Si decides quedarte Sesenta. Dylan
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Sesenta. Dylan

Sesenta

Dylan

Que Emma haya subido a hablar es la guind a de un encuentro de por sí aburrido de cojones.

Estoy recostado en la butaca, jugando con el teléfono en el bolsillo y deseando que el director dé por terminada esta mierda de conferencia de una vez para poder buscar a Talya. Pero, de pronto, la presidenta del comité estudiantil capta mi atención.

—A veces, los que nacemos con privilegios, con familias estructuradas y el futuro asegurado nos olvidamos de lo duro que es el mundo real —la escucho por los altavoces—.

Por eso, desde el comité estudiantil, queremos hacer hincapié en la importancia de acoger a esos alumnos que vienen de pasados… complicados.

Frunzo el ceño y me incorporo un poco en el asiento. El tono de falsa compasión que está usando me revuelve el estómago, pero lo que de verdad hace que se me disparen las alarmas es la forma en que sus ojos recorren el patio de butacas como si estuviera buscando a su presa.

—Y creo que no tenemos mejor ejemplo de supervivencia que nuestra nueva compañera.

La sangre se me hiela en las venas.

—Talya.

El mundo se detiene durante un segundo. Cientos de cabezas giran hacia la fila seis, pero yo me quedo congelado mirando el escenario.

—Desde el comité queremos aplaudir tu valentía —continúa Emma, sonriendo con malicia pura disfrazada de pena—. Perder a tu madre hace apenas unos meses tuvo que ser devastador.

El aire se me atasca en la garganta.

¿Qué cojones acaba de decir?

Mi mente va a mil por hora, tropezando con sus propias conclusiones. Solo hay una persona en todo el puto instituto que sabe lo de su madre. Solo una. Yo. Me lo contó en el coche. Y yo no le he dicho una sola palabra a nadie. Jamás lo haría. Entonces ¿cómo lo sabe Emma? ¿De qué va todo esto?

Hago el amago de girarme para buscar a Talya, pero la voz de Emma vuelve a resonar, esta vez bajando el tono.

—Y no solo eso. Sobrevivir al hecho de que tu propio padre sea un monstruo, que aguantaras sus abusos y aun así sigas aquí…, eso es digno de aplausos. Por favor, un aplauso para Ta­lya.

El golpe me da tan fuerte que me deja sin respiración. Siento náuseas.

«Su padre».

De repente, todas las piezas del puzle que Talya siempre había mantenido ocultas encajan en mi cabeza de la forma más horrible y repugnante posible.

Sus miedos. Su terror a que me acercara demasiado al principio.

Sus pesadillas. Su forma de encogerse. Todo el dolor que veo en sus ojos cobra sentido y la rabia que me invade es tan oscura y tan violenta que me quema la sangre.

Me giro hacia atrás con una sacudida brutal buscando su fila mientras todos aplauden.

—¿Qué cojones, tío? —escucho a Jamie.

Talya está paralizada. Está más pálida que el papel, con los dedos clavados en la butaca y la mirada vacía. Le falta el aire. Está teniendo un ataque de pánico brutal, expuesta ante cientos de personas.

—Talya… —murmuro con el corazón hecho pedazos.

Y entonces ocurre.

Sus ojos me buscan entre la multitud hasta que chocan con los míos.

Veo que la poca vida que le quedaba en la cara desaparece por completo. Siento cómo su cerebro procesa la información y dicta sentencia. El dolor, la decepción absoluta y la traición que me lanza en esa única mirada me destrozan en el acto.

Cree que he sido yo. Cree que le he contado sus secretos a esta víbora para joderla.

«Me lo prometiste», casi puedo escuchar su voz rota gritándomelo en la cabeza.

Talya se levanta de un tirón. Tropieza con sus propias piernas, se aparta de Alice con brusquedad y empuja a todo el mundo para huir de la sala.

La desesperación me golpea de lleno. Salto de mi asiento, pero estoy atrapado en medio de la fila.

—¡Quitaos del puto medio! —rujo.

Empujo a Walter con tanta fuerza que casi lo tiro sobre la silla de atrás.

Me importa una mierda. Me abro paso a base de empujones violentos, clavando los codos y apartando a cualquiera que se interponga en mi camino.

Ignoro las quejas de los que están sentados hasta que mis botas pisan el pasillo central.

Echo a correr hacia las enormes puertas dobles de la sala, pero el escándalo a mis espaldas me obliga a girar la cabeza un segundo mientras avanzo.

El caos ha estallado.

El director sube las escaleras del escenario a zancadas y le arranca el micrófono de las manos a Emma. Un pitido agudo y fuerte de acople resuena por los altavoces, ahogando los aplausos. Le sigue el grito del director exigiendo silencio y respeto.

Pero nadie se calla.

Por encima del ruido, escucho un grito desgarrador. Es Noa. Ha llegado hasta la primera fila y está intentando trepar al escenario para lanzarse directamente al cuello de Emma.

—¡Eres una zorra asquerosa! —brama Noa, quien forcejea como una fiera con Jamie y el profesor de Geografía, que la agarran por los brazos para frenarla—. ¿Qué querías conseguir con eso, eh? ¡Te juro que te voy a matar!

El director señala las escaleras, ordenándole a Emma que baje inmediatamente. Ella obedece y baja a toda prisa con una falsa expresión de sorpresa.

No puedo quedarme a ver más. Mi prioridad es Talya. Así que empujo las puertas con los dos brazos y salgo al pasillo.

