Si decides quedarte Treinta y tres. Dylan
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Treinta y tres. Dylan

Treinta y tres

Dylan

—Vamos, no me jodas.

Acabo de contarle a Jamie que lo de Emma y yo ha terminado. Definitivamente. Con el lío del entrenamiento de ayer fue imposible decírselo a solas.

Y me ha soltado que ahora entendía por qué se había acercado a Talya el día anterior.

Cierro la puerta de la taquilla con más fuerza de la necesaria, provocando un estruendo metálico que hace que un par de chicos de primer año se giren asustados.

Jamie, apoyado en la hilera de taquillas de enfrente, asiente con esa expresión de gravedad que solo usa cuando la situación es seria de verdad. O cuando tiene hambre, pero esta vez sé que no es por eso.

—Te lo digo en serio, tío. —Se acerca a mí y baja la voz—.

Parecía un documental de la sabana africana.

La leona acorralando a la gacela herida.

Si llego a tardar un minuto más en aparecer, creo que Talya se habría desintegrado allí mismo.

Emma estaba en modo amiga encantadora, y ya sabes que esa es su versión más peligrosa.

Me paso una mano por el pelo, frustrado. La imagen que describe Jamie me revuelve el estómago.

Ahora todo encaja.

Ayer Talya se pasó todo el día evitándome. Esta mañana, en la entrada, ha desaparecido justo antes de que pudiera acercarme. Pensaba que tal vez no me había visto o que simplemente estaba siendo paranoico.

Pero no. Era Emma.

—¿Sabes qué le dijo? —pregunto, aunque una parte de mí no quiere saberlo.

—Ni idea, Ash. —Jamie se encoge de hombros—. Llegué justo al final. Le dijo algo en plan: «Ya hablaremos en otro momento», o algo así. Pero Talya tenía esa cara de… —piensa un segundo antes de continuar— de querer hacerse muy pequeña. Y Emma olía a vainilla vomitiva que tiraba para atrás.

Aprieto la mandíbula hasta que me duelen los dientes.

—Voy a hablar con Emma.

—Eh, frena, fiera. —Me pone una mano en el pecho para detenerme—. Si vas allí gritando, solo vas a conseguir que ella se haga la víctima y que todo el Evercrest empiece a cotillear sobre un triángulo amoroso que no existe. Tienes que ser más listo.

—No voy a gritar —gruño, apartando su mano—. Pero se ha acabado el intentar ser educado.

Me zafo de su agarre y echo a andar por el pasillo, con Jamie siguiéndome a una distancia prudencial. Mi mente va a mil por hora.

El otro día, cuando me vi medio obligado a tener una conversación con Emma después del entrenamiento, estuvo tranquila.

O al menos lo pareció. Terminamos la charla que habíamos dejado a medias y fui claro: le dije que necesitaba espacio.

Espacio de verdad. Que el rollito ese de «ahora sí», «ahora no» o «ahora estamos con otros pero seguimos siendo nosotros» se había acabado.

No es que Emma sea el demonio. No es eso.

Es que llevamos años atrapados en una inercia cómoda y peligrosa.

Habíamos normalizado esa dinámica de ser la red de seguridad del otro.

Podíamos estar meses sin hablar, incluso liándonos con otras personas, aunque siempre con esa regla no escrita de que, al final, volvíamos al punto de partida. Era fácil.

Era una costumbre.

Pero, en los últimos meses, me he dado cuenta de que me he cansado.

Me he cansado de que ella me tenga en el banquillo, mientras yo espero que me saque a jugar cuando se aburre o cuando necesita que le suban el ego.

Y reconozco mi culpa: yo también he participado en esto muy a gusto.

Yo también he aceptado esa libertad a medias.

Porque era sencillo.

Pero ya no.

Al principio, no se lo tomó bien. No porque le rompiera el corazón, pues la conozco demasiado bien para saber cuándo algo le duele de verdad, sino porque no está acostumbrada a que nadie le cambie las reglas del juego.

Le dolió el orgullo, no la pérdida. Para Emma, que yo decida cortar el hilo no es una ruptura, es una insolencia.

Sin embargo, después del berrinche inicial, pareció entenderlo. Incluso llegó a darme la razón.

Me dijo que seguiríamos siendo amigos e incluso llegué a sentirme cómodo mientras la llevaba de vuelta a su casa. Pensé que habíamos firmado la paz.

