Si decides quedarte Treinta y nueve. Talya
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Treinta y nueve. Talya

Treinta y nueve

Taly a

No sé cómo he acabado aquí.

Sentada en una cafetería abarrotada de gente y con Dylan enfrente.

Lo que sí sé es que, en este momento, no hay otro sitio en el que prefiera estar.

Estoy nadando contra la corriente de todas las promesas que me hice a mí misma.

Y probablemente esté a punto de ahogarme.

Pero no me importaría quedarme a vivir en el fondo del océano si eso significara sentirme tan a salvo como lo hago cuando estoy cerca de este chico.

«Ay, Talya. Qué desastre».

—Aquí tienen. —La voz de un chico dejando un par de platos encima de la mesa me saca de golpe de mi trance acuático.

Le damos las gracias y me quedo impactada por la magnitud del plato de Dylan. Es una barbaridad.

Una cantidad ingente de tortitas bañadas en sirope, nata y fresas. Muchas fresas y mucho sirope.

—¿Te vas a comer todo eso? —pregunto, sorprendida al ver tal volumen de comida.

—Pues claro. —Se encoge de hombros con una sonrisa—. En mi casa están prohibidísimas porque a Richard se le cierra la garganta con solo olerlas, así que tengo que aprovechar.

Me guiña un ojo mientras corta un trozo grande, lo envuelve en nata y pincha una fresa entera. Antes de llevárselo a la boca, se detiene y me señala con el tenedor.

—Prueba. Está mucho mejor que el tuyo.

Me echo hacia atrás por instinto, pegándome al respaldo del asiento.

—No, gracias. Yo también soy alérgica.

Dylan se congela. Baja la vista a su plato y luego me mira a mí.

—¿A la nata o a las fresas?

—A las fresas.

—Joder.

Suelta el tenedor en el plato con un ruido metálico y, con un movimiento brusco, empuja su plato hacia el extremo opuesto de la mesa, alejándolo de mí lo antes posible.

—Vale, retiramos la amenaza.

—No hace falta que lo mandes a la otra mesa —suelto entre risas—. A mí no me matan por el aire, solo si las ingiero.

—No pienso correr riesgos —asegura muy serio—. Ya te he dicho que he visto cómo termina esto, y no quiero que acabemos en urgencias.

Se hace el silencio unos segundos mientras él mira su plato con cierta desconfianza, calculando cómo comer sin acercarme la «amenaza». Es un gesto tan gracioso y a la vez protector que siento que el fondo del océano me reclama otra vez.

Justo entonces su móvil vibra sobre la mesa.

—Un segundo, perdona —murmura, mirando la pantalla—. Lo tengo que coger, no tardo nada.

Le hago un gesto con la mano para que sepa que no me importa y él descuelga rápido.

—Dime.

Me concentro en mi plato de tortitas con chocolate, que nada tiene que ver con el suyo, para darle intimidad.

—Sí, nos han cancelado el entrenamiento.

No, estoy comiendo con… —hace una pausa y, de reojo, me doy cuenta de que me mira un segundo— una amiga.

Sí, sí. Dile a Elsie que yo también la quiero.

No, ratita, tienes que dormir en tu habitación, ya eres mayor.

Bueno, ya veremos cuando llegue a casa. —Se ríe—. Adiós, Richard. Dale un beso a mamá.

Cuelga y deja el móvil sobre la mesa con un suspiro, pero tiene una media sonrisa esbozada en los labios.

—¿Ratita? —pregunto, incapaz de contener la curiosidad.

Dylan se ríe y niega con la cabeza.

—No te metas conmigo. Me convierto en otra persona cuando se trata de Els.

Le devuelvo la risa. Pero no pensaba meterme con él por ser cariñoso con su hermana.

Me parece adorable y me parece que tiene mucha suerte.

Su vida parece tan… perfecta.

—Háblame de ellos, Dylan.

—¿De quiénes?

