Cuarenta y seis. Dylan
Cuarenta y seis
Dylan
Cierro la puerta de mi habitació n y me quedo apoyado contra la madera, con los ojos apretados y el corazón latiéndome como si fuera un caballo desbocado. El silencio del cuarto debería ser un alivio, pero después del caos de abajo solo hace que el zumbido en mis oídos sea más fuerte.
¿Qué cojones acaba de pasar? Las últimas dos horas han sido una completa locura.
—Dylan… —La voz de Talya es apenas un susurro detrás de mí.
Me obligo a abrir los ojos y a despegar la espalda de la puerta. Ella está aquí. En mitad de mi cuarto. Acaba de conocer a mi familia.
«Mierda. Ya no hay vuelta atrás, Dylan».
Y todavía veo el rastro de las lágrimas en sus mejillas y el miedo que brillaba en sus ojos hace apenas quince minutos en elsofá de abajo.
Casi la beso. Joder, casi cruzo esa línea cuando ella ni siquiera podía respirar.
Vaya puto imbécil. Parezco un niño en plena pubertad con las hormonas revolucionadas, me cago en todo.
Quería hacerlo con todas mis fuerzas, pero lo único que he conseguido ha sido asustarla. Por segunda vez.
Mierda, estaba muy asustada.
¿Quién ha hecho que se activen todas sus alarmas con un simple roce? Necesito saberlo.
—¿Tenías entrenamiento? —pregunta, rompiendo el silencio.
Es una estupidez negarlo. Ya se ha dado cuenta.
—No importa. —Lanzo el móvil sobre la colcha.
—¡Claro que importa, Dylan! Me dijiste que no estabas ocupado, que no tenías nada que hacer.
Me paso la mano por el pelo, frustrado, y empiezo a caminar por la habitación de un lado a otro. No puedo mirarla directamente porque sé que, si lo hago, veré que está atando cabos y que se siente como una carga otra vez. Y eso era lo que quería evitar.
—Era solo un entrenamiento de rutina, Talya. No pasa nada.
—No mientas, Dylan. —Su voz gana firmeza y se sitúa frente a mí, obligándome a frenar—. El fútbol es importante para ti. ¿Has faltado a un entrenamiento por mi culpa?
—Talya, ya está. —Estoy tan cerca de ella que tengo que agachar la cabeza para sostenerle la mirada—. No ha sido tu culpa, me he ido porque me ha dado la gana.
—No te habrías ido si yo no te hubiera llamado —insiste ella.
Se abraza a sí misma, encogiéndose, y me duele ver lo mucho que le cuesta aceptar que alguien la elija por encima de una obligación. Me jode ver lo pequeña que se hace incluso cuando intenta ser valiente.
—Escúchame, ¿vale? Talya, por favor —suplico con mis palabras, pero también con la mirada.
Mis dedos ansían tocarla, pero me mantengo a una distancia prudente—.
Necesito que dejes de hacer esto. De ponerte el peso encima antes de que nadie lo haga.
Necesito que entiendas de una vez que hago todo esto porque quiero.
Hago una pausa, trago saliva. El corazón me va a mil, pero las palabras se escapan de mi garganta.
—Joder, Talya, me importa que confíes en mí, aunque sea un poco.
Me importa que me hayas elegido para eso.
Y me da igual todo lo demás. Quiero que tú estés bien.
Quiero que dejes de sentirte sola —bajo un poco más la voz, casi hasta convertirla en un secreto entre ambos—, porque conmigo no tienes por qué estarlo.
Me quedo en silencio un segundo, viéndola procesar mis palabras. Su pecho sube y baja con rapidez.
Se me escapa una risa breve, seca, sin humor.
—Así que sí. Me he saltado el entrenamiento por ti —confieso—. Pero lo volvería a hacer mañana mismo. ¿Lo entiendes?
Sus ojos se llenan de lágrimas.
—Dylan, yo… —Su voz se rompe—. No sé cómo hacer esto. No sé cómo… No sé cómo confiar en los demás y no sé cómo quedarme en un sitio sin sentirme… —traga saliva— expuesta. Sin sentir que en cualquier momento alguien va a romperlo todo.
Siento un pinchazo de tristeza feroz por ella, por todo lo que alguien le ha quitado.
Por esa seguridad que nunca debería haber perdido.
Me acerco lo suficiente para que sienta mi calor, pero sin llegar a tocarla.
Quiero que entienda que conmigo no necesita escudos.
Que, mientras yo esté aquí, no pienso permitir que nadie le haga más daño.
—Entonces, no hagas nada —le digo, mi voz sale más suave de lo que pensaba que podía—. No tienes que preocuparte por la confianza ahora. Ni por el miedo a que te vean. No tienes que ser valiente ahora mismo.
Hago una pausa, buscando sus ojos. Ella levanta la vista, vulnerable, con esa luz de sospecha que nunca termina de apagarse del todo.
—Si decides que este es el sitio donde quieres dejar de huir, yo estaré contigo. No tendrás que estar siempre expuesta, porque yo me pondré delante cuando lo necesites. Solo tienes que estar aquí. El resto… déjamelo a mí.
Me quedo en silencio, con los latidos ensordeciéndome y esperando que esas palabras no la asusten más. Por suerte, ella no retrocede esta vez. Exhala un suspiro tembloroso y, por un segundo, parece que el peso de sus hombros disminuye apenas un milímetro.
—¿Lo prometes? —pregunta. Su voz suena tan pequeña, tan necesitada de una certeza a la que agarrarse que siento que daría mi vida por cumplir esa promesa.
Me dan ganas de arrancarme el corazón del pecho y ponérselo en las manos para que vea que no miento.
—Lo prometo, Talya.