Si decides quedarte Treinta y dos. Talya
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Treinta y dos. Talya

Treinta y dos

Talya

El sonido de los cubiertos chocando contra la porcelana es lo único que se escucha en la cocina. Un sonido agresivo que marca el ritmo de una mañana gris, de esas en las que el cielo de Edimburgo parece estar a punto de caerse sobre nuestras ca bezas.

Remuevo la avena de mi tazón sin ganas, creando espirales con la cuchara, mientras siento la mirada de Margaret clavada en mi frente. No necesito levantar la vista para saber que me está juzgando. Lo hace siempre.

Normalmente desayuno algo rápido y salgo corriendo a coger el autobús, pero esta vez mi tía me ha obligado prácticamente a comer juntos con el pretexto de que tengo que pasar más tiempo con ellos.

No hay quien la entienda.

—Deja de jugar con la comida, Talya. —Su voz es seca, como el chasquido de un látigo—. Si no tienes hambre, podrías haberlo dicho. La comida no es barata.

A veces creo que quiere volverme loca.

Le he dicho que no tenía hambre.

Le he dicho que solo iba a tomarme un café.

«Tienes que comer, te estás quedando famélica», ha dicho. Así que me he sentado porque no me apetecía discutir.

—Lo siento.

Margaret suelta un suspiro, de esos que reserva de manera exclusiva para fingir una paciencia que no tiene conmigo.

—Ayer llegaste tarde.

—Estaba estudiando con Alice. Os avisé.

—Avisaste —repite ella, con una mueca de disgusto mientras unta mantequilla en su tostada—. Tu madre también era muy buena «avisando» cuando ya había hecho lo que le daba la gana.

Aprieto los dientes. Mencionarla a ella es un golpe bajo. Sabe que no voy a defenderme, sabe que el recuerdo de mi madre es un terreno sagrado que no me atrevo a profanar en esta casa.

—Lo siento —repito. Quiero terminar la conversación.

Termina su tostada en silencio y se levanta para dejar su plato en el fregadero. Al pasar por mi lado, su perfume floral, demasiado intenso, me revuelve el estómago.

—Asegúrate de limpiar esto antes de irte. Y recoge tu habitación. Ayer vi un libro fuera de lugar. No quiero desorden en mi casa.

«En mi casa».

Se encarga de recordarme cada día que soy una intrusa. De recordarme a cada momento que estoy ocupando un espacio en el que no soy bienvenida.

Como un par de cucharadas más de avena y me aseguro de dejarlo todo impecable.

Cuando por fin salgo de la cocina y me encierro en el baño, siento que puedo volver a respirar. Allí, me lavo los dientes, evitando mirarme al espejo y me dirijo a mi habitación. Entonces, reviso mi mochila para asegurarme que llevo todo lo necesario.

Aquí está.

La carta. La carta de la que no consigo separarme.

La letra de mi madre, inclinada y elegante, reza mi nombre en el frente.

Para Talya.

Paso la yema de los dedos por la tinta, como si a través del papel pudiera sentir algo de su calor.

¿Qué dirá en ella?

¿Me recordará cuánto me quería?

¿Me dará las respuestas que necesito?

¿Me explicará por qué me dejó sola?

¿Encontraré en sus palabras por qué me dejó aquí con unos desconocidos que me miran con desprecio?

Debería averiguarlo.

Pero esto es lo único que me queda de ella.

Leerla sería consumir sus últimas palabras.

Sería llegar al punto final del libro y tener que cerrarlo para siempre.

Sería aceptar que ya no hay nada más, que su voz se ha apagado del todo.

Mientras el sobre siga cerrado, ella todavía tiene algo que decirme. Mientras no sepa qué pone, siempre quedará algo nuevo que descubrir de ella.

Si la abro hoy, mañana ya no me quedará nada.

Guardo el sobre con cuidado en el bolsillo interior de la mochila, pegado a mi espalda, como si fuera un segundo corazón latiendo contra el mío, y salgo de la habitación.

Hoy no. Hoy no estoy preparada para despedirme de ella otra vez.

El pasillo del instituto está tan abarrotado como siempre. Alice aún no ha llegado, así que me dirijo a mi taquilla para dejar los libros que no necesito.

Justo cuando cierro la puerta metálica, un aroma a vainilla me inunda las fosas nasales.

—¡Buenos días!

Me giro y me encuentro a Emma parada a mi lado. El pelo impecable, completamente liso tras habérselo planchado, y sus labios, pintados con un brillo transparente que resalta su forma perfecta, forman una sonrisa exagerada que no parece sincera.

—Hola, Emma —respondo, intentando que mi voz suene firme.

¿Por qué viene a hablar conmigo?

—Por cierto, tu nombre era…

—Talya.

—¡Eso! Talya. ¿Qué tal estás?

