Cuarenta y dos. Dylan
Cuarenta y dos
Dylan
El parque de Roseburn estaba a diez minutos del Evercrest. Yo he llegado en seis.
Aparco el coche en el primer hueco que veo libre y, a paso rápido, me dirijo hacia el parque. Es una explanada verde enorme, con el estadio Murrayfield al fondo y varias zonas de pícnic. Mis ojos barren el lugar desesperadamente. Está desierto, gris y triste bajo el cielo plomizo.
Y entonces la veo.
Está sentada en un banco de madera, hecha un ovillo. Lleva un abrigo que parece demasiado fino para este clima y tiene las rodillas pegadas al pecho, abrazándose a sí misma como si intentara ocupar el menor espacio posible en el mundo. Parece tan pequeña desde aquí…
Aprieto los dientes y cruzo el césped húmedo a zancadas, ignorando el viento que me corta la cara.
Ella debe de sentir mi presencia o escuchar mis pasos, porque levanta la cabeza despacio.
Tiene la nariz roja y las mejillas pálidas por culpa del frío, pero sus ojos, esos que me tienen obsesionado, están brillantes y húmedos.
Llego a su altura y me agacho frente a ella, bloqueando la corriente de aire con mi cuerpo.
—Has venido —susurra. Su voz es apenas un hilo de vapor en el aire helado. Suena sorprendida, como si una parte de ella hubiera creído que la dejaría tirada.
—Te dije que me esperaras —sueno ronco por la carrera y la tensión—. Claro que he venido.
Le agarro las manos, que tiene entrelazadas sobre las rodillas. Están heladas, son dos bloques de hielo rígidos. Suelto una maldición por lo bajo y empiezo a frotarlas con las mías para así devolverle la circulación cuanto antes.
—Estás congelada, Talya. —Levanto la vista y clavo mis ojos en los suyos—. ¿Qué ha pasado? ¿Por qué estás aquí?
Ella aparta la mirada al instante, fijándola en nuestras manos unidas. Se muerde el labio inferior, que tiembla ligeramente.
—No podía… —Se le quiebra la voz—. No podía estar en casa. Necesitaba salir.
—¿Te han hecho algo? —insisto, y noto que se me tensan los músculos del cuello.
Ella niega con la cabeza rápidamente, pero no me mira.
—No. No es eso. Es solo que… —Cierra los ojos un segundo y suelta un suspiro tembloroso—. Lo siento. Siento haberte molestado. Estarías ocupado. De verdad que ha sido una estupidez.
—Eh. —Suelto una de sus manos para tomarla con suavidad por la barbilla y obligarla a observarme—. Mírame.
Ella obedece, aunque veo el miedo y la vergüenza en su expresión.
—No tenía nada que hacer, Talya —miento sin dudar—. No me has molestado. Tú nunca me molestas.
Sus ojos se han vuelto todavía más brillantes por culpa de las lágrimas que están a punto de salir.
—¿Quieres contarme qué ha pasado?
Veo la duda en sus ojos. Veo cómo lucha por encontrar las palabras, pero al final niega con la cabeza mientras se encoge un poco más en su abrigo.
—No. No quiero…, no quiero hablar de eso. Solo quiero dejar de pensar un rato.
Podría insistir. Pero veo que está al límite. Si presiono más, se va a romper. Y yo no estoy aquí para romperla, estoy aquí para sostenerla, aunque eso signifique tragarme mi propia rabia.
Asiento despacio y le suelto la barbilla. Pero vuelvo a cogerle las manos.
—Vale. Está bien. No hablamos de eso.
Ella me mira con expresión de agradecimiento y exhala una bocanada que no sabía que estaba conteniendo.
—Gracias.
Me incorporo y tiro de ella con delicadeza para que se levante de ese banco.
—Pero no te vas a quedar aquí ni un minuto más. Tienes que entrar en calor.
Talya se pone de pie, tambaleándose un poco por el entumecimiento de las piernas. La sujeto por la cintura al instante para estabilizarla.
—¿A dónde vamos? —pregunta confusa.
Señalo con la cabeza hacia la salida del parque, hacia la zona residencial de casas de piedra que hay al cruzar la calle.
