Si decides quedarte Cincuenta y seis. Dylan
74%

Cincuenta y seis. Dylan

Cincuenta y seis

Dylan

El frío de la mañana en el campo de fútbol debería servir para despejarme la cabeza, pero lo único que hace e s recordarme lo fría que estaba ayer su piel.

Llevo más de una hora corriendo, esquivando a mis compañeros y repitiendo los mismos ejercicios de pase hasta que me arden los pulmones, pero mi mente ni siquiera está aquí. Está atrapada en la noche de ayer.

Siento emociones contradictorias.

Por un lado, sigo con esa jodida sensación de euforia metida en las venas. Cierro los ojos un segundo mientras troto por el césped y sigo viendo su cara iluminada por las luces de la librería, sonriendo de verdad, sin esa sombra de tristeza que suele oscurecerle la mirada.

Joder, tiene la sonrisa más absolutamente preciosa que haya visto en toda mi vida. Y, cuando se le marcan esos hoyuelos…, siento que soy hombre muerto.

Verla así de feliz, rodeada de libros y explicándome cosas a las que apenas prestaba atención porque estaba demasiado ocupado mirándola a ella…, fue una sensación increíble.

Y luego en el parque.

Sentí que sus hombros perdían esa tensión constante. Ayer, por primera vez, dejó de huir. Me dejó acercarme. Siento que he cruzado una barrera invisible y que, por fin, la tengo cerca.

Pero, por otro lado…, me está consumiendo la puta rabia.

La confesión de anoche se repite en bucle en mi cabeza como un disco rayado.

«Alguien me hizo mucho daño. Me enseñaron lo que pasa cuando bajas la guardia y confías demasiado».

Cada vez que recuerdo el temblor de su voz al decirlo, se me tensa hasta el último músculo del cuerpo y la sangre me hierve.

Hay alguien ahí fuera que la destrozó. Alguien que la aterrorizó tanto que su primer instinto ahora mismo es salir corriendo en dirección contraria en cuanto alguien intenta acercarse a ella.

Y no saber quién cojones ha sido, no tener un nombre o una puta cara a la que destrozar a golpes por haberle provocado esos ataques de pánico, me está volviendo loco.

Un pitido agudo me saca de golpe de mis pensamientos homicidas.

—¡Ashmore! —El grito del entrenador resuena por todo el campo—. ¡A ver si nos centramos! ¡Estoy empezando a cansarme de darte siempre ventajas!

Me detengo en seco y me limpio el sudor de la frente con el antebrazo. Miro el balón, que ha rodado hasta la banda porque no he estado atento al pase. Sé que tiene razón.

Soy plenamente consciente de mis ventajas frente al resto del equipo.

Sé que Walter no suele pasar ni una, pero conmigo hace excepciones.

Lo demostró del todo cuando me dejó jugar el partido contra Northwood a pesar de haberme escabullido aquel día del entrenamiento para ir a buscar a Talya.

Bastó con agachar la cabeza, pedirle disculpas y darle la razón en todo.

Jamie no se equivocaba: la amenaza del banquillo se esfumó en cuanto se dio cuenta de que me necesita en el campo.

Pero también sé que, si lo hace, es porque me lo he ganado.

He dado todo para llegar a donde estoy en estos años.

He jugado lesionado, he rechazado un millón de planes por estar aquí dejándome la piel.

Así que me toca los cojones que se crea con el derecho de dudar de mi compromiso solo porque lleve unos días con la cabeza en otro sitio.

O en otra persona.

Aprieto la mandíbula con tanta fuerza que siento un chasquido en las muelas. Tengo una réplica mordaz en la punta de la lengua, una que le recordaría quién ha salvado la temporada. Pero me la trago. Enfrentarme al entrenador delante de todos no me va a ayudar en nada.

—Lo siento —digo con voz firme—. No volverá a pasar.

—Eso espero, Ashmore. Demuéstrame por qué eres imprescindible en este campo.

En cualquier otro momento, esto me habría consumido por dentro. Mi regla número uno, la que me ha mantenido siempre a flote desde que tengo memoria, es muy simple: no me permito fallar.

Pero hoy, por algún motivo, creo que tengo cosas más importantes en las que centrarme. No me importa haber fallado el pase. En este momento, me importa una mierda este entrenamiento que Walter nos ha metido con calzador antes de las clases para recuperar las horas perdidas.

