Cuarenta y siete. Talya
Cuarenta y siete
Talya
«Lo prometo, Talya».
Esas tres palabras se quedan vibrando en el aire de la habitación mucho después de que Dylan haya dejado de hablar. El silencio que sigue no es vacío; está lleno de algo que me oprime el pecho, pero que esta vez no me impide respirar.
Es una promesa.
Una promesa que ha sonado demasiado real.
«Ya sabes de qué sirven las promesas».
«No sirven de nada».
Sí. Sí.
Dylan ha faltado a su entrenamiento por mí.
Ha fallado a lo que más le importa por estar conmigo.
«No confíes otra vez».
Sí. Quiero hacerlo.
Lo miro y, por un segundo, me olvido de que acabo de sufrir un ataque de pánico que me ha dejado el cuerpo como si me hubiera pasado un camión por encima. Solo puedo verlo a él. A sus ojos, que me miran con una determinación que nunca nadie había tenido conmigo.
Me ha dicho que, si decido dejar de huir, ya no tendré que estar sola.
Yo no sé cómo se hace eso. Mi instinto siempre ha sido el de un pájaro en una jaula abierta: siempre vigilando la puerta, siempre lista para salir volando antes de que alguien pueda darse cuenta.
Pero Dylan acaba de poner un cerrojo a esa puerta, no para encerrarme, sino para que nada malo pueda entrar.
Quiero darle las gracias. Quiero decirle que me aterra que se sacrifique por mí y que yo a él no puedo hacerle ninguna promesa.
Pero, justo antes de que pueda hacerlo, tres golpes rápidos y rítmicos suenan en la madera de la puerta.
—¡Dyl! ¿Puedo enseñarte una cosa? —La voz de Elsie suena amortiguada pero cargada de esa impaciencia infantil tan pura.
El momento se rompe. Dylan suelta un suspiro, una mezcla de risa floja y alivio, y se pasa la mano por el pelo, rompiendo el contacto visual que nos mantenía unidos. Camina hacia la puerta y la abre apenas unos centímetros.
—Ratita, ahora no…
—Pero ¡mira! —Elsie no espera a que termine. Se cuela por el hueco con la agilidad de un rayo e ignora por completo los deseos de su hermano.
Lleva un papel arrugado en las manos, lleno de manchas de pintura de dedos. Se frena en seco cuando me ve, en medio de la habitación. Sus ojos, que son de un precioso color avellana, están cargados de curiosidad.
—¿Eres la novia de mi hermano? —pregunta con total naturalidad.
—¡Els! —Dylan interviene de inmediato y se apresura a cerrar la puerta a su espalda, como si quisiera encerrar la pregunta antes de que escape por el pasillo—. ¿A qué viene eso ahora?
—Yo te vi un día cuando fui a ver el partido de mi hermano. —Ignora completamente a Dylan y sigue mirándome de arriba a abajo—. Eres muy guapa y tienes los ojos del mismo color que Gary.
Ahogo una risa y me agacho para quedar a su altura. Mis rodillas crujen un poco, pero no me importa. Estar abajo, a la altura de sus iris avellana, me hace sentir menos expuesta, más protegida.
—Muchas gracias, tú también eres muy guapa. Soy Talya, una amiga de tu hermano.
—¿En serio? —Abre los ojos como platos—. Pues Dyl nunca había traído a casa a una amiga.
«Dyl nunca había traído a casa a una amiga».
—¿Quieres ser también la mía? —me pregunta Elsie con una sonrisa muy adorable.
—Por supuesto que sí. —Echo un vistazo al papel que aún sujeta entre las manos—. ¿Quieres enseñarme eso que llevas ahí?
Ella mira el dibujo antes de plantarlo delante de mi cara.
—¡Hala! Pero qué bonito. ¿Es un dinosaurio?
—¡Sí! Es un bracosaurio azul.
—¿Un braquiosaurio?
Asiente.
—Se llama Azulito. —Se sienta en la alfombra, justo a mis pies, y empieza a señalar las manchas de pintura—. Esta es su casa. Vive en un bosque, pero se me ha acabado el color verde y he usado el naranja.
