Si decides quedarte Treinta y cuatro Talya
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Treinta y cuatro Talya

Treinta y cuatro

Talya

El fin de semana ha sido una tregua extraña mientras estudiaba para mi primer parcial. Al no salir de mi habitación más quepara lo necesario, mis tíos, especialmente Margaret, me han tratado con una amabilidad inquietante.

Incluso he visto por primera vez a Margaret dedicarme una sonrisa.

A mí.

¿Te lo puedes creer?

Fue una sonrisa rara, casi dolorosa. Como si mirarme a la cara le c ostara un esfuerzo físico real.

Supongo que soy más fácil de querer cuando soy invisible.

Nada más salir de casa, rumbo a la parada del autobús, me doy cuenta de que está empezando a llover. Otra vez. Aún no me acostumbro al mal tiempo de Edimburgo. He visto la lluvia más veces en los días que llevo aquí que en los seis años que pasé en Madrid.

Me gustaba el tiempo que hacía allí. El otoño no era ni de lejos tan frío como el de esta ciudad.

Podía ver el sol la mayoría de los días, a diferencia de aquí, que cuando decide aparecer es tímido y pálido, y normalmente no se queda más de unos minutos antes de que las nubes se lo traguen de nuevo.

Allí, incluso en noviembre, la luz lo inundaba todo.

A veces pienso que quizá no es solo una cuestión de latitud.

Tal vez es que allí el tiempo acompañaba porque yo era feliz.

Porque tenía a mi madre, tenía mi vida y el sol parecía brillar más fuerte simplemente porque todo estaba en su sitio.

Aquí, el clima de Escocia está empeñado en reflejar exactamente cómo me siento por dentro: nublada y a punto de descargar una tormenta.

Aunque podría ser peor.

Las clases van sorprendentemente bien para haber aterrizado en mitad de curso. Tengo a Alice, que hace todo lo posible para que me sienta como en casa y que me ha ayudado más que nadie a intentar sacar el examen de hoy.

También tengo a Noa, que cada vez la siento más cercana. Me he dado cuenta de que es de esas amigas que harían cualquier cosa para defenderte, es territorial y no le gusta que se metan con los suyos.

Tengo a Erik y a Jamie.

Y creía que también tenía a Dylan, aunque no termino de estar segura de eso.

No estoy sola. Lo sé.

Cuento con una red de seguridad que no tenía hace algunas semanas y sería injusto no valorarlo. En Madrid era feliz por mi madre y por el sol. Aquí, si consigo serlo algún día, estoy convencida de que será gracias a ellos.

He sacado el paraguas pequeño que siempre llevo en mi mochila.

Por suerte, no hace viento, así que no hay peligro de que se convierta en un esqueleto de metal inútil a los dos minutos.

Es la trampa habitual de esta ciudad: el agua te moja, pero es el viento el que te destroza el paraguas y la dignidad, dándole la vuelta justo cuando más lo necesitas.

Hoy, al menos, el agua cae en vertical, así que consigo llegar a la clase de Historia sin parecer que me he metido en la ducha con el uniforme puesto.

Entro al aula justo cuando suena el timbre. El ambiente está cargado de nervios, la mitad de la clase repasa apuntes frenéticamente para el examen parcial. En mi caso, es tal el agobio que he pasado en los últimos días que siento que ya no tengo fuerzas para ponerme más nerviosa.

Me dirijo a mi sitio, justo al lado de Alice, cuando la señora Campbell se acerca y se detiene frente a mi mesa.

—Talya, un momento.

El corazón me da un vuelco.

¿Qué he hecho ahora?

—¿Sí?

—Verás —empieza, bajando la voz para que no la oigan los demás—, he estado pensando que no sería justo que hicieras este examen. Cubre temario que hemos repasado antes de tu llegada.

Siento un alivio tan grande que casi se me escapan las lágrimas.

—Pero no te relajes demasiado —continúa—, el próximo examen te contará el doble. Así que tendrás que ponerte las pilas.

—Sí —murmuro—. Sí, claro, señora Campbell. Muchísimas gracias.

—No me des las gracias todavía. —Me sonríe y señala hacia la puerta—. No quiero que te quedes aquí mirando las musarañas. La señora Collins sigue necesitando ayuda en la sala de conferencias para preparar el acto de orientación. Ve allí y échale una mano.

—Claro, de acuerdo. —Me levanto del asiento y cojo mi mochila—. Gracias de nuevo, de verdad. —Me giro hacia Alice y susurro—: Mucha suerte.

Me devuelve la sonrisa y salgo al pasillo antes de que Campbell pueda cambiar de opinión.

Me he librado de un examen que, de haber aprobado, habría sido por los pelos. Hoy la suerte parece estar un poco de mi lado.

Llego a la sala de conferencias, esta vez sola y sin la ayuda de Dylan, un espacio enorme con moqueta azul, un escenario al fondo y cientos de carpetas vacías, bolígrafos con el logo del Evercrest y papeles desperdigados encima de una mesa improvisada en una esquina de la sala.

La señora Collins, la secretaria de dirección, una mujer nerviosa que parece vivir con un café pegado a la mano, me da las instrucciones a toda velocidad y se marcha a su despacho, dejándome sola con montañas de documentos.

El trabajo es fácil: revisar folios y guardarlos por orden en cada una de las carpetas que se repartirán en la conferencia de orientación.

Respiro hondo. El silencio es maravilloso.

Me pongo los auriculares, dejo que la música inunde mi cabeza y me concentro en la tarea.

