Si decides quedarte Cuarenta y ocho. Dylan
64%

Cuarenta y ocho. Dylan

Cuarenta y ocho

Dylan

Me duele cada maldito músculo del cuerpo y no es solo por la paliza que me he dado yo mismo en el gimnasio a las seis de la mañana para compensar mi ausencia en el entrenamiento de ayer. Es porque mi cabeza no para.

Desde que llevé a Talya de vuelta a su casa después de la comida, no he dejado de darle vueltas.

A su risa con mi hermana, sí, pero sobre todo a ese momento en el sofá antes de que llegaran mis padres.

La forma en que se apartó atemorizada cuando la toqué.

Esta chica me está desestabilizando. Está derribando mis muros con una facilidad pasmosa y me aterra no saber cómo protegerla de lo que sea que la persigue.

Cierro la puerta de un golpe, tirando la mochila sobre una de las mesas llenas de apuntes olvidados y tazas de café a medio terminar.

Jamie está allí, desparramado en el sofá de cuero que tiene más años que el edificio.

Para entretenerse, está lanzando una pelota de tenis contra la pared opuesta.

Al verme, la atrapa en el aire y se incorpora.

—Tienes una pinta horrible, Ashmore —suelta sin preámbulos—. ¿Qué cojones pasó ayer y por qué no has contestado ninguna de las trescientas llamadas que te hice?

Me dejo caer en el sillón frente a él y me paso las manos por la cara, frustrado.

—Estoy jodido, Jamie.

—Y tanto que lo estás —responde, dejando la pelota a un lado—. No sabes cómo se puso Walter cuando vio que te habías largado del entrenamiento.

—No es por Walter —gruño, frotándome los ojos con fuerza—. Me da igual Walter. Me da igual el entrenamiento.

Jamie se queda en total silencio. Eso capta su atención de inmediato.

—Vale. Esa frase es nueva. —Se inclina hacia delante y apoya los codos en las rodillas—. ¿Qué ha pasado? ¿Te has dado un golpe en la cabeza?

—Estuve con Talya —confieso, mirando al techo.

Jamie suelta un suspiro largo, de esos que suelta cuando ve que la jugada se complica.

—La llevé a mi casa, tío.

Jamie abre los ojos como platos.

—No me jodas, Ash. —Se lleva una mano a la boca, escandalizado—. ¿Qué le hiciste?

—¿Qué le voy a hacer, idiota? ¿Cuándo he llevado a alguien a mi casa?

—A mí me has llevado muchas veces.

—Jamie, ponte serio, joder. —Me inclino hacia él, desesperado por que entienda la gravedad del asunto—. ¿A cuántas chicas he llevado a casa?

Se queda congelado y parpadea una, dos veces.

—Hostia puta. —Suelta el aire de golpe—. Esto es grave.

—Conoció a mis padres, tío. Se quedó a comer. Gary se durmió en sus piernas. Y Elsie lloró cuando se tuvo que ir porque quería que se quedara un rato más.

—Vale, para el carro. ¿Tu gato se durmió en sus piernas? ¿El mismo gato que me estuvo bufando durante dos años seguidos?

—El mismo.

—¿Y ella se quedó a comer? ¿Con tus padres en casa?

—Mi madre la invitó. Y luego Richard y ella estuvieron hablando y tienen cosas en común. —Niego con la cabeza y siento el vértigo de nuevo—. No lo sé, Jamie; te juro que estoy cagado.

Jamie se acaricia la barbilla durante unos segundos y luego sentencia en voz baja:

—Estás colado. Pero colado en plan enamorado, no colado de querer tirártela. Madre mía, Ash, pues sí que estás jodido. ¿Y ella qué? ¿También le gustas?

—Ese es el problema.

Jamie suelta una risa seca y se recuesta en el sofá.

