Si decides quedarte Cuarenta y uno. Dylan
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Cuarenta y uno. Dylan

Cuarenta y uno

Dylan

No ha parado de diluviar en toda la maldita semana.

La lluvia ha sido tan violenta que el campo ha estado inutilizable y nos han cancelado la mitad de las sesiones. Así que, a diferencia de Jamie, a mí no me extraña que nos hayan citado atodos un domingo por la mañana, pues tenemos que recuperar las horas perdidas.

—Tío, es que el descanso es sagrado —se queja Jamie, tirándose dramáticamente en el banco de madera del vestuario como si le hubieran pegado un tiro—. Necesito el fin de semana para la recuperación celular. Descansar es casi más importante que entrenar. No lo digo yo, lo dicen los estudios.

Termino de atarme la bota izquierda con un tirón fuerte y levanto la vista arqueando una ceja.

—¿Qué estudios, tío? ¿Qué dices de «recuperación celular»?

—Estudios científicos. De universidades importantes —insiste, frotándose la cara con las manos—. Estoy completamente seguro de que hay varios sobre no madrugar los domingos.

—¡Exacto! —salta Harry desde el banco de al lado mientras intenta subirse las medias—.

Biológicamente hablando es una salvajada.

El cuerpo humano no está diseñado para correr sobre barro congelado a estas horas.

El riesgo de lesión, la hipotermia… ¡Nos vamos a quedar tiesos en el medio campo y a ver quién paga mi beca si me rompo el cruzado!

—Cierra el puto pico de una vez, Harry, me estás taladrando la cabeza —masculla Nathan. Lleva la capucha subida hasta las cejas y nos mira con cara de absoluto hastío—. Ya es bastante deprimente estar aquí un domingo muerto de frío y sin tías en las gradas como para encima aguantar tus paranoias.

Miro a mi alrededor. La mayoría de mis compañeros tiene la misma cara de cadáver que estos tres, pero yo no puedo permitirme ese lujo.

—Si no hubieras salido ayer hasta las cuatro de la mañana, ahora estarías recuperado celularmente —le suelto a Jamie, ignorando la rabieta de los otros dos—. Así que deja de quejarte y ponte las espinilleras.

Jamie suelta un gemido de dolor, pero empieza a rebuscar en su bolsa. Me acerco un poco más a él y bajo la voz.

—Somos líderes, Jamie —le recuerdo—. Pero Northwood está respirándonos en la nuca.

—Lo sé, lo sé… —masculla él.

—No, no lo sabes. Si nos relajamos, la semana que viene perdemos la ventaja. Y no pienso tirar la temporada a la basura en mi último año.

Jamie se detiene con una sonrisa a medio esbozar y me mira. Su expresión de broma se desvanece un segundo.

—Joder, Ashmore. A veces se me olvida que te tomas esto como si fuera la guerra.

No le contesto. Para mí lo es.

Suspiro y me giro hacia mi taquilla para guardar la bolsa y salir al infierno helado.

Justo cuando voy a guardar el móvil en el bolsillo interior, vibra en mi mano. Una vez.

Frunzo el ceño. Quién sea que me esté escribiendo, puede esperar. Pero la pantalla se ilumina y el nombre que aparece me paraliza el pulso más rápido que un placaje en seco.

Talya.

El entrenador entra en ese momento dando palmadas y rompe el murmullo de quejas.

—¡Vamos, señoritas! ¡Os quiero en el césped en dos minutos!

Debería guardar el móvil y salir ahí afuera. Pero deslizo el dedo por la pantalla.

¿Estás ocupado?

«Sí, estoy ocupado».

Estoy a punto de salir a entrenar.

Joder, no debería contestar.

Ignoro los gritos del entrenador e ignoro la disciplina que llevo años grabándome a fuego. No le contesto. Marco su número directamente y me llevo el teléfono a la oreja mientras el resto del equipo pasa por mi lado.

Un tono. Dos. Tres. «Cógelo, joder».

—¿D-Dylan? —Su voz es apenas un susurro. De fondo se oye el viento golpeando el micrófono con fuerza.

—¿Dónde estás? —pregunto sin preámbulos. Mi voz sale más dura de lo que pretendo, porque el instinto de alerta se me ha disparado al escucharla—. ¿Estás bien?

—Yo… Sí, sí. Estoy bien. —Oigo sus dientes castañear—. Perdona, yo… no quería molestarte…

Se me tensa la mandíbula al instante.

—¿Qué ha pasado, Talya? ¿Dónde estás?

—He salido a dar un paseo —susurra—. Me han… Necesitaba salir de casa.

Miro hacia la puerta del vestuario, por donde están saliendo mis compañeros hacia el campo.

No debería hacer lo que estoy pensando.

«Tienes entrenamiento, Dylan. Esto es importante».

Mierda.

—Dime dónde estás.

—Estoy en… un parque. En Roseburn.

«No lo hagas. No tires todo esto por la borda».

Trago saliva.

—Espérame allí —ordeno—. Voy a buscarte.

Cuelgo y me guardo el móvil en el bolsillo. Me giro hacia Jamie, que me mira con la boca abierta desde el banco.

—Me piro —le suelto. Me quito las botas y cambio los pantalones del equipo por unos de chándal largo.

—Tío, ¿estás loco? —susurra histérico—. El entrenador te va a matar.

—Cúbreme. —Abro la puerta de salida que da al aparcamiento—. Di que me ha surgido alguna movida urgente o que estoy vomitando. Lo que sea.

—¿Qué? Pero ¿a dónde vas? —pregunta. Salgo por la puerta sin responder a sus preguntas—. ¡Estás perdiendo la cabeza, tío!

Eso ya lo sé. Talya Monroe me está haciendo perder la puta cabeza.

Nunca antes me había saltado un entrenamiento. Jamás.

Pero había algo en su voz que me ha hecho olvidarme de todo lo demás.

«Necesitaba salir de casa».

Desde esa tarde en la cafetería, cuando el mundo se redujo a nosotros dos, algo se ha recodificado dentro de mí.

No he podido sacármela de la cabeza. Es un ruido blanco constante.

Pienso en cómo me habló de los libros que más le gustaban cuando fuimos a la librería y en cómo se reía tímidamente cuando descubrí que había leído la mayoría de los que encontramos.

Tampoco puedo dejar de pensar en cómo me miró cuando le conté lo de Richard.

Joder, es fácil hablar con ella y nunca antes me había abierto con nadie sobre cómo…

sobre cómo me siento. Siento que con ella no tengo que fingir que soy invencible y, mierda, eso me asusta.

Me asusta que te cagas. Es como quitarse una armadura pesada que no sabía que llevaba puesta hasta que ella apareció.

El fútbol es mi vida. Es mi billete de salida y lo único que de verdad se me da bien. Pero mientras acelero por Colinton Road, sobrepasando un poco el límite de velocidad, me doy cuenta de una verdad aterradora.

Quemaría el estadio entero con mis propias manos si eso sirviera para que ella dejara de temblar.