—Vivo a tres calles de aquí.
Ella abre los ojos un poco más.
—¿A tu casa?
—Sí. —Empiezo a guiarla hacia el coche. De camino le paso un brazo por los hombros para acercarla a mi costado y así darle calor. Pero ella se frena en seco clavando los talones en el césped.
—No puedo ir a tu casa, Dylan. Gracias, pero…
—No hay nadie.
«Tal vez por eso no quiere ir, idiota».
—¿No? —pregunta.
—No. Los domingos por la mañana mamá y Richard se llevan a Elsie a dar un paseo y luego hacen la compra de la semana. —Es una verdad a medias. Suelen tardar, pero basta que venga Talya para que regresen en cualquier momento—. La casa está vacía. Podrás entrar en calor sin que nadie te agobie.
Veo que sus hombros se relajan visiblemente al escuchar eso.
—Eh, b-bueno, vale —susurra rendida.
La guío hasta el asiento del copiloto y cierro la puerta con suavidad.
Rodeo el coche rápido y me subo al lado del conductor.
El interior del coche aún conserva el calor, pero ella sigue temblando.
Me saco el móvil del bolsillo para ponerlo en la consola central y la pantalla se ilumina como un árbol de Navidad.
Cinco llamadas perdidas de Jamie. Tres mensajes del entrenador Walter. El último mensaje se previsualiza en la pantalla:
Ni se te ocurra aparecer el viernes si no
tienes una buena excusa, Ashmore.
El partido contra Northwood lo vas
a ver desde el banquillo.
Siento una punzada en el estómago. Mierda.
«La has cagado pero bien».
Miro a Talya. Tiene los ojos cerrados y se está frotando los brazos mientras lucha por dejar de tiritar.
Le doy la vuelta al teléfono con un golpe seco y lo dejo boca abajo sobre la consola central.
Que le den al partido contra Northwood y que le den al entrenador. No va a dejarme en el banquillo. Lo sé.
—¿Todo bien? —pregunta Talya, mirándome de reojo al notar mi movimiento brusco.
Fuerzo una sonrisa tranquila mientras arranco el coche.
—Sí. Solo es Jamie preguntando si nos vemos luego.
Ella asiente, creyéndome, y se hunde en el asiento.
Conduzco las tres calles que nos separan de mi casa.
No tardamos ni dos minutos en llegar y aparcar.
Mi casa no es ni de lejos una mansión como la de sus tíos.
Vivo en una calle de adosados con fachada de piedra, tejados de pizarra y jardines mínimos pero suficientes.
Desde fuera no parece tener el mayor encanto del mundo, pero dentro huele a calefacción y a vida.
Al lado de la puerta hay un gnomo de jardín bastante feo que Elsie insistió en comprar, y una bicicleta rosa tirada en mitad del camino de entrada que casi atropello al entrar con el coche.
—Vamos —le digo, apagando el motor.
Entramos en casa y el calor nos golpea de lleno. Huele al café del desayuno, a la colonia para bebés que aún utiliza Elsie y a hogar.
Talya se queda parada en el recibidor mientras se abraza a sí misma. Estudia el suelo de madera con atención, como si tuviera miedo de ensuciarlo con su mera existencia.
—Pasa, no te quedes ahí. —Cierro la puerta a nuestra espalda y echo la llave, aislándonos del mundo exterior. Ahora está en mi terreno. Ahora está a salvo.
—Dylan, de verdad, creo que no debería estar… —empieza a decir, pero se interrumpe a sí misma mientras mira hacia abajo con la mandíbula desencajada—. No…
Noto que el pánico me sube por la garganta.
—¿Talya? ¿Qué pasa? ¿Estás bien?
—No me lo puedo creer. —Se tapa la boca, que aún tiene abierta, con las manos—. Dylan, no me lo habías dicho.
¿El qué no le había dicho? Me cago en todo.
Me pongo tenso al instante.
—Talya, dime. —Mis manos empiezan a sudar.
Pero ella no contesta, sigue mirando al suelo y tiene una cara de… ¿de felicidad?
Espera. Está sonriendo. Está sonriendo muchísimo.
Entonces se agacha y alarga la mano hacia el suelo.
