Cincuenta y tres. Dylan
Cincuenta y tres
Dylan
Es como ver a un cervatillo asustado a punto de ser atropellado por un camión.
Así es exactamente como me he sentido viéndola comer a una velocidad impactante, con la mirada clavada en los macarrones y las mejillas teñidas de un rojo precioso que no ha sido capaz de disimular.
He intentado ponérselo fácil. Juro que lo he intentado. Primero, le he parado los pies a Jamie. Luego, he bajado la voz con Talya, le he hablado con toda la calma de la que soy capaz y he intentado transmitirle que lo que pasó el sábado no ha cambiado nada.
O, bueno, para mí lo ha cambiado todo.
Porque si ya tenía claro que mis sentimientos por Talya estaban creciendo a la velocidad de la luz, después de aquello solo me queda la certeza de que estoy completa y absolutamente perdido por ella.
Cuando se llevó mi mano a su mejilla… El simple hecho de que me permitiera tocarla, que cerrara los ojos y me pidiera que no parase, que se sintiera a salvo conmigo…
Eso me destrozó y me reconstruyó a partes iguales.
No sé qué demonios le pasó antes de llegar aquí, ni quién le hizo creer que necesita que la arreglen.
Lo único que sé es que quiero protegerla de todo lo que la asusta.
Quiero ser su puto refugio. Quiero tenerla cerca y quiero estar con ella de todas las formas posibles.
Pero, claro, su mente funciona de otro modo. En cuanto le he dejado claro que me alegraba de verla, su cerebro ha hecho cortocircuito.
He visto que se ruborizaba hasta las orejas y que sus enormes ojos brillaban con un destello de pura vulnerabilidad. En prácticamente un segundo, ha terminado sus macarrones y ha salido huyendo hacia la biblioteca como si el comedor estuviera en llamas.
Pero ya empiezo a entenderla. Comprendo su lucha constante entre lo que quiere y lo que debe hacer. La lucha entre el miedo y el deseo. Y necesito borrar cualquier rastro de terror de sus ojos.
Necesito que entienda que conmigo no tiene por qué esconderse.
—¿Vas a terminarte eso? —pregunta Jamie, apuntando a mis macarrones y sacándome de mis pensamientos.
Miro a mi amigo. Luego miro las puertas por las que acaba de desaparecer Talya.
Ni de coña la voy a dejar irse así, pensando que tiene que esconderse de mí.
—Todo tuyo —suelto justo antes de levantarme de golpe.
—¿Vas en busca de Talya? —canturrea él, pero ya no le contesto.
Salgo del comedor a paso rápido y no tengo que buscar mucho. Está ahí, a unos metros de distancia. Se acaba de apartar de la pared y ha comenzado a andar con tranquilidad.
Acelero el ritmo para alcanzarla. El sonido de mis zapatos resuena rápido contra el suelo del pasillo vacío y noto que su cuerpo reacciona al instante al escucharme.
Frena en seco y se gira hacia mí.
Tiene los ojos muy abiertos y las mejillas encendidas, con una expresión de mortificación absoluta cruzándole la cara,como si deseara que el suelo del instituto se abriera y se la tragara ahora mismo.
Parece tan frágil y, joder, es tan preciosa que me vuelve loco de remate.
Me meto las manos en los bolsillos del pantalón para evitar la tentación de tocarla y darle espacio. De todos modos, no detengo mis pasos hasta quedarme a una distancia prudente, lo bastante cerca como para hablar en voz baja.
Es la primera vez que la tengo así de cerca desde el sábado en el sótano de Jamie.
Sin el ruido de la música y, sobre todo, sin una sola gota de alcohol en su sistema.
Y yo sigo sintiendo el mismo impulso irracional de acercarme lo suficiente como para comprobar si sus labios son tan suaves como imaginé.
«Contrólate, tío».
Sí. Tengo que hacerlo. Así que hundo las manos un poco más en la tela de mis pantalones.
—¿Deberes de Matemáticas? —Bajo un poco el tono de voz y ladeo la cabeza con diversión—. Tienes que admitir que, como excusa para huir de mí, es un poco floja. La del virus estomacal de ayer era mucho más dramática.
La veo tragar saliva. Aprieta los tirantes de su mochila como si le fuera la vida en ello y baja la mirada un segundo antes de volver a clavar esos ojazos en mí.
—Yo… no estaba huyendo —balbucea—. Es verdad que tengo deberes.
—Talya —pronuncio su nombre despacio y doy un paso minúsculo hacia ella—. Vuelves a estar evitándome. ¿Es por lo del sábado?
Abre un poco más los ojos y se lleva las manos a la cara, avergonzada.
Joder, ¿está avergonzada por lo que dijo? ¿Eso es lo que le pasa?
—Oye, lo siento. —Agacha la mirada—. De verdad, olvida todo lo que te dije. Era mi primera vez bebiendo alcohol y está claro que me sentó mal. Lo siento muchísimo. En serio, haz como si no hubiera pasado nada. Tengo… tengo que ir a la biblioteca.
