Si decides quedarte Sesenta y uno. Talya
82%

Sesenta y uno. Talya

Sesenta y uno

Talya

El silencio en la habitación de Alice pesa toneladas.

Estoy hecha un ovillo en el centro de su cama, abrazada a mis propias rodillas.

Acabo de soltarlo todo. Mi garganta arde co mo si hubiera tragado arena y tengo la voz ronca, pero el nudo de secretos que me asfixiaba el pecho por fin se ha deshecho.

Les he contado la verdad. Todo lo que Emma gritó por ese maldito micrófono, pero sin su veneno.

Les he hablado de mi madre, del infierno que viví con el monstruo al que llamaba papá y de la realidad de por qué ahora estoy atrapada bajo el mismo techo que mi tía Margaret.

Nunca pensé que sería capaz de pronunciar esas palabras en voz alta delante de nadie más.

Pero, cuando Alice me encontró tirada en el suelo del baño del instituto, incapaz de respirar, no me acribilló a preguntas ni me exigió explicaciones; se limitó a abrazarme en el suelo helado hasta que los pulmones me volvieron a funcionar.

Y, cuando Jamie nos metió a escondidas en su coche, vi a Noa, en el asiento del copiloto, temblando de rabia por lo que me habían hecho.

Nadie, jamás en toda mi vida, me había cuidado así.

Han sacado las garras por mí sin dudarlo ni un segundo. Y me he dado cuenta de que se merecían la verdad.

Ahora, Noa no para de dar vueltas por la alfombra de la habitación como una leona, limpiándose un rastro de rímel corrido bajo el ojo.

—Es que te juro que vuelvo y la mato —gruñe mientras se cruza de brazos con tanta fuerza que se le marcan los nudillos—. ¡Debería haberlo hecho cuando intenté subir al escenario! Hay que estar podrida por dentro para hacer algo así delante de todo el instituto.

—Noa, para, la estás agobiando —le pide Alice en voz baja. Mi amiga está sentada a mi lado en el borde de la cama y me frota la espalda con movimientos circulares lentos y constantes.

Niego con la cabeza, apretando la mandíbula y tirando un poco más de la manta polar que me cubre los hombros.

—No me agobia —susurro—. Tiene razón. Todo el instituto lo sabe. Ya no hay ningún secreto.

Alice me aprieta un poco más contra ella.

—No tienes de qué avergonzarte, ¿vale? La única que debería tener vergüenza de salir a la calle es Emma. Nosotras estamos aquí. No estás sola.

Sus palabras me calientan un poco el pecho, pero el consuelo choca de frente contra el dolor más profundo y punzante que tengo instalado en las costillas. Un dolor que tiene nombre y apellido.

Dylan Ashmore.

Cierro los ojos con fuerza y la imagen de su cara en el auditorio me golpea de lleno. Estaba allí, mirándome, justo cuando Emma soltó mi mayor secreto por los altavoces. Lo dejé entrar. Lo creí cuando me prometió que nunca me haría daño. Y me ha traicionado.

Una lágrima solitaria se me escapa y resbala por mi mejilla. Entonces vuelvo a llorar.

En ese momento, la puerta de la habitación se abre con un crujido.

Jamie entra despacio. No me importa que me vea así, con la cara empapada y hecha un desastre.

Hace apenas un rato me ha sacado de allí cuidando de mí como si fuera su propia hermana, y sé que con él no tengo nada que temer.

Tiene el ceño fruncidoy el teléfono móvil apretado en la mano derecha.

Cierra la puerta a sus espaldas y se apoya contra la madera. Entonces me mira fijamente.

—¿Estás un poco mejor? —me pregunta con un tono extrañamente suave.

—Como si me hubiera pasado un camión por encima —admito con la voz rota.

Jamie asiente. Intercambia una mirada rápida con Noa y luego vuelve a posar sus ojos sobre los míos.

