Treinta y ocho. Dylan
Treinta y ocho
Dylan
Frío.
Eso es lo primero que pienso en cuanto la puerta de madera maciza se cierra a nuestra espalda.
Y no es el mismo tipo de frío que hacía ahí fuera. Es un frío distinto y extraño.
Miro a mi alrededor. El vestíbulo es enorme, con techos de doble altura y una lámpara de araña de cristal que tiene pinta de costar varios de los gra ndes. Todo está impoluto. No hay abrigos tirados en una silla, no hay correo acumulado en la entrada ni fotos en las paredes.
Huele a cera de muebles y a… a nada más.
Es como estar en un maldito museo. O en un tanatorio de lujo.
Miro a Talya, que parece minúscula en medio de tanta opulencia vacía.
—Joder —murmuro, y mi voz rebota demasiado fuerte en las paredes—. Es como un museo. ¿De verdad vives aquí?
Se encoge de hombros.
—Sobrevivo aquí —corrige sin mirarme—. Ven. Subamos a mi cuarto.
A su cuarto.
«Dylan, vete ahora mismo de aquí, todavía estás a tiempo», me regaño.
Joder, llevo todo el día sin podérmela sacar de la cabeza y ahora estoy en su casa a punto de subir a su habitación.
Y estamos completamente solos en una casa que parece un santuario. Es una mala idea.
«Frena, Ashmore. No va por ahí».
Completamente ajena a mi crisis interna, Talya comienza a subir los escalones de dos en dos, como si tuviera prisa por escapar del vestíbulo.
Y yo la sigo, porque estoy perdiendo la cabeza por culpa de esta chica.
Aún lleva mi sudadera, que le llega hasta la mitad de los muslos, tragándose su figura.
Una sonrisa involuntaria tira de mis labios.
«Así pareces mía».
Es que soy un imbécil.
No sé en qué estaba pensando para soltarle eso en el coche. Ha sido el pensamiento intrusivo más rápido de la historia. Ha saltado de mi cerebro a mi boca sin pasar por el filtro de seguridad.
Debería haberse quedado en un pensamiento privado, en mi cabeza, hostias.
Pero es que verla ahí, con mi ropa y esa expresión vulnerable…
Ha despertado algo primitivo en mi pecho.
Algo que me dice que tengo que cuidarla y asegurarme de que nadie vuelva a borrarle esa sonrisa tímida que ha esbozado antes cuando se ha mirado al espejo.
Algo que me dice que esto es diferente.
Llegamos al final de la escalera y ella gira a la derecha para abrir una puerta blanca al final del pasillo.
—Ponte cómodo —dice, señalando hacia dentro—. Voy a ducharme. Tardaré cinco minutos, te lo prometo.
—Tómate tu tiempo. —Me apoyo en el marco de la puerta y me cruzo de brazos—. No voy a irme a ninguna parte.
Ella asiente, coge unos vaqueros y un jersey de un armario empotrado a toda velocidad y evitando mirarme a los ojos.
Después, desaparece tras una puerta que, supongo, da al baño.
Aparto la vista, pero la estancia llama de nuevo mi atención cuando escucho el pestillo cerrarse, y luego, el sonido del agua en la ducha.
«Dylan, no mires más».
Suelto el aire que no sabía que estaba conteniendo y entro en la habitación.
Joder, el cambio es brutal.
Si el resto de la casa es un congelador, esto es un refugio.
Y huele a ella. A coco y a limpio y a algo cálido que me gusta demasiado.
Me obligo a apartar la mirada de la puerta del baño por tercera vez, mientras intento no pensar en el hecho de que Talya Monroe está desnuda bajo el agua a tres metros de mí e intento volver a centrarme en su habitación.
«Tío, estás mal de la cabeza».
Empiezo a caminar despacio mientras observo sus cosas. No hay mucho, pero lo poco que hay grita quién es ella en realidad.
Hay montañas de libros apilados por todas partes.
En el escritorio, en la mesilla y haciendo torres en el suelo.
Me acerco a echar un vistazo y veo que hay un poco de todo.
Novelas románticas, thrillers psicológicos y, en la mesita de noche, una edición antigua de un clásico que conozco demasiado bien.
Cumbres borrascosas.
Noto el peso familiar en mi mano cuando lo cojo. Es una edición en tapa dura, forrada en una tela verde desgastada por el tiempo.
Richard tiene esta misma edición en su despacho y es el único libro de ficción que le he visto leer en mi vida.