Lo único que me importa es que suene el pitido final, entrar en el edificio principal y encontrarme con ella.

Media hora después, con el pelo todavía húmedo por la ducha, me siento en uno de los bancos del vestuario para empezar a vestirme con el uniforme del Evercrest. Apenas estoy atándome las zapatillas cuando una toalla sudada me golpea directamente en la nuca.

—Por un momento, he pensado que Walter te iba a arrancar la cabeza para usarla de balón en el próximo partido —suelta Jamie mientras se deja caer en el banco de al lado con un suspiro dramático—. En serio, tío. ¿Dónde cojones tienes la cabeza hoy?

Le lanzo su toalla de vuelta a la cara, pero no puedo evitar que se me escape la risa.

—¿Tú también? No seas exagerado. Ha sido solo un pase.

—¿Un pase? —Jamie se aparta la toalla y me mira como si me hubiera vuelto completamente loco—. Ash, estabas mirando al césped como si en cualquier momento fuera a salir de ahí la respuesta al sentido de la vida.

Me levanto para coger mis cosas y meterlas en la taquilla, intentando darle la espalda para que no me vea la cara, pero Jamie me conoce demasiado bien.

—Espera un momento —arrastra las sílabas con esa lentitud que usa cuando acaba de atar cabos—, ayer saliste cagando leches del entrenamiento. Y hoy llegas aquí con una sobredosis de paciencia zen que no es normal en ti y con una cara de idiota que no te cabe en el cuerpo.

Cierro la puerta de la taquilla de golpe, pero la sonrisa ya se me ha instalado en la cara y es imposible borrarla.

—Cállate, Jamie.

—¡Oh, Dios mío! —Se lleva una mano al pecho y abre los ojos de par en par—. Te hemos perdido oficialmente. El gran Dylan Ashmore ha caído, chavales. ¡Es oficial!

—Estás pirado.

—Por favor, mírate. Estás flotando. Si te pincho ahora mismo, sangras corazones, hermano —se burla, dándome un codazo en las costillas—. Venga, suéltalo. ¿Qué pasó ayer con la señorita Monroe para que ahora tengas esa cara?

Cojo la mochila y me la cuelgo al hombro, negándome en rotundo a darle detalles. Lo que pasó anoche es solo nuestro, de Talya y mío, y no pienso compartirlo ni siquiera con mi mejor amigo. Pero al mirarlo no puedo evitar encogerme un poco de hombros.

—Solo fuimos a dar un paseo.

Jamie resopla y suelta una carcajada breve que resuena en el vestuario casi vacío.

—Un paseo. Ya. Pues bendito paseo. —Me da una palmada en la espalda y su expresión pierde un poco el tono de burla—. Te voy a decir una cosa, Ashmore.

Me quedo mirándolo con las cejas levantadas, esperando a que suelte lo que tenga que soltar.

—Ya, ¿qué pasa?

—No le hagas daño. Talya no es como Emma. Te aviso.

—¿Eres gilipollas? —gruño a la defensiva al instante—. Ya sé que Talya no es como Emma. No tienes que avisarme de nada.

—Por si acaso se te olvida con la emoción, tío. Cuando teníamos siete años, yo estaba cien por cien decidido a casarme con Talya. Era la mujer de mi vida.

Me atraganto con mi propia saliva y me giro hacia él.

—¿Qué cojones estás diciendo? —Frunzo el ceño hasta que casi me duele la frente—. ¿Tú? ¿Casarte con ella? Quítate esa imagen de la cabeza ahora mismo, me está dando algo.

Jamie suelta una carcajada enorme y levanta las manos en son de paz.

—Tranquilo, fiera. Guarda las garras, que no te la voy a robar.

Eso fue antes de darme cuenta de que en realidad era como una hermana pequeña para mí.

Ahora mismo la idea de casarme con ella me da un poco de grima, la verdad.

—Realiza una mueca de asco exagerada, pero enseguida vuelve a mirarme con un deje de seriedad en los ojos—.

Pero ya me entiendes, Ash. Es sensible. Así que más te vale cuidarla, porque, si le rompes el corazón, seré yo mismo quien convenza a Walter para que te eche del equipo a patadas.

Le sostengo la mirada. Ya sé que tengo que cuidarla, no hace falta que él me lo diga. Pero ver el instinto protector de mi mejor amigo hacia ella es algo que respeto profundamente.