—De tu familia, de Elsie. De ti. —Me aclaro la garganta antes de continuar—. No me has contado mucho sobre ti.

Él me mira fijamente durante un buen rato antes de responder, como si evaluara cuánto dejarme entrar en su vida.

—Bueno, tampoco hay mucho que contar. —Se encoge de hombros, pero noto cómo se tensa ligeramente—. ¿Qué quieres saber?

«Cómo es tener una familia».

«Cómo es tener a más de una persona en tu vida».

«Cómo es tener un padre».

Quisiera saber la respuesta a todo eso.

—¿Cómo es tu relación con ellos? —acabo preguntando.

—Genial —confiesa relajándose—. Elsie es… —Una sonrisa aparece en sus ojos al hablar de su hermana—. Fue como un regalo. Y sabe que me tiene comiendo de su mano. Siempre consigue que haga lo que quiere y yo no puedo evitarlo.

Ahora está más tranquilo. Aunque se siente cómodo hablando conmigo, parecía que no se atrevía a hablar de él mismo.

—Me gustaría verte siendo dominado por tu hermana de cuatro años —digo entre risas.

Me mira con un destello en los ojos y sonríe.

—Te la presentaré.

Siento una sacudida de nervios instantánea en el estómago al imaginarme entrando en su mundo.

Bebo un sorbo de agua para disimular el nudo en la garganta. ¿Qué opinaría su familia al conocerme?

Decido cambiar el rumbo de la conversación y preguntarle por su madre para alejar el foco de mí.

—Mi madre es… Supongo que como todas las madres —responde—. Protectora, cariñosa… Tiene mucha paciencia.

Bajo la mirada hacia la mesa y corto la tortita para obligarme a no pensar en la mía.

—¿Y tu padre? —pregunto, llevándome un trozo a la boca.

—Richard. Es mi padrastro, en realidad. Se casó con mi madre cuando yo era un crío.

Me quedo sorprendida. No lo sabía.

—Pero nunca ha hecho diferencias —se apresura a añadir con un tono de admiración absoluta—. Me trata de la misma forma que en la que debería tratarte un padre.

Me quedo mirándolo con curiosidad. ¿Qué habrá sucedido con su padre biológico? ¿Está presente? ¿Sigue en su vida? ¿Le pasaría algo?

Me gustaría conocer todos los detalles de la vida de este chico. Pero no creo que sea buena idea indagar demasiado.

Parece estar oyendo mis pensamientos porque continúa hablando.

—Mi padre…, bueno. —La sonrisa que tenía al hablar de Richard se ha apagado por completo—. Ese hombre desapareció de nuestra vida cuando yo apenas sabía andar.

Me quedo petrificada al escuchar la crudeza de su relato.

—Lo siento —musito con un hilo de voz.

—No lo hagas, no me importa. He aprendido a vivir con eso.

Hay algo en el tono de su voz que me hace pensar que no le afecta tan poco como dice.

Sé lo que se siente al darte cuenta de que no eres tan importante para alguien como deberías ser. Que alguien que se supone que debe cuidarte decida dejar de hacerlo. Lo aprendí de la peor forma posible y, aunque intento no pensar en ello, sigo sintiéndome decepcionada.

«¿Por qué tendrías un hijo si no sabes cómo cuidarlo?».

Es una pregunta que me hago más veces de la cuenta. Intento entender qué se le pasó al mío por la cabeza para llegar a hacer lo que hizo.

—Richard es mi padre —dice Dylan, sacándome de mis pensamientos oscuros—. Así lo siento, aunque no tenga un título oficial.

Asiento despacio, como si así pudiera tragar el nudo que tengo en la garganta.

—Tienes mucha suerte —susurro—. De que alguien te elija así.

—La tengo. —Dylan deja el tenedor sobre el plato y mira por la ventana un segundo, donde la lluvia golpea el cristal—.

Se hizo cargo de todo sin tener ninguna obligación.

