Sesenta y dos. Dylan
Sesenta y dos
Dylan
Jamie
Ashmore, Monroe quiere verte.
Ni siquiera he terminado de leer el mensaje completo. Llevo no sé cuánto tiempo encerrado en el coche, con el motor apagado y las manos apretando el volante. Estaba tan consumido por los nervios y la culpa que conducir hasta casa me parecía imposible; me negaba a alejarme sin saber nada de ella.
Arranco y salgo del aparcamiento del Evercrest tan rápido que las ruedas chirrían contra el asfalto.
Me está matando no saber cómo se encuentra. Necesito que esté bien. Necesito asegurarme de que esas víboras no la han destrozado más de lo que ya lo estaba.
Me da igual si tengo que suplicarle para que me crea.
Me arrodillaré si hace falta para que entienda que nunca la traicionaría.
Todo eso me da igual con tal de que ella esté bien.
Aparco de cualquier manera frente a la casa de los Hartley y salgo del coche antes incluso de que el motor termine de apagarse. Me quedo petrificado cuando la veo allí, esperando en la acera.
Se ve tan pequeña… Tan jodidamente frágil…
Da un paso hacia mí y es entonces cuando salgo del trance y hago lo mismo: me acerco a ella.
—Talya —pronuncio su nombre en un susurro y analizo cada centímetro de su cara. Tiene los ojos hinchados de haber estado llorando y, aun así, está igual de preciosa que siempre—. ¿Cómo estás? ¿Estás bien?
Ella me mira y, por un segundo, el tiempo se congela. No veo odio en su mirada.
—Estoy mucho mejor que antes —responde. Su voz es suave y noto que hace un esfuerzo por esbozar una pequeña sonrisa—. Aunque un poco preocupada, porque según Jamie estabas a punto de mudarte a otro planeta.
Parpadeo, completamente descolocado. Venía preparado para cualquier cosa. Y ella… ella me sale con esto.
El aire que no sabía que estaba conteniendo se me escapa de golpe en forma de una risa ronca.
—Jamie es un bocazas —murmuro mientras me paso una mano por el pelo. La tensión de mis hombros por fin empieza a ceder—. Pero no le falta razón. Si me hubieras vuelto a mirar igual que lo hiciste en la sala de conferencias, creo que ahora mismo estaría buscando billetes para Marte.
Su sonrisa se desvanece para dejar paso a una vulnerabilidad que no me gusta ni un pelo.
—Lo siento —susurra con la vista fija en sus zapatillas—. Todo en mi vida es complicado, Dylan. Y pensé que tú…
No la dejo terminar. Levanto la mano y, sin casi tocarla, le aparto un mechón de pelo castaño que el viento le ha cruzado por la cara.
—No tienes que pedirme perdón. Joder, que estés aquí hablando conmigo ya es suficiente. Entiendo que después de… —La sangre me vuelve a hervir solo de acordarme de Emma, pero me obligo a tragarme la rabia—. Tenías derecho a pensar lo peor.
Ella niega con la cabeza levemente y, al hacerlo, se inclina hacia mi mano, que había quedado suspendida en el aire. Cierra los ojos al sentir mi tacto, como si llevara horas necesitándolo.
«Joder, yo sí que la necesito a ella», pienso.
—He sentido mucho miedo porque tú… Quiero decir, porque yo nunca me había sentido tan a salvo con nadie como cuando lo estoy contigo. Y pensar que tú habías traicionado mi confianza… —Hace una pausa para tragar saliva—. Creo que eso me ha dolido mucho más que todo lo demás.
Escuchar eso me revienta el pecho. Pero ella no ha terminado, sus ojos se clavan en los míos.
—Cuando salí corriendo… —Le tiembla la voz, pero no aparta la mirada—. No podía parar de pensar en que había perdido lo único bueno que me había pasado desde que llegué a Edimburgo.
Joder.
Creo que me voy a desmayar ahora mismo.
Esa confesión hace saltar por los aires el último muro de contención que me quedaba en el cuerpo. A la mierda el ir despacio. A la mierda mis reglas, mis límites y la fachada de tío que siempre tiene la situación bajo control.
No me queda ni un atisbo de paciencia en el cuerpo. Me duele físicamente.
Doy el paso que nos separa, hasta que el calor de su cuerpo choca contra el frío del mío. Ella no se aparta, levanta la cabeza para seguir mirándome a los ojos.
Bajo la mirada hacia su boca. Sus labios están ligeramente separados y solo puedo escuchar su respiración acelerada mezclándose con la mía. La electricidad que hay entre los dos está a punto de matarnos.
—Voy a besarte, Talya.
Ella no retrocede. Al contrario, asiente muy despacio.
Deslizo mis manos por su cuello, hundiendo los dedos en su pelo para sostenerla.
Sus manos ascienden con lentitud, casi temblando, hasta agarrarse a la tela de mi chaqueta.
Se aferra a mí con una urgencia que me manda directo al abismo y se pone un poco de puntillas para acortar todavía más la distancia.
—Por favor —suplica en un suspiro roto que roza mi boca.
Es todo lo que necesito. Acabo con el último milímetro de cordura que me quedaba, cierro los ojos y, por fin, aprieto mis labios contra los suyos.
«Creo que estoy en el jodido paraíso».