Cuarenta y tres. Talya
Cuarenta y tres
Talya
Madre mía.
¿Qué hago aquí?
Me acerco a paso lento hacia la chimenea, arrastrando los pies como si llevara pesas en los tobillos. No sé qué estoy haciendo aquí, pero Dylan me ha ofrecido un refugio y no he podido negarme.
No quería negarme.
Es irónico. Marg aret me ha cerrado las puertas del lugar donde se suponía que debía sentirme a salvo haciéndome sentir que sobro en el mundo.
Y Dylan me ha abierto las suyas sin ni siquiera preguntar si traía una tormenta de angustia y dolor conmigo, como si realmente mi presencia no fuera una molestia.
No debería haberle escrito, no quería molestarlo. Pero necesitaba sentir que no estaba sola en el mundo. Me habría bastado con una respuesta a mi mensaje, pero él ha venido sin dudarlo ni un segundo. Ha venido a por mí.
«No te acostumbres».
«Esto no es lo normal».
Intento silenciar mi cerebro y miro a mi alrededor. La casa de Dylan es preciosa. Me recuerda al piso que teníamos mamá y yo en Madrid.
Hay un desorden ordenado que indica que hay vida en esta casa.
Una caja llena de juguetes en una esquina del salón.
Un mando de la consola encima de la mesa de centro junto a una pila de revistas de deporte.
Un montón de cojines desperdigados por el sofá.
Y el olor… Huele a cariño. A personas que se quieren.
Y lo sé porque en mi antigua casa olía igual.
Me paro a echar un vistazo a las fotos que hay encima de la chimenea. Veo a Dylan en una de ellas, con un par de años menos y sujetando a su hermana en un brazo, mientras que el otro está estirado hacia la cámara para que ella mire al objetivo. Pero Elsie lo observa a él con admiración.
En un marco aún más grande hay una imagen en la que aparecen los cuatro: Dylan, Elsie y sus padres. Richard le pasa el brazo por los hombros a Dylan, que en ese momento le llega por la barbilla. Al lado, su madre sujeta a una Elsie bebé de no más de unos pocos meses. Son felices y son una familia.
Escucho un maullido que me obliga a mirar al suelo y veo a Gary, el gato enorme y negro de Dylan.
Me ha hecho muy feliz ver que tenía uno. Me vuelven loca.
—¿Qué pasa, bonito? —Me agacho para volver a acariciarlo, pero este se escapa de mis dedos con un movimiento fluido.
Se aleja unos pasos en dirección al sofá gris enorme que domina el salón; no obstante, se detiene a medio camino y gira la cabeza hacia atrás para clavar sus ojos amarillos en mí. En ese momento, suelta un maullido corto y exigente. Es una orden clara: «Sígueme».
—Vale, vale, está bien —le susurro, obedeciendo al dueño de la casa.
Camino hacia el sofá y me dejo caer en una esquina.
Es blando, mullido, de esos que te atrapan y no te dejan salir.
Apenas me he acomodado cuando Gary da un salto ágil y aterriza sobre los cojines, justo a mi lado.
Sin pedir permiso, camina sobre mis rodillas, da un par de vueltas para buscar la posición perfecta y se hace un ovillo encima de mis piernas.
El gato de Dylan empieza a ronronear con una fuerza que me hace vibrar el pecho.
Cierro los ojos un segundo mientras siento el calor y peso reconfortante de su cuerpo.
Me recuerda tanto a mi gato, Cheddar… Ese eco del pasado me provoca un nudo en la garganta, una mezcla de nostalgia y dolor.
De pronto, escucho pasos acercándose a mí, así que me limpio con disimulo una lágrima traicionera que se me había escapado y me giro.
Dylan aparece por el umbral con dos tazas humeantes en las manos y una manta de cuadros gruesa colgada al hombro.
Lleva unos pantalones de chándal grises y una sudadera azul marino, muy parecida a la que me dejó hace unos días.
La vestimenta oscura intensifica el color de sus ojos y hace que parezca más guapo aún.
Y me está cuidando . El pensamiento hace que un millón de mariposas despierten en mi estómago, desesperadas por salir corriendo.
—Servicio de urgencias —enuncia, intentando aligerar el ambiente con una media sonrisa—. Chocolate caliente con extra de azúcar. Mi madre dice que cura todos los males, aunque yo creo que es solo un coma diabético dentro de una taza.
