Sesenta. Dylan #2
Cuando ambas salieron con un papel entre las manos. Violet se tensa al instante, el color abandona su cara y aparta la mirada.
—¿Qué dices ahora, Dylan? —Noto a Emma mucho más rígida.
—¿Eso es lo que estabais haciendo? Habéis leído su expediente —afirmo, asqueado al darme cuenta de hasta dónde han llegado—. Habéis mirado su puto expediente aprovechando que el director es el padre de Violet.
—No me jodas… —murmura Jamie a mis espaldas.
—¡Sois unas putas psicópatas! —les grita Noa—. ¡Eso es ilegal, enfermas!
—No sé de qué estáis hablando ¡Nosotras no hemos mirado nada! —chilla Violet a la defensiva.
Suelto una carcajada irónica.
He sido un puto imbécil todos estos años yendo detrás de Emma como un perrito faldero, joder.
—Te voy a dejar una cosa muy clara, Emma. —Clavo mis ojos en los suyos—. A partir de hoy, Talya no existe para ti. No la vas a mirar. No vas a volver a decir ni una palabra sobre ella. Y, por supuesto, no te vas a acercar a ella. Porque, si lo haces, Emma, voy a hundiros a las dos.
Ella levanta la barbilla para intentar mantener la compostura, aunque cuando habla le tiembla un poco la voz.
—No tienes pruebas de nada.
—No me hacen falta —replico con frialdad—. Solo tengo que mandar un correo anónimo a la junta escolar preguntando cómo coño ha acabado información privada de una alumna en un discurso del comité. —Miro a Violet—. A ver cómo explica tu padre eso.
La aludida está apretando la mandíbula y mira a Emma con una cara completamente pálida.
—Y en cuanto a ti, Emma… —Me giro del todo hacia ella—.
Como esto llegue a oídos de la junta directiva, se te acabó el personaje de estudiante perfecta.
A la mierda el comité. Y a la mierda las recomendaciones.
A ver cómo explicas a esas universidades pijas a las que quieres ir que humillaste a una compañera después de robar su expediente del despacho del director.
—Dylan, por favor —esta vez es Violet la que habla—. Mi padre no…
—No tienes que explicarme nada. Es fácil: olvidaos de que Talya existe.
Violet asiente de manera errática, pero Emma no cede tan rápido.
Me mira fijamente. Tiene la mandíbula tan tensa que parece que se le van a romper los dientes. Está furiosa. Está absolutamente desquiciada porque sabe que está entre la espada y la pared. Acaba de perder el control que tanto le gusta tener.
—Estás cometiendo un error, Dylan —sisea por fin—. Acabarás cansándote de ella. ¡Y para entonces ya me habrás perdido para siempre!
Ahogo una carcajada.
—Es lo mejor que me has dicho en todo el día.
Noa suelta una risa seca y cargada de desprecio, secundando mis palabras antes de que yo me dé la vuelta.
Me niego a regalarles ni un segundo más de mi tiempo.
Camino hacia la esquina del pasillo y, a mis espaldas, escucho el repiqueteo apresurado de los zapatos de Emma y Violet alejándose en dirección contraria.
En cuanto ambas desaparecen, las puertas dobles de la sala de conferencias se abren de golpe y una marea de murmullos alterados inunda el pasillo. Entre los primeros en salir distingo a Erik, Nathan y Harry, que nos buscan con la mirada.
—Luego hablamos, tíos —les anuncia Jamie, antes de que puedan decir nada—. Vámonos de aquí.
Me agarra por el brazo, tirando de mí hacia la salida más cercana. Noa nos sigue de cerca.
Salimos por las puertas metálicas hacia el patio lateral. Es una zona apartada, lejos de la marea de alumnos que ahora mismo inunda los pasillos principales. El aire frío me golpea en la cara y, con él, la adrenalina me abandona de golpe. El pánico por Talya vuelve a asfixiarme.
Me paso las dos manos por el pelo, tirando de las raíces con desesperación.