— Miau.
—Pero qué bonito eres, por favor.
¿En serio? Talya está hablándole a Gary, que la ha saludado con un maullido y ahora se restriega contra ella como si la conociera de toda la vida.
Suelto el aire de golpe. Me ha dado un susto de muerte, aún siento que el corazón me retumba dentro del pecho pensando que pasaba algo grave. Pero ella solo estaba alucinando al haberse encontrado con mi gato.
—¿Nunca te había hablado de Gary? —pregunto. Mis hombros se relajan al verla sonreír por primera vez en toda esta mañana.
—¿Se llama Gary? ¿Como el de Bob Esponja? —Me mira con los ojos brillantes mientras le acaricia la cabeza al gato—. ¡Por favor, es precioso! Y enorme.
—Sí, bueno…, le gusta comer. Suelo ser un padre orgulloso, así que me extraña no habértelo mencionado.
Ella suelta una risita cálida que hace que merezca completamente la pena haberme saltado el entrenamiento. Y haberla traído aquí.
—¿Puedo cogerlo?
Quiero decirle que sí, pero a Gary no le gusta que lo cojan en brazos, a excepción de…
No me da tiempo a avisarla porque ya lo está haciendo. Y lo peor de todo es que a Gary parece encantarle. Está ronroneando como un motor diésel y está…
—Pero ¿qué clase de traición es esta? —pregunto sin dar crédito a lo que ven mis ojos.
No solo lo ha levantado en volandas, sino que mi gato está lamiéndole la cara.
Es algo que solo le hace a Elsie. Cuando me lo hace a mí de casualidad es porque estoy comiendo algo. De verdad que me siento traicionado.
Talya parece estar disfrutándolo mucho y no para de hablarle con un tono muy agudo que está haciendo que me derrita por completo.
—Ya veo que te gustan los gatos…
—Me encantan. —Deja a Gary en el suelo para seguir acariciándolo desde ahí.
—Por lo que parece, a él también le encantas tú.
«Muy listo, Gary. Ya somos dos».
Talya sonríe otra vez. Nunca la había visto hacerlo con tanto ímpetu. La mueca alegre le llega hasta los ojos y se le marcan muchísimo los hoyuelos. Está preciosa. No es normal que sea capaz de iluminar la estancia solo con su alegría. Y está aquí, conmigo. En mi casa.
«Me cago en la puta».
—Bueno, eh… —Me doy cuenta de que llevo más tiempo de la cuenta mirándola medio embobado—. Vamos al sofá. Pondré la estufa para que entres en calor.
Ella parpadea, como si acabara de despertar de un sueño, y se incorpora. Gary maúlla ofendido por la interrupción.
—¿Estás seguro? —Se muerde el labio inferior—. ¿Y si llegan tus padres?
—Tranquila. Aún es pronto.
Aunque la posibilidad de que lleguen en cualquier momento está ahí. Y, por algún motivo, no me importa.
Me acerco a ella y le pongo las manos en los hombros. Noto el frío irradiando de la tela de su abrigo y se lo quito con cuidado.
—Siéntate en el sofá —le ordeno suavemente, colgando su abrigo—. Voy a por una manta y a prepararte algo caliente. ¿Té? ¿Chocolate? ¿Café?
—No es…
La miro enarcando una ceja para dejarle claro que no hay «no» que valga.
—Un chocolate está bien —acaba contestando.
—Marchando. —Le guiño un ojo.
Me dirijo a la cocina, pero, antes de entrar, me giro para mirarla una última vez. Talya camina despacio hacia el salón, arrastrando los pies, y se detiene un momento frente a las fotos familiares que hay sobre la chimenea. Gary, por supuesto, la sigue como si fuera su sombra con la cola en alto.
Suelto el aire que no sabía que estaba conteniendo en los pulmones.
«¿Qué haces trayéndola a casa, Dylan?».
Me apoyo un segundo en la encimera de la cocina y me restriego la cara con fuerza. El móvil me pesa en el bolsillo como una piedra. Mañana voy a tener que enfrentarme al entrenador después de clase.
Nunca antes había faltado.
Nunca.
Y me asusta lo que eso significa.