Si decides quedarte Treinta y seis. Talya
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Treinta y seis. Talya

Treinta y seis

Talya

Me siento feliz.

Contenta al menos.

Ser feliz implicaría una alegría profunda y duradera. Ser feliz suena a promesa . Y yo no hago promesas con mis emociones.

Pero ahora estoy contenta y con eso me basta.

«La alternativa sería admitir que lo hago porque quiero».

Siento un millón de mariposas revoloteando en mi estómago cada vez que pienso en sus palabras. Y no han desaparecido de mis pensamientos en todo el día. Así que estoy empezando a confundirlas con ganas de vomitar.

Ha sido agradable estar con Dylan.

Más agradable de lo que me gustaría.

Y he estado cómoda.

Y eso me hace sentir un completo y absoluto terror, pero hoy he decidido que, al menos por un día, no voy a pensar en las consecuencias.

Por desgracia, la paz tenía que durar poco.

En el momento exacto en el que pongo un pie fuera del edificio principal del Evercrest, el cielo parece desplomarse sobre mi cabeza. De pronto, una cortina de agua gris, densa y furiosa golpea el asfalto con tal fuerza que levanta una niebla helada a ras de suelo.

—Oh, ¡venga ya! —me quejo mientras busco el paraguas en el lateral de la mochila.

Maldigo entre dientes cuando el mecanismo se queda atascado a mitad de camino. Forcejeo con la varilla central, tirando con desesperación mientras el agua helada empieza a calarme el uniforme, resbalando por mi nuca y empapando mis hombros en cuestión de segundos.

Finalmente, logro que se abra con un chasquido metálico, con la esperanza de salvar, al menos, mi dignidad.

Grave error.

Debería haber recordado mi propio pensamiento de esta mañana: «Es el viento el que te destroza el paraguas…».

Parece que el clima escocés tiene un sentido de la ironía muy cruel, porque apenas dos segundos después de abrirlo una ráfaga de viento brutal lo sacude, lo invierte y rompe dos varillas con un crujido lamentable que suena muy parecido a una carcajada.

Me quedo mirando el cadáver de metal y tela negra que sostengo en la mano.

—Genial —mascullo, tirando el trasto inútil a una papelera cercana mientras veo un par de folletos salir volando y perderse en la niebla—. Simplemente genial.

—¿Tal?

La voz de Alice me hace dar un respingo. Me giro y la veo parada bajo el techado de la entrada, resguardada y seca, mirándome con una mezcla de diversión y lástima.

—¿Estás intentando volar al estilo Mary Poppins o es que te apetece darte una ducha al aire libre?

—Muy graciosa —replico, sacudiéndome el agua del pelo como un perro mojado y corriendo a refugiarme junto a ella—. Lluvia: uno. Talya: cero.

Alice suelta una risa y me pasa un paquete de pañuelos de papel que saca del bolsillo de su blazer.

—Toma. No creo que te sirvan de mucho, pero al menos podrás secarte la cara.

—Mira hacia la tormenta que ruge frente a nosotras—.

Menuda se ha formado de golpe. Parece el fin del mundo.

Pero ¿sabes el lado bueno? No creo que el entrenamiento de los chicos se alargue mucho con este diluvio, seguro que nos pueden acercar.

—¿Ya le han arreglado el coche a Jamie? —pregunto al recordar el percance que tuvo el viernes pasado al salir de un aparcamiento.

—Qué va —responde con total tranquilidad—. Sigue en el taller. Dylan tendrá que hacernos el favor.

El nombre de Dylan hace que las mariposas de mi estómago, que se habían calmado con el frío, vuelvan a agitarse.

—También puedo coger el autobús y darme una ducha al llegar a casa. No es tan mala idea.

—Ya. ¿Y cargar con la culpa de que mi amiga ha pillado un resfriado que quizá la tenga en cama durante una semana entera? —pregunta, poniendo los brazos en jarras y señalando el caos de agua y viento que hay ahí frente a nosotras—. Ni hablar.

Por mucho que insista, sé que no voy a tener forma de librarme de Alice, así que, acepto la derrota y me encojo de hombros.

—Está bien. —Saco el móvil del bolsillo pequeño de la mochila—. Voy a avisar de que llegaré un poco más tarde.

Alice asiente satisfecha y yo me alejo un poco para marcar el número de Margaret, aunque sin abandonar el techado.

El sonido de los truenos retumba a lo lejos, grave y profundo.

Un escalofrío, que no tiene nada que ver con el frío ni con estar empapada, me recorre la espalda mientras escucho el tono al otro lado de la línea.

No hay respuesta.

Vuelvo a intentarlo un par de veces más, pero salta el contestador.

El pánico empieza a burbujear en mi garganta. Si llego tarde sin avisar, Margaret lo usará como munición. Dirá que soy una irresponsable y descargará toda la tensión acumulada de la semana contra mí.

No puedo permitirme eso hoy. No después de haber tenido un buen día.

¿Qué se supone que tengo que hacer?

Me armo de valor y marco el número de Douglas.

—¿Talya?

La voz de mi tío suena grave, profesional. De fondo escucho el ruido de papeles y teléfonos. Aún está en el despacho.

—Ho-hola, tío Douglas —susurro, tapando el micrófono y echando una mirada paranoica hacia Alice, que está distraída mirando su móvil—. Perdona por molestarte, sé que estás trabajando.

