Si decides quedarte Cincuenta y dos. Talya
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Cincuenta y dos. Talya

Cincuenta y dos

Talya

Hoy es, oficialmente, el peor día de todos los que llevo en el Evercrest.

Estoy escondida detrás de la puerta de mi taquilla, fingiendo buscar un libro que no existe, solo para evitar mirar hacia el final del pasillo. Para evitar verlo a él.

Ay, madre.

Cuando abrí los ojos ayer por la mañana, tenía ganas de morirme.

Y no solo por el dolor de cabeza tan horrible que sentía por culpa de esa «bebida de la alegría» que me dio Jamie. También por la increíble vergüenza que sentía después de recordar todo lo que había pasado la noche anterior.

Más bien, lo que no había pasado.

Yo le había pedido que me besara.

Y él no había querido hacerlo.

Porque no quería que me arrepintiese después.

¿Me habría arrepentido?

Claro que no me habría arrepentido.

El alcohol me empujó a pedírselo, pero soy yo la que, por alguna razón, se muere de ganas de estar cerca de ese chico. Cualquier otro se habría dejado llevar. Cualquier otro habría aprovechado mi vulnerabilidad para besarme. Pero Dylan no lo hizo.

Pero me tocó. Y yo no sentí miedo. Estaba muy muy cerca de mí. Y me sentí tranquila . Por primera vez me sentí en paz con un contacto de ese tipo.

Dylan me protegió de mí misma. Puso mi bienestar por encima de su deseo.

«Si me lo pides mañana, te juro que no me voy a contener».

Ay, Dios.

Por todo eso, cuando mi móvil vibró con su mensaje, casi me da un infarto. Pensé durante un buen rato en no leerlo. Me daba miedo hacerlo.

¿Qué tal va tu primera resaca? No quería

molestarte, pero tengo aquí a una personita

vestida de bailarina que insiste en que un tal

Azulito necesita un amigo urgentemente.

Era el mensaje más dulce del mundo. Y yo entré en pánico.

Me imaginé llegando a su casa, con sus padres mirándome, su hermana pequeña haciéndome preguntas y, por supuesto, teniendo que enfrentarme a mirar a Dylan a los ojos después de lo ridícula que me sentía.

Así que hice lo único que sé hacer bien: huir. Y soltar una superexcusa de la forma menos atractiva posible.

Pensar en mi respuesta me da ganas de golpearme la cabeza contra la taquilla.

Estoy llena de vómito. Llevo toda

la mañana abrazada al inodoro.

Dile a Elsie que lo siento mucho.

Cierro los ojos, mortificada, me arde la cara solo de recordarlo. ¿Cómo pude haberle dicho que estaba llena de vómito al mismo chico al que, apenas unas horas antes, le había suplicado que me besara? ¿En qué cabeza cabe? Es la frase menos sexy de la historia de la humanidad.

A pesar de mi asquerosa respuesta, él contestó al segundo de la forma más adorable posible.

Mejórate, preciosa.

Le diré a Elsie que estás malita,

seguro que lo entiende.

Le digo que estoy vomitando y él me llama preciosa. ¿Qué le pasa a este chico? ¿Por qué es de ese modo?

Es imposible que exista alguien así. No conmigo.

—Talya, ¿me explicas qué se te ha perdido ahí dentro? —Una voz a mis espaldas me hace dar un respingo, haciendo que se me caigan todos los papeles al suelo.

—¡Alice, qué susto! —Me llevo una mano al pecho mientras me agacho a recoger el desastre.

—Te estamos esperando. —Inclina la cabeza hacia una esquina donde están Noa y Erik—. Vamos a quedarnos sin mesa en el comedor.

—Eh…, sí. Lo siento, ya voy.

En el comedor. Donde estará Dylan. ¿Cómo se supone que voy a mirarlo a los ojos?

Mi estómago emite un rugido, contradiciendo por completo mi pensamiento de salir corriendo.

—Bueno, ¿qué? —Mi amiga me propina un codazo, divertida, cuando llegamos donde están sus amigos—. ¿Tienes ganas de ver a Dylan?