—Eso es porque es un bosque otoñal, tiene sentido —le digo, y veo que su carita se ilumina al sentirse comprendida.
Me quedo observándola mientras sigue señalando detalles de su dibujo con una energía que me transporta directamente a una época en la que yo también creía que los bosques podían ser naranjas, y los dinosaurios, azules.
Me recuerda a la niña que fui antes de descubrir que el mundo no se divide en colores, sino en los que te cuidan y los que te rompen; antes de saber que hay manchas que no se quitan con agua, porque no están en la ropa, sino debajo de la piel.
Ella conserva esa luz intacta, esa confianza ciega en que el adulto que tiene delante no le va a fallar.
Justo como debería ser.
Justo como debería haber sido.
Dylan se une a la conversación, sentándose en el suelo junto a ella, sus ojos brillan al mirarnos. No es la mirada protectora de antes, es una mezcla de sorpresa y paz que parece no haber sentido en todo el día.
La verborrea inocente de Elsie actúa como un bálsamo.
Con ella no tengo que medir mis palabras ni temer que mi silencio sea interpretado como un abismo.
Para ella, solo soy la chica que entiende que los bosques pueden ser naranjas.
Durante esos minutos, sobre la alfombra, me permito olvidar que fuera de estas cuatro paredes soy una extraña huyendo de su propia sombra. Me siento tranquila. Casi… a salvo.
—¡Chicos! ¡Vamos a comer! —El grito de Bell desde la planta baja rompe la burbuja.
Elsie se pone de pie de un salto y me agarra de un dedo con su mano pequeña y decidida para arrastrarme hacia la puerta. Dylan me lanza una mirada que entiendo a la perfección: «Lo siento, Elsie es muy intensa».
Cada fibra de mi ser me grita que salga corriendo, que me invente cualquier excusa y huya antes de que su realidad perfecta choque con la mía. Pero le aprieto suavemente la mano a Elsie y asiento.
Hoy voy a ser valiente.
Bajar las escaleras es como descender a un mundo paralelo.
El olor a comida casera me golpea en la cara antes de llegar al último escalón.
Es un olor cálido, envolvente, de esos que te hacen salivar y llorar al mismo tiempo porque te recuerdan todo lo que te falta.
En casa de mis tíos, la comida es un trámite silencioso.
Aquí, parece ser un momento compartido. En familia.
Llegamos al comedor, que está abierto a la cocina. Bell está terminando de servir una fuente humeante en el centro de la mesa. Junto a ella, Richard está cortando pan con tranquilidad. Como si mi presencia no estuviera a punto de arruinar la perfección de sus vidas.
—Sentaos, chicos, que se enfría. —Richard levanta la vista con una sonrisa.
Me mira con curiosidad, pero sin rastro de juicio, y tiene una voz grave y calmada, de esas que inspiran confianza al instante.
—¡¿Talya puede sentarse a mi lado?! —pregunta Elsie, saltando hacia su padre y tirándole de la manga.
—Pregúntale a ella, cariño. —Richard me mira divertido mientras acaricia la cabeza de su hija—. Siéntate donde quieras, Talya. Estás en tu casa.
«Estás en tu casa».
Las palabras se me clavan en el pecho como alfileres oxidados. Ellos no saben lo irónico que es eso para mí.
—Gracias —consigo murmurar—. Elsie, ¿cuál es tu sitio?
La niña clava sus ojos en los míos, brillantes de entusiasmo, y corre hacia una silla al fondo, en el lado derecho de la mesa. La sigo y me acomodo justo a su lado. Dylan ocupa el asiento a mi izquierda.
Tener a Elsie tan pegada a mí, decidida a no separarse, me hace sentir extrañamente especial, como si hubiera pasado una prueba que no sabía que estaba haciendo.
Y ver a Dylan a mi otro lado con una expresión de alivio y felicidad me hace sentir algo peligroso.
Una esperanza cálida y aterradora me invade.
Una sensación traicionera de que, si cierro los ojos muy fuerte, podría acostumbrarme a esto.
La comida empieza y, para mi sorpresa, el mundo no estalla.
Bell sirve el haggis en cada uno de los platos.
