Cincuenta y uno. Dylan
Cincuenta y uno
Dylan
«Quiero que me beses».
Me cago en la puta.
Esa frase se ha repetido en bucle en mi cabeza toda la noche, colándose en mis sueños, y mi cuerpo se ha encargado de recordármelo nada más abrir los ojos.
Me paso una mano por la cara, frustrado, y aparto las sábanas de un tirón. Tengo la piel ardiendo y el pulso acelerado, como si acab ara de correr una maratón.
Pero no he corrido. Solo he recordado. Su boca.
Joder, su boca.
La forma en que se mordió el labio inferior. La forma en que me miró, con esos ojos enormes y adictivos, pidiéndome algo que llevo queriendo darle desde el día que la encontré en el baño.
Y yo dije que no. Vamos, no me jodas.
Me levanto de la cama con un gruñido y voy directo a la ducha. Abro el grifo del agua fría al máximo. El chorro helado me golpea la espalda y me corta la respiración, pero es lo único que consigue bajarme un poco las revoluciones y devolver la sangre a donde debería estar.
Apoyo la frente contra los azulejos mojados y cierro los ojos.
«A lo mejor me has arreglado».
¿Quién coño le ha hecho pensar que estaba rota? ¿Quién le ha hecho creer que necesita que la arreglen?
Anoche, en el sótano de Jamie, tuve que usar cada gramo de autocontrol que tengo para no empotrarla contra la pared y demostrarle que no hay nada roto en ella. Que es perfecta. Que encaja conmigo de una forma que me asusta.
Pero no podía hacerlo, porque había bebido. Y quiero hacer las cosas bien con ella. Necesito hacer las cosas bien con ella. Porque si hoy se despertaba arrepentida, yo no iba a saber cómo superarlo.
«Estás bien jodido, Dylan. Esta chica no es como las demás».
Y tanto que Talya no es como las demás. No había sentido este tipo de cosas en mi puta vida.
El viaje de vuelta fue una jodida tortura. Tenerla en mi coche, en el asiento del copiloto, con ese olor a frutas del bosque y al champú de su pelo, fue una prueba de resistencia para la que no estaba preparado.
Se quedó dormida a los cinco minutos, con la cabeza apoyada contra la ventanilla, respirando suavemente.
Parecía tan tranquila y ajena al huracán que había desatado dentro de mí…
Tuve que conducir con las manos aferradas al volante hasta que los nudillos se me pusieron blancos para no alargar la mano y tocarla.
Para no acariciarle el pelo. Para no dar la vuelta y llevármela a cualquier sitio donde estuviéramos solos de verdad y la única música fuera su respiración.
Su respiración.
O, mejor dicho, ese sonido. Ese pequeño gemido que se le escapó justo antes de que me detuviera. Eso también me ha estado torturando.
Cierro el grifo de golpe, salgo de la ducha y empiezo a secarme el pelo con brusquedad. El espejo me confirma que tengo unas ojeras de la hostia, y no me extraña.
Vuelvo a mi habitación y cojo el móvil de la mesilla con urgencia. Entro en su chat y empiezo a escribir sin pensarlo demasiado.
«¿Cómo estás?». Demasiado soso.
«¿Te duele la cabeza?». Demasiado fraternal.
«¿Todavía sigues queriendo besarme?». Demasiado peligroso.
Bloqueo el móvil y lo tiro al colchón como si quemara en mi mano.
—Dylan —la voz de mi madre golpea la puerta—, ¿vas a bajar a desayunar?
—Sí, mamá. Ahora voy.
Me pongo lo primero que pillo y bajo a la cocina. Mi madre está cortando fruta, y Richard, sirviendo café.
—¿Café? —me pregunta.
—Por favor —suplico.
—¡Dyl! —Elsie entra corriendo a la cocina, vestida con la falda de ballet que usa para sus clases—. ¿Hoy va a venir Talya?
Me quedo clavado en el sitio.
Mi madre alza la vista, divertida. Richard también me mira, con esa ceja levantada que dice saber más de lo que debería.
Genial. Justo lo que me faltaba.
—¿Va a venir, Dyl? —insiste Elsie—. Es domingo y me prometió que íbamos a pintar juntas a Amarillito.
—¿Amarillito? —Me acerco a ella y la cojo en brazos.
—¡Sí! El amigo de Azulito. No quiero que se quede solo.
—Eso tiene muchísimo sentido. ¿Quieres que lo pintemos tú y yo?
—No. Quiero pintarlo con Talya ¿Puedes decirle que venga? Porfi.
Suelto un suspiro que me sale del alma y la dejo en el suelo.
Perfecto, ahora no soy el único obsesionado con ella. Ahora mi hermana también lo está.
Richard se ríe y me tiende la taza de café, que cojo como si fuera agua en medio del desierto.
—Porfi, porfi, Dyl.
—Ahora estará dormida, enana. —Me paso una mano por la nuca—. Ayer se acostó muy tarde.
—Pero ya es de día —protesta ella, con los brazos en jarra. Es una copia en miniatura de mi madre cuando se enfada.
—Yo que tú le haría caso, chico —añade Richard—. Ya sabes que, cuando a las mujeres de esta familia se les mete algo en la cabeza, estás perdido. Es mejor rendirse rápido.
Mi madre asiente dándole la razón.
—Mándale un mensaje, Dylan —interviene ella suavizando el tono. Deja el cuchillo y me mira con esa expresión cariñosa que usa cuando sabe que estoy agobiado—. Si está dormida, ya lo verá cuando se despierte. Dile que venga a comer si le apetece. A nosotros nos gustó mucho esa chica.
—Ya, claro. Os gustó.
«A mí también».
Richard suelta una risita, se cruza de brazos e intercambia una mirada rápida con mi madre. Ahí está. La comunicación telepática de los padres.
Miro hacia la puerta, calculando mis opciones de escape, pero Elsie se ha abrazado a mi pierna como un koala.
Me están tendiendo una emboscada en mi propia cocina.
—No te hagas el duro, anda —dice Richard—. Que se te nota a leguas, chaval.
Frunzo el ceño.
—¿Que se me nota el qué?
—Que te hace tilín.
Bufo.
—Richard, por Dios. ¿«Que te hace tilín»? Nadie utiliza esa expresión.
—Bueno, pues que te gusta —corrige él, divirtiéndose a mi costa—. Que te mola. Que estás coladito por sus huesos. ¿Sigo? Tengo un amplio repertorio.
—No, por favor, no sigas —lo corto—. No pienso tener esta conversación con vosotros. De verdad.
—No es ninguna conversación —dice mi madre sonriendo—. Es solo una observación. Te vimos feliz el otro día mientras Talya estaba aquí.
Me quedo quieto, con la taza de café a medio camino de la boca.
Joder, ¿tan transparente soy?
—Así que —continúa Richard— saca el maldito teléfono y mándale un mensaje. Hazlo por tu hermana, si eso te sirve de excusa.
Miro a Elsie, que me mira haciendo pucheros.
—Muy bien, tú ganas —cedo, despeinando a Elsie—. Voy a escribirle.
—¡Bien! —exclama ella, y se suelta de mi pierna para empezar a dar saltos.
Entro en su chat.
«Hazlo por Elsie», me digo a mí mismo. «Solo por Elsie».
Pero es mentira. Lo hago por mí. Me muero por hablar con Talya.