—¿P-por qué?

Pero sé por qué me lo pregunta.

—Estuvisteis muy juntitos en la fiesta, ¿no?

—¿L-lo viste?

—Todo el mundo os vio, Talya —apunta Noa—. No es como si llevarais una capa de invisibilidad.

Intento ocultar el rostro con los papeles, como si eso me ayudara a desaparecer. No obstante, de poco me sirve.

—Es el peor día de mi vida… —musito.

—Tampoco estabais haciendo nada malo —intenta animarme Erik—. Dos personas que están flirteando en una fiesta.

—¡Flirteando! —Noa chasquea la lengua—. Ni mi abuelo habla así.

Sigo a Alice, Noa y Erik por los pasillos abarrotados hasta que las puertas dobles del comedor nos reciben con su habitual bofetada de ruido, olor a comida caliente y voces superpuestas.

Después de servirnos el menú del día en nuestras respectivas bandejas, mi amiga de la infancia escanea el lugar con los ojos entrecerrados y suelta un bufido.

—Genial, nuestra mesa está pillada. Nos vuelve a tocar acoplarnos con mi hermano y su séquito.

Trago saliva. El corazón empieza a latirme tan fuerte que temo que puedan escucharlo.

A medida que nos acercamos a la mesa, hago un recuento visual rápido y rezo a cualquier fuerza del universo para que haya un sitio lejos de él. Pero el universo, claramente, tiene un sentido del humor perverso.

Jamie y Harry están sentados en uno de los lados, parece que Nathan se ha saltado la comida hoy, y Dylan ocupa un asiento justo enfrente de Harry.

Mis opciones de escape desaparecen en cuestión de segundos. Noa se nos adelanta y deja su bandeja al otro lado de Jamie, completando esa fila de asientos. Erik preside la mesa, justo al lado de Noa, y Alice, sin pensarlo dos veces, se deja caer en la silla contigua a él.

Y entonces lo veo. El recuento matemático del desastre.

El único hueco disponible de toda la maldita mesa está encajonado justo en el centro. Frente a Jamie. A un lado de Alice.

Y al otro lado de Dylan.

Me obligo a caminar con normalidad, aunque siento que las rodillas me van a ceder en cualquier momento.

Me dejo caer en ese hueco, rígida como una tabla, y clavo la mirada en la bandeja de comida que acabo de coger como si los macarrones fueran lo más fascinante que he visto en mis dieciséis años de vida.

Lo que sea con tal de no mirar a Dylan Ashmore a los ojos.

Tal vez ya no se acuerda, ¿no?

«No seas estúpida, Talya. Dylan te llevó a casa. Él no tomó alcohol. Y, además, todos en esta mesa saben lo que pasó».

Ay, Dios.

—¡Hombre, pero si es Monroe la resucitada! —exclama Jamie, apuntándome con el tenedor—. Ya veo que te lo pasaste muy bien el sábado…

El calor me sube por el cuello mientras escucho a Dylan carraspear a mi derecha para que su mejor amigo se calle. Este último capta al vuelo la señal, lo que significa que han hablado de mí. Han hablado de lo que hice en la fiesta.

—¿Qué tal te sentó mi creación maestra? —pregunta Jamie.

Siento que la cara me arde, pero por fin me atrevo a hablar.

—Por favor, ni la menciones —murmuro—. Juro que no pienso volver a acercarme a nada que tenga ese color radioactivo en mi vida.

—Eso decimos todos la primera vez. Luego el cuerpo se acostumbra —se ríe Jamie, ganándose un golpe en el brazo por parte de Noa.

—Déjala en paz, idiota —le riñe ella—. Es la primera vez que bebe, casi la envenenas.

—Técnicamente, el cuerpo humano interpreta el alcohol como un veneno, así que Noa tiene razón —apunta Harry.

—Tú cállate, friki —replica Jamie, aunque sin maldad, y al segundo los tres se enzarzan en un debate absurdo al que enseguida se unen Alice y Erik.