—¿Ha pasado algo? —Su tono cambia ligeramente volviéndose menos cortante—. ¿Estás bien?

—Sí, sí, estoy bien. Es solo que… —Trago saliva.

—Si me llamas para que pase a buscarte porque está lloviendo mucho, va a ser imposible, Talya —me interrumpe—. Todavía me queda mucho para terminar hoy.

—No, no es por eso —me apresuro a decir—. Estoy saliendo del instituto ahora y unos amigos me han ofrecido llevarme en coche. Eso sí, llegaré un poco más tarde. He intentado avisar a Margaret, pero no contesta al teléfono.

—Ah, sí, Margaret está ocupada —dice Douglas con una calma que me deja descolocada—. Ha tenido que salir. Pasaré a recogerla al salir del trabajo, así que llegaremos tarde. No te preo­cupes.

Abro los ojos de golpe.

—Vale. —Intento que la voz no me tiemble por el alivio—. Gracias, tío Douglas.

—Ten cuidado con la carretera.

Cuelgo el teléfono y me quedo mirando la pantalla.

No están.

No hay toque de queda ni interrogatorio al llegar.

Siento tanta calma que parece que me han quitado una mochila llena de ladrillos de encima.

—¿Todo bien? —pregunta Alice cuando vuelvo a su lado.

Una sonrisa real, una que no tengo que forzar, se dibuja en mi cara.

—Sí, todo perfecto.

—Mira. —Señala hacia un grupo de chicos que salen del edificio anexo—. Entrenamiento cancelado. Te lo dije.

Sigo la dirección de su dedo. Un pasillo techado con columnas de piedra conecta el edificio del gimnasio con el porche donde estamos nosotras. Y por ahí, caminando con una calma insultante mientras la lluvia repiquetea en el techo sobre sus cabezas, vienen ellos.

Jamie camina dando saltitos, me lo imagino celebrando que hayan podido librarse del entrenamiento. A su lado, Dylan avanza con esa zancada larga y despreocupada suya. Lleva la bolsa de deporte colgada al hombro y el pelo alborotado, pero totalmente seco, a diferencia del mío.

Es injusto. El mundo se cae a pedazos bajo el agua y él parece recién salido de un anuncio de colonias.

Y se está riendo por algo que le dice Nathan. Entonces mira hacia nosotras y la risa le desaparece un segundo. Clava sus ojos directamente en los míos y vuelve a sonreír, esta vez un poco más fuerte.

Jamie también nos ha visto y acelera el paso, haciendo un gesto dramático al llegar a nuestra altura.

—¡Madre mía, Monroe! —exclama y, acto seguido, se frena en seco frente a mí y me mira con los ojos como platos—. ¿Has venido nadando o es que has decidido ducharte con ropa para ahorrar tiempo?

—Muy gracioso, Jamie —mascullo, cruzándome de brazos para intentar entrar en calor.

—El viento ha asesinado su paraguas —aclara Alice mientras se aguanta la risa.

—Pues recuérdame que no te pida consejos de moda hoy, porque el estilo «recién salida del naufragio» no te favorece del todo —bromea Jamie mientras me propina un codazo suave para desestabilizarme un poco.

Dylan llega apenas un segundo después. Pero él no se ríe.

Se detiene junto a Jamie, con las manos en los bolsillos del pantalón de chándal, y su mirada me escanea rápido.

Sus ojos verdes recorren mi pelo pegado a la frente, mi uniforme oscurecido por el agua y se detienen en mis brazos, que tengo cruzados sobre el pecho para intentar entrar en calor.

Aunque estamos a cubierto, la humedad del ambiente se me ha metido en los huesos y mis dientes están a punto de empezar a castañear.

—Estás helada —dice. No es una pregunta.

Sin apartar la vista de la mía, se quita la bolsa de deporte del hombro y se la pasa a Jamie con un movimiento fluido, sin pedir permiso.

—Sujeta esto.

—Pero ¿qué…? —empieza a protestar Jamie.

Dylan no le hace caso. Sin previo aviso, se lleva las manos al bajo de su sudadera azul marino y tira de ella hacia arriba.

En un solo movimiento rápido y seguro, se la quita por la cabeza, despeinándose en el proceso y dejando al descubierto una camiseta gris de manga corta que se ajusta a sus hombros.

El aire helado de noviembre le golpea de lleno en los brazos desnudos y la piel se le eriza al instante, pero a él parece no importarle lo más mínimo. Ni siquiera se estremece.

—Toma. —Me ofrece la sudadera.

Me quedo paralizada, mirando la prenda y luego a él, que se acaba de exponer al frío solo por mí.

Quiere darme su sudadera.

Porque estoy mojada.

Mamá y yo solíamos ver muchas películas románticas. Eran nuestros domingos sagrados. Nos encantaba burlarnos de esos gestos grandilocuentes y absurdamente perfectos que los guionistas escriben para que el público suspire.

El chico corriendo por el aeropuerto para detener el avión.

El beso bajo el diluvio universal sin que se les corra el rímel.

Y este.

El momento en el que el protagonista se quita su propia ropa para protegerla a ella, sacrificando su comodidad sin dudarlo ni un segundo.

Mamá siempre se reía y me decía: «No te creas nada, Taly. En la vida real, la gente se queja del frío y se sube la cremallera hastala barbilla».