Si decides quedarte Treinta y seis. Talya #2
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Treinta y seis. Talya #2

Siempre supe que todos esos detalles que me parecían super­románticos, eran eso, ficción. Que nadie hace eso en el mundo real y mucho menos por alguien como yo.

Pero Dylan está ahí, en camiseta de manga corta a cuatro grados de temperatura después de ofrecerme su calor como si fuera lo más lógico del mundo.

—Dylan, estás en manga corta. Yo tengo el abrigo, estoy bien —empiezo a protestar, pero mis labios tiemblan, traicionándome.

—Talya, tienes los labios morados. Póntela.

Jamie suelta un silbido bajo, totalmente innecesario pero muy propio de él.

—Vaya, vaya. Un auténtico caballero —bromea—. ¿Te quitas también los pantalones, Dylan, o eso lo dejamos para la segunda cita?

Alice le da un codazo en las costillas para que se calle, aunque ella también está sonriendo, y Jamie suelta un quejido de dolor.

Dylan ignora a su amigo por completo y da un paso hacia mí, acortando la distancia. Entonces me pone la sudadera en las manos con firmeza.

No discuto más. Me quito el abrigo y la cojo. Me la paso por la cabeza por encima de la camisa húmeda del uniforme.

Me alegro al instante de haberla aceptado porque está muy calentita. Aún conserva el calor de su cuerpo y este me invade como un abrazo.

Y el olor.

Huele tan bien…

Siento que el rubor me sube a las mejillas, hundo la nariz disimuladamente en el cuello de la sudadera, y rezo para que él piense que es por el cambio de temperatura y no porque estoy a punto de hiperventilar.

—¿Mejor? —pregunta Dylan.

Asiento y él me mira un segundo más. Veo un destello de satisfacción en sus ojos al ver que he dejado de temblar.

Luego, se gira hacia Jamie y le arranca la bolsa de deporte de las manos con naturalidad.

—Vamos —dice, señalando el camino techado con la cabeza—. El coche está justo al final del pasillo.

—¿Dónde está Noa? —Jamie empieza a mirar hacia los lados, buscándola.

—Ha tenido que irse antes. —Alice se encoge de hombros—. Su padre ha venido a recogerla.

Durante apenas un segundo, la expresión de Jamie cambia por completo. Pestañea un par de veces y vuelve a sonreír como hace siempre.

Caminamos hacia el coche por el pasillo de columnas de piedra.

A nuestra izquierda, la lluvia cae con violencia, formando charcos enormes que reflejan el cielo gris plomo.

Aun así, el viento húmedo se cuela por los arcos y me estremezco.

Dylan, sin decir nada, se cambia de lado de manera sigilosa para ponerse entre el viento y yo, protegiéndome de la corriente con su cuerpo.

«Ay, Dios».

—¡Copiloto! —grita Jamie mientras hace un sprint hacia la puerta delantera.

Pero Dylan es más rápido. Le pone una mano en el pecho a su amigo y lo frena en seco.

—Jamie, tu casa está a cinco minutos, vas a bajarte el primero.

—Tiene razón, hermanito —apunta Alice.

Él lo mira con una ceja arqueada y una expresión de incredulidad teatral.

—Ya, claro. La logística. —Asiente lentamente—. Muy sutil, Ashmore. No te lo tendré en cuenta porque Monroe me cae muy bien. Pero que conste en acta que me siento desplazado.

Dylan ignora su drama con una facilidad pasmosa y tira de la puerta del copiloto para abrírmela a mí.

—Entra —me dice con suavidad.

Me deslizo en el asiento, hundiéndome en la sudadera que me llega hasta los muslos.

Dylan rodea el coche bajo la lluvia torrencial del tramo sin techar y entra por el lado del conductor un segundo después. Al cerrar la puerta, por fin nos aísla del ruido ensordecedor de la tormenta. Se pasa una mano por el pelo húmedo y se frota los brazos desnudos un momento.

—¿Estás bien? —me pregunta mientras se pone el cinturón.

Me subo las mangas, que me cubren las manos por completo, para poder abrocharme el mío.

—Sí —respondo—. Pero tú te vas a congelar.

—Sobreviviré —murmura él, arrancando el motor y subiendo la calefacción al máximo—. Te queda bien.

Esto último lo dice bajito, casi para sí mismo, mientras mira por los retrovisores para salir del aparcamiento, pero lo escucho perfectamente.

Y mi corazón, traicionero y estúpido, decide hacer un salto mortal hacia atrás.

Durante los siguientes minutos, el coche se llena de ruido. Jamie se ha recuperado de su «desplazamiento» y cuenta con todo lujo de detalles cómo casi incendia el laboratorio de Química.

—¡Fue un experimento controlado, Alice!

Mientras, Dylan conduce relajado, con una mano en el volante y la otra apoyada en la palanca de cambios. De vez en cuando, interviene solo para picarlo.

—A Jamie se le da bien la clase de Química —ironiza—, si por dársele bien entendemos que ha mezclado dos sustancias incompatibles y casi nos ha hecho saltar por los aires.

—Eh, ¿y lo bien que te lo pasas conmigo qué? Esto va a quedar para la posteridad, tío. Se lo contarás a tus nietos.

—Lo que tú digas, Marie Curie.

Me descubro riéndome. De verdad.

Hundida en la sudadera de Dylan, con el calor de la calefacción, las risas de los hermanos detrás y el olor a su colonia y a suavizante llenándome los pulmones, me siento… a salvo.

Fuera, el mundo es una mezcla borrosa de piedra gris mojada y farolas que se deshacen en manchas naranjas contra el cristal empañado.

La tormenta golpea con rabia el metal del coche, pero aquí dentro no puede tocarnos.

Es como estar en una burbuja hermética donde mis problemas, mis tíos y mis secretos no tienen permiso para entrar.

Aquí dentro no me siento la Talya rota. Ni la Talya huérfana.

Solo soy una adolescente normal. En un coche. Con sus amigos.

Y esa normalidad, tan simple para el resto, para mí es como un milagro.

El coche se detiene frente a una casa de piedra clara. La de Jamie y Alice.

—¡Gracias por el viaje, chófer! —se despide Jamie mientras se baja del coche—. ¡Ah, Monroe, devuélvele la sudadera lavada, que luego huele a perfume de chica y en el vestuario se van a reír de él!

—¡Lárgate de mi coche, Jamie! —le grita Dylan.

—Adiós, Tal —me dice Alice, echándose hacia delante para darme un apretón cariñoso en el hombro—. Llévala a casa sana y salvo, Dylan, que sé dónde vives —bromea justo antes de salir tras su hermano.

El silencio vuelve a caer dentro del coche.

Ahora que no hay ni risas ni bromas que nos protejan, el espacio se siente mucho más pequeño.

Estamos solos.

Y yo llevo su ropa.

Cosa que, con Jamie y Alice aquí, parecía algo gracioso, pero ahora me pesa con una intimidad que me acelera el pulso.