Si decides quedarte Cincuenta y cinco. Talya
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Cincuenta y cinco. Talya

Cincuenta y cinco

Talya

Creo que he olvidado cómo respirar.

Tengo que obligarme a parpadear y a apartar la vista de sus ojos verdes antes de que mis rodillas decidan dejar de funcionar en medio de la cafetería de Waterstones.

Nunca antes había visto a nadie observarme de la forma en la que lo está haciendo Dylan.

Es una mirada tan intensa y enfocada que me hace sentir como si el inmenso castillo iluminado que tenemos justo delante no fuera más que un simple decorado sin importancia.

Como si yo fuera el verdadero espectáculo.

La realidad de lo que está pasando me golpea de lleno.

No es solo la intensidad de sus ojos lo que me tiene el corazón latiendo desbocado. Es… todo. Que haya planeado esto para mí. Que me haya traído al lugar donde sabe que me siento más a salvo y que, además, me haya regalado la vista más espectacular de toda la ciudad.

Nadie jamás se había tomado nunca tantas molestias por mí.

De pronto, me siento vulnerable, pero de una forma extrañamente hermosa, trago saliva y me obligo a girar la cabeza hacia el enorme ventanal curvo para intentar recuperar el control sobre mi propio cuerpo.

—Gracias —logro decir, con la voz un poco más inestable de lo que me gustaría y la mirada fija en el castillo bañado en luz dorada. Esbozo una amplia sonrisa—. Por traerme aquí. Es increíble, Dylan. De verdad.

Siento que acorta un poco la distancia y se detiene a mi lado. No llega a tocarme, pero apoya un hombro contra el marco del ventanal para poder seguir mirándome.

—Si llego a saber que te iba a ver sonreír de esa manera —murmura—, te habría traído aquí el primer día que nos cruzamos.

El calor me sube a las mejillas y tengo que armarme de valor para volver a mirarlo a los ojos. Trago aire, intentando procesar el hecho de que alguien haga esto solo por verme feliz. Y, sin borrar la sonrisa de mi cara, le sostengo la mirada con una gratitud inmensa.

No hace falta decir nada más. El silencio que se instala entre los dos es tan cómodo que cualquier palabra lo estropearía. Me separo lentamente del cristal y le hago un pequeño gesto con la cabeza hacia el interior de la planta para ir a lo que hemos venido.

Durante la siguiente media hora, me sumerjo en mi propio paraíso particular.

Paseo por los pasillos repletos de lomos de colores y dejo que el olor a papel nuevo termine de asentar mi pulso.

Voy de una sección a otra, acariciando las portadas, leyendo sinopsis al azar y hablándole de mis autores favoritos con una soltura que ni yo misma reconozco.

En un momento dado, le planto un libro delante de la cara para enseñarle una edición preciosa y Dylan lo mira como si de verdad fuera lo más increíble que le han enseñado. Acto seguido, me sigue hasta una mesa de novedades mientras yo hablo.

—¿Ves esa portada de ahí? —Señalo—. ¿No es la más bonita que has visto en tu vida, Dylan?

—Lo es. —Sonríe.

—Cada vez que veo una portada bonita, quiero leer el libro. Es como si me avisara de que la historia que me espera será tan inolvidable como su exterior, ¿sabes?

Es imposible no ser feliz aquí dentro.

Pero lo más increíble de todo no es que yo esté parloteando sin parar, sino que él me escucha.

Me escucha de verdad.

Cada vez que levanto la vista de un libro, emocionada por alguna trama, me encuentro a Dylan apoyado contra alguna estantería, con las manos metidas en los bolsillos. No hojea las novedades. No mira los títulos. Tampoco se ha quedado sentado en uno de los sofás esperando a que termine.

Me mira a mí.

Todo el tiempo.

Me escucha con una atención tan absoluta que hace que el aleteo de mi estómago sea constante.

Al final, elijo la segunda parte de una serie de romance que llevo meses queriendo continuar. Al llegar a la caja, Dylan hace el amago de sacar la cartera, pero me adelanto y planto el dinero sobre el mostrador.

