Cuarenta y nueve. Talya
Cuarenta y nueve
Talya
Si alguien me hubiera dicho hace dos meses que un sábado por la tarde estaría sentada en un pub, rodeada de gente que se ríe, brinda y me incluye en la conversación, me habría reído en su cara. O habría sal ido corriendo.
Pero aquí estoy. En una mesa de madera pegajosa del Rusty’s, con una Coca-Cola en la mano y rodeada de personas con las que, contra todo pronóstico, me apetece estar.
Miro a mi alrededor y siento una extraña calidez en el pecho que no tiene nada que ver con la calefacción del local.
Ha sido una semana… rara. En el buen sentido.
De esas semanas en las que no pasa nada catastrófico y el miedo, por primera vez, se queda en un segundo plano, como un ruido de fondo al que te acabas acostumbrando. Casi puedes fingir que no existe.
Desde la comida en casa de Dylan el domingo pasado, algo ha cambiado.
Me sentí tan cómoda en esa casa, tan parte de algo…
Durante unas horas, me imaginé teniendo una familia como la suya.
Risas en la mesa, manías compartidas, calidez.
Y me gustó imaginármelo, aunque una parte de mí se sintiera culpable por desear algo que no es mío.
Me gustó conocer a su hermanita y me gustó haberle caído bien.
Sentí una mezcla de tristeza y alegría cuando, al irme, Elsie se agarró a mi pierna y me suplicó que no me marchara.
Me pidió que le prometiera que volvería a visitarla para que pintáramos juntas «un amigo para Azulito», porque, según ella, los dinosaurios azules también se sienten solos a veces.
Y yo le prometí que volvería. Porque sé perfectamente lo que es sentirse un dinosaurio azul en un mundo de tiranosaurios.
Por otro lado, está Dylan, que, desde ese día, se ha encargado de demostrarme con pequeños gestos que está dispuesto a cumplir la promesa que me hizo.
No es que el miedo haya desaparecido, sigue ahí, agazapado, pero él está logrando algo que creía imposible: que la idea de bajar la guardia no parezca una sentencia de muerte.
No sé si algún día seré capaz de confiar del todo, pero sé que, cuando él está cerca, la voz que grita en mi cabeza que no lo haga deja de hacerlo para convertirse en un leve susurro.
Pero, si mi vida en el mundo exterior está mejorando, mi vida en el interior de casa solo hace lo contrario, si es que es posible.
La tía Margaret ha pasado de la indiferencia y la inquina a la invisibilidad total.
Apenas me habla, ni siquiera para soltarme sus comentarios agresivos.
Si entro en la cocina, ella sale. Si me cruzo con ella en el pasillo, mira a través de mí como si fuera un fantasma.
Sigue encerrada en su habitación la mayor parte del día, y el miércoles, mientras cenábamos, volví a ver que me miraba con una mezcla de dolor y asco.
Ya no me molesto en preguntar qué ocurre. Nadie me dice nada.
La única parte positiva es que ha dejado de ponerme trabas para que salga. Parece que cuanto menos tiempo pase en «su casa», mejor. Así que por eso estoy aquí, sentada entre Dylan y Alice, con un pastel en el centro de la mesa y celebrando el cumpleaños de Noa.
—Jamie, como vuelvas a intentar ponerme nata en la nariz… —amenaza Noa con una fingida mirada de odio.
—Es tu cumpleaños, princesa —dice Jamie con esa sonrisa de suficiencia—. Es tradición humillar al homenajeado. Deberías darme las gracias por seguir el protocolo.
—Te juro que…
—¿Qué vas a hacer, eh? —Jamie se inclina hacia ella, reduciendo la distancia peligrosamente y le dice algo en un susurro que no alcanzo a escuchar.
Pero noto que las mejillas de Noa van tiñéndose de un tono rojo intenso que contrasta con su piel bronceada.
—¡Eres un cerdo! —Le propina un empujón que hace vibrar hasta mi silla.
—¡Au! —se queja Jamie, encantado de haberla sacado de sus casillas—. No es mi culpa que no sepas aceptar un regalo.
—¿Sabes lo que sí que no voy a aceptar como sigas hablando así? —contraataca con una ceja arqueada—. Tu presencia.
—Eres una gruñona.
—Y tú un imbécil.
Erik, que está sentado frente a ellos, suelta un suspiro largo, deja su vaso sobre la mesa y se masajea las sienes mientras intercambia una mirada con Alice. Es una expresión de resignación, de esas que solo comparten las personas que tienen que lidiar con niños pequeños.
—Parecéis dos críos de parvulario —dice, negando con la cabeza—. En serio. ¿No podéis estar cinco minutos sin intentar mataros?
—Díselo a él —resopla Noa con los brazos cruzados—. Es imposible mantener una conversación civilizada con alguien que tiene el ego del tamaño de Edimburgo.
—Mi ego es proporcional a mi talento, cariño. —Jamie remarca la última palabra con una dulzura venenosa que hace que Noa le dé una patada por debajo de la mesa.
—Puaj, Jamie. —Alice pone cara de asco—. ¿Puedes no hablarle así a mi amiga mientras esté yo delante? Me resulta asqueroso.
—Es amor, Alice. Tú todavía no lo entiendes. —Jamie le roba una patata a Nathan, que ni se inmuta—. Pero algún día, espero que muy lejano, lo entenderás.
Erik suelta una risa corta y niega con la cabeza, sin molestarse en desmentirlo. Tan solo le pasa una servilleta a Alice, anticipándose a sus necesidades con una naturalidad pasmosa justo antes de que ella alargue la mano hacia el bol de las patatas fritas.
Es divertido ver en primera fila las dinámicas de cada uno. El magnetismo caótico de Noa y Jamie, que parecen orbitar siempre a punto de chocar. Las miradas tranquilas y cómplices de Alice y Erik. Sé que, aunque se empeñen en ocultarlo, entre ellos hay algo.
Dylan se gira hacia mí, pillándome en plena observación.
—¿Estás cómoda? —me pregunta en voz baja para que solo yo pueda escucharlo—. Si en algún momento estás agobiada, dímelo.
—No. —Niego con la cabeza—. Es decir, estoy cómoda. Estoy muy cómoda.
—Vale. Me gusta oír eso. —Sonríe—. Pero, si cambias de opinión, me avisas. ¿Vale?
Asiento.
—Gracias.
—No me des las gracias, chica nueva.
Y otra vez esas malditas mariposas.
Últimamente no puedo controlarlas cuando estoy cerca de este chico.
Mucho menos cuando está mirándome de esa forma y tiene un brazo apoyado en el respaldo de mi silla. Sin tocarme, pero lo suficientemente cerca como para que sepa que está ahí. Protegiéndome. Creando una barrera invisible entre el resto del mundo y yo.