Si decides quedarte Cuarenta. Talya
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Cuarenta. Talya

Cuarenta

Talya

Creo que empiezo a entender que a Margaret le pasa algo malo.

Algo malo de verdad.

Estaba tan centrada en bli ndarme contra sus palabras, en volverme invisible ante su desprecio y en contar los días que me quedan para poder huir de aquí que no me había parado a mirar lo que había detrás de esa rabia.

Lleva toda la semana sin apenas salir de su habitación. La casa está sumida en un silencio espeso, casi pegajoso, que se te mete en los pulmones y te cuesta respirar. Las cortinas del salón están echadas a plena luz del día, como si el sol fuera un enemigo.

El viernes, cuando subía a mi cuarto después de clase, pasé por delante de su puerta. Estaba cerrada, como siempre. Y eso no me sorprendió. Lo que me sorprendió fue el sonido que salía del interior de esa habitación.

No eran gritos, como los que suele usar contra mí. Era un llanto ahogado. Un sonido roto, gutural, de alguien que se está asfixiando con su propia pena.

Me quedé paralizada en el pasillo, con la mochila colgando de un hombro y sin saber qué hacer.

«¿Debería entrar?», pensé para mis adentros.

La idea me pareció ridícula al instante.

Margaret jamás querría mi consuelo.

El tío Douglas también actúa raro. Camina de puntillas, como si el suelo fuera de cristal y cualquier paso en falso pudiera romperlo todo. Le lleva bandejas con té y tostadas que vuelven a la cocina casi intactas una hora después.

Le pregunté por ella, intentando saber si había algo que pudiera hacer para ayudar. Pero él se limitó a responder sin desvelarme mucha información.

—Está pasando un mal momento, Talya —fue lo que me contestó—. No te preocupes, se pondrá bien. Eso sí, no la molestes.

Pero esta mañana ha pasado algo que me ha descolocado del todo.

Tras bajar a la cocina a por un vaso de agua, me doy cuenta de que Margaret está ahí, sentada en uno de los asientos de la barra de la cocina y con la mirada fija en algún punto de la ventana.

Me sorprende ver que su pelo, que siempre lleva en un recogido inmaculado, está suelto y enmarañado.

Parece diez años mayor que la semana pasada.

Me detengo en el umbral, dudando de si dar media vuelta. Pero, en ese momento, ella levanta la mirada y me ve. Sus ojos, rojos e hinchados, se clavan en mí, pero no siento el aguijonazo habitual de su desdén. Es algo mucho peor. Me mira como si le doliera físicamente hacerlo.

—¿Qué haces aquí a esta hora? —pregunta con la voz algo ronca.

—Son las nueve. Y es domingo. No tengo clase. Solo venía a beber agua.

Margaret se lleva una mano a la sien para masajeársela con frustración.

—No deberías estar aquí en casa encerrada todo el día —me espeta.

Parpadeo confundida porque la conversación suele ser al revés. En otra ocasión habría pasado por un tercer grado para poder salir.

—Bueno, pensaba quedarme en mi habitación —digo con cautela—, leyendo y adelantando algunas tareas.

—Pues llama a alguien. Vete un rato de esta casa —masculla, levantándose de la silla bruscamente y dándome la espalda para no mirarme—. Por favor.

Al instante, abandona la cocina casi huyendo y escucho sus pasos rápidos mientras sube las escaleras, seguidos del portazo de su habitación.

Me quedo allí, sola, y con una lágrima solitaria cayéndome por la mejilla.

Seguida de otra.

Y de otra.

No es solo que Margaret esté mal. Yo soy parte del motivo. Aunque no entienda por qué.

Así que hago lo que ella me pide.

Segundos más tarde, estoy sentada en un banco de un parque enorme, a unas cuantas manzanas de la casa de mis tíos. El frío está calándome los huesos porque he salido con lo primero que he pillado. Me siento ridícula. Y me siento sola.

Tan sola que me duele en las costillas.

Me miro las manos, que están rojas del frío, y aprieto los dedos hasta que se me clavan las uñas, solo para sentir algo que no sea este vacío.

Me trago un sollozo y respiro hondo. El aire huele a tierra mojada y a hojas podridas.

No puedo volver a casa.

Pero tampoco tengo ningún sitio al que ir.