—Joder… —Me apoyo contra la pared de ladrillo del edificio con un golpe sordo. El corazón me late con tanta fuerza en la garganta que me ahoga—. Tío, Talya me ha mirado con terror en los ojos.
—Lo sé, Ash. Lo he visto —dice mi amigo, que se coloca delante de mí, mucho más serio de lo normal.
—Tengo que hablar con ella. Necesito saber cómo está. Le prometí que iba a protegerla. Me cago en la puta.
—Dylan, escúchame —interviene Noa—. Alice ha ido a por ella. Ella sabrá cómo calmarla. Estará muy agobiada. Ahora solo tenemos que esperar.
—Tengo que ir yo…
—No —me corta Jamie—. Noa tiene razón. Tranquilízate un poco, tío. Se solucionará.
Paso los siguientes diez minutos convertido en un desquiciado, recorriendo el patio de un lado a otro como un animal enjaulado, pateando la gravilla del suelo. Noa está apoyada en la pared, mordiéndose las uñas, y a Jamie le acaba de sonar el teléfono.
Lee la pantalla y el alivio le cruza la cara, pero rápidamente se transforma en una mueca de preocupación.
—Es Alice —dice, levantando la vista hacia mí—. La ha encontrado. Están en el baño de la segunda planta. Me pide que lleve el coche a la puerta de emergencia, va a llevarla a mi casa.
No me lo pienso dos veces. Doy un paso hacia él.
—Voy con vosotros.
Jamie levanta una mano para frenarme en seco.
—No, Ash. Tú no vienes.
Siento que la rabia vuelve a apoderarse de mí.
—¿Qué cojones dices, Jamie? ¡Tengo que verla!
—Joder, Ashmore, no me lo digas a mí. —Jamie levanta el móvil para que vea la pantalla—. Alice dice que lo mejor es que te quedes aquí.
El mundo se me cae a los pies. Lo sabía, joder. Sabía que había visto la más pura decepción en sus ojos. Sé que piensa quehe sido yo.
Una rabia profunda, mezclada con un dolor que apenas puedo soportar, me sube por el pecho.
—Cree que yo se lo he contado a Emma —murmuro con la voz rota.
Jamie asiente despacio, mirándome con lástima.
—Está convencida de que la has traicionado. Dice Alice que está destrozada.
—Tranquilo. —Noa se acerca a nosotros y me pone una mano en el brazo—. Lo primero es que Talya se tranquilice y pueda respirar. Después, cuando esté a salvo en casa de Jamie, intentaremos que entienda que tú no has hecho nada.
Miro a Noa, y luego, a Jamie. Todo mi cuerpo me grita que corra hacia la puerta de emergencia, que me ponga delante del coche y que la obligue a escucharme. Pero, si lo hago… Si aparezco allí cuando está aterrorizada pensando que la he vendido, la voy a cagar del todo.
Aprieto la mandíbula hasta que me duele y trago saliva a duras penas, obligándome a retroceder un paso. Me rindo.
—Vale. —Me restriego la cara con las manos—. Está bien.
—Vete a casa, tío —me dice Jamie con suavidad—. Te llamaré en cuanto la cosa esté un poco mejor, te lo prometo.
Asiento con la cabeza, pero siento un nudo de hierro en la garganta.
—Cuidadla —les suplico, mirándolos a los dos con una desesperación absoluta—. Por favor, Jamie. Que sepa que está a salvo. Y avisadme. Llamadme lo antes posible, por favor.
—Lo haremos, Ash —me asegura Jamie junto a una palmada firme en el hombro. Después se gira hacia Noa—. Venga, vamos a por el coche.
Me quedo solo en medio del patio y veo que mis amigos se alejan a la carrera para salvar a la chica que yo mismo juré proteger.
Y yo no puedo hacer absolutamente nada más que dejarla ir sabiendo que, ahora mismo, la persona de la que más necesita que la protejan es de mí.