Si decides quedarte Cuarenta y cuatro
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Cuarenta y cuatro

Ocho años atrás

Tengo que terminar de pintar el sol antes de que la puerta se abra. Si lo termino a tiempo y no me salgo de la raya, hoy será un día bueno. Eso es lo que me digo siempre; es un juego con unas reglas que solo yo conozco y que, si las cumplo, haré que no pase nada malo.

Pero la llave gira. Clac, clac.

Es un sonido pequeño, aunque en mi cabeza suena como si se rompiera un cristal. Aprieto el lápiz amarillo contra el papel. Mis dedos están pegajosos, aunque no hace calor porque estamos en invierno.

—¡Ya estoy aquí! —dice él.

Oigo sus botas contra el suelo. Pom, pom, pom.

Cada paso es como si me dieran un golpe en la tripa.

Mamá está en la cocina y oigo el ruido de la campana extractora y de cómo corta las verduras.

Chop, chop, chop. Ella está ahí, pero yo me siento como si estuviera bajo el agua, y ella, en la orilla, muy muy lejos.

El olor me invade antes de verlo. Huele a esos caramelos de menta que no me gustan porque pican en la lengua. Y a tabaco. No me gusta nada ese aroma. Se me mete en la nariz y me dan ganas de estornudar, pero me aguanto. No quiero que sepa que estoy aquí. Si no me muevo, a lo mejor no me ve.

Noto su sombra encima de mi dibujo y el sol que estaba pintando ya no brilla. Se ha quedado a oscuras.

—Qué dibujo más bonito, Talya —dice justo encima de mi cabeza.

A mí ya no me parece tan bonito.

Se agacha. Noto el calor de su cuerpo y me hago pequeñita, encogiendo los hombros todo lo que puedo. Me gustaría tener superpoderes para poder hacerme invisible.

Él me pone una mano en el cuello, justo por debajo de mi coleta. Sus dedos son grandes y raspan, me acaricia el pelo de arriba abajo. Una vez. Otra vez.

—¿Te has portado bien hoy? ¿Has sido una buena chica?

Asiento con la cabeza muy rápido, sin mirarlo. Me fijo en mis lápices de colores. El rojo, el azul, el verde… Me gustaría ser un lápiz y meterme dentro de la caja y que alguien cerrara la tapa para que nadie pudiera encontrarme.

—¿Me has echado de menos? —me pregunta, y se acerca más para reclamar mi atención.

Sus dedos bajan por mi nuca y me aprietan un poquito.

Solo un poquito, pero me entran ganas de llorar, aunque sé que no puedo.

Él dice que, si lloro, mamá se pondrá triste, y yo no quiero que lo esté porque ella hace la mejor comida del mundo y siempre me da un beso antes de dormir.

No quiero que ella llore también por mi culpa.

—Sí —miento.

Ahora miento muchas veces, aunque mamá dice que mentir está mal. Pero es que al principio yo le decía la verdad y él se enfadaba mucho. Y no me gusta nada cuando se enfada.

Él no dice nada más. Solo se queda ahí, con la mano sobre mi cuello, mirando mi dibujo mientras yo espero a que mamá nos llame para cenar.

O que pase cualquier cosa que rompa este silencio que me da tanto miedo.

Me quedo muy quieta y veo que una gota de mi sudor cae sobre el sol amarillo que acabo de pintar y emborrona todo el color.

El juego de las reglas ha funcionado. No he terminado de pintar a tiempo y por eso hoy no va a ser un buen día.

Tampoco lo sería al día siguiente ni al otro.

Me pasé dos años más cerrando los ojos muy fuerte y guardando el secreto de sus juegos que dolían.

Porque él llevaba razón: mamá se pondría muy triste.

Un día, mamá llegó antes de trabajar y, cuando vio dónde tenía puestas sus manos, empezó a llorar y a gritar muy fuerte.

Yo pensaba que era por mi culpa. Pero ella me abrazó y me dijo que no, mientras me sacaba de esa habitación para siempre.

Ese fue el último día que lo vi.

Dejé de escribir la palabra «papá» en mis dibujos y la cambié por la de «monstruo».

Mamá nos llevó a vivir muy lejos y me prometió que el monstruo había desaparecido para siempre.

Pero se equivocaba, porque el monstruo empezó a vivir en mis sueños, convirtiéndolos en pesadillas.