—Ni lo intentes —advierto—. Suficiente has hecho con traerme hasta aquí y, además, me has escuchado hablar de libros durante toda la tarde.

—Es solo un libro, Talya. Déjame invitarte.

Tras una breve discusión en la que salgo yo victoriosa, salimos a la calle con mi pequeña bolsa de papel en la mano.

El choque del aire helado contra mi cara es instantáneo, pero esta vez no me importa. La calidez que llevo en el pecho es más que suficiente para no congelarme.

Dylan se detiene en la acera y me mira fijamente.

—¿Te apetece dar un paseo? —Señala hacia los jardines que hay al otro lado de la calle—. Sé que hace frío, pero…

Decido interrumpirlo antes de que pueda terminar la frase. No quiero irme a casa de mis tíos. No quiero que el día termine.

—Me encantaría que diéramos un paseo.

La comisura de sus labios se eleva en una sonrisa suave y aliviada.

Me hace un gesto sutil para que avance a su lado y cruzamos la ancha calle de Princes Street para adentrarnos en los jardines que descansan a los pies de la inmensa roca del castillo.

En cuanto bajamos por uno de los senderos flanqueados por árboles desnudados por el otoño, el bullicio del tráfico se queda atrás. La penumbra del parque y el resplandor anaranjado de las farolas crean una especie de burbuja privada, íntima, solo para nosotros dos.

Miro de reojo su perfil mientras caminamos. Dylan avanza despacio, adaptándose sin esfuerzo a mi ritmo, con las manos metidas en los bolsillos. Aparte, el viento frío le alborota ligeramente el oscuro pelo.

Me he sentido tan bien, tan a salvo con él que sé que ha llegado el momento. Me siento preparada. Y siento que me debo a mí misma dejar de esconderme.

Cojo aire despacio, dejando que el frío me llene los pulmones para darme valor, y detengo mis pasos en mitad del sendero.

—Dylan…

Él frena al instante y se gira hacia mí para prestarme atención, tal y como ha estado haciendo durante la última hora.

—¿Estás bien? —pregunta.

—Sí, eh… Sobre lo del sábado y sobre todo esto… —Me abrazo a mí misma, apretando la bolsa de la librería contra el pecho para intentar contener el temblor de mis manos—. Me gusta estar contigo. Haces que me sienta a salvo —confieso—. Pero… pero tengo muchísimo miedo.

Dylan no dice nada que pueda interrumpirme. Solo da un paso minúsculo hacia mí y asiente despacio para que sepa que me está escuchando.

—Yo…, alguien me hizo mucho daño —suelto por fin.

Es la primera vez que lo reconozco en voz alta desde que llegué y la confesión me quema en la lengua—.

Me enseñaron lo que pasa cuando bajas la guardia y confías demasiado.

Por eso, cada vez que siento que estoy a punto de dejarme llevar, mi cerebro entra en un pánico ciego.

Su mandíbula se tensa de golpe. Un destello oscuro cruza sus ojos por una fracción de segundo al intuir lo que implican mis palabras. Pero desaparece tan rápido como ha venido, sustituido por una suavidad absoluta cuando vuelve a centrarse exclusivamente en mí.

—Me aterra perder el control —continúo con la voz temblando un poco—. Me asusta pensar que, si confío demasiado, mis propios demonios me van a traicionar, voy a entrar en crisis y vas a darte cuenta de que es demasiado difícil estar cerca de mí. Porque estoy demasiado rota.

Silencio.

El viento mueve las ramas sobre nuestras cabezas, pero yo solo puedo escuchar el latido frenético de mi propio corazón mientras espero su reacción.

Dylan no suspira, no se impacienta y, sobre todo, no me mira con lástima.

En su lugar, da otro paso hacia mí. Lo hace despacio, asegurándose de que veo el movimiento, hasta quedarse a un palmo de distancia. Lo suficientemente cerca como para bloquear el viento frío, pero sin llegar a tocarme. Respeta mis límites de una forma que me dan ganas de llorar de puro alivio.

—Talya —pronuncia mi nombre con una voz tan suave y delicada que me desarma por completo—. Mírame.

