Si decides quedarte Cincuenta y siete. Talya
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Cincuenta y siete. Talya

Cincuenta y siete

Talya

He pasado toda mi vida esperando el desastre.

Mi cerebro está literalmente programado para eso.

Para calcular el momento exacto en el que las cosas van a salir mal, en el q ue la gente se va a cansar de mí o en el que alguien en quien he confiado va a fallarme y mis propios secretos van a usarse en mi contra.

Por eso construí un muro a mi alrededor.

Era mucho más fácil no dejar entrar a nadie que tener que lidiar con la certeza de que, al final, todo el mundo acaba fallándote.

Pero estas últimas semanas… Estas semanas el muro se ha ido agrietando milímetro a milímetro.

Y lo peor de todo es que ni siquiera he intentado detenerlo.

Desde aquella visita a la librería y el paseo por los jardines, Dylan ha cumplido su promesa con una precisión que me asusta y me fascina a partes iguales. No me ha presionado en ningún momento. No ha intentado cruzar ninguna línea. Simplemente ha estado ahí.

Y de verdad…, me siento tan a salvo con él…

Me gusta tanto estar con él que me da miedo.

Porque sé que, si pasa algo, si mi cabeza tiene razón en que confiar en Dylan Ashmore es un completo error, yo no voy a saber cómo recuperarme.

No puedo pasar por algo así otra vez.

No puedo pasar por algo así con Dylan.

Pero es que es tan diferente… Tengo sentimientos que no sabía que se podían sentir. Que no sabía que yo podía sentir.

El martes pasado, me esperó apoyado en mi taquilla para preguntarme por qué capítulo iba de la novela que compramos el día anterior.

Y no lo hizo por compromiso; se acordaba perfectamente del nombre de los protagonistas y de la trama que le había soltado a trompicones en la librería.

Me escuchó hablar del libro durante otros diez minutos seguidos con esa atención absoluta, haciéndome sentir que lo que yo decía era lo más interesante del mundo.

Hace tres días, Alice no me pudo acompañar a la biblioteca porque tenía que preparar un discurso, así que él me acompañó y se pasó casi una hora explicándome todo lo que necesitaba entender para el examen de Matemáticas.

Me ha dejado respirar. Me ha dejado ser yo misma sin exigirme nada a cambio.

Y el resultado ha sido aterradoramente maravilloso: por primera vez en años, el pánico ha desaparecido.

Me he descubierto a mí misma buscándolo con la mirada en los pasillos, sonriendo al ver su coche aparcado por las mañanas y sintiendo ese aleteo constante de las mariposas en el estómago cada vez que sus ojos verdes se clavan en los míos.

He bajado la guardia. Lo sé. Soy muy consciente de ello.

Pero no me importa en absoluto.

Hoy es el último día de clases antes de las vacaciones de Navidad. Y solo el hecho de pensar en pasar dos semanas completas atrapada en esa casa, sin el respiro que supone ver a Dylan y a los chicos cada día, me asfixia.

También es el día de la conferencia que el Evercrest lleva preparando semanas. Es una charla sobre orientación escolar que, por lo que he oído, organizan todos los años para los alumnos de S5 y S6. Es un evento importante.

Acuden representantes de varias universidades y antiguos alumnos que ahora dirigen multinacionales o han ganado premios, todos dispuestos a vendernos la idea de que nuestro futuro empieza hoy.

O ayer. O hace cinco años, según el nivel de estrés que quieran meternos en el cuerpo.

Básicamente, un despliegue de ego en toda regla.

Ahora, Alice, Jamie, Harry y yo estamos en el patio, esperando a que suene el timbre que indica que es la hora de la charla.

—Espero que al menos haya un catering decente después de que nos taladren el cerebro con la importancia de la «proactividad» y las «sinergias» —se queja Jamie en voz alta—.

Si voy a escuchar a un tío trajeado de cuarenta años decirme que soy el dueño de mi destino, mínimo quiero un sándwich de salmón con extra de queso crema.

—Sigue soñando, Hartley —se burla Harry—. El año pasado nos dieron una botella de agua del grifo y adiós muy buenas.

Alice pone los ojos en blanco a mi lado mientras se ajusta la bufanda para protegerse del frío helado de la mañana.

—No le hagáis caso a mi hermano, está de mal humor porque lo han obligado a ponerse la corbata del uniforme y dice que le corta la circulación.

Me río por lo bajo, a punto de contestar, pero entonces siento que alguien se coloca justo a mi lado. El olor a madera de sándalo me envuelve un segundo antes de que levante la vista.

Dylan lleva el uniforme impecable, con la corbata perfectamente anudada y el pelo un poco alborotado. Saluda a los chicos con un gesto de cabeza, pero sus ojos verdes vienen directos hacia los míos.

—Buenos días —murmura.

Su hombro roza ligeramente el mío, es un contacto tan sutil que no creo que nadie más pueda notarlo, pero a mí me manda una descarga eléctrica directa al pecho.

