Si decides quedarte Cuarenta y cinco. Talya
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Cuarenta y cinco. Talya

Cuarenta y cinco

Talya

—¡Ya estamos en casa! —La voz de una niña pequeña estalla en el vestíbulo, rompiendo el trance y devolviéndome a la realidad de golpe.

Estoy aquí. En casa de Dylan. Y acaba de llegar su familia. Me pongo de pie por puro instinto, con los músculos todavía tensos y el corazón martilleando contra las costillas. No debería estar aquí.

«Tierra, trágame».

Acabo de tener un ataque de pánico delante de él y ahora tengo que fingir que soy una persona normal ante su familia.

«Vas a conocer a sus padres y a su hermana».

¿Algo podría estar saliendo peor?

Dylan me está mirando con una mezcla de angustia y culpabilidad y susurra un «lo siento» casi imperceptible antes de levantarse de un salto.

Se interpone entre la puerta y yo, convirtiendo su espalda en un muro que intenta ocultar mis manos temblorosas y mis ojos llorosos.

Estoy segura de que mi expresión aún conserva el rastro del pánico.

—¡Dylan! —Elsie entra en el salón como un torbellino, pero se frena en seco al verme. Sus ojos se abren como platos.

—Hola, enana —dice Dylan. Su voz suena algo forzada, trata de recuperar una normalidad que ahora mismo parece estar a kilómetros de distancia.

Su madre y Richard aparecen bajo el umbral del salón segundos después, cargados con bolsas de papel del mercado. Bell tiene una sonrisa cálida que se queda congelada en cuanto repara en mí. Así como él continúa para guardar la compra, ella se acerca a nosotros.

Me siento pequeña bajo su mirada, consciente de que mi aspecto (despeinada, con un vaquero desgastado y una sudadera descolorida) debe de ser un poema.

—Anda, hola. No sabíamos que tenías visita —dice ella mientras deja las llaves en el mueble de la entrada con un tintineo. Se acerca a paso amable—. Hola, cielo. Soy Bell.

—Ella es Talya —interviene Dylan—. Ha… He… Bueno, hemos tenido un problema. —Me lanza una mirada rápida y sé que está leyendo mi cara de pánico—. Pero ya nos íbamos.

—¿Os vais? ¿A dónde? —pregunta ella y, después, me repasa de arriba abajo—. ¿Tu amiga se encuentra bien?

Trago saliva con la garganta seca. Ni siquiera he sido capaz de saludar. Qué vergüenza.

—Sí, sí. Es que me tengo que ir —intervengo al fin, for­zando una sonrisa—. Siento mucho estar aquí, no quería molestar.

—¡Anda, hombre! No molestas, cariño. Para una vez que Dylan trae una amiguita a casa…

Veo que a Bell se le ilumina la cara al terminar de hablar y se le apaga un poco al escuchar la reprimenda de Dylan.

—Mamá, por favor —se queja él, y noto un deje de impaciencia en su voz—. Talya está cansada y yo iba a… llevarla a comer. Sí, vamos a ir a comer fuera. —Me mira—. ¿Verdad?

Está intentando darme una vía de escape. Asiento confundida, aferrándome a su mirada.

—¿Por qué no os quedáis a comer aquí? —insiste Bell—. Íbamos a preparar haggis con puré y salsa.

—¡Sí, sí, Dyl! Comed aquí. —Elsie tira de la sudadera de su hermano para llamar su atención.

Dylan me busca otra vez, dándome el poder de decidir.

—A mí no me importa. —Me encojo de hombros.

—¿Estás segura? —me susurra él, tan bajo que solo yo puedo oírlo.

«No».

—Sí.

No sé por qué he aceptado, pero hay algo en la mirada de Bell, una amabilidad maternal y nada inquisitiva, que me hace sentir bienvenida. No me parece mala idea quedarme, aunque sé que debería salir corriendo.

—¡Pues decidido entonces! —sentencia la madre de Dylan con un aplauso suave—. Poneos cómodos, la comida estará lista en una hora.

—Gracias, señora Ash…

—De señora nada —me interrumpe con un guiño—, Bell a secas.

Se da la vuelta y desaparece por la puerta de la cocina, y justo en ese espacio aparece Richard.

Ay, madre.

—Perdonad, estaba guardando la compra. —Le da una palmada afectuosa a Dylan en el hombro y clava sus ojos en mí—. Talya, ¿verdad?

Asiento.

—Encantada, señor… —Mierda, no sé su apellido. Dylan me contó que él conserva el apellido de su madre, al igual que Elsie. ¿Richard se habrá quedado con el suyo? ¿Lo habrá cambiado? Ay…

—Brown. Pero llámame Richard —responde con natura­lidad.

Brown.

Un escalofrío me recorre la nuca.

Tiene gracia que un apellido tan sumamente común pueda ponerme los pelos tan de punta de buenas a primeras.

Es el mismo apellido que tenía el monstruo del que huimos.

Trago saliva para obligarme a apartar los fantasmas de golpe, justo cuando él me estudia con una expresión pensativa

—¿Nos habíamos visto antes?

—Eh, bueno, creo —no creo, lo sé— que tal vez nos cruzamos cuando… cuando jugaron el derbi.

—Puede ser —murmura, aún con el ceño fruncido, y se gira hacia Dylan—. Por cierto, ¿qué tal el entrenamiento?

La espalda de Dylan se tensa bajo la sudadera y, entonces, saca el móvil del bolsillo con una rapidez antinatural.

—Oh, Richard, me está llamando Jamie. Tengo que cogerlo, es importante. —Me mira y hay una urgencia nueva en sus ojos—. Talya, ven conmigo.

Me arrastra escaleras arriba antes de que pueda procesar la mirada de extrañeza que Richard nos lanza desde el pie de los escalones. Subimos en un silencio sepulcral, roto solo por el sonido de nuestros pasos rápidos sobre la madera.

«¿Qué tal el entrenamiento?».

El corazón me va a mil por hora.

¿Hoy tenía entrenamiento?