Nos dio su tiempo, pagó mis entrenamientos cuando mi madre no podía hacerlo…

Incluso insistió en que Elsie mantuviera el apellido de mi madre para que pudiéramos compartirlo.

—Eso es… —me quedo sin palabras— es increíble.

Y lo digo de verdad. Suena increíble que alguien te elija de esa forma. Simplemente porque quiere.

—Lo es —afirma—. Es un tío increíble. Y nunca nos ha pedido nada a cambio.

—Pero tú sientes que se lo debes —aventuro.

—No lo sé. Tal vez. Es que…, cuando alguien apuesta tanto por ti, cuando alguien te salva de esa manera, lo único que te asusta es que crea que ha perdido el tiempo.

—¿Por qué iba Richard a creer eso?

Se encoge de hombros.

—No soy su hijo, Talya. No tiene ninguna obligación conmigo. Supongo que siento que tengo que demostrarle que el esfuerzo ha valido la pena.

Se me encoge el corazón.

Siempre pensé que Dylan Ashmore iba por la vida con esa seguridad arrogante porque lo tenía todo fácil. Pero ahora me está dejando ver esa pequeña grieta.

Él corre para no quedarse atrás.

Él se exige el mundo entero para estar a la altura de un hombre que, probablemente, solo quiere que sea feliz.

Sin pensarlo mucho, alargo la mano por encima de la mesa y le toco el antebrazo. Su piel está caliente bajo mis dedos fríos.

Él baja bruscamente la vista a mi mano, sorprendido por el contacto y luego me mira a los ojos.

Veo una sombra de vulnerabilidad que intenta esconder rápido.

—Dudo mucho de que alguien que te quiera así lleve la cuenta de todo eso, Dylan —le digo suavemente.

Él me sostiene la mirada unos segundos eternos.

No me da la razón, no se abre más. Simplemente, gira el brazo y me agarra la mano antes de que pueda retirarla.

Su palma es grande, rasposa y caliente, y envuelve la mía por completo.

Pum, pum, pum.

—Come, preciosa —murmura, cortando el tema de raíz—. Todavía tenemos que ir a ver esos libros.

Un rato después, cuando cruzamos la puerta de la pequeña librería, el olor a papel me envuelve y, de repente, me siento completamente en mi entorno.

Dylan me sigue por los pasillos estrechos, con las manos metidas en los bolsillos y se dedica a observarme con curiosidad.

—A ver, ilumíname, chica nueva —dice mientras saca un libro al azar de una de las baldas—. ¿Este de qué va?

Me giro, leo el título y sonrío.

—Es un clásico. Trata sobre… —Le hago un pequeño resumen y sus cejas se alzan con sorpresa.

A lo largo de la siguiente media hora, pierdo la noción del tiempo. Le hablo de mis libros favoritos, de las historias en las que suelo refugiarme, y él me escucha con atención. Se dedica a ir sacando volúmenes al azar para intentar pillarme, buscando portadas raras o títulos imposibles.

—No me jodas que también te has leído este —finge indignación cuando le resumo el argumento de una novela de misterio bastante oscura.

Se me escapa una risa por lo bajo y me encojo de hombros con timidez.

—Tengo mucho tiempo libre.

Él niega con la cabeza, sonriendo de lado. Sus ojos me escrutan con una especie de asombro puro. No es burla, sino pura incredulidad al ver que realmente he leído tanto. Y darme cuenta de que realmente le impresiona escucharme hablar, hace que el estómago me dé un vuelco.

—Hay todo un universo ahí dentro, ¿eh? —Señala mi cabeza con un gesto de barbilla—. Tendrás que hacerme una lista de recomendaciones.

Cuando finalmente salimos de allí y me deja en casa un rato después, la calidez me acompaña hasta mi habitación. Es como si durante esta tarde hubiéramos creado una pequeña burbuja en la que solo estamos él y yo.

Una burbuja que consigue mantenerme a flote durante el resto de la semana.