Qué imbécil fui.

Ella no estaba firmando la paz. Estaba ganando tiempo para recargar munición. Y su nuevo objetivo no soy yo, sino Talya.

Y ver que está usándola para intentar recuperar el control… me confirma que he tomado la decisión correcta.

Nuestra relación no era amor. Era un hábito que me estaba asfixiando y no me había dado cuenta de cuánto me costaba respirar hasta que he intentado dejarlo.

La encuentro en el patio interior, sentada en uno de los bancos de piedra, rodeada de su séquito habitual.

Violet Whitmore, la hija del director y por tanto todo un peligro, se está riendo de algo, pero Emma no la sigue.

Mira el móvil con cara de aburrimiento. Como si el mundo no estuviera a su altura.

Me acerco directo hacia ella. Violet me ve primero y le da un codazo a Emma, que le hace levantar la vista. Su expresión cambia en una fracción de segundo: el aburrimiento desaparece y una sonrisa de anuncio ocupa su lugar.

—¡Hombre, Dylan! Justo estaba pensando en ti. —Palmea el sitio vacío a su lado.

Ignoro el gesto y me quedo de pie frente a ella, cruzado de brazos.

—¿Podemos hablar un momento? —pregunto con un tono que deja claro que no es una petición.

Emma arquea una ceja e intercambia una mirada con Violet, luego se levanta, alisándose la falda del uniforme con una calma exasperante.

—Claro. —Se gira hacia sus amigas—. Ahora vuelvo, chicas.

Caminamos unos metros hasta alejarnos lo suficiente de los oídos curiosos, cerca de la fuente que nunca funciona. En cuanto estamos solos, Emma se gira hacia mí, apoyando la cadera en el borde de piedra.

—Tú dirás. Si vienes a decirme que me echabas de menos…

—¿Qué estabas hablando ayer con Talya? —decido interrumpirla e ir directo al grano.

La sonrisa de Emma no vacila, pero sus ojos se entrecierran ligeramente.

—¿Con Talya? —Finge hacer memoria—. Ah, te refieres a esa chica, la nueva. Nada, solo la vi en los pasillos y me acerqué a saludar. ¿Es un crimen ser amable con los nuevos alumnos, Dyl?

—Corta el rollo, Emma. —Endurezco el tono, aunque sin subir el volumen—. Te conozco perfectamente y sé que lo tuyo no es ir solo a saludar.

Entonces, Emma suelta una risa seca y niega con la cabeza, como si yo fuera un niño pequeño diciendo tonterías.

—¿Me conoces perfectamente? ¿Por qué será? —Da un paso hacia mí, invadiendo mi espacio e inundándome con ese aroma a vainilla que ahora me resulta empalagoso.

No retrocedo. No pienso darle esa satisfacción. Me mantengo firme, clavando mis ojos en los suyos con una frialdad que la hace vacilar un milisegundo.

—Exacto. Te conozco. —Mi voz sale grave y controlada—. Sé cómo eres y también sé cómo actúas cuando sientes que estás perdiendo el control. Es lo que haces siempre, ¿no?

Levanta una ceja y aprieta la mandíbula.

—Pero Talya no juega a esto, Emma —le advierto—. Talya no entra dentro de tus juegos de poder.

—¿Tanto le ha afectado lo que le dije? No es culpa mía si esa chica se asusta con un simple saludo.

Aprieto los puños hasta que me duelen los nudillos, sintiendo cómo la paciencia se me escapa por segundos. Resoplo para calmarme antes de decirle:

—Escúchame bien, Emma, porque no te lo pienso repetir —me acerco demasiado hacia ella, obligándola a levantar la barbilla para mirarme—: mantente alejada de Talya.

—¿Me estás amenazando? —pregunta, soltando una risa incrédula.

—Te estoy avisando. —Me inclino un poco más, asegurándome de que capta cada palabra—. Talya está fuera de los límites. Búscate otra distracción. Si vuelves a ir a por ella, no pienso ser tan educado.

Le sostengo la mirada un par de segundos, los suficientes para ver cómo la seguridad en sus ojos se agrieta y luego me doy la vuelta.

Me alejo sintiendo una mezcla de rabia y adrenalina corriéndome por las venas.

Un pensamiento me cruza la mente mientras atravieso el patio.

Mierda.

