doy gracias a lo que sea que haya ahí arriba de que el viernes fuera el último día de clases antes de las vacaciones de Navidad.
No sé si habría sido capaz de controlarme si hubiéramos tenido que pisar el instituto hoy y verle la cara a Emma o escuchar a algún imbécil murmurar por los pasillos sobre lo que pasó.
Pero no. Tenemos dos semanas enteras de tregua. Dos semanas sin dramas, sin que nadie nos joda y, sobre todo, dos semanas para estar con ella.
Ahora está aquí. En mi habitación.
Estoy tumbado en la cama, con las manos entrelazadas detrás de la nuca, y no puedo dejar de mirarla.
Talya está sentada en la silla de mi escritorio, con las piernas subidas al asiento y la vista clavada en el libro que compramos en la librería el otro día.
Dice que está muy interesante y que no puede esperar para terminarlo.
Desde que empezaron las vacaciones, me he propuesto que pase el menor tiempo posible en la casa de sus tíos.
Sé que el ambiente allí la asfixia, y me niego a que siga encogiéndose cada vez que cruza esa puerta.
Quiero que mi casa sea su refugio. Que se sienta tan a salvo aquí que pueda simplemente sentarse a leer en silencio, sin estar alerta.
Este fin de semana he intentado sacar el tema de su padre un par de veces, con mucho cuidado.
Me mata por dentro no saber qué cojones pasó con ese cabrón.
Pero ella enseguida se cierra en banda. Y yo, tragándome la rabia y la impotencia que me genera lo que tuvo que vivir, le he jurado que no voy a presionarla.
Odio con toda mi alma que sienta que está rota.
Odio que piense que no tiene una familia normal que la proteja y que crea que está sola en el mundo.
Pero pienso encargarme personalmente de cambiar eso.
Le voy a demostrar todos los putos días que está muy bien acompañada.
Que mi familia es la suya si ella la necesita.
La miro fijamente. Lleva puesta mi sudadera azul del equipo, por segunda vez. Le queda enorme. Las mangas le tapan hasta la mitad de las manos y el cuello le cae un poco por el hombro, dejándolo al descubierto.
Es jodidamente preciosa.
—Vas a desgastarme si sigues mirándome así, Ashmore —suelta de repente y pasa de página sin levantar la vista del libro.
—Es mi habitación. Puedo mirar lo que me dé la gana.
Talya suelta un suspiro divertido, cierra el libro de golpe y gira la silla para mirarme. Tiene las mejillas ligeramente sonrojadas, un detalle que me vuelve completamente loco. Entonces clava en mí esos ojos ámbar que ahora brillan con una paz que me fascina.
—Se supone que me has invitado a tu casa para que pueda descansar un rato. Y llevas una hora taladrándome con la mirada.
—Y tú llevas una hora ignorándome por un libro de ficción —replico mientras me incorporo hasta quedar sentado en el borde de la cama—. Además, es imposible no mirarte cuando estás usando mi ropa como si fuera tuya. Es una táctica de distracción muy sucia, Talya.
Ella pone los ojos en blanco, pero la sonrisa la delata.
—Has sido tú el que me la ha ofrecido porque tenía frío.
—No podía desaprovechar la oportunidad de ver lo bien que te queda.
Se muerde el labio inferior para intentar esconder la sonrisa, pero no lo consigue.
Ese simple gesto hace que mi cerebro haga cortocircuito.
Me levanto de la cama y apoyo las manos en los reposabrazos de la silla.
Talya levanta la vista. Su respiración se vuelve un poco más rápida, pero levanta las manos y las coloca sobre mi pecho.
—¿Qué haces?
—Intento comprobar una teoría científica. —Me inclino hasta que mi cara está a centímetros de la suya.
—Ah, ¿sí? ¿Y cuál es esa teoría?
—Que soy físicamente incapaz de estar a menos de un metro de ti sin besarte.
Ella suelta una risa suave.
—Pues sí que tienes un problema grave de adicción.
—Ni te lo imaginas.
Acorto la distancia y atrapo sus labios. Ella me responde al instante, abriendo la boca y deslizando las manos desde mi pecho hasta mi nuca.
Creo que nunca voy a asimilar que esto esté ocurriendo de verdad.
Creo que soy el tío más afortunado del puto universo.
Me separo de ella lo justo para respirar. Luego, me siento en el borde de la cama y, sin soltar los reposabrazos, tiro de ella hacia mí. Las ruedas se deslizan por el suelo mientras arrastro a Talya hasta dejar la silla encajada exactamente entre mis piernas.
Ella suelta un pequeño jadeo por la sorpresa del movimiento y abre los ojos de golpe, pero antes de que pueda quejarse, la agarro por la cintura y clavo mi mirada en la suya.
—Me vuelves completamente loco, Talya Monroe —murmuro contra su boca.
Y, sin darle tiempo a responder, vuelvo a besarla. Esta vez con más hambre. Marcando el ritmo y dejando clarísimo que el libro que estaba leyendo acaba de pasar definitivamente a la historia.