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Cincuenta. Talya

Cincuenta

Talya

La tarde ha avanzado y Jamie ha convencido a todos para continuar la fiesta en el sótano de su casa, aprovechando que sus padres están de viaje de negocios.

A Noa, por extraño que suene, le ha parecido una magnífica idea.

No sé en qué momento yo también he aceptad o ni en qué momento mi vaso de Coca-Cola se ha convertido en un vaso rojo de plástico con algo que Jamie llama «la bebida de la alegría» y que sabe a frutas del bosque y a peligro.

El mundo se ve diferente a través del fondo de este vaso.

Más borroso. Y más amable. Los bordes afilados de mi realidad, esos que normalmente me cortan cuando intento respirar, se han suavizado.

La música retumba en las paredes, el aire huele a alcohol, y hay tanta gente, que ni siquiera sé de dónde ha salido, que apenas puedo moverme.

En otra vida, en la vida de la Talya de hace tan solo algunas semanas, estaría hiperventilando en el baño o llamando a un taxi. Pero esta noche no. Esta noche, el líquido dulce me ha encendido una calidez en el pecho que me hace sentir… valiente.

Me apoyo contra la pared, un poco mareada, buscando un punto fijo. Y lo encuentro.

Dylan.

Está al otro lado de la habitación, hablando con Erik, pero sus ojos no están en su amigo. Están en mí. Lleva toda la noche así, vigilándome desde la distancia, como un guardaespaldas.

—¡Tía, ahora vengo! —Alice grita por encima del ruido—. Voy a decirle al estúpido de Jamie que deje de cambiar la música como un loco. Me está poniendo de los nervios.

Asiento y ella se aleja, perdiéndose entre la gente.

Estoy feliz. Estoy más feliz que nunca. Al menos más feliz que nunca en los últimos tres meses.

De repente, una figura de metro noventa aparece justo delante de mí.

—Te has teletransportado. —Señalo a la otra punta de la sala—. Hace un segundo estabas allí.

—Pues ahora estoy aquí. —Él arquea una ceja, divertido, aunque sus ojos me estudian con preocupación—. ¿Cuántos llevas, Talya?

—No sé. ¿Dos? Creo que sí. Sabe bien. —Miro el vaso y me encojo de hombros—. Es la primera vez que tomo alcohol.

—¿Y estás bien?

—Estoy perfecta. —Me choca el notar que mi lengua pesa un poco—. Me gusta. Hace que el ruido de mi cabeza se calle.

La expresión de Dylan cambia. Se vuelve más intensa.

—¿Y qué dice el ruido cuando no se calla?

—Muchas cosas. —Levanto la vista y clavo mis ojos en los suyos, con una valentía que no es la mía—. Que debería esconderme y que debería alejarme de ti. Pero ahora mismo no la oigo. Ahora mismo solo quiero…

Me callo, mordiéndome el labio inferior. La Talya sobria me gritaría que parase. La Talya de ahora solo quiere saber a qué sabe él.

—¿Qué quieres, Talya? —pregunta Dylan con voz ronca.

—Quiero que me beses.

Dylan se tensa como si le hubiera dado una bofetada. Cierra los ojos un segundo y suelta un suspiro que suena a frustración pura.

—Mierda, Talya —murmura, abriendo los ojos de nuevo. Sus pupilas están tan dilatadas que solo queda una línea de ese verde que tanto me gusta—. Has bebido demasiado.

—No. Bueno, o sí —admito, y me separo de la pared para acercarme un poco a él—. Pero de verdad quiero besarte. También quería que lo hicieras antes de beberme esto. Llevo queriendo hacerlo toda la semana.

Él traga saliva. Veo que su nuez sube y baja con pesadez.

—Ya. Joder.

Siento un pinchazo de inseguridad.

—Lo siento —me disculpo—. No pasa nada si tú no quieres hacerlo.

Dylan aprieta la mandíbula con tanta fuerza que se le marca un músculo en la mejilla.

—Talya, quiero besarte —dice, y la intensidad de su voz, cargada de una necesidad bruta, me hace temblar las rodillas—. Claro que quiero besarte. Me muero por hacerlo.

—¿Y por qué no lo haces?

Dylan niega con la cabeza, pasándose una mano por el pelo.

—Joder, me cago en la puta —masculla.

—¿Estás enfadado?

—Sí, joder. Pero no contigo, Talya. —Apoya la mano izquierda en la pared, justo al lado de mi cabeza—. No puedo besarte. No mientras estés así y puedas arrepentirte mañana.

