Cincuenta y ocho
Un año atrás
A Óscar le importo de verdad.
Eso es lo que me digo a mí misma todos los días para justificar por qué lo estoy dejando entrar.
Se sienta a mi lado en clases. Me pasa los apuntes. No se ríe de mi acento al hablar en un español que no es en lo más mínimo perfecto.
También me escucha, ¿verdad?
Sí, yo creo que me escucha.
Sabe que hay algo que no le he contado. Algo que me impide ser «una chica normal». Y le preocupa. Por eso siempre me dice: «Puedes contármelo, Talya, estoy aquí para ti» o «Si no me lo cuentas, no puedo ayudarte».
¿Soy egoísta por no querer compartir mis miedos?
«Eres egoísta, Talya, yo te he contado todo sobre mí», suele contestarme ante mi negativa. «Yo solo quiero ayudarte, para que puedas ser normal».
No sé si en algún momento seré eso a lo que él llama «normal». Pero confío en él. O, al menos, eso creo.
Una tarde, mientras estamos en su jardín, acabo cediendo. Me derrumbo. Lloro hasta quedarme sin aire y le cuento lo de mi padre. Las manos. El asco. El miedo paralizante. Le cuento todo. Él me abraza, me acaricia el pelo y me dice que soy muy valiente.
Me hace sentir a salvo.
Y lo he soltado. Ya no solo lo sabe mamá. Ahora también lo sabe él.
Pero llega el día de la fiesta de Halloween.
La casa está llena de gente, la música retumba en las paredes y huele muchísimo a alcohol y a humo.
Me abro paso entre la multitud del salón para buscar a Óscar y decirle que quiero irme a casa.
Me duele la cabeza y no me encuentro del todo bien.
Alguien me dice que ha salido a la terraza, así que me dirijo hacia el pasillo trasero.
La puerta de cristal está entreabierta. Levanto la mano para empujarla, pero entonces oigo mi nombre.
—… Ya ves, tío. Talya es intensa de cojones.
Me detengo en seco. La sonrisa que llevaba en los labios se me borra de un plumazo. Es la voz de Óscar. Y no suena como el chico dulce que me abrazó en el jardín. Suena… diferente. Suena frío. Burlón.
—Pero está buena, ¿no? —pregunta otro chico; a su comentario le siguen un par de risas.
—Sí, joder, sí. Por eso aguanto —responde él. Oigo el sonido metálico de un mechero—. Pero es un puto drama. El otro día me soltó un rollo extraño con su viejo. Abusaba de ella. Está bien traumatizada. Se tiró dos horas llorando en mi casa. Un cuadro, chaval.
Siento que me han arrancado el suelo bajo los pies.
El aire se vuelve sólido en mis pulmones. Intento dar un paso atrás, pero mi cuerpo no responde.
«Un cuadro».
Mis pesadillas. Mi mayor dolor. Resumido en dos palabras y usado como anécdota para hacer reír a sus amigos.
—Joder, qué mal rollo, ¿no? —dice el otro, pero no suena escandalizado, sino divertido—. Yo saldría corriendo. Demasiado equipaje.
—Ya… Pero, bueno, tiene sus ventajas —contesta Óscar con un tono que me revuelve el estómago de una forma tan violenta que me dan ganas de vomitar—.
Las tías así, las que están rotas por dentro…
, son más agradecidas. Se creen que las estás salvando y luego hacen lo que quieras con tal de que no las dejes.
Es facilísimo manipularlas. Además, ya viene «enseñada», ¿no?
Las carcajadas estallan en la terraza.
Se ríen.
Se ríen de lo que me hizo mi padre.
Se ríen de mi dolor, de mis lágrimas, de mi inocencia destruida.
Me llevo las dos manos a la boca para ahogar el sollozo que me desgarra la garganta. Doy un paso atrás, luego otro, y echo a correr por el pasillo hacia la puerta de la calle, chocando contra la gente sin ver nada.
Tres días después, el lunes por la mañana, se desata el verdadero infierno.
Llego al instituto y lo sé al instante. No hace falta que nadie me diga nada. Lo veo en la forma en que los grupos de los pasillos se callan cuando camino. Lo veo en las miradas furtivas de los chicos en la cafetería, en las sonrisas asqueadas de algunas chicas, en los susurros a mis espaldas.
Óscar no solo se lo ha contado a sus amigos en la terraza. Se lo ha contado a todo el mundo.
De repente, ya no soy Talya. Soy la chica rota. La víctima. El juguete dañado que viene «enseñado» de casa.
Encerrada en el último cubículo del baño de chicas, con las rodillas pegadas al pecho y el corazón convertido en cenizas, tomo una decisión.
Me prometo a mí misma que nunca más confiaré.
Me juro que nadie volverá a tener el poder de hacerme sentir tan minúscula, tan humillada y tan sucia.
Voy a construir un muro de hormigón armado, ladrillo a ladrillo, bloqueando cualquier entrada.
Si no dejo entrar a nadie, nadie podrá destruirme desde dentro.
La confianza es una trampa para idiotas, y yo no voy a volver a caer.
Nunca.
Y es una promesa que pienso cumplir el resto de mi vida.