Cincuenta y nueve. Talya
Cincuenta y nueve
Talya
Mis pulmones arden.
Me duelen las piernas de tanto correr, pero no me detengo hasta que llego al baño de la segunda planta, el que está al final del pasillo y que casi nadie usa.
Entro de un portazo, corro hacia el último cubículo y cierro el pestillo con las manos temblando tan fuerte que apenas acierto a la primera.
Me dejo caer al suelo. El frío de los azulejos me cala a través de la falda del uniforme, pero me da igual. Me abrazo las rodillas contra el pecho, escondo la cara y dejo que el ataque de pánico me consuma.
Es exactamente igual.
Exactamente la misma postura, el mismo frío, el mismo terror ciego que sentí hace un año cuando Óscar me destrozó la vida por segunda vez.
El bucle se ha repetido y mi pensamiento se encarga de recordármelo.
«Te avisé, Talya».
«Te dije que no podías confiar».
«Eres una estúpida por haberlo hecho».
«Mira cómo estás ahora. Y no tienes a mamá para consolarte».
Esa es la peor parte.
Hace un año, cuando salí corriendo de aquel instituto sintiendo que me moría de vergüenza, mamá estaba esperándome.
Me abrazó en el sofá de nuestro piso minúsculo, me acarició el pelo mientras yo lloraba hasta vomitar y me prometió que todo estaría bien.
Me prometió que ella me protegería de todo y de todos.
Pero ahora no hay sofá. Ni un piso minúsculo en el que refugiarme.
No hay manos suaves apartándome el pelo de la cara.
Mamá ya no está.
Y yo estoy completamente sola.
Sola en una casa enorme, con unos tíos para los que no soy más que una obligación.
Sola en un instituto lleno de gente a la que le divierte usar mi desgracia como una anécdota.
Sola porque la única persona a la que le había dado la llave para atravesar mis muros perfectamente construidos la ha usadopara prenderle fuego a todo.
Soy tan estúpida… Tan rematadamente ingenua…
¿Cómo he podido pensar que él era diferente?
Me creí sus silencios, su forma de cuidarme, su promesa de ir «milímetro a milímetro». Me creí que de verdad le importaba, cuando lo único que estaba haciendo era coleccionar mis secretos para dárselos a Emma.
Un sollozo violento me desgarra la garganta. Me muerdo el dorso de la mano con tanta fuerza que noto el sabor a sangre, solo para ahogar el grito de puro dolor que amenaza con salir de mi boca.
«No tengo a nadie».
Vuelvo a ser la niña pequeña, inútil y asustada escondiéndose en la oscuridad y deseando desaparecer.
Lloro hasta quedarme sin lágrimas, hasta que la garganta me escuece y el pecho me duele al coger aire. Y, por supuesto, el pitido de mis oídos no ha desaparecido.
No sé cuánto tiempo pasa. Pueden ser diez minutos o una hora. El silencio del baño solo se rompe por el eco de mis propios sollozos ahogados.
Hasta que la puerta principal chirría al abrirse.
Me quedo paralizada, conteniendo la respiración.
Unos pasos apresurados y erráticos resuenan en las baldosas.
—¿Talya?
Es Alice. Su voz suena agitada, como si también hubiera estado corriendo por todo el instituto buscándome.
Cierro los ojos con fuerza y me muerdo el labio inferior para no hacer ruido. No quiero que me vea así. No quiero ver la lástima en sus ojos, ni que me haga preguntas sobre mamá ni sobre el monstruo ni sobre nada.
Los pasos se acercan y se detienen justo delante de mi puerta.
—Talya, sé que estás ahí. —La voz de Alice tiembla un poco, pero se esfuerza por mantenerla firme—. Veo tus zapatos por debajo de la puerta.
Trago saliva. El sabor a sal y a pánico me inunda la boca.
—Vete, Alice —consigo decir. Mi propia voz suena ronca, rota, como si perteneciera a otra persona—. Por favor. Vete.
—Ni de broma.
Escucho un roce suave contra la madera y, de repente, siento a Alice sentarse en el suelo al otro lado de la puerta, apoyando la espalda contra mi cubículo.
—No me voy a ir a ninguna parte —asegura, suspirando de forma audible—. Puedo quedarme aquí sentada todo el día. Las vacaciones de Navidad ya han empezado de todos modos. No tengo prisa.
Un sollozo traicionero se me escapa del pecho. Me tapo la boca rápidamente con las dos manos.
—Está bien, Talya. Respira. Coge aire despacio —me pide Alice con una suavidad que me rompe aún más.
Lo intento. Sigo el ritmo de la respiración que escucho al otro lado de la puerta hasta que el pitido de mis oídos empieza a disminuir.
El silencio se instala entre nosotras durante un rato largo. Un silencio denso y pesado. Solo se escucha mi respiración entrecortada y la de Alice al otro lado.
—Lo que ha dicho Emma…
—Emma es una grandísima hija de puta —suelta Alice de golpe—. Noa ha estado a punto de matarla. Si no llegan a frenarla, le habría arrancado la cabeza ahí mismo. Es una víbora retorcida y cruel.
Un sollozo débil se me escapa al imaginarme la escena. Noa dando la cara por mí. Pero el alivio dura un segundo antes de que la realidad vuelva a aplastarme.