De repente, se me ocurre algo. Una prueba. El alcohol me da el valor, pero la necesidad viene de mucho más adentro.

—¿Y puedes tocarme? —pregunto en un susurro.

Él frunce el ceño, confundido.

—¿Qué?

—La cara —aclaro, señalándome la mejilla—. Quiero ver qué siento ahora. A lo mejor me has arreglado.

—¿El qué te he arreglado? —pregunta muy suavemente.

—A mí. —Le cojo la mano derecha. Es grande y está muy caliente comparada con la mía, helada. Tiro de ella con delicadeza hacia mi cara—. Quiero ver si sigo rota.

Dylan deja de respirar. Me deja guiarlo, pero noto la tensión en cada músculo de su brazo. Cuando su palma toca mi mejilla, cierro los ojos instintivamente, esperando el pánico.

Pero no llega. Su mano es áspera y suave a la vez. Su pulgar acaricia mi pómulo con una reverencia absoluta.

Suelto el aire que estaba conteniendo y abro los ojos.

Es Dylan.

No veo a nadie más.

Es su mano la que está tocándome. No otras.

—Talya —ruega—. Me lo estás poniendo que te cagas de difícil.

—No pares —le pido, inclinando la cara hacia su tacto, cerrando los ojos de nuevo y disfrutando de la caricia—. Por favor.

Estamos en el borde del precipicio. El bajo de la música sigue retumbando en las paredes del sótano, sacudiendo el suelo, pero de repente parece estar a kilómetros de distancia.

El ruido de la fiesta desaparece y solo puedo escuchar el de su respiración entrecortada y el latido desbocado de mi propia garganta.

Siento su aliento en mis labios. Sé que ha dicho que no, pero la gravedad es demasiado fuerte. Estamos tan cerca que, si uno de los dos respira de más, chocaremos.

Dylan baja la cabeza un milímetro más. Su frente se apoya contra la mía y su pulgar, que hasta ahora acariciaba mi mejilla, se desliza con lentitud hasta rozar la comisura de mis labios.

Se detiene ahí, presionando apenas la piel sensible, abriendo mi boca lo justo para que mi aliento se mezcle con el suyo.

—No tienes ni idea —murmura contra mi piel, tan cerca que sus palabras rozan mis labios antes de llegar a mis oídos—. No tienes ni idea de lo que me estás haciendo.

—Dímelo —lo reto en un susurro y, al hablar, mis labios se mueven contra la yema de su dedo.

Él suelta un gruñido bajo, un sonido que vibra en su pecho y resuena en el mío.

Su otra mano, la que estaba apoyada en la pared, baja hasta mi cintura.

Es un contacto tan suave que me hace estremecer de arriba abajo.

Sus dedos se hunden en mi costado, atrayéndome hacia él hasta que no queda ni una brizna de aire entre nuestros cuerpos.

Siento la dureza de su pecho y la rapidez de su corazón que se funde con el mío.

Dylan separa su frente de la mía solo para mirarme a los ojos. Sus pupilas se han tragado por completo todo el verde, convirtiendo su mirada en un pozo profundo y oscuro. Baja la vista a mi boca y se queda ahí, atrapado.

—¿De verdad quieres que te bese? —pregunta con la voz ronca.

Asiento, incapaz de articular palabra sin apartar mis ojos de los suyos.

«Sí. Lo necesito».

Él se inclina. Roza la punta de su nariz con la mía. Siento el calor de sus labios a un suspiro de los míos. Dejo escapar un jadeo involuntario, un sonido pequeño y desesperado que muere justo contra su boca, y cierro los ojos, anticipando el contacto, rindiéndome…

Pero no lo hace. No me besa.

Se queda ahí, torturándome.

—Pídemelo mañana —dice contra mi boca. Su aliento caliente me hace estremecer—. Pídemelo cuando no estés así.

Su pulgar acaricia mi labio inferior una última vez, una caricia lenta y deliberada.

—Si me lo pides mañana, Talya… —su voz baja todavía más, cargada de intensidad, volviéndose peligrosa—, te juro que no me voy a contener.

Se separa de mí despacio, como si le costara un esfuerzo físico titánico romper el contacto. En el instante en que su cuerpo deja de darme calor, el aire frío del sótano se cuela entre nosotros y me golpea como si fuera una bofetada de realidad.

Me deja ahí, apoyada contra la pared, con el corazón a mil y los labios hormigueando por un beso que no ha ocurrido, pero que siento que lo ha cambiado todo.

—Te llevo a casa —sentencia—. Antes de que me hagas perder la poca cordura que me queda.