Treinta y cinco Dylan
Treinta y cinco
Dylan
—No quiero que sientas una obligación porque te cuesta decir que no o porque te sie ntas responsable de que me sienta perdida. No quiero ser tu buena acción del día y no quiero ser un problema más con el que tienes que cargar porque eres demasiado educado como para mandarme a paseo.
Me quedo mirándola y lo único que siento es una punzada de irritación.
No con ella, sino con la precisión con la que han desmantelado su autoestima.
Es casi fascinante, de una forma retorcida, escuchar mis supuestas motivaciones salir de su boca.
«Buena acción del día».
«Cargar con el problema».
Son palabras diseñadas para hacerla sentir pequeña y para hacerme parecer a mí un mártir abnegado.
Qué ironía.
Suelto una risa corta, seca.
—Vaya —digo, echándome hacía atrás en la silla, negando con la cabeza—. Emma se ha lucido esta vez.
—No ha sido…
—Para.
La corto antes de que intente defender lo indefendible. Me inclino hacia delante, invadiendo su espacio personal. Necesito romper esa burbuja de aislamiento en la que se ha metido.
—¿Sabes por qué sé que ha sido Emma? —le pregunto, bajando la voz—. Porque te ha dicho exactamente lo que ella necesita creer para quedarse tranquila.
Veo cómo Talya me sostiene la mirada, dubitativa. Sus ojos color ámbar, casi amarillos me analizan buscando la mentira, buscando al chico bueno que finge por educación.
Tengo que destruir esa imagen.
Necesito que deje de pensar que la veo como un proyecto de caridad y que sepa que es todo lo contrario.
Tiene que dejar de sentirse como una carga.
—Porque necesita pensar que si hago algo por alguien es porque soy un blando que no sabe decir que no.
Porque la alternativa… —Hago una pausa, dejando que el silencio cargue el ambiente.
Mis propios sentimientos, esos que estoy intentando ignorar, se agolpan en mi garganta—.
La alternativa es admitir que lo hago porque quiero.
Que me acerco a ti porque lo busco. No estoy siendo altruista, Talya —confieso—. Estoy siendo egoísta.
«Estoy siendo egoísta al buscar cualquier excusa para estar cerca de ti».
Las palabras se quedan en mi garganta, pero el pensamiento grita en mi cabeza con una claridad que asusta.
«Estoy siendo egoísta porque sé que no necesitas esto y, aun así, no puedo evitar acercarme».
Emma tiene razón en algo: no sé decir que no. Pero no porque sea blando, sino porque cuando se trata de Talya no quiero decir que no.
La palabra «egoísta» flota entre nosotros, cargada de una honestidad brutal.
Me tenso mientras espero una reacción. Un sonrojo, una sonrisa tímida o tal vez esa confusión adorable de cuando no sabe si voy en serio.
Pero lo que recibo es un golpe de realidad.
Talya no se sonroja.
Su reacción es visceral, instantánea. Sus pupilas se dilatan, tragándose el amarillo de su iris, y veo cómo sus manos se aferran al borde de la mesa con tanta fuerza que los nudillos se le ponen blancos.
Mierda. ¿La he asustado?
Joder. Una duda fría me recorre la espalda.
«¿Qué demonios te han hecho, Talya? ¿Quién te ha enseñado que cuando alguien quiere algo de ti es porque vas a salir perdiendo?».
Siento el impulso instintivo de recular. Sin embargo, no puedo hacerlo.
Me está mirando como si estuviera a punto de romperse. De todos modos, me niego a tratarla como si fuera de cristal.
Si lo hago, le estaré dando la razón a sus miedos. Estaré confirmando que acercarse a ella es un error.
Así que me obligo a no moverme. A sostenerle la mirada, firme pero abierta, intentando transmitirle un mensaje que va más allá de las palabras.
Y entonces ocurre el milagro, su rostro pasa del pánico absoluto a una especie de valentía silenciosa.
—Vale —susurra.
La palabra es tan suave que por un momento creo habérmela imaginado, pero el alivio me golpea en el pecho con fuerza.
No se ha ido.
A pesar de ese destello de miedo que he visto latir bajo su piel, ha decidido quedarse.
—¿Vale? —repito.
—Vale —dice de nuevo, recuperando el color en las mejillas.
Entonces, coge una de las carpetas verdes de la pila y la planta delante de ella como una barricada. No es un muro para separarnos, es un escudo para recomponerse. Me mira y en sus ojos ya no veo a alguien asustado, sino un destello de desafío que me hace querer sonreír como un idiota.
—Si quieres ser egoísta y quedarte a ordenar papeles aburridos en lugar de irte a salvar el mundo… —se calla durante unos instantes, traga saliva y sostiene mi mirada—, no seré yo quien te lo impida.
Una sonrisa lenta se abre paso en mi cara sin que pueda, ni quiera, controlarla.
Joder.
Tiene agallas.
Está temblando por dentro, su instinto le grita que corra, y aun así es capaz de devolverme la pelota y retarme. Eso es mucho más impresionante que cualquier jugada que haya visto en el campo de fútbol.
—Me parece un trato justo —respondo.
Cojo otro taco de folios, obligando a mi cuerpo a relajarse.
Pero necesito asegurarme.
—Entonces ¿estás bien? —pregunto.
Ella respira hondo, colocándose el pelo detrás de la oreja.
—Pásame los bolígrafos, Ashmore. —Una pequeña sonrisa, tímida y fugaz, asoma en sus labios—. Tenemos trabajo que hacer.
Suelto una risa suave, liberando la tensión que se me había acumulado en la nuca, y deslizo un puñado de bolígrafos hacia ella.
Mis dedos rozan los suyos al entregárselos.
Y, esta vez, su mano se mantiene firme bajo la mía.
La Talya asustada de hace unos minutos ha dejado paso a algo mucho más interesante.
Mientras ella se concentra en los papeles para fingir que esto es solo trabajo administrativo, yo me quedo mirándola un segundo más. Ser egoísta ha sido, probablemente, la mejor decisión que he tomado en mucho tiempo.