—Pero… todo lo que ha dicho es verdad. Y ahora todo el mundo lo sabe. Lo de mi madre. Y lo de… y lo de mi padre.
—Talya… —La voz de Alice tiembla al otro lado de la madera—. Yo no tenía ni idea. No sabía que tu madre estaba… Y lo de tu padre… Joder, Talya.
Cierro los ojos con fuerza. Escuchar a alguien decirlo en voz alta hace que el estómago se me revuelva.
—Doy asco —suelto escupiendo las palabras, atacándome a mí misma antes de que ella pueda hacerlo—. Ahora sientes pena por mí. O asco. Seguro que me tienes asco.
El golpe repentino en la puerta me sobresalta. Alice ha dado un manotazo a la madera desde el otro lado.
—No digas gilipolleces. —Ahora noto que está llorando, porque se le quiebra la voz por completo—. ¿Cómo vas a darme asco? Lo que tengo es una impotencia increíble porque me acabo de enterar que mi mejor amiga lleva meses pasando por un infierno sola. ¿Por qué no me dijiste nada?
La pregunta no es un reproche. Es una súplica. Duele porque es sincera.
—Porque, si te lo contaba, ibas a dejar de ver a Talya —admito, rompiéndome por completo—.
Ibas a ver a una chica huérfana. A una víctima.
A una chica a la que su propio padre… —La voz me falla, soy incapaz de terminar la frase en voz alta—.
No quería que me miraras así. Solo quería empezar de cero.
Quería ser normal. Quería que alguien quisiera ser mi amiga por ser yo, no por lástima.
—Tú eres normal. Y yo te quiero por ser tú.
—¡No soy normal! —grito a través de la puerta con las lágrimas abrasándome la cara—. No soy normal, Alice. Soy un desastre. Y ahora todo el mundo lo sabe.
—Pues me da exactamente igual que lo sepa todo el mundo —replica Alice al instante—.
Que miren y que susurren lo que les dé la puta gana, ya nos encargaremos de callarles la boca a esos subnormales.
Para mí sigues siendo la misma Talya con la que me estaba riendo en el patio hace un par de horas.
Y eso no lo cambia ni el venenoso discurso de Emma ni ninguna otra cosa.
Eres mi amiga y no pienso dejarte sola, ¿me oyes?
Me tapo la cara con las manos y lloro. Lloro con una fuerza que me deja exhausta, porque esperaba su rechazo. Esperaba la lástima y el enfado inevitable al no haber confiado en ella. Pero lo único que he encontrado es a una amiga dispuesta a pelear por mí.
Acto seguido, con las manos temblando tanto que apenas puedo coordinar los dedos, alargo el brazo y quito el pestillo de la puerta.
Hace un ruido metálico. Clac.
No tengo que empujar. Alice abre la puerta al instante, entra en el cubículo estrecho y se tira en el suelo a mi lado. Me rodea con los brazos, me aprieta contra ella como si tuviera miedo de que me rompiera en más pedazos y me deja esconder la cara en su hombro.
—Tu pasado no te define, Tal —susurra contra mi pelo, apretándome más fuerte—. Ese… hijo de puta no te define. Eres la persona más valiente que conozco. Y, desde luego, no voy a permitir que vuelvas a sentir que estás sola. Porque no lo estás.
Paso minutos aferrada a la chaqueta de su uniforme mientras tiemblo de pies a cabeza.
Alice no me suelta, no me mete prisa y no me hace más preguntas.
Simplemente se queda ahí, sentada en el suelo helado del baño, sosteniéndome mientras el ataque de pánico empieza a ceder y mi respiración se vuelve un poco más regular.
Cuando por fin soy capaz de coger aire sin ahogarme, me separo unos centímetros y tomo un poco de papel para secarme las lágrimas.
Alice me observa en silencio y me aparta un mechón de pelo mojado de la frente.
—Nos vamos de aquí —decreta con firmeza. Hace amago de levantarse, pero yo me encojo hacia atrás por puro instinto.
—No puedo salir —susurro presa del pánico solo de pensarlo—. No puedo, Alice. Las miradas… No puedo hacerlo.
—Eh, escúchame —pide ella, agarrándome de las manos—. No vamos a ir por el pasillo principal. Bajaremos por la escalera de emergencia. Le mandaré un mensaje a Jamie para que traiga el coche a esa puerta.
Trago saliva, sintiendo que el corazón me late desbocado otra vez.
—No puedo encontrarme con…
Me silencio a mí misma. No puedo pronunciar su nombre. Me duele solo pensar en él.
Pero Alice lo entiende al segundo.
—No vas a encontrarte con nadie. Vas a venir a mi casa, nos vamos a encerrar en mi cuarto y no vas a salir de allí hasta que estés preparada. ¿Vale?
La miro a los ojos. No hay lástima, solo una determinación absoluta por protegerme.
Asiento despacio con la cabeza.
—Vale —susurro.
Alice me dedica una sonrisa pequeña, llena de cariño, y me ayuda a ponerme de pie.
Salgo del cubículo apoyada en ella, sabiendo que al menos no estoy completamente sola.
Alice me ha salvado hoy.
Pero la Talya que se atrevió a confiar en unos ojos verdes se ha quedado para siempre en el suelo de ese baño.