—Oye, ¿puedo decirte algo? —Jamie se rasca la nuca con ese gesto nervioso que hace cuando las emociones se ponen demasiado intensas para él—. Sé que quizá ahora mismo no es el mejor momento, pero tienes que saber que Dylan está…

—No —lo corto de golpe. La mención de su nombre es como una descarga eléctrica que me recorre la columna—. Jamie, por favor.

—Pero, Talya, si solo me dejaras…

—¡He dicho que no! —Mi voz sale más alta de lo que pretendía, rota por la rabia—.

Lo siento, Jamie. Sé que es tu mejor amigo, pero…

—Me limpio una lágrima que empieza a resbalar por mi mejilla—.

Ahora mismo me duele, Jamie. Se lo conté a él, me hizo confiar en él y por su culpa ahora todo el mundo lo sabe.

Me hundo más en la manta, escondiendo la barbilla. El silencio regresa, pero esta vez es incómodo. El hermano de Alice suspira y se sienta en la silla del escritorio, inclinándose hacia delante.

—Vale, no hablemos de él. —Alza las manos en son de paz—. Hablemos de lógica. Noa, tú estabas allí. ¿Qué es exactamente lo que ha reconocido la Barbie diabólica?

Noa entorna los ojos tras captar el juego de Jamie.

—Se coló en el despacho del director. Básicamente, robó tu expediente.

Levanto la vista. Las palabras de Noa me golpean como una ráfaga de agua helada.

—¿Mi expediente?

—Exacto. —Jamie me mira a los ojos—. Aprovecharon que Violet es la hija del director para entrar a su despacho y leer tu historial. De ahí sacaron toda esa información.

»Dylan es mi mejor amigo, Monroe. Pero no estaría aquí dando la cara por él si tuviera alguna duda de que ha tenido algo que ver con eso.

Me quedo paralizada. El aire se me escapa de los pulmones en un silbido sordo y mi mente empieza a rebobinar a toda velocidad. El coche. Dylan escuchándome mientras yo me desmoronaba.

—Espera —susurro, y siento como si un rayo de hielo me recorriera la columna vertebral—.

Yo le conté a Dylan lo de mi madre. Le conté que…

le conté que ya no estaba. Pero… —miro a Alice, que me observa con los ojos muy abiertos— nunca le hablé de mi…

de mi padre. Me daba demasiado asco, demasiada vergüenza.

El silencio en la habitación cambia de densidad. Ya no es un silencio de luto, sino de revelación. Jamie se inclina más hacia mí, apoyando los codos en las rodillas.

—¿Lo ves? Si él no lo sabía era técnicamente imposible que se lo hubiera contado a Emma. Ella sabía cosas que Dylan no.

Me llevo las manos a la cara, sintiendo que el mundo da vueltas. La traición que sentía hacia Dylan se evapora y deja en su lugar un vacío aterrador que se llena rápidamente con una culpa corrosiva.

«Te lo prometo, Talya».

Él no fue.

Él no rompió su promesa.

—Pero… ¿por qué? —me dirijo a mis amigos con desesperación—. ¿Por qué Emma ha hecho todo eso? Yo no le he hecho nada.

Jamie suelta una risa seca y niega con la cabeza.

—Porque es una puta psicópata, Monroe. Porque vive por y para su estatus de abeja reina y no soporta que alguien le robe el protagonismo o a Dylan, que es básicamente el trofeo que ella cree poseer. Su ego es un agujero negro.

—Está mal de la cabeza —sentencia Noa, quien detiene por fin su caminata—. No necesita una razón lógica. Solo necesitaba un objetivo para demostrar quién manda. Y te eligió a ti porque sabe que Dylan…

—Porque Dylan jamás la había mirado como él te mira a ti —termina Jamie por ella—. Eres una amenaza para su pequeño imperio de popularidad.

Parpadeo, procesando sus palabras mientras el corazón me da un vuelco extraño.

—¿Que Dylan qué? —Siento que el calor me sube a las mejillas a pesar de las lágrimas.

