Si decides quedarte Cincuenta y cuatro. Talya
71%

Cincuenta y cuatro. Talya

Cincuenta y cuatro

Talya

¿Conoces esa horrible sensación de t omar una decisión en un momento de valentía absurda y pasarte las horas siguientes rezando para que caiga un meteorito y te libre de las consecuencias?

Pues esa soy yo ahora mismo.

Estoy sentada en el asiento del copiloto del coche de Dylan, con la espalda más rígida que una tabla de planchar y las manos apretadas sobre el regazo. No paro de preguntarme qué se me pasó por la cabeza al hablar con él.

Aunque no es que me haya arrepentido de haberle pedido que me acompañara a la librería.

Bueno, un poco sí.

Siendo sincera, no me arrepiento de pasar tiempo con él.

De hecho, cuando aparcó en la puerta de mi casa a las cuatro y media en punto, sentí un aleteo en el estómago que no tenía nada que ver con el miedo y muchísimo con las ganas de encontrarme con él.

Pero ahora que estamos encerrados en este espacio tan pequeño, a solas, mi cerebro ha decidido que es el momento perfecto para entrar en pánico.

Él está a escasos centímetros de mí, conduciendo con una sola mano apoyada en la parte baja del volante, con una postura tan atractiva que me resulta casi imposible no mirarlo.

El olor de Dylan, esas notas de madera, cuero y suavizante llenan todo el maldito coche, anulando cualquier otro pensamiento racional.

Mi verdadero problema son las ganas ridículas e incontrolables que tengo de hacer que cumpla su promesa de besarme. Y el terror absoluto que me paraliza al pensar en qué pasará si me dejo llevar y de repente mis propios demonios me traicionan y lo estropeo todo otra vez.

«Talya, estás perdiendo la cabeza».

Lo sé. Y también sé que, llegados a este punto, no puedo hacer nada para evitarlo.

Ya está.

Ya la he perdido.

El resto del trayecto transcurre en un silencio que, sorprendentemente, no me resulta nada incómodo, sino expectante.

Solo me atrevo a apartar la vista del parabrisas cuando siento que el coche se detiene y él apaga el motor. Parpadeo algo desubicada.

Estaba tan concentrada en mis propios pensamientos y en no mirar demasiado hacia su lado que no me había dado cuenta de hacia dónde nos estábamos dirigiendo.

Miro a través de la ventanilla y me doy cuenta de que no estamos ni cerca del barrio donde está la pequeña librería a la que fuimos la otra vez.

Ha aparcado en George Street, una de las calles más anchas y elegantes del centro de Edimburgo.

A esta hora ya es de noche, por lo que las farolas iluminan los imponentes edificios de piedra.

—¿Qué hacemos aquí? —Frunzo el ceño mientras me quito el cinturón de seguridad—. Aquí no está la librería.

Dylan me regala una de esas medias sonrisas suyas que hacen que el corazón me dé un vuelco y sale del coche sin darme más explicaciones. A los dos segundos, aparece en mi lado para abrirme la puerta.

—¿A dónde vamos, Dylan? —insisto.

El aire helado de la noche escocesa me golpea las mejillas de inmediato cuando salgo. Él cierra la puerta a mis espaldas y se mete las manos en los bolsillos del pantalón para luego mirarme desde su altura con un brillo divertido en sus ojos verdes.

—Es una sorpresa, chica nueva. Tú sígueme.

«Es una sorpresa».

Una parte de mí intenta ponerme en alerta por lo que pueda pasar, porque me ha llevado a otro lugar, pero la silencio. Sé que con Dylan voy a estar bien.

Me muerdo el labio para reprimir una sonrisa y empiezo a caminar a su lado.

Bajamos por una de las calles perpendiculares, escuchando el murmullo de la gente que camina deprisa para resguardarse del frío.

Al llegar al final de la calle y desembocar en la inmensa y bulliciosa Princes Street, vemos deslizarse un tranvía iluminado que avanza casi sin hacer ruido, fundiéndose con el tráfico nocturno.

Caminamos unos pocos metros por la acera, hasta que Dylan se detiene y señala hacia arriba con la barbilla.

Levanto la vista y me quedo un poco sobrecogida.

No es un local normal. Es un majestuoso e imponente edificio de piedra de estilo clásico, encajado entre escaparates modernos.

Tiene varias plantas y, justo por encima del balcón del primer piso, destaca un precioso y enorme ventanal curvo, como un mirador antiguo de cristal, que le da un aire de otra época.

Justo debajo leo el letrero de letras blancas sobre un fondo oscuro, perfectamente iluminado: Waterstones .

Abro un poco la boca, impresionada. No es solo una librería, es un edificio entero dedicado exclusivamente a los libros.

—Madre mía —murmuro.

—Me dijiste que estabas cansada de releer siempre los mismos libros —comenta él—. Supuse que aquí tendrías un par de opciones más para elegir.

El nudo de nervios que llevaba en el estómago desde hace una hora empieza a deshacerse, dejando paso a una acogedora calidez que se me instala en el pecho.

Ha pensado en esto.

Lo ha planeado.

¿Lo ha hecho solo por mí?

—Venga, vamos. —Empuja una de las pesadas puertas para dejarme pasar.

Dejamos atrás el frío helado y la oscuridad de la calle para sumergirnos en un paraíso rebosante de luz dorada que huele a papel, a tinta y a café recién hecho. Es tan enorme que no sé ni por dónde empezar a mirar, pero Dylan no se detiene en la planta baja.

—Aún no hemos llegado a la sorpresa —me avisa, guiándome hacia las escaleras.

¿Lo dice en serio?

Subimos una planta. Y luego otra. Rodeados de miles y miles de historias.

Allí arriba, el olor a café se vuelve mucho más intenso. Hay una cafetería llena de mesas y estanterías, pero no es eso lo que me deja completamente sin respiración.

Son los inmensos ventanales.

La pared entera ofrece una vista directa y absolutamente espectacular de la ciudad.

El castillo de Edimburgo se alza sobre la roca como una silueta en el cielo nocturno cubierto de nubes.

Está iluminado por potentes luces de un tono dorado y anaranjado que lo hacen brillar y destacar de forma espectacular en medio de la oscuridad.

Es una de las vistas más bonitas que he visto en mi vida.

Me acerco lentamente al cristal, hipnotizada, hasta apoyar las manos en el alféizar.

—Guau —es lo único que soy capaz de articular.

Dylan se coloca a mi lado. Pero, cuando giro la cabeza para mirarlo, me doy cuenta de que él no está mirando el castillo ni las luces doradas ni la ciudad de noche.

Me está mirando a mí.

—Sí —murmura en voz baja, con los ojos fijos en los míos—. Guau.