Y ahí está. Apenas a unos metros de distancia, corriendo a trompicones.

—¡Talya!

Mi propia voz suena desesperada.

La veo tensarse al instante. Sé que me ha escuchado, pero el efecto es exactamente el contrario al que busco. No se detiene. Ni siquiera mira hacia atrás. Acelera el paso con desesperación hasta desaparecer de mi vista.

Doy una zancada para salir corriendo tras ella, dispuesto a alcanzarla, pero las puertas de la sala de conferencias se abren de golpe a mis espaldas y alguien me agarra del brazo con fuerza.

Es Alice.

—Déjame a mí, Dylan —me exige mientras tira de mí para frenarme.

—¡Tengo que ir a buscarla, Alice! —grito angustiado—. Tú no lo entiendes.

—Ya. La verdad es que no estoy entendiendo nada. Pero he visto su cara, Dylan. He visto cómo te ha mirado. Deja que sea yo la que intente hablar con ella.

Sin esperar mi respuesta, Alice me suelta y echa a correr por el mismo sitio por el que ha desaparecido Talya.

Me quedo clavado en el sitio con el corazón latiéndome con tanta fuerza que me duele.

«He visto cómo te ha mirado».

Me cago en la puta, joder. ¿Qué se supone que tengo que hacer ahora?

Las puertas vuelven a abrirse. Esta vez son Jamie y Noa.

Noa está temblando de pura rabia, con el maquillaje corrido por las lágrimas de impotencia. Además, respira de manera entrecortada.

—Casi la mato —balbucea Noa—. Te lo juro por Dios que quiero arrancarle la cabeza a esa zorra.

Jamie se pone a mi lado y me aprieta el hombro.

—Respira, Ash. Alice ha ido a por ella, ¿verdad? Estará bien.

Pero no puedo respirar. No cuando las puertas se abren por tercera vez y el mismísimo diablo sale al pasillo.

Emma.

Camina despacio, acompañada por la hija del director.

Violet se ha colocado a su derecha y se mira las uñas como si nada hubiera pasado.

Conforme avanzan, Emma se ajusta el cuello del uniforme impecable, con esa sonrisa de superioridad dibujada en la cara, sin importarle el desastre que acaba de provocar.

Ver esa sonrisa arrogante, justo unos instantes después de haber presenciado el terror en los ojos de Talya, hace que algo se rompa definitivamente dentro de mi cabeza.

Me aparto de Jamie y me planto en medio del pasillo, cortándoles el paso por completo.

—¿Qué cojones acabas de hacer? —pregunto. Mi voz suena escalofriantemente fría, cargada de un veneno que apenas puedo contener.

Emma se detiene. Levanta la vista y suspira con dramatismo a la vez que se lleva una mano al pecho.

—Ay, por favor, Dylan. ¿A qué viene esa cara? Yo solo quería mostrarle apoyo a nuestra nueva compañera. No tenía ni idea de que lo llevaba en secreto.

—Ahórrate el puto teatro conmigo. —Doy un paso más al frente—. ¿Quién te lo ha dicho?

—Dylan, déjalo ya —interviene Violet—. Emma no ha dicho nada malo.

—No estoy hablando contigo, Violet —rujo sin apartar los ojos de Emma—. Contéstame, Emma. ¿Por qué cojones has hecho eso?

Al ver que no me trago su actuación de niña buena, su sonrisa desaparece por completo. Su expresión se endurece y da un paso hacia mí con los brazos cruzados.

—¿Y a ti qué más te da? —escupe—. En serio, Dylan, ¿por qué te importa tanto? ¿De verdad te vas a poner así por ella?

—Contéstame, Emma. Por qué. Cojones. Lo. Has. Hecho.

—Por favor, mírate. —Suelta una risa seca y carente de humor—. Estás montando un numerito por una desgraciada que no conoces de nada. Deberías darme las gracias por abrirte los ojos antes de que…

Noa emite un grito de furia a mis espaldas e intenta abalanzarse sobre Emma, pero Jamie la agarra por la cintura en el último momento.

—¡Suéltame, Hartley! ¡Voy a arrancarle ese pelo de Barbie asquerosa! —grita Noa fuera de sí.

La vena del cuello me late con tanta fuerza que me marea.

—De verdad, Dylan —Emma ignora por completo la rabia de Noa—, ¿qué coño le has visto? ¿Has empezado a pasar de mí por esa zorra? Eso es caer muy pero que muy bajo.

—¿Zorra? Pero ¡mira quién habla! —interviene Jamie.

Emma boquea, indignada por el insulto de Jamie, pero antes de que pueda escupir su veneno contra él, doy un paso más hasta invadir su espacio personal.

—Deberías lavarte la boca antes de hablar de ella —le advierto—. ¿Quieres saber qué le he visto? Que es mil veces mejor persona de lo que tú serías ni aunque volvieras a nacer un millón de veces.

Emma aprieta los labios.

—Has usado el trauma de una chica que no te ha hecho absolutamente nada solo porque tu puto ego no soporta que no te haga caso. ¿De verdad, Emma? ¿Tan patética eres?

—Te vas a arrepentir, Dylan…

—¿Sí? ¿Qué vas a hacer?

—No vas a volver a saber nada de mí en tu vida.

—¡Oh! ¡Por favor y gracias!

De repente, algo en mi cabeza hace clic.

—Espera un momento… —Miro a Emma y después fijo la vista en Violet. Una imagen de hace unos días me golpea de frente—. El despacho de tu padre.