—No le gustas. Bueno, Ashmore, no pasa nada. Bienvenido al mundo real. No siempre ibas a tener a todas haciendo cola detrás de ti. Tendrás que currártelo un poquito, campeón. Mandarle flores, escribirle poemas… Esas mierdas.

—No es eso, joder. —Me paso las manos por el pelo. Este tío no me está entendiendo—. No sé si le gusto o no. El problema es que… es que ella tiene movidas, Jamie. Movidas gordas. Y yo no puedo estar pensando en eso.

—¿Movidas gordas? ¿A qué te refieres con movidas gordas?

Ojalá lo tuviera claro del todo. Aun así, no pienso decir ni una palabra. Confío en Jamie, pondría mi vida en sus manos. Pero le prometí a ella que todos sus secretos estarían a salvo conmigo. Incluso los que todavía no me ha contado.

—Movidas gordas que no me cuenta pero que yo sé que están ahí.

—¿Y no puedes estar pensando en tirártela porque ella tiene movidas?

—No estoy pensando en tirármela, Jamie. ¿Tú me estás escuchando?

—Reformulo la pregunta: ¿no puedes estar pensando en lo pillado que estás porque ella tiene movidas?

¿En lo pillado que estoy?

A la mierda. Sí que lo estoy.

—Sí. Ella tiene movidas y yo… Y yo no sé qué hacer.

Siento algo extraño, Jamie. Algo que nunca había sentido.

Y estoy asustado. Quiero protegerla. De una forma tan intensa que está haciendo que todo lo demás pase a un segundo plano.

Y eso es peligroso, porque no puedo permitírmelo. Lo sabes, ¿verdad?

Jamie me mira fijamente durante un largo minuto antes de empezar a hablar.

—Vale, tío, voy a decirte una cosa. —Cualquier tono de burla ha desaparecido—. Estás asustado porque eres un maldito robot del control.

—No soy un robot.

—Sí, lo eres. ¿El mejor en el fútbol? Check .

¿El mejor en clases? Check . —Va levantando un dedo en el aire por cada « check »—.

¿El hijo perfecto? Check . Tío, llevas toda la vida siguiendo un guion para que todo esté en «orden».

Y, cuando algo se desvía de ese camino perfecto que tú mismo te has marcado, te acojonas porque no puedes controlarlo.

—Me agarra del hombro y me sacude levemente—.

Tienes diecisiete años, joder. Nadie te obliga a ser perfecto, eres tú el que se pone la soga al cuello.

Así que déjate de mierdas y asume que no puedes dominar todo lo que te rodea.

—Que lo asuma —repito.

—Sí, tío. —Jamie se inclina hacia atrás, relajando la postura ahora que ve que el mensaje ha calado—. Disfruta de lo que se siente al estar enamorado. A lo mejor te viene bien un poco de caos.

Me paso las manos por la cara y suelto un suspiro largo que parece vaciarme los pulmones de toda la tensión acumulada. He construido una jaula de oro a base de disciplina y expectativas, y Talya acaba de encontrar la llave sin ni siquiera buscarla.

—¿Y qué hago con Walter? —pregunto al final. Hay que volver a la realidad práctica.

Jamie suelta una carcajada y me da una palmada en el hombro que casi me desmonta.

—Tienes a Walter comiendo de tu mano, tío. Pídele perdón y se le caerán los calzoncillos.

—Espero que no literalmente —replico, incapaz de contener una media sonrisa—. Porque esa es una imagen que no necesito en mi cabeza ahora mismo.

El timbre agudo resuena en el pasillo. Jamie coge su mochila del suelo y me lanza la mía al pecho con fuerza.

—Vamos, Romeo. Muévete. —Me abre la puerta con una reverencia exagerada—. Y pon mejor cara. Si vas a estar enamorado, al menos intenta disimular un poco.

Salgo al pasillo e ignoro el caos de taquillas y gritos. Mis ojos se mueven solos, directos a buscar una melena castaña entre la multitud.

Sonrío para mis adentros cuando lo hago, derrotado.

Check .