Se acerca al sofá y deja las tazas sobre la mesa de centro con cuidado. Gary levanta la cabeza, olisquea el aire, interesado en lo que trae su dueño, y vuelve a dormirse sobre mis piernas cuando asume que no hay nada para él.
—Veo que el rey de la casa ya te ha dado el visto bueno. —Dylan se descuelga la manta del hombro—. Normalmente no es así con los desconocidos.
—¿No?
Él niega con la cabeza.
—Es muy cariñoso, pero necesita conocerte primero. —Rodea la mesa y se deja caer en el otro extremo del sofá. No se sienta demasiado cerca, respeta mi espacio, pero está lo suficientemente próximo como para que note su calor irradiando hacia mí—. Parece que contigo no le ha hecho falta.
—Tengo un don con los animales —bromeo mientras acaricio suavemente la cabeza de Gary.
Acto seguido, Dylan coge una de las tazas y me la ofrece. La cerámica caliente envuelve mis manos cuando la cojo; es una sensación acogedora. El primer sorbo me quema la lengua, pero el líquido dulce y espeso me reconforta al instante.
—¿Has tenido algún animal? —pregunta.
Asiento sin dejar de mirar el pelaje negro y brillante de Gary.
—Teníamos un gatito. Se llamaba… Bueno —corrijo—, se llama Cheddar.
—¿Cheddar? —Se ríe—. ¿Y te hacía gracia el nombre de Gary?
Sonrío con tristeza al recordarlo.
—Bueno, al menos no le puse Garfield.
—¿Era naranja?
—Sí. Y estaba muy gordo. Casi tanto como Gary.
—¿Qué pasó?
Me encojo de hombros.
—Mis tíos. Cuando tuve que venirme aquí, no me dejaron traerlo conmigo.
—Estaba tan destrozada después de lo de mamá que, cuando Douglas me dijo que tendríamos que dejar a Cheddar en Madrid, ni siquiera me sorprendió.
Sentía un vacío tan grande que no me quedaron fuerzas para discutir—.
Se quedó con Carmen, nuestra vecina. Tenía un gato con el que Cheddar se llevaba muy bien, pero…
—«Pero lo echo muchísimo de menos, aunque sé que él está bien», me habría gustado terminar.
Veo cómo Dylan aprieta la mandíbula.
—Tus tíos son el demonio.
Lo sé.
—A veces me pregunto si Cheddar se acuerda de mí. O si me ha olvidado por completo.
Dylan se gira hacia mí, apoyando el brazo en el respaldo del sofá. No sé en qué momento se ha acercado, pero sé que está mucho más cerca que antes.
—Seguro que algún día podrás ir a visitarlo —dice—. Y seguro que te sigue recordando.
Observo a Gary e imagino que es Cheddar. Pensar en que él aún se acuerda de mí me alegra y me entristece a partes iguales. ¿Pensará que lo he abandonado? Prefiero un millón de veces que no se acuerde de mí a que esté sufriendo mientras me echa de menos.
—Algún día volveré a verlo —aseguro con algo de esperanza.
Levanto la vista. Parece que Dylan está todavía más cerca. Nuestras miradas se cruzan y siento que el aire del salón cambia. El sonido de la calefacción desaparece, el ronroneo de Gary se convierte en un zumbido lejano. De repente, solo puedo verlo a él y escuchar el latido de mi corazón.
Ay, por Dios.
Me está mirando con una intensidad que me acelera el pulso y hace que me falte el aire. Sus ojos bajan hacia mi boca y luego vuelven a subir.
—Estás mejor. —La voz le sale ronca.
—¿Eh?
—Ya no estás tan pálida. ¿Cómo te encuentras?
«Contigo aquí, me encuentro demasiado bien».
—Bien —le contesto—. Gracias de nuevo.
—Ya te dije que no tienes que agradecérmelo.
Me muerdo el labio inferior. Sus ojos siguen mi movimiento y se quedan clavados ahí, en mi boca, observando cómo mis dientes aprisionan la carne suave. Veo que sus pupilas se dilatan, oscureciendo el verde del iris hasta volverlo casi negro.
Trago saliva. El espacio parece haberse hecho más pequeño.