Paso el dedo por el lomo, que está roto por el uso, y se abre solo por una página. Descubro que ahí se escondía una foto a modo de marcapáginas.
Una antigua, un poco desgastada por el roce.
En ella aparece una mujer joven, tiene el pelo oscuro revuelto por el viento, está riéndose a carcajadas y sentada en el banco de un parque.
A su lado hay una niña pequeña, de la edad de Elsie, con la cara manchada de helado y mirándola con adoración absoluta.
La mujer es idéntica a Talya. Si no fuera por el color de ojos, diría que son la misma persona.
El sonido de la puerta del baño abriéndose me hace dar un respingo.
Me giro rápido, con la foto y el libro aún en la mano. Ni siquiera he escuchado que ya había terminado de ducharse.
Talya sale envuelta en una nube de vapor y olor a champú de coco.
Los vaqueros ajustados y el jersey beige de punto que parece tres tallas más grande le dan un aspecto increíblemente achuchable.
El pelo húmedo le gotea sobre los hombros y tiene las mejillas de un tono extremadamente rosado por culpa del agua caliente.
Joder.
Se queda parada en seco al verme y sus ojos van de mis manos a mi cara.
—¿Qué haces?
—Lo siento, estaba curioseando —admito, alzando el ejemplar para que lo vea bien—. Tienes buen gusto. Es un clásico.
Se relaja un poco, supongo que al ver que no la estoy juzgando, y da un paso hacia mí.
—Era el favorito de mi madre —dice en voz baja mientras mira el libro con una mezcla de cariño y dolor—. Me lo leía cuando era pequeña, aunque no entendiera nada. Esa es su copia.
Levanto la foto que sujeto en la otra mano, ahora lo entiendo todo.
—Se parece a ti, Talya. Bueno, tú te pareces a ella. Tenéis la misma sonrisa.
—Ella era mucho más guapa —murmura, parándose a mi lado.
Dejo el libro sobre la mesilla con un cuidado reverencial y me aseguro de que la foto quede bien guardada entre sus páginas. Entonces, me giro completamente hacia ella.
—Difiero —digo, y mi voz sale más grave y ronca de lo que pretendía.
Doy un paso hacia ella, acortando la poca distancia que nos separa, aunque es lo último que debería estar haciendo. Pero, mierda, mi cerebro no funciona cuando estoy con ella. Creo que su olor me está dejando sin neuronas.
«No la toques, Dylan. No la cagues».
Ignorando olímpicamente a mi cerebro, alargo la mano y, con una suavidad poco común, le aparto un mechón de pelo mojado que se le ha pegado a la mejilla encendida. Esboza una mueca alegre.
—Hoy te he visto sonreír así un par de veces en el coche —susurro. El dorso de mis dedos roza la piel caliente de su pómulo—. Y me he pasado el resto del trayecto deseando que no dejaras de hacerlo nunca.
Veo que traga saliva y sus pupilas se dilatan ligeramente.
Joder. ¿Cómo puede estar mirándome con esos ojos? Debería ser ilegal.
Y yo debería apartarme de ella porque podría besarla.
Joder, cómo quiero besarla.
—¿Vamos a por esas tortitas? —pregunto en un intento desesperado por salir de aquí corriendo porque juro que me va a dar algo—. Antes de que me coma todos los muebles de tu habitación del hambre que tengo.
Ella parpadea y borra la mueca, saliendo del trance. Luego, otra pequeña sonrisa asoma en sus labios.
—Claro. —Da un paso hacia la puerta, pero se detiene en seco—. Ah, espera un segundo.
Entra en el baño y sale al momento con algo azul oscuro entre las manos.
Mi sudadera.
Me la extiende y, al cogerla, noto que la tela está caliente. Muy caliente.
—La he dejado colgada en el secatoallas mientras me duchaba —explica sin mirarme a los ojos y con las mejillas un poco más rojas—. Para que se secara un poco y no te congeles al salir. Estaba empapada.
Miro la prenda en mis manos y luego a ella. Se ha preocupado de calentar mi ropa mientras se duchaba a toda prisa.
Me la paso por la cabeza, dejando que el calor que ella ha preservado para mí me envuelva. Y joder, ahora huele a Talya.
Soy hombre muerto.
Salimos de la habitación. Mientras bajo las escaleras pegado a su espalda y siento su cercanía como un imán, tengo la certeza absoluta y aterradora de que, sea lo que sea lo que está empezando hoy, ya no tengo frenos para pararlo.
Estoy jodido. Completamente jodido.