Carpeta. Folio. Folio. Folio. Bolígrafo. Bloc de notas. Siguiente.

Carpeta. Folio. Folio. Folio. Bolígrafo. Bloc de notas. Siguiente.

Es mecánico, es repetitivo y es justo lo que necesito para que mi cerebro deje de dar vueltas.

Llevo unos veinte minutos en mi burbuja de paz cuando noto una corriente de aire.

Me quito los auriculares, por si viene la señora Collins a pedirme algo más.

—Sí, sí, ya están aquí los de la imprenta —dice la señora Collins, entrando con prisas. Tapa el micrófono del teléfono y se da la vuelta para dirigirse a alguien que la sigue por detrás—: Puedes dejarlas por allí —apunta la mesa en la que me encuentro—, en esa mesa del fondo.

Por el marco de la puerta aparece una figura alta, cargada de varias cajas de cartón que le llegan casi a los ojos. Parecen pesadas, pero las sujeta como si estuvieran llenas de aire. Lleva la corbata ligeramente aflojada y el pelo algo revuelto.

Y ha clavado sus ojos en mí y está sonriendo.

Es Dylan. Por supuesto.

Se dirige hacia mí, bueno, o hasta la mesa donde tiene que soltar la pila de cajas. Pero siento que el oxígeno de la sala parece haberse consumido de golpe, dejándome sin aire.

Dylan suelta la carga sobre la mesa con un movimiento fluido. Este provoca un golpe sordo que hace vibrar los bolígrafos que yo había ordenado meticulosamente. Al librarse del peso, se estira un poco, y escucho el leve crujido de sus articulaciones.

—Ahí tiene, señora Collins —dice, aunque no ha apartado sus ojos de los míos en ningún momento.

Creo que esta noche voy a soñar con ellos.

¿Por qué son tan verdes?

¿Y por qué está mirándome así?

No tengo la respuesta a esas preguntas, pero yo tampoco puedo apartar la mirada.

Me he quedado paralizada. E hipnotizada.

—¡Maravilloso! —exclama Collins, que, a pesar de que ya ha dejado de hablar por teléfono, ahora está tecleando en él sin apartar la vista—.

Ashmore, ya que estás aquí…, ¿podrías quedarte y ayudar a la señorita Monroe a montar las carpetas?

Necesito esto listo cuanto antes y cuatro manos son más rápidas que dos.

No, no, no.

Tiene que estar de broma.

Va a decirle que no puede, ¿verdad?

Tendrá algo mejor que hacer.

Ir a clase o ir a entrenar o lo que sea que haga un lunes a primera hora.

Pero no va a quedarse. Por favor.

—Claro —responde él, arrastrando una silla para sentarse justo enfrente de mí. Yo ya he apartado la mirada, intentando centrarme en mi trabajo, pero aún puedo sentir la suya clavada en mí—. No tengo nada mejor que hacer.

—¡Gracias! Esto sumará puntos en vuestro expediente —anuncia ella—. En esas cajas hay aún más documentos. Os dejo, que tengo que firmar el albarán.

Sin esperar respuesta, se da media vuelta mientras habla de nuevo por teléfono, cerrando la puerta con un golpe seco.

Y dejándome sola.

Con Dylan Ashmore.

En la misma habitación.

—No pensaba encontrarte aquí. —Se afloja aún más el nudo de la corbata con un gesto despreocupado que hace que mi estómago sienta mariposas… o avispas asesinas—. Bonita sorpresa.

Me encojo de hombros intentando parecer indiferente.

—Ya, yo tampoco tenía pensado encontrarme con nadie. ¿Qué haces aquí?

—Collins me ha reclutado antes de que pudiera entrar en clase. Cosas de estar en el último curso. ¿Y tú?

—La señora Campbell me ha perdonado el examen de Historia.

—¿Y cómo vas? —pregunta.

—Bien. Si vamos rápido, esto está acabado en menos de una hora.

—Me refiero a cómo vas tú —aclara, bajando el tono de voz hasta convertirlo en algo más íntimo—. ¿Cómo estás?

Lucho por no sonrojarme ante el modo en que me habla, ante el modo en que se preocupa por mí.

—Muy bien —miento y agarro el primer taco de folios que encuentro—. Si quieres, puedo ir ordenando los folios y tú puedes ir metien…

No puedo terminar la frase. Dylan alarga la mano y posa la suya sobre los folios que acabo de coger, inmovilizándolos contra la mesa. Y rozando mis dedos.

—Me dan igual los folios, Talya —dice suavemente. No ha retirado la mano.

Levanto la vista. Grave error.

Sus ojos verdes están fijos en los míos, brillantes, divertidos. Y no hay ni rastro ni de la prisa ni del estrés que tenía la señora Collins. Él parece disponer de todo el tiempo del mundo.

—Tenemos que trabajar —intento protestar, pero mi voz sale más débil de lo que me gustaría.

—Podremos trabajar cuando me hayas contestado. —Desliza los papeles fuera de mi alcance, obligándome a soltarlos—. ¿Por qué me has estado evitando?

¿Se ha dado cuenta de que estaba evitándolo?

No hay un motivo.

Simplemente no quería hablar con él después de saber que me había estado ayudando por compasión.

Y tiene sentido. Si Emma lleva razón y Dylan tiene ese complejo de salvador de causas perdidas, que supiera lo de mi madre solo le habrá hecho sentir más obligación. Y yo no quiero eso.

No quiero ser su obra de caridad.