—No hagas eso —murmura.
—¿El qué? —pregunto en un susurro incapaz de recuperar el aliento.
—Morderte así.
No sé si es una advertencia o una súplica. Pero dejo de hacerlo. Mi corazón martillea contra mis costillas con tanta fuerza que me duele el pecho.
—¿Sabes qué? Me gustan mucho tus ojos —confiesa.
Creo que me voy a desmayar.
—Ah, ¿sí? —Apenas me sale un hilo de voz.
Asiente sin dejar de mirarme.
—A mí también me gustan los tuyos. Son muy… verdes.
Ay, ¿qué estoy diciendo?
—Y tus hoyuelos.
—¿Mis hoyuelos?
Asiente otra vez.
—Cuando sonríes, también me gustan.
Sus palabras hacen que se me escape una sonrisa.
—A esos hoyuelos me refiero.
Alarga la mano despacio, dándome tiempo a apartarme si quisiera. Pero no me muevo. Estoy congelada, atrapada en su gravedad. Sus dedos rozan mi mejilla. Es un toque suave. Cálido. Pero, en el momento exacto en que su piel hace contacto con la mía, mi cerebro sufre un cortocircuito.
El olor.
De repente el aroma a limpio y a colonia infantil de la casa desaparece.
Se agría. Se pudre.
Un olor intenso a tabaco mentolado y a humedad me inunda las fosas nasales y me asfixia.
La calidez de Gary se transforma en un peso muerto que me atrapa las piernas.
La mano en mi cara ya no es suave, es como una garra que me araña la mandíbula, clavando las uñas, inmovilizándomelas contra una pared fría.
«No te muevas». Esa voz resuena en mi cabeza, distorsionada y cruel. «Tienes que estar tranquila». «No puedes decírselo a nadie». «¿Te vas a portar bien?». «Eres una buena chica».
El pánico estalla en mi pecho como una granada.
Me aparto de golpe y coloco la espalda contra el brazo del sofá con violencia. Necesito encogerme sobre mí misma para protegerme.
El movimiento brusco despierta a Gary, que salta al suelo entre maullidos, ofendido. Mi respiración se acelera hasta convertirse en jadeos cortos y dolorosos.
Parpadeo de manera errática, intentando enfocar la mirada.
No hay pared.
No hay olor a tabaco.
Solo está Dylan.
Tiene la mano congelada en el aire, a medio camino, y los ojos muy abiertos, llenos de confusión y preocupación. No hay maldad en su rostro.
Él es Dylan. Es Dylan. Él no quiere hacerme daño. Él acaba de salvarme del frío.
«Al final, te volverá a pasar lo mismo», me recrimina mi cerebro.
Sacudo la cabeza. No. Él se preocupa por mí. Él no va a hacerme daño.
—Talya… —Su voz es suave, cautelosa. Baja la mano despacio y la apoya en su propia pierna—. Joder, lo siento. ¿Te he asustado?
Inspiro hondo para llenar mis pulmones, que parecen haber colapsado. La vergüenza me inunda, caliente y pegajosa, reemplazando al terror.
—Lo siento —jadeo. Me llevo una mano a la mejilla, justo donde él me ha tocado, y froto la piel como si quisiera borrar la huella de mi miedo—. Yo…, lo siento. No quería… Perdón, de verdad.
—Eh. —Dylan se echa hacia atrás en el sofá dándome espacio. Su expresión cambia y la confusión da paso a algo más oscuro, una comprensión que me aterra—. No pidas perdón.
Me mira fijamente. Su mandíbula se tensa y aprieta los puños sobre sus rodillas.
—Nadie va a tocarte si tú no quieres —dice con una firmeza absoluta. Vocaliza cada palabra para que atraviese mi pánico—. Nunca.
«Nadie va a tocarte si tú no quieres». «Nunca».
Sus palabras logran, poco a poco, disipar la niebla. Asiento, mientras tiemblo de nuevo, pero esta vez no es por el frío.
—Lo sé —susurro. Mi mirada desciende a mis manos, que había apretado hasta clavarme las uñas—. Lo siento.
El sonido de la cerradura de la puerta principal abriéndose nos interrumpe como si fuera un disparo. En consecuencia, todos mis músculos se vuelven a tensar.
No puede ser.