Si decides quedarte Treinta y cuatro Talya #2
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Treinta y cuatro Talya #2

No quiero que nadie sienta que tiene que cuidarme.

Así que en realidad no lo estoy evitando, le estoy haciendo un favor.

—No te he estado evitando. —Desvío la mirada, no puedo aguantársela más.

—Mentirosa.

La palabra flota en el aire, pero no suena a insulto, sino a reto.

—No estoy mintiendo. Es que… estos días he ido con prisa —improviso, notando que el calor me recorre las mejillas.

—Entonces ¿por qué no puedes mantenerme la mirada más de dos segundos seguidos?

—Porque estás… estás invadiendo mi espacio de trabajo —replico tratando de recobrar mi dignidad.

Alargo la mano para recuperar mis folios, pero mis dedos rozan los suyos sobre el papel.

Debería haberme apartado al instante, pero me quedo paralizada por la descarga eléctrica del contacto. Dylan no retira la mano; al contrario, la desliza con lentitud hasta que sus dedos cubren los míos.

No aprieta, es solo el peso de su mano contra la mía, pero mi cuerpo no entiende de matices.

Me quedo quieta, con la respiración contenida. Él baja la vista hacia nuestras manos.

Su pulgar se mueve, apenas un milímetro, presionando con suavidad la cara interna de mi muñeca.

—Estás temblando —murmura. No es una pregunta, es una afirmación. Levanta la vista y clava sus ojos en los míos—. Y tu corazón va a mil por hora. Siento los latidos golpear contra mis dedos.

El aire se me atasca en la garganta. Me siento totalmente expuesta, traicionada por mi propia biología.

—Hace frío —miento. La voz me sale estrangulada.

—No, no hace frío.

Él frunce el ceño, estudiándome como si fuera un enigma que no consigue descifrar.

—Creo que te pongo nerviosa, Talya —dice. Su voz ya no es ronca ni seductora; suena baja, teñida de una genuina confusión.

Se inclina un poco, buscando mis ojos, intentando comprender lo que ve en ellos.

—Y no entiendo por qué —continúa—. Cuando creía que por fin había conseguido acercarme un poco a ti, de repente levantas un muro.

«Creo que te pongo nerviosa».

«Creía que por fin había conseguido acercarme un poco a ti».

—No me pones nerviosa —alcanzo a decir, aunque la falta de aire en mis pulmones muestra justo lo contrario.

Dylan arquea una ceja, incrédulo. Retira la mano de la mía muy despacio, liberándome del contacto físico para ver si así me relajo, pero no aparta la vista.

—Ah, ¿no? —Me sostiene la mirada mientras espera una respuesta que no llega—. Entonces, demuéstramelo. Deja de mirar los papeles. Deja de mirar la puerta. Mírame a mí.

Trago saliva. Me está retando.

Pero es un reto seguro, porque él ya no me está tocando.

Solo me está pidiendo que le sostenga la mirada.

Lo hago. Clavo mis ojos en los suyos.

Verde musgo.

Verde bosque.

Verde… espera.

Vuelvo a tragar saliva.

—¿Qué quieres, Dylan? —consigo preguntar, intentando sonar desafiante, aunque mi voz tiembla.

Él no responde de inmediato. Sus ojos recorren mi cara con una lentitud deliberada, como quien lee un libro en un idioma que empieza a entender.

—Quiero que me hables, Talya —dice por fin—. Quiero que dejes de ignorarme y me cuentes qué ha pasado. Me miras como si fuera un desconocido peligroso.

—No te miro así. —Y lo digo de verdad.

—Sí, lo haces —me corrige, pero sin acritud—. Me evitas. Y, cuando te toco, te tensas. Así que dime: ¿qué ha pasado?

«Siempre intentando salvar a todo el mundo».

«A veces tengo que recordarle que no puede cargar con los problemas de los demás».

Las palabras de Emma resuenan en mi mente.

Abro la boca para soltar alguna excusa barata, pero las palabras se me atascan. Me está mirando con una paciencia infinita que hace que mentirle parezca sucio.

—Mira, Dylan —empiezo, rompiendo el contacto visual de nuevo para centrarme en mis manos—. Agradezco que te preocupes por mí. De verdad. Pero no tienes que hacerlo.

De soslayo, percibo que frunce el ceño, confundido.

—Ya sé que no tengo que hacerlo.

—Entonces ¿por qué lo haces?

—Porque quiero.

La respuesta es corta, rotunda y carente de cualquier titubeo. Vuelvo a mirarlo para buscar la trampa.

Dylan suspira y se pasa una mano por el pelo.