—Bien, ¿y tú?

—Genial, gracias. Oye, Dylan me contó ayer que te tuvo que echar una mano con los libros y el aula de conferencias y todo ese rollo. —Su tono es suave, pero también algo afilado—. Es un cielo ¿verdad? Siempre intentando salvar a todo el mundo, incluso cuando va con el tiempo justo.

Siento mis músculos tensarse. ¿Dylan y ella han estado hablando de mí?

—Sí, fue muy amable —consigo decir.

—Demasiado amable, a veces. —Emma suelta una risita espontánea y se apoya en las taquillas, invadiendo sutilmente mi espacio—.

Llegó a su siguiente clase superagobiado por el retraso.

Le cuesta horrores decir que no cuando alguien le pide ayuda, aunque eso le complique la vida a él.

A veces tengo que recordarle que no puede cargar con los problemas de los demás.

Sus palabras se clavan en mi pecho como agujas finas pero muy punzantes.

«Le cuesta horrores decir que no». «Cargar con los problemas de los demás».

¿Se refiere a mí? ¿Dylan me ayudó solo por compromiso y luego se fue quejándose de que le había hecho llegar tarde?

—Bueno…, yo no le pedí ayuda —me defiendo—. Se ofreció él.

—Ya, ya. Es lo que te decía… Ve a alguien en apuros y no puede evitarlo. Menos mal que después del entrenamiento pudo relajarse un poco —añade bajando la voz para sonar cómplice—. Nos vino bien para desconectar.

Me quedo muda, incapaz de articular palabra.

Ella interpreta mi silencio como una victoria. Su sonrisa se ensancha, enseñando todos sus dientes perfectos, y abre la boca para darme el golpe de gracia.

Pero nunca llega a decirlo.

—¿Huele a azufre o es esa colonia de vainilla industrial que te pones para asfixiar al enemigo?

Una mano pesada me aprieta con calidez el hombro y, acto seguido, su figura alta se interpone entre ambas.

A Emma se le borra la sonrisa de golpe y arruga la nariz con disgusto.

—Jamie. Qué alegría —dice ella con ironía mientras pone los ojos en blanco.

—Una pena no poder decir lo mismo. —Jamie se pega un poco más a mí, usándose a sí mismo como barrera humana.

Ay, madre mía.

—No sé qué ha visto Dylan en ti para que seas su mejor amigo —replica ella, que recupera por fin la compostura—. En fin, Talya, ya hablaremos en otro momento. ¡Nos vemos!

Se da la vuelta y se aleja taconeando por el pasillo. En mi caso, me quedo allí parada con la sensación de que me acaban de dar una bofetada.

Cierro los ojos un segundo para tragarme la bilis. Me cuesta hacerlo.

Jamie suelta un bufido sonoro y quita el brazo de mi hombro para mirarme a la cara. El hermano de Alice me estudia con una preocupación exagerada.

—¿Estás bien? ¿Te ha mordido? ¿Necesitas que llame al centro de control de plagas?

Intento sonreír ante su broma, pero la mueca me sale tirante. El veneno de Emma ya ha entrado en mi sistema y ni siquiera Jamie puede sacarlo.

—Estoy bien —miento, ajustándome la mochila—. Solo me estaba saludando.

Sé que Emma lo hace a propósito. Detrás de su dulzura esconde un potente aguijón y ha venido aquí solo a marcar territorio. Pero eso no significa que lo que ha dicho sobre Dylan sea mentira.

Dylan es amable.

Pero ¿y si he confundido su simple educación con algo más solo porque estoy desesperada por que alguien me mire de verdad?

La idea me hace sentir el calor de la vergüenza subirme por el cuello. No estoy enfadada con él, no puedo estarlo por ser buena persona. Estoy enfadada conmigo misma por haber sido tan ingenua. Por haber creído, aunque fuera un segundo, que yo podía ser algo más que un problema con el que cargar.

—Ya, saludando… —Jamie niega con la cabeza—. Emma no saluda, Monroe. Emma se alimenta de la inseguridad ajena. Es como un dementor…, pero con mejor pelo.

Si él supiera que lo que me ha dicho Emma no es sobre mí, sino sobre Dylan, quizá no sería tan tajante.

Justo en ese momento, el timbre agudo resuena por el pa­sillo.

—Salvada por la campana —dice Jamie, dándome un toquecito suave en la nariz con el dedo índice que me hace arrugarla—. Eso sí, si te vuelve a tocar, tú grita. Yo apareceré con un crucifijo y agua bendita.

Suelto una risita y asiento.

Agradezco que se haya acercado a cubrirme las espaldas.

Pero ni siquiera su protección logra borrar la nueva resolución que se me ha grabado a fuego en la mente: no volver a ser una carga para Dylan.

Nunca más.