Parpadeo para espantar la humedad de mis ojos y le sostengo la mirada.

—A mí me da exactamente igual lo rotos que creas que están tus pedazos —asegura con una firmeza que no deja lugar a dudas—.

No eres un rompecabezas que yo tenga que arreglar.

Y no tienes que hacer absolutamente nada que te dé miedo.

Si necesitas que vayamos milímetro a milímetro, iremos milímetro a milímetro.

Y, si un día entras en pánico y necesitas dar tres pasos hacia atrás, yo daré tres pasos hacia atrás contigo.

Saca una mano del bolsillo y, con un cuidado infinito, la levanta. La deja en el aire cerca de mi rostro durante un segundo para darme la oportunidad de apartarme.

Pero no lo hago.

Al contrario, me inclino un centímetro hacia él.

Entonces roza suavemente mi mejilla fría con los nudillos. Después, aparta un mechón de pelo que el viento me había echado a la cara. El tacto es tan suave y delicado que lo siento como un salvavidas.

—Te lo dije esta mañana —susurra mientras me acaricia la piel con la yema del pulgar—. Tengo todo el tiempo del mundo. Si decides quedarte, yo no pienso irme a ninguna parte.

«Si decides quedarte».

Esa frase tan simple se me clava en el centro del pecho.

No me está pidiendo que sea valiente por él.

No me está exigiendo que cruce mis propios límites ni me está encerrando en una promesa.

Me está devolviendo todo el control. Me cede a mí todo el poder de elegir qué quiero hacer con mi propio miedo.

Y es precisamente esa libertad, esa falta absoluta de presión la que hace que mis ganas de salir corriendo desaparezcan por completo.

Cierro los ojos despacio. Y espero. Espero a que las sirenas de alarma de mi cabeza empiecen a sonar, a que el pánico me obligue a retroceder, tal y como hace siempre.

Pero no ocurre.

De nuevo, su contacto no me da miedo.

Todo lo contrario.

El roce de su pulgar solo me transmite seguridad y una paz infinita. Me permito apoyarme un poco más contra su mano, rindiéndome a la evidencia de que, con él, estoy a salvo.

—Gracias —susurro casi sin voz—. Por entenderlo.

Su pulgar detiene la suave caricia sobre mi pómulo, pero no aparta la mano. En su lugar, acuna mi mejilla con un poco más de firmeza, transmitiéndome un calor que contrasta con el aire helado de los jardines.

—Entenderte no me cuesta ningún esfuerzo, Talya —murmura—. Y quedarme aquí contigo tampoco. Es justo lo que quiero hacer.

Siento que su respiración choca contra mi rostro cuando acorta los escasos centímetros que nos separan. El movimiento es exasperantemente lento, tan medido y cuidadoso que me da todas las oportunidades del mundo para dar un paso atrás y romper el contacto.

Pero mis pies se niegan a moverse.

Me quedo quieta, con el corazón latiendo desbocado contra las costillas, mientras su olor a madera de sándalo y cuero me envuelve por completo. Mi cuerpo se prepara por pura costumbre, como si la cercanía siempre tuviera que doler.

Pero no duele. En su lugar, siento el roce cálido de su respiración en la parte alta de mi rostro, justo antes de que presione un beso lento, suave y profundamente tierno en el centro de mi frente.

El aire abandona mis pulmones en un suspiro largo y tembloroso.

Me quedo inmóvil, empapándome de la sensación de sus labios contra mi piel y del peso seguro de su mano en mi rostro. El miedo se ha evaporado. No hay alarmas sonando en mi cabeza ni ganas de salir huyendo en dirección contraria.

Solo siento una paz inmensa que me ancla a la tierra.

Dylan se separa unos centímetros, lo justo para volver a mirarme bajo la luz anaranjada de las farolas. Me observa en silencio y espera pacientemente a que yo marque el siguiente paso.

Y, en ese instante, arropada por la seguridad brutal que me transmiten sus ojos intensamente verdes, tomo la decisión más aterradora y liberadora de toda mi vida.

Voy a dejar de correr.

Voy a confiar en él.

«Quiero quedarme».