Jamie pone los ojos en blanco y suelta un bufido dramático.

—Oh, por favor, Monroe. Venga ya. No me digas que el ataque de pánico te ha frito las neuronas —dice con una media sonrisa burlona—.

Ese tío está completamente colado por ti.

Se muere por tus huesos. Está tan colado que da hasta vergüenza verlo, la verdad.

Mi reputación se resiente solo de estar a su lado mientras te busca con la mirada por los pasillos.

—Es verdad, Tal —añade Alice con una sonrisa dulce—. He visto su expresión de preocupación cuando salió corriendo detrás de ti.

Me quedo petrificada, con las palabras de Jamie y Alice flotando en el aire como si fueran partículas de polvo bajo un rayo de sol.

«Completamente colado por ti».

«Se muere por tus huesos».

El llanto se me corta de golpe. De pronto, es como si una venda se cayera de mis ojos y toda la película de las últimas semanas se rebobinara a cámara lenta, pero con un filtro totalmente distinto.

Las veces que me observaba cuando creía que yo no me daba cuenta. La forma en que su voz cambiaba cuando estábamos solos, volviéndose más baja y suave. La manera en que me escuchaba hablar de cualquier tontería con atención.

Dylan nunca me ha exigido nada.

Dylan siempre ha respetado mis límites.

«Dylan no es Óscar».

Siento una oleada de emociones tan contradictorias que me marean. Es un alivio tan inmenso que casi me hace llorar de nuevo, pero viene acompañado de una vergüenza corrosiva que me quema las entrañas.

Lo he culpado en mi mente.

Lo he mirado con el mismo odio con el que miré a Óscar.

Ni siquiera le he dado el beneficio de la duda a la única persona que ha intentado salvarme desde que llegué a esta ciudad.

—Y tendrías que haber visto cómo te defendía —suelta Noa, y noto un brillo de respeto en sus ojos que rara vez le dedica a los chicos—. Les ha plantado cara a esas dos y se ha asegurado de que ni siquiera vuelvan a pronunciar tu nombre.

—¿Ha hecho eso por mí? —susurro con un atisbo de esperanza.

—Te juro que estaba tan fuera de sí que casi tengo que llamar a un exorcista.

—Jamie intenta recuperar su tono ligero para que no me eche a llorar otra vez—.

Se le puso tal cara de loco que, sinceramente, me dio hasta envidia.

Yo cuando me enfado lo máximo que consigo es que la gente me pregunte si meha sentado mal la comida.

No tengo esa aura de héroe oscuro que se gasta el Ashmore.

Suelto una risa ahogada, es una mezcla de una carcajada e hipo que me libera un poco la tensión del pecho. Jamie me sonríe y se pone en pie, satisfecho con el resultado.

—¿Cómo está ahora? —pregunto.

—Honestamente, creo que nunca he visto a mi amigo tan destrozado. He temido por mi propia vida cuando le dije que no podía venir. Quizá ahora esté pensando en lo rápido que puede mudarse a otro planeta para no tener que vivir en un mundo donde tú lo odias.

El corazón me da un vuelco.

Necesito que sepa que sé que él no me ha fallado.

—Tengo que hablar con él.

No pasan ni cinco minutos desde que Jamie lo avisa cuando el rugido del motor del coche de Dylan resuena al final de la calle. Estoy esperando fuera de la casa de los Hartley. Necesito conversar con él a solas.

El vehículo se detiene justo enfrente de mí.

Antes de que el motor se apague, la puerta se abre y Dylan sale del coche.

Se queda petrificado al otro lado del capó, mirándome como si yo fuera un espejismo que va a desvanecerse si parpadea.

Tiene el pelo más revuelto de lo habitual y los ojos…

Dios, sus ojos están cargados de un dolor tan crudo que me rompe el alma.

Doy un paso hacia él, sintiendo que el mundo entero desaparece. Solo estamos nosotros.