Lo suelta todo de carrerilla, sin parar a respirar. Después, se da la vuelta tan rápido mientras intenta huir que casi se tropieza consigo misma.
Pero mi cuerpo actúa antes de que mi cerebro tenga tiempo de procesarlo. Saco la mano del bolsillo y la agarro de la muñeca con suavidad, lo justo para detenerla.
Se queda clavada en el sitio. Coge aire con fuerza y se gira hacia mí despacio.
—No me pidas que olvide nada, Talya. Y, desde luego, no tienes que pedirme perdón.
Ella me mira fijamente. Su mirada baja con lentitud, trazando el camino desde mis ojos hasta mi boca y se queda ahí, anclada. Y entonces, como si no fuera consciente de lo que está haciendo, atrapa su labio inferior entre los dientes.
Joder.
Me cago en mi puta vida.
Ese simple gesto me manda directo al abismo.
El pulso se me desboca de golpe y tengo que apretar la mandíbula hasta que meduelen los dientes para no acortar la microscópica distancia que nos separa, acunarle la cara entre las manos y besarla de una puta vez para que se le olviden todos sus miedos.
Me da exactamente igual que estemos a plena luz del día y que cualquiera pueda vernos.
Pero dije que haría las cosas bien.
Aflojo el agarre de su muñeca y deslizo mi mano hasta rozar la palma de la suya, notando su pulso desbocado.
—Te dije que, si me lo pedías estando sobria, no me iba a contener —le recuerdo en un susurro, obligándola a levantar la vista para mirarme a los ojos—. Y yo siempre cumplo mis promesas. Así que no puedo olvidarlo.
El color rojo intenso le sube por el cuello hasta teñirle las mejillas por completo. Su respiración se vuelve tan rápida e irregular como la mía.
—Yo…, eh…, sí, claro —murmura completamente aturdida. Esquiva mis ojos por un segundo antes de volver a mirarme. Está buscando cómo contestarme, pero su cerebro se niega a colaborar—. Las promesas… está bien cumplirlas.
Se me escapa una sonrisa suave al verla tan nerviosa. Es tan jodidamente adorable…
—Y esperaré. Tengo todo el tiempo del mundo, Talya —le aseguro bajando un poco más el volumen para transmitirle la calma que yo, por dentro, no tengo en absoluto.
Ella parpadea. La incredulidad choca con el miedo que percibo en el ámbar de sus ojos.
—¿Todo el tiempo del mundo? —susurra.
Y puedo ver en su rostro que le asusta la idea de que alguien esté dispuesto a no presionarla. A esperarla de verdad.
—Para ti, sí. Todo el que haga falta.
Me preparo para que suelte otra excusa, para que me dé un tirón, se libere del agarre y salga disparada por el pasillo.
Pero, en lugar de hacer eso, da un paso minúsculo hacia mí. Es un movimiento tan sutil que parece un espejismo, pero para mí es como si acabara de cruzar un océano entero.
Ella traga saliva antes de empezar a hablar.
—Ahora tengo que terminar los deberes, pero… ¿quieres…? —Se aclara la garganta antes de continuar—. Esta tarde tenía pensado volver a esa librería a la que fuimos. Estoy empezando a cansarme de releer siempre las mismas historias… ¿Quieres venir conmigo?
Joder.
Me quedo mirándola, esto me ha pillado totalmente por sorpresa. Que sea ella la que haya dado este paso, que se haya atrevido a pedirme que la acompañe… me vuela la cabeza.
Una enorme sonrisa se abre paso en mi cara sin que pueda evitarlo. El alivio y la felicidad me golpean de lleno.
—Volver a esa librería suena perfecto, Talya.
Cualquier plan que suponga pasar tiempo con ella suena perfecto.
Un suspiro tembloroso escapa de sus labios y veo que la tensión abandona sus hombros de golpe.
—Genial. ¿Nos vemos allí a las cinco?
Ni de coña. No voy a desperdiciar la media hora de trayecto que podríamos pasar juntos. Si puedo exprimir el reloj y estar con ella desde antes, lo pienso hacer.
—Nos vemos en tu puerta a las cuatro y media —la corrijo. Suelto por fin su mano, deslizando la yema del pulgar por su palma en una última caricia antes de apartarme y dejarla ir—. Y ahora ve a hacer esos deberes, chica nueva.
Ella asiente, ruborizada, pero con un brillo completamente diferente en los ojos. Esta vez, cuando se da la vuelta y echa a andar hacia la biblioteca, sus pasos son tranquilos. Ya no corre. Ya no huye de mí.
Y yo me quedo plantado en medio del pasillo mientras veo cómo se aleja, y tengo la absoluta certeza de que las cuatro y media de la tarde me va a parecer la hora más lejana de mi puta vida.