El foco se aleja de mí, pero mi alivio dura tan solo una milésima de segundo.

A mi lado, Dylan se mueve. Su brazo roza el mío sobre la mesa y siento una descarga eléctrica que me eriza la piel hasta la nuca. Por el rabillo del ojo, veo que tiene su mirada clavada en mí.

Si hago como que no lo he visto, no pasa nada. ¿Verdad?

—¿Vas a hacer como que no existo? —pregunta en voz baja, ignorando por completo la discusión que se está formando a escasos centímetros de nosotros.

Levanto la vista de mi plato con lentitud y atraso el momento que estaba evitando todo lo posible.

«Vale, tranquila, Talya. No pasa absolutamente nada», intento convencerme a mí misma.

Pero mi cuerpo no entiende de razones, porque siento que voy a vomitar. Y esta vez de verdad.

—Dylan. Hola. —Mi voz sale como un susurro avergonzado.

Cuando mis ojos alcanzan los suyos, creo que me voy a desmayar. La respiración se atasca en mis pulmones.

Esos ojos están igual de verdes y profundos que el sábado, pero hoy no hay rastro de esa intensidad oscura y peligrosa que casi me hace perder la cabeza.

Hoy hay calma. Me observa con una paciencia absoluta, como si supiera exactamente el nivel de pánico que me está asfixiando y quisiera frenarlo solo con su presencia.

«Tierra, trágame. Y hazlo cuanto antes».

—¿Cómo estás? —me pregunta.

Trago saliva mientras me pierdo en la forma en que me mira. No hay juicio en su expresión, ni incomodidad, ni tensión, ni reproches. Solo está él, asegurándose de que yo no me rompa en pedazos por culpa de mi propia vergüenza.

—Muy bien —susurro, y me doy cuenta de que, a pesar de los nervios, lo estoy—. ¿Y tú?

Una media sonrisa, de esas que aparecen en mi mente más veces de las que me gustaría, asoma en sus labios.

—Ahora que estás aquí, genial.

Ya está. Estoy completamente perdida.

Un calor reconfortante y dulce se instala en mi pecho, desplazando el nudo de ansiedad que me tenía paralizada.

Y eso, de manera paradójica, hace que el corazón me lata todavía más deprisa.

Le devuelvo una sonrisa tímida, incapaz de articular palabra. Aparto la mirada antes de que me descubra mirándole los labios, pero entonces me doy cuenta de que nuestros amigos han dejado de discutir y están pendientes de Dylan y de mí. Roja como un tomate, vuelvo a centrarme en mi comida.

Acelero el ritmo, apurando el último bocado en tiempo récord.

Necesito salir de aquí. Necesito estar a solas para asimilar que, lejos de rechazarme, Dylan parece querer estar todavía más cerca de mí.

Que mi atrevimiento no lo ha asustado en absoluto, sino que ha conseguido que la poca distancia que quedaba entre los dos desaparezca por completo.

Tras terminar, cojo mi bandeja con las manos temblorosas y me levanto de golpe, haciendo que las patas de la silla rechinen contra el suelo.

—Alice, te espero en la biblioteca. Voy a ir… adelantando los deberes de Matemáticas.

Alice, que todavía va por la mitad de su plato, me mira sorprendida, pero asiente.

—Vale, acabo esto y te alcanzo.

—Hasta luego —murmuro en general, evitando cruzar la mirada con nadie más, especialmente con él.

Me doy la vuelta y camino rápido hacia las puertas del comedor. Cuando salgo al pasillo, el bullicio desaparece de golpe y dejo escapar un suspiro tembloroso que no sabía que estaba conteniendo.

Me apoyo contra la pared y cierro los ojos un segundo para intentar que mi ritmo cardíaco vuelva a la normalidad. Lo he conseguido, ¿no? He sobrevivido a ver a Dylan y a las miradas de nuestros amigos sin hacer el ridículo.

Una vez me siento un poco más ligera, empiezo a caminar hacia la biblioteca. No obstante, en ese momento escucho unos pasos rápidos a mi espalda.

Me giro por puro instinto.

Ay, no.