Treinta y siete Talya
Treinta y siete
Talya
—¿Sigues teniendo frío? —pregunta Dylan, sacándome de mis pensamientos.
—Estoy mucho mejor —y lo digo totalmente en serio—, muchas gracias por la sudadera. Y por llevarme a casa. —Me quedo callada unos segundos, pensando en la lista t an enormemente larga de cosas que Dylan ha hecho por mí desde que llegué al Evercrest—. Y por todo.
—No tienes que agradecérmelo todo el rato. —Aparta la mirada de la carretera una milésima de segundo para mirarme—. Quiero hacerlo.
—Bueno, pero igualmente tengo que hacerlo. Es de buena educación.
—No tienes que ser educada conmigo. Y no tienes que darme las gracias por algo que hago porque quiero.
—Ya, pero… ¿Y por qué querrías hacerlo?
De verdad que necesito entenderlo.
Él se queda en silencio unos segundos, pensativo. Finalmente, se pasa una mano por el pelo, se humedece los labios y vuelve a mirarme.
—Porque me… —se encoge de hombros—, no lo sé. Me gusta pasar tiempo contigo. Y me gusta cuando pones esa cara.
Ay, otra vez.
—¿Qué cara?
—La que estás poniendo ahora.
—¿Y qué cara es esa? —pregunto. Intento sonar ofendida, pero a mí misma me tiembla una sonrisa.
Dylan ladea un poco la cabeza aprovechando un semáforo en rojo para estudiarme.
—Esa en la que arrugas un poco la nariz y te pones colorada.
—Yo no arrugo la nariz.
—Sí que lo haces. —Alarga la mano y baja la visera solar que está frente a mí. Aparece un espejito con una luz pequeña—. Mírate.
Lo hago. Por primera vez en días observo mi reflejo. Me observo de verdad.
Y, aparte de darme cuenta de que Dylan lleva razón y sí que estoy arrugando la nariz, me fijo en que tengo una expresión diferente.
Mis ojos parecen brillar. No están tan apagados.
Y mis comisuras están elevadas. La Talya que me devuelve la mirada se parece mucho más a la Talya que existía hace unos meses.
—¿Lo ves? —pregunta él suavemente.
Subo la visera de nuevo, sintiéndome expuesta pero extrañamente feliz.
—Bueno, pero eso no es un motivo para que no tenga que darte las gracias.
—Y… —añade, y una media sonrisa, esa que acostumbra a poner y que hace que el aire en mis pulmones se quede atascado, asoma en su cara—. No te voy a mentir, chica nueva. Me gusta bastante ver cómo te queda mi ropa.
Abro la boca para responder, pero no sale nada. Me refugio aún más en su sudadera, intentando ocultar el rubor violento que sé que me está subiendo por el cuello.
—Así pareces… —Hace una pausa, como si se arrepintiera de lo que iba a decir.
—¿Qué? —insisto nerviosa.
—Así pareces mía.
Las palabras se quedan flotando en el aire caliente del coche.
Creo que mi corazón está a punto de dejar de latir.
Me quedo mirándolo, con los labios entreabiertos, incapaz de procesar lo que acaba de decir.
Dylan parece darse cuenta de lo que ha confesado apenas un segundo después. Parpadea para romper el contacto visual y se aclara la garganta. El semáforo se pone en verde y clava la vista en la carretera con una fuerza innecesaria. Sus nudillos se ponen blancos sobre el volante.
—Es decir… —murmura con la voz un poco más ronca de lo habitual—. Que te queda bien la ropa del equipo. Eso es todo.
No me lo creo. Y sé que él tampoco lo hace. Pero el hecho de que intente justificarse, de que parezca casi nervioso por haber sido tan directo, hace que el miedo desaparezca y deje paso a un calor que no tiene nada que ver con la calefacción.
—Ya —respondo en un susurro, aceptando su excusa.
El coche gira hacia Ravelston, y sé que estamos en silencio, pero yo no puedo dejar de escuchar en bucle esa frase.
«Así pareces mía».
El final del trayecto se me hace borroso. Dylan conduce con la mandíbula apretada y yo me dedico a mirar por la ventanilla. Intento que mi pulso vuelva a la normalidad mientras las grandes casas de piedra de mi barrio aparecen entre la lluvia.
Cuando el coche se detiene frente a la entrada del hogar de mis tíos, siento que la burbuja de intimidad se rompe de golpe.
El motor se apaga, pero ninguno de los dos hace ademán de moverse.
Miro la casa. Oscura. Imponente. Silenciosa.
—Gracias… por traerme.
Dylan se gira en su asiento y apoya la espalda en la puerta para mirarme de frente. La luz tenue de la calle entra por la ventanilla iluminando sus facciones.
—No te apetece entrar, ¿verdad? —afirma.
Me encojo de hombros.
—No mucho.
Aunque ahora estaré sola, este lugar sigue sin ser mi hogar.
—A mí tampoco me apetece que entres.
El corazón me da un vuelco. Levanto la vista y me encuentro con sus ojos verdes.