—Buenos días —respondo mientras siento cómo el calor me inunda las mejillas.

Dylan le dedica una mirada burlona a Jamie.

—¿Todavía te estás quejando por ese sándwich de salmón? Te he escuchado desde la otra punta del patio.

—Es una necesidad básica, Ash —replica él, ajustándose el nudo de la corbata con una mueca de asfixia—. Mi cerebro necesita omega-3 para soportar dos horas de discursos motivacionales sin entrar en coma.

Harry se echa a reír y le da una palmada en la espalda que casi lo tira al suelo.

Dylan niega con la cabeza.

—Tu cerebro necesita un milagro, no omega-3.

Alice y yo cruzamos una mirada divertida mientras los chicos empiezan a discutir sobre si sentarse al fondo o cerca de las puertas de emergencia para poder escapar rápido. Me encanta estar aquí, congelándome de frío en el patio, pero sintiéndome parte de algo.

Dylan se gira hacia mí, ajeno a la discusión de sus amigos.

—¿Preparada para aguantar dos horas de lecciones de vida de un puñado de enchaquetados? —pregunta con esa media sonrisa que hace que el corazón me dé un vuelco ridículo.

—He estado practicando mi cara de fascinación absoluta toda la mañana —bromeo.

Él suelta una risa grave y corta justo cuando el sonido agudo y ensordecedor del timbre cruza el patio. Esto interrumpe las quejas de Jamie y da la señal de que ha llegado la hora.

Nos unimos a la marea de estudiantes que empieza a caminar en masa hacia el interior del edificio para ir a la sala de conferencias. Dylan se las arregla para caminar pegado a mí, sirviendo casi de escudo contra el resto de la gente.

Se inclina un poco y acerca su boca a mi oído para que pueda escucharlo por encima del ruido.

—Tenemos que hablar luego. —El susurro hace que un escalofrío me recorra la nuca—. Sobre las vacaciones.

Lo miro de reojo.

—No pienso pasarme más de dos semanas sin verte, Talya.

La seguridad con la que lo dice no deja lugar a dudas.

—Me parece bien —alcanzo a decir.

Otra vez esas malditas mariposas.

Y mi corazón. Mi pobre corazón…

La sala de conferencias está irreconocible.

Ese espacio enorme con moqueta azul que suelo ver vacío o con mesas de trabajo desperdigadas, hoy está abarrotado de filas interminables de sillas orientadas hacia el escenario del fondo, donde un atril con el escudo del Evercrest brilla bajo los focos.

A los lados del aula se extienden varias mesas largas cubiertas por montañas de carpetas de color verde con el logo del instituto grabado en plata.

Se me escapa una sonrisa involuntaria al verlas.

Las reconozco perfectamente. Son las mismas carpetas que Dylan y yo estuvimos preparando aquella mañana a solas.

Como suele pasar en este tipo de eventos, el caos para sentarse nos divide.

Alice me agarra del brazo y me arrastra hacia unas butacas libres en la sexta fila, mientras que Dylan y los chicos del equipo se ven obligados a sentarse tres filas más adelante por culpa del entrenador Walter, que los acorrala desde el pasillo central para que se sienten todos juntos.

Alice deja su abrigo sobre el asiento vacío a su lado para guardarle el sitio a Noa, que todavía no ha aparecido. Yo me quito la chaqueta, me siento en la butaca de terciopelo y suspiro.

A unos metros de distancia, veo a Dylan buscarme entre el mar de cabezas y, cuando me encuentra, me dedica una última sonrisa antes de dejarse caer en su butaca.

Noa llega corriendo apenas un minuto después, justo antes de que el ruido de cientos de alumnos hablando a la vez empiece a apagarse.

El director del instituto acaba de subir los pequeños escalones del escenario.

—¡Buenos días a todos, alumnos y claustro de profesores! —empieza—. Hoy es un día fundamental para vuestro futuro…

Desconecto en ese momento, consolándome con la idea de que todavía me queda otro curso entero por delante y tendré que tragarme esta misma charla el año que viene.

Me paso la siguiente hora intentando mantener los ojos abiertos mientras representantes de distintas universidades nos bombardean con porcentajes de éxito y notas de corte.

A mi lado, Alice toma apuntes rápidos en una libreta pequeña y Noa lucha activamente por no quedarse dormida.

Finalmente, el último de los ponentes encorbatados abandona el atril entre aplausos educados, y el director del instituto vuelve a subir los pequeños escalones del escenario para acercarse al micrófono. Se ajusta las gafas y sonríe hacia el patio de butacas.

—Muchas gracias a todos nuestros invitados por compartir su inestimable experiencia con nosotros —dice proyectando la voz—.

Para cerrar este acto, y antes de dar comienzo oficialmente a las merecidas vacaciones de Navidad, nos gustaría cederles la palabra a los verdaderos protagonistas de esta institución: nuestros alumnos.

Los murmullos en el salón de actos aumentan un poco ante la perspectiva de que esto por fin se acabe.

El director hace un gesto solemne hacia el lateral del escenario.