Cincuenta y siete. Talya #2
—El comité estudiantil ha preparado una breve intervención sobre los valores que definen al Evercrest: nuestra comunidad, la solidaridad y, por supuesto, nuestro programa de integración y becas, que es un orgullo para nosotros.
Para ello, pido un fuerte aplauso para la presidenta del comité. Adelante, señorita Blackwood.
El aplauso resuena en la inmensa sala, mucho más enérgico que los anteriores.
Un escalofrío helado me recorre la espalda en cuanto veo a Emma aparecer por el lateral.
Lleva el uniforme inmaculado, el pelo rubio cayéndole en ondas perfectas por la espalda y una de esas sonrisas de niña buena que domina a la perfección.
Camina hacia el micrófono con una seguridad depredadora.
Desde mi asiento, puedo ver que Violet, la hija del director, se cruza de brazos y sonríe con malicia.
—Buenos días a todos —empieza Emma con una voz suave y aterciopelada—.
Hoy estamos aquí para hablar de futuro, de excelencia y de oportunidades.
Pero las universidades que nos visitan saben mejor que nadie que el verdadero mérito no siempre está en un expediente perfecto, sino en la capacidad de superación. En la resiliencia.
El silencio en la sala es absoluto.
—A veces, los que nacemos con privilegios, con familias estructuradas y el futuro asegurado nos olvidamos de lo duro que es el mundo real —continúa—.
Por eso, desde el comité estudiantil, queremos hacer hincapié en la importancia de acoger a esos alumnos que vienen de pasados…
complicados. Alumnos que son un verdadero ejemplo de supervivencia.
El estómago se me encoge y empiezo a tener un mal presentimiento.
—Y creo que no tenemos mejor ejemplo de supervivencia que nuestra nueva compañera. —Su mirada empieza a buscar a alguien entre el público, hasta clavarla en mí.
No.
Por favor, no.
—Talya —pronuncia mi nombre al micrófono y cientos de cabezas se giran hacia mí al mismo tiempo—, desde el comité queremos aplaudir tu valentía.
Perder a tu madre hace apenas unos meses tuvo que ser devastador.
Y no solo eso —baja el volumen, fingiendo tristeza—.
Sobrevivir al hecho de que tu propio padre sea un monstruo, que aguantaras sus terribles abusos y aun así sigas aquí…
, eso es digno de aplausos. Por favor, un aplauso para Talya.
El sonido de los aplausos arranca despacio, dubitativo al principio, pero en cuestión de segundos estalla en una ola ensordecedora que me golpea como si fuera física.
Están aplaudiendo.
Cientos de personas dándome palmadas de lástima.
El aire desaparece de la sala por completo.
Intento respirar, pero es como si tuviera un bloque de cemento aplastándome el pecho; mis pulmones se han cerrado herméticamente.
Un pitido agudo, continuo y doloroso me ensordece, ahogando así el ruido del auditorio hasta convertirlo en un zumbido lejano.
Siento una mano tirando de mi brazo.
Es Alice.
Se ha girado hacia mí con los ojos muy abiertos por el horror. Sus labios se mueven deprisa, me está diciendo algo. Quizá está gritando mi nombre, pero no escucho absolutamente nada.
La sangre abandona mi cabeza a una velocidad vertiginosa. Una oleada de mareo me golpea con tanta fuerza que mis dedos se clavan en los reposabrazos de la butaca para no caerme hacia delante. La visión se me empieza a nublar por los bordes y se convierte en un túnel oscuro.
Me voy a desmayar.
Me voy a desmayar aquí mismo.
Cientos de caras giradas hacia mí.
Ojos clavados en mi nuca.
Susurros.
Morbo.
Compasión.
Mi secreto. La peor pesadilla de mi vida expuesta como si fuera la atracción principal de un circo.
Otra vez.
Y entonces, a través del pánico ciego que me está asfixiando, mi cerebro hace clic. La traición me atraviesa el pecho como un cuchillo al rojo vivo.
Solo había una persona en todo este maldito edificio que sabía lo de mi madre.
Solo una persona a la que le había confesado parte de mis miedos.
Solo una.
Con el cuerpo temblando en espasmos incontrolables y las lágrimas calientes quemándome los ojos, levanto la cabeza y busco a ciegas su fila.
Dylan ya se ha girado.
Me está mirando desde tres filas más adelante.
Tiene la mandíbula desencajada, los ojos muy abiertos y una expresión de shock absoluto en la cara.
Hace ademán de levantarse, pero mi mente ya no procesa sus movimientos.
Mi cerebro, ese que lleva toda la vida avisándome de que esto iba a pasar, dicta sentencia de inmediato.
«Me lo prometiste», le lanzo en silencio con la mirada.
El muro que tanto me estaba costando derribar no solo se ha vuelto a levantar de golpe.
Acaba de sepultarme viva.
Tengo que salir de aquí.
Me levanto de un tirón, tropezando con mis propias piernas. Me libero del agarre de Alice y me abro paso a empujones por la fila de butacas, pisando abrigos y mochilas, ciega y sorda a todo lo que no sea la puerta de salida.
Lo consigo, salgo del aula mientras siento que las rodillas me van a fallar en cualquier momento.
—¡Talya!
Su voz.
Esa voz, que hasta hace apenas unos minutos era mi único refugio, resuena a mis espaldas. Pero, en lugar de calmarme, funciona como un latigazo.
Me quema la piel.
El dolor en mi pecho se multiplica por mil.
No miro atrás. No puedo.
Mis pulmones siguen negándose a funcionar. Creo que me estoy ahogando.
Corro.
Corro con la visión borrosa por las lágrimas.
Corro con la misma desesperación ciega con la que huía cuando era una niña.
Corro alejándome del ruido, de las miradas, de la lástima y, sobre todo, alejándome del chico de ojos verdes que me prometió que nunca me haría daño para luego destrozarme en mil pedazos.
Tenía razón.
Mi cerebro siempre tuvo la razón.
Nadie te salva. Todos te acaban empujando al vacío, como hizo Óscar.