—Me ha gustado pasar el día contigo, Talya —dice suavemente—. Lo de la sala de conferencias. Y esto. Estar contigo.
Siento que el calor me sube a las mejillas.
—A mí también.
—No tiene que acabar todavía —me mira con un destello de atrevimiento en los ojos—, si no quieres.
Muerdo mi labio inferior.
¿Me está pidiendo que pasemos más tiempo juntos?
—¿Tú quieres que acabe? —le pregunto.
—Yo me muero por que no acabe.
Los pensamientos me acribillan:
«Ten cuidado, Talya».
«Ya sabes cómo termina esto».
«No puedes volver a confiar, otra vez no».
Sacudo la cabeza, porque por una vez quiero dejar de escucharla.
Mi corazón está latiendo como loco, buscando un protagonismo urgente que no suele tener.
«Él no es como los demás», me asegura.
«Se preocupa por ti, Talya».
Y decido hacerle caso.
—Vale.
—¿Vale? —pregunta Dylan confundido.
—¿A dónde quieres ir? —contesto con otra pregunta, dejándole claro que acepto ir con él.
—A donde tú quieras —responde casi demasiado rápido, como si tuviera miedo de que cambie de opinión—. Podemos ir a comer tortitas o a una librería. Te gusta leer, ¿no?
Este chico…
Siento esa sensación de vértigo en el estómago. La de estar parada al borde de un gran precipicio y, en vez de retroceder hacia la seguridad de tierra firme, cerrar los ojos e inclinarme hacia delante.
Ya no hay vuelta atrás, estoy en caída libre. Y lo más aterrador de todo es que, mientras lo miro a los ojos, no me importa en absoluto el golpe.
—Me gusta leer —admito—. Y me gustan las tortitas.
Su sonrisa se ensancha, iluminando el interior oscuro del coche más que cualquier farola de la calle.
—Pues decidido. Tortitas y libros. —Golpea suavemente el volante con la palma de las manos—. Y…
—Pero antes —lo interrumpo— tengo que dejar de parecer un perro mojado. —Señalo mi pelo apelmazado y la humedad que noto bajo su sudadera.
—Joder. —Me repasa de arriba abajo—. Es verdad. Puedes ir a cambiarte.
—¿Vas a esperarme aquí?
Él se reclina en el asiento de cuero, cruzado de brazos.
—No tengo ninguna prisa. Y tengo la radio y el móvil. Tómate tu tiempo.
Miro hacia la casa.
No quiero que la burbuja se rompa. No me apetece separarme de él.
Así que se me ocurre una idea horrible, algo que la Talya de hace unos meses jamás habría hecho. Pero la Talya de hoy se siente valiente.
—También puedes esperar dentro —suelto de golpe—. Mis tíos no están en casa.
En cuanto las palabras salen de mi boca, siento un escalofrío. Sé que estoy rompiendo mi regla de oro, la de no dejar que nadie cruce el umbral de mi zona segura. Pero la urgencia de no separarme de él es más fuerte que mi miedo.
Dylan alza una ceja.
—Ah, ¿no?
—No. Pero, si no quieres, no pasa nada. No tardaré…
—Ni de coña —me interrumpe—. Vamos.
Se inclina hacia el hueco entre los dos asientos, estirando el brazo izquierdo hacia la parte trasera para alcanzar algo.
El movimiento hace que su cuerpo invada mi espacio por completo. Siento el calor que irradia su brazo desnudo casi rozando mi hombro. Cuando recupera lo que buscaba, un paraguas negro y enorme, vuelve a su posición, pero no se aleja del todo.
Se detiene un segundo, a escasos centímetros de mi cara.
Sus ojos verdes se clavan en los míos con una intensidad que me deja sin aire.
Estamos tan cerca que puedo contar las motas de color naranja que se forman en el borde de sus pupilas y notar cómo su respiración, cálida y con olor a menta, se mezcla con la mía.
—Espera —murmura con la voz ronca, rompiendo el hechizo—. No abras todavía.
—¿Qué…?
Pero él ya se ha movido. Abre su puerta y sale al diluvio sin dudarlo. Tras cerrar, rodea el morro del coche a paso rápido.
Un segundo después, mi puerta se abre.
Pero no me mojo.
Dylan está ahí, firme como una estatua, sosteniendo el paraguas abierto sobre el marco de la puerta para protegerme de la lluvia.
—Vamos —dice con complicidad.
Bajo del coche y él cierra la puerta con un golpe seco de cadera.
Al instante, invade mi espacio de nuevo para resguardarnos los dos.
Siento su mano grande y pesada posarse en la parte baja de mi espalda, un contacto firme que me quema a través de la sudadera, y que me guía mientras caminamos hacia la casa.
Cuando llegamos a la puerta principal y busco las llaves en el bolsillo de la mochila, siento mis manos temblar. Noto su presencia a mi espalda, inmensa, protegiéndome de la lluvia y del viento con su propio cuerpo mientras intento, torpemente, manipular la cerradura.
—Estás tiritando —murmura cerca de mi oído.
Trago saliva, por fin he conseguido girar la llave.
—Es el frío —miento.
No es el frío. Es él.