—Antes me corto un brazo que hacerle daño, Jamie —le respondo—. Así que puedes estar completamente tranquilo.

Él asiente y se cuelga la mochila al hombro.

—Más te vale, Romeo. Venga, mueve el culo que llegamos tarde.

Unos minutos después, recorro el pasillo principal hacia la zona de las taquillas. El bullicio me envuelve, pero mis ojos escanean las cabezas buscando únicamente la suya.

Pero, en su lugar, me cruzo con algo mucho más molesto.

Unos metros más adelante, la pesada puerta del despacho de dirección se abre y Violet sale al pasillo.

Lleva una de esas sonrisas de superioridad que no me gustan ni un pelo.

Emma la está esperando apoyada contra la pared y, en cuanto Violet llega a su altura, le pasa lo que parecen un par de folios doblados y le susurra algo con urgencia.

Emma abre mucho los ojos y luego suelta una risita venenosa.

A saber qué cojones están tramando estas dos.

Paso por su lado sin aflojar el ritmo. Emma levanta la vista de los papeles y su sonrisa se ensancha al verme. Da un paso al frente para intentar cortarme el paso.

—¡Dylan! —canturrea—. Justo a ti te buscaba. ¿Tienes un minuto?

Ni siquiera me detengo. Me limito a esquivarla con total frialdad sin borrar la expresión dura de mi cara.

—Estoy ocupado, Emma.

—¿Ocupado? ¿Con qué? —pregunta, visiblemente ofendida porque no me haya parado a rendirle pleitesía.

No le contesto, sigo mi camino sin perder el tiempo.

—¡Tú te lo pierdes! —grita desde atrás—. ¡Disfruta mientras puedas, Ashmore! ¡Me estoy empezando a cansar de tus tonterías!

No le hago ni puto caso. El que está completamente cansado de «sus tonterías» soy yo. Sus amenazas vacías me importan una mierda.

Y, entonces, como si fuera el antídoto a toda la toxicidad de este instituto, la veo.

El murmullo del pasillo, los gritos de Emma a mis espaldas y los golpes metálicos de las taquillas desaparecen de golpe, silenciados por completo.

Talya está junto a su taquilla, sacando un par de libros.

Tiene la mirada baja, concentrada en lo suyo y completamente ajena a mis emociones justo a un par de metros de ella.

Solo con mirarla, con ver que se le escapa un mechón de pelo castaño por encima del hombro del uniforme, siento que la tensión de la mandíbula se me afloja.

Es increíble lo que esta chica hace conmigo. Me desestabiliza con solo respirar.

Me acerco a ella, esquivando a un par de alumnos, y me coloco a su lado. Entro en su campo de visión despacio. Anoche tuve que volver a usar todo mi autocontrol para no cruzar la línea, y hoy me toca hacer exactamente lo mismo. Frenar. Ir milímetro a milímetro.

Talya se gira de golpe y, por un segundo, temo ver ese muro de contención en sus ojos.

Pero no.

En cuanto sus ojos conectan con los míos veo que su cuerpo se relaja. Sus labios se separan un poco y un rubor que empieza a volverme loco le sube por el cuello.

—Buenos días. ¿Por qué capítulo vas del libro que compraste ayer?

Le dedico una de mis mejores sonrisas y lo peor de todo es que ni siquiera tengo que forzarla. Me sale sola simplemente al mirarla.

Joder.

Ella sonríe y me regala una sonrisa tímida. Una de verdad y solo para mí.

—Buenos días, Dylan. Eh… —se queda callada unos segundos—, por el quinto.

Apoyo el hombro en la taquilla de al lado, dejándome envolver por esa calma extraña que solo ella consigue transmitirme.

—¿Qué clase tienes ahora?

—Historia.

Estiro una mano y le quito el libro más pesado que sujeta contra el pecho para llevarlo yo.

—Vamos. —Hago un gesto con la cabeza hacia el pasillo—. Te acompaño mientras me cuentas si Stella y Robert por fin han arreglado las cosas después del drama del primer libro, o si la autora te va a hacer sufrir otra vez.

Me mira sorprendida, como si todavía no estuviera acostumbrada a que alguien quiera hacer algo tan simple como caminar a su lado y hablar de libros, pero termina asintiendo.

Y ese pequeño gesto afirmativo me hace sentir el puto rey del universo.