—Espera —murmura—. Voy a decirte lo que pasa. —Se reclina en la silla, cruzándose de brazos. Parece decepcionado—. Estabas empezando a sentirte cómoda conmigo. Pero, entonces, Emma fue a decirte cualquier burrada, ¿verdad? Y ahora me estás alejando porque lo que sea que te ha dicho te ha afectado.

Ay, por Dios.

Me muerdo el labio inferior, incapaz de sostenerle la mirada.

Ha dado en el clavo con tanta precisión que me da miedo.

¿Y por qué sabe lo de Emma?

Ah, Jamie. Se lo habrá contado.

—No sé de qué me hablas —miento con un hilo de voz.

Dylan suelta una exhalación escéptica que me hace volver a mirarlo.

—¿Qué te dijo?

—Vino a saludarme, ya está. Fue… —intento encontrar la palabra para definirla— simpática.

—¿Igual de simpática que cuando nos encontró en la puerta de esta sala?

Pues sí.

¿Qué voy a decirle? Realmente no me dijo nada malo.

Solo dijo una verdad.

Y no voy a meterle a Dylan mierda sobre su novia. O lo que sea que sea Emma para él.

Asiento en respuesta a su pregunta.

Se inclina hacia delante, quedando a centímetros de mí.

—Talya —su tono es serio, pero urgente—, sé que eres observadora. Te he visto mirar a la gente, analizar las situaciones. Sé que tienes criterio propio.

Hace una pausa para asegurarse de que lo escucho.

—Por eso me frustra que cambies la percepción que sea que tuvieras de mí por culpa de otros.

—Yo no…

—Sí, Talya —me interrumpe, pero suaviza la voz al ver que me encojo—. Si confiaras en tu propio juicio, te darías cuenta de que lo que sea que dijo Emma no habla ni de mí ni de ti. Habla de su miedo a perder el control.

—Dylan, lo que pasa es que no quiero que sientas que tienes una obligación moral conmigo por culpa de lo que te conté. Lo digo en serio, no quiero.

Las palabras salen rápido, como si me quemaran en la lengua, rompiendo el dique que había estado construyendo durante toda la semana.

—No quiero que sientas una obligación porque te cuesta decir que no —continúo— o porque te sientas responsable de que me haya perdido. No quiero ser tu buena acción del día y no quiero ser un problema más con el que tienes que cargar porque eres demasiado educado como para mandarme a paseo.

El silencio cae sobre la mesa.

Me muerdo el interior de la mejilla, esperando que se enfade, que se ofenda o, lo que sería aún peor, que me dé la razón con una mirada de lástima.

Pero no hace nada de eso.

Me sigue observando fijamente y, de repente, suelta una risa corta. Una exhalación seca que no tiene nada de humor.

—Vaya —dice, negando levemente con la cabeza y echándose hacia atrás en la silla—. Emma se ha lucido esta vez.

—No ha sido…

—Para —me corta de nuevo—. ¿Sabes por qué sé que ha sido Emma? —Me mira un par de segundos antes de seguir hablando—. Porque te ha dicho exactamente lo que ella necesita creer para quedarse tranquila.

Vuelve a inclinarse hacia delante y apoya los codos sobre la mesa. Su rostro vuelve a estar muy cerca del mío.

—Porque necesita pensar que, si hago algo por alguien, es porque soy un blando que no sabe decir que no.

Porque la alternativa… —Hace una pausa y sus ojos se oscurecen ligeramente—.

La alternativa sería admitir que lo hago porque quiero.

Que me acerco a ti porque lo busco. No estoy siendo altruista, Talya. Estoy siendo egoísta.

La palabra aterriza entre nosotros y mi primer instinto es retroceder. Dylan incluso se tensa un poco tras callarse.

«Egoísta».

Mi mente viaja a lugares oscuros a la velocidad de la luz.

A manos que toman sin pedir permiso, a deudas que se cobran caras.

La palabra «egoísta» en boca de un hombre siempre ha significado peligro.

Debería asustarme. Debería levantarme y salir de esta sala antes de que descubra que no valgo el esfuerzo.

Pero mis pies no se mueven.

Porque me está mirando con una intensidad que me hace sentir pequeña y, a la vez, extrañamente visible.

Su egoísmo no suena a amenaza. Suena a elección.

Suena a que, entre todas las opciones perfectas que tiene ahí fuera, ha decidido gastar su tiempo en esta sala rodeada de cajas y papeles, conmigo.

Y, por primera vez en mucho tiempo, el miedo pierde la batalla contra las ganas de quedarme.

Sostengo su mirada. No sé qué cara estoy poniendo, pero debe de ser suficiente, porque la tensión en los hombros de Dylan se relaja un poco.