La necesidad impulsiva de defender a Talya no me ha dejado pensar con claridad. Me doy cuenta de que, queriendo protegerla, probablemente acabo de pintarle una diana aún más grande en la espalda.

Suelto un suspiro largo, pasándome la mano por el pelo mientras veo a Jamie esperándome en la entrada con ansias por interrogarme.

—¿Ha ido bien? —pregunta.

—No lo sé.

—¿Cómo que no lo sabes? —Abre mucho los ojos—. No me digas que te ha comido la cabeza y te ha hecho quedar como el malo.

Al ver que no contesto, continúa:

—¡Lo sabía! Es una víbora, Dylan. ¿Cuántas veces te lo he dicho, eh?

—Jamie, no me ha comido la cabeza. Sé perfectamente lo que ha hecho. Está solucionado.

Mi mejor amigo exhala aliviado.

—¿De verdad?

—Eso espero.

—Uf, me dejas más tranquilo porque está loca, tío. De verdad que me da miedo. —Hace una mueca—. Entonces ¿nos hemos librado de ella para siempre?

—Sí.

—Voy a abrazarte, Ashmore. —Y lo hace—. Te juro que es la mejor noticia que me han dado en toda mi vida.

—Vale, vale, tío. —Me lo quito de encima. Joder, es un exagerado—. Tampoco te flipes.

Aunque la realidad es que los problemas siempre son menos problemas con amigos como Jamie al lado.

—¿Tú estás bien?

—Claro que estoy bien —le digo.

—Si en algún momento tienes un bajón o lo que sea…, para eso están los mejores amigos, ¿no?

Arrugo la frente, extrañado.

—Jamie, ¿un bajón? ¿Por Emma?

—Llevabais saliendo mucho tiempo y todo eso.

—Venga ya, tío, deja el tema. Nunca hemos estado saliendo en plan «saliendo» .

—Vale, ya me callo… —Acto seguido, hace una parada en medio del pasillo y se pone las manos alrededor de la boca a modo de altavoz para empezar a vocear—: ¡Es el mejor día de mi vida!

Lo miro mientras resoplo divertido. A veces me pregunto qué he hecho para merecer un mejor amigo tan dramático.

Los estudiantes del Evercrest que han tenido la mala suerte de cruzarse con nosotros lo observan como si le faltara un tornillo. Pero, lejos de callarse, mi amigo parece dispuesto a seguir con su escándalo.

—Un día te van a expulsar y ya verás la que te va a liar mamá.

Alice ha aparecido de repente y se acerca a Jamie con cara de querer estrangularlo allí mismo.

—¿Se puede saber por qué estás berreando como un animal en mitad del pasillo?

Jamie le pasa un brazo por los hombros, ignorando su cara de pocos amigos.

—Celebro la libertad, hermanita. La dulce libertad de mi mejor amigo.

Alice pone los ojos en blanco y le da un empujón para apartarlo.

Y ahí está ella, justo detrás de Alice, al lado de Noa.

Siento un alivio inmediato al verla, pero ella evita a toda costa hacer contacto visual. Está mirando al suelo, mordiéndose el labio.

Me acerco a Talya, aprovechando que Jamie se ha parado a hablar con Noa.

No cambia su posición, aunque está nerviosa. Lo noto.

—Chica nueva —la saludo, intentando usar mi tono de voz más suave, ese que suele sacarle una sonrisa tímida.

Pero esta vez no funciona.

Al oírme, levanta la cabeza, pero su expresión es como un témpano de hielo.

—Hola, Dylan.

Me mira un segundo y vuelve a clavar su vista en el suelo.

Está rara. No sé si enfadada, molesta o avergonzada. Pero lo que sea que le ha dicho Emma la ha afectado.

Siento que me hierve la sangre.

—¿Te encuentras bien? —le pregunto, acercándome hacia ella, tratando de romper la barrera entre nosotros.

Talya da un paso atrás, pequeño pero evidente.

—Sí, genial. —Se gira hacia Alice, cortándome antes de que pueda decir nada más y murmura—: Me adelanto, nos vemos en clase.

Y, antes de que nadie pueda responder, se da la vuelta y echa a andar por el pasillo, perdiéndose entre la marea de estudiantes.

Me quedo aquí plantado, viendo cómo se aleja, y la realidad me cae encima como un cubo de agua helada.

Me doy cuenta de que intentar pararle los pies a Emma ha sido la parte fácil.

El verdadero problema acaba de empezar.