Si decides quedarte Sesenta y tres. Talya
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Sesenta y tres. Talya

Sesenta y tres

Talya

Dylan Ashmore me está besando.

Estoy besando a Dylan Ashmore.

El mundo entero se reduce a la presión de su boca contra la mía.

Sus labios son suaves, mucho más de lo que me imaginaba, pero hay una firmeza en ellos que me ancla al suelo. El tacto helado de sus dedos en mi cuello contrasta de golpe con el calor abrasador que me inunda el pecho al tenerlo tan cerca.

Mis manos siguen aferradas a la tela de su chaqueta, con los nudillos blancos por la fuerza que estoy haciendo.

Una parte de mi cerebro, la que lleva años programada para sobrevivir, esperaba que el pánico estallara en cuanto se acercara.

Esperaba que la alarma sonara, que la sensación de asfixia me cerrara la garganta.

Pero no siento nada de eso.

No hay monstruos y no hay miedo.

Solo está Dylan.

Mueve sus labios sobre los míos despacio, con un cuidado infinito. Es un beso dulce, pero cargado de urgencia. Noto sus dedos hundidos en mi pelo, acariciándome la nuca con una suavidad que me hace soltar un suspiro tembloroso en su boca.

Ese pequeño sonido parece romper la última barrera de su autocontrol.

Dylan suelta un gruñido sordo y profundo que me vibra en el pecho.

Desliza una de sus manos hasta mi cintura y acorta el milímetro de espacio que quedaba entre nosotros, atrayéndome por completo contra su cuerpo.

Su beso se vuelve más profundo, más exigente. Yo respondo colocándome un poco más de puntillas y devolviéndole el beso con la misma necesidad desesperada.

Abro ligeramente la boca para darle paso y siento un estallido de emociones que pensaba que era incapaz de sentir.

Mientras sus labios se mueven contra los míos y sus manos me sostienen con tanta firmeza, la única certeza que me queda es la misma que acabo de confesar.

Estoy a salvo.

Con él.

Y, por primera vez en mucho tiempo, mi cuerpo también se lo cree.

Estoy justo donde quiero estar.

No sé cuánto tiempo pasamos así. Estoy perdiendo por completo la noción de todo lo que nos rodea.

Cuando el aire empieza a convertirse en una necesidad vital, nos detenemos.

Dylan es el primero en frenar, aunque lo hace con una reticencia que me hace sonreír contra su boca.

Se aparta apenas un par de centímetros, lo justo para que nuestras respiraciones agitadas choquen en el espacio que nos separa, pero no me suelta.

Su mano sigue anclada a mi nuca y la otra me sujeta por la cintura con una firmeza posesiva.

Apoya su frente contra la mía.

Abro los ojos despacio, todavía aturdida por la sacudida de adrenalina, y me encuentro directamente con los suyos. El verde de su mirada es tan intenso, tan profundo y brillante en este momento que me corta la respiración.

—Joder, Talya —susurra con la voz ronca y el pecho subiendo y bajando a un ritmo frenético—. Si llego a saber que ibas a besarme así, te juro que no habría podido esperar tanto.

—Tú fuiste el que me dijo que esperaría todo el tiempo del mundo —le recuerdo en un murmullo y dejo que mis manos, que siguen agarradas a su chaqueta, se relajen un poco.

—Y lo habría hecho. —La intensidad vuelve a su rostro, borrando cualquier rastro de broma. Su pulgar acaricia el borde de mi mandíbula con una suavidad extrema—. Te habría esperado toda la vida si me lo hubieras pedido.

El corazón me da un vuelco tan fuerte que me deja sin defensas.

Me quedo sin palabras.

Así que hago lo único que me sale.

Dejo caer la frente contra su pecho y escondo la cara en su chaqueta. Cierro los ojos y escucho el latido desbocado de sucorazón contra mi oreja, dándome cuenta de que va exactamente al mismo ritmo que el mío.

Dylan reacciona al instante.

Me rodea con ambos brazos y me envuelve en un abrazo firme. Después, apoya la mejilla en la parte superior de mi cabeza con un suspiro largo y profundo.

Nos quedamos así un momento, en silencio, simplemente respirando el mismo aire.

—Ahora tenemos un problema, chica nueva.

Me separo apenas unos milímetros, lo justo para poder levantar la cabeza y mirarlo a la cara. Tiene el ceño ligeramente fruncido, pero hay un brillo juguetón y peligrosamente oscuro bailando en sus ojos verdes.

—¿Qué problema?

Dylan levanta una mano y me aparta un mechón de pelo de la cara, deslizando los dedos por mi mejilla hasta acunar mi mandíbula. Su pulgar roza mi labio inferior, lo que me envía una descarga eléctrica directa a la base de la columna.

—Que llevo semanas soñando con cómo sería besarte. Y resulta que la realidad es un millón de veces mejor que cualquier cosa que tuviera en la cabeza. Creo que me acabo de volver completamente adicto a ti, Talya Monroe.

El corazón me da un vuelco salvaje.

Es increíble lo que este chico consigue sacar de mí.

Hace un par de horas sentía que el mundo se acababa y, ahora mismo, bajo sus manos, me siento invencible.

—Ah, ¿sí? —murmuro con una extraña valentía y me atrevo a pegar mi cuerpo un poco más al suyo.

La respiración de Dylan se entrecorta a la altura de su garganta. Sus ojos vuelan de nuevo a los míos, sorprendidos por mi atrevimiento, y una media sonrisa preciosa, puramente Ashmore, tira de la comisura de sus labios.

—Sí —asegura—. De hecho, no sé cómo cojones voy a ser capaz de soltarte ahora mismo.

Y, para demostrármelo, vuelve a inclinarse hacia mí.

Esta vez no hay urgencia ni desesperación. Es un beso lento, profundo y deliberado, diseñado exclusivamente para que se me olvide mi propio nombre.

Abro los labios bajo los suyos con un suspiro.

Sin dudarlo, me dejo llevar y subo las manos desde su pecho hasta sus hombros para enredar los dedos en el pelo de su nuca.

Dylan emite un sonido grave y gutural al sentir mi tacto, un gruñido sordo que me hace temblar las piernas.

Acto seguido, me aprieta más contra él hasta que nos fundimos el uno con el otro en medio del frío de la calle.