El olor intenso de la receta tradicional escocesa, esa mezcla humeante de asaduras de cordero, avena y especias inunda la mesa.
Al llegar a mí, Bell lo hace con tal naturalidad que pareciera que llevo años en esta casa.
Elsie, a mi derecha, se encarga de llenar cualquier silencio incómodo parloteando sobre Azulito y haciéndome preguntas inocentes sobre cuál es mi color favorito o si yo también duermo con un montón de peluches.
Me siento cómoda.
Me siento en un hogar.
En el hogar de Dylan.
Se pasan el agua, se ríen, se preguntan qué tal la semana. No hay tensión en esta casa. No hay miedo a decir algo incorrecto que detone una discusión. Es tan… fácil.
En ese momento, siento una punzada de celos, seguido de otra punzada de nostalgia.
Echo tanto de menos a mamá…
—Por cierto, hijo —dice Richard de repente—, no me has contado qué tal el entrenamiento. ¿Mucha caña hoy?
Me tenso ligeramente. A mi lado, noto que Dylan aprieta levemente el tenedor.
—Bien. Hemos estado practicando la defensa —miente—. Nada nuevo.
Richard asiente satisfecho. Pero a mí se me revuelve tanto el estómago que tengo la impresión de que la comida me va a sentar mal. Estoy sentada en su mesa, recibiendo su amabilidad, mientras Dylan tiene que mentir para protegerme. Me siento un fraude.
Para disimular el nudo que se me está empezando a formar en la garganta por la culpa, me centro en mi plato de manera casi obsesiva.
Con la punta del tenedor, empiezo a separar meticulosamente los guisantes del puré, empujándolos hacia el borde para crear una frontera de seguridad con la salsa de la carne.
Es una manía absurda que tengo desde pequeña: necesito ordenar el plato para que las texturas no se mezclen.
—Vaya —dice una voz divertida rompiendo mi concentración.
Levanto la cabeza de golpe, con el corazón acelerado.
Me ha visto jugar con la comida y me va a echar la bronca.
«No se juega con la comida, Talya. Es de mala educación».
Pero Richard no me está mirando con severidad. Al contrario, tiene una media sonrisa esbozada, como las de Dylan. Una que le arruga las comisuras de los ojos y le da un aire juvenil. Señala mi plato con su propio tenedor, como si acabara de descubrir un tesoro.
—Veo que también eres del club de los «separatistas».
Bajo la vista a su plato y me doy cuenta de que él ha hecho lo mismo. El puré por un lado, la carne por otro y los guisantes por otro más lejano. Mientras, Elsie, Bell y Dylan lo van comiendo todo a la vez.
Suelto una pequeña risa nerviosa, pero asiento. Me esperaba una burla o una queja. No me esperaba esa complicidad.
—Sí —admito—. Si se mezcla todo…, no distingo los sabores. —Me encojo de hombros.
—Exacto. —Richard me señala con el cuchillo, como si acabara de darle la razón en un debate de Estado—. Esta chica sabe de lo que habla.
Vuelvo a centrarme en mi plato, sin poder ocultar la sonrisa.
Miro a Dylan de reojo, que ha presenciado la escena con una expresión que es pura relajación.
La tensión de su mandíbula ha desaparecido por completo, sustituida por una mirada brillante, casi de orgullo.
Cuando repara en que lo estoy mirando, me guiña un ojo.
Ay, las mariposas.
Ahora están revoloteando en mi estómago todavía más fuerte.
—¡A mí me gusta más mezclarlo todo! —anuncia Elsie, ajena a las dinámicas de los adultos, removiendo su plato con energía hasta que el puré, la salsa y los guisantes se convierten en una sola montaña—. ¡Así se hacen amigos!
Todos nos reímos ante su lógica aplastante. Yo vuelvo a pinchar un guisante perfectamente aislado y me siento un poco menos fuera de lugar, un poco menos rota. Es agradable que, de vez en cuando, alguien valide tus rarezas en lugar de cuestionarlas.
—¿Y tus padres son de aquí, Talya? —pregunta Bell de repente.
El guisante se me atasca en la garganta. Se acabó la tregua.
Volvemos a la realidad.