Si decides quedarte Treinta y uno. Talya #2
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Treinta y uno. Talya #2

Él no necesita que se lo digan dos veces. Se mete una galleta entera en la boca y apoya la cadera en la encimera, frente a nosotras. Mientras mastica con satisfacción, Jamie suelta ruiditos de placer.

—¿Qué tal el entrenamiento? —pregunta Alice—. Aparte de haber sobrevivido gracias a la esperanza de comer galletas.

Jamie resopla y pone los ojos en blanco.

—Agotador. Walter nos ha hecho correr hasta que casi echamos el pulmón. Y, para colmo, la actitud de la grada ha sido lamentable.

—¿Actitud? —pregunto yo, atreviéndome a intervenir.

—Oh, sí. Hemos tenido espectadoras —dice Jamie con la boca llena con la segunda y última galleta.

—¿Espectadoras, en plural? —pregunta Alice, alzando una ceja.

—En plural, tal y como lo oyes. Emma y Violet.

Se han pasado las dos horas gritando el nombre de Dylan cada vez que tocaba el balón.

«¡Vamos, Dyl!», «Qué guapo estás cuando corres».

—Imita una voz aguda y chillona, haciendo muecas de dolor—.

Me han sangrado los oídos, te lo juro. He visto mi futuro y era sordo.

Alice se ríe y yo tampoco puedo evitarlo.

—Ya, a ti lo que te molesta es que esos comentarios no fueran dirigidos a ti.

—¡Ja! —suelta él, con una carcajada seca, casi ofendido—. Créeme, hermanita, antes me hago ermitaño. Prefiero el celibato eterno a que cualquiera de esas dos me mire más de dos segundos seguidos. Cuanto más me ignoren, mejor.

Jamie es el chico más sociable del mundo, así que, si dice eso, es porque la energía que desprenden ambas no es precisamente buena.

—Eres un exagerado —ríe Alice.

—¿Exagerado? Alice, han gritado el nombre de Dylan tantas veces que, si yo me llamara así, ahora estaría embarazado de mí mismo.

—Qué asco, Jamie.

—Gracias, era justo la reacción que buscaba.

Se sacude las migas de las manos sobre el suelo, ignorando la mirada asesina de su hermana y sigue.

—Suelo soportar a Emma y Violet por Dylan. —Hace el gesto de las comillas al decir «soportar»—. Pero hoy no parecía hacerle mucha gracia a él. Creo que están pasando por una crisis matrimonial.

—Dylan es demasiado educado como para pararle los pies —comenta Alice.

—Puede ser. Pero para estar en crisis, al final siempre cede.

Me quedo escuchando, todavía con la sonrisa en la cara. Sigo divertida por el teatro de Jamie y me autoconvenzo a mí misma de que solo está exagerando.

—Nada más pitar el final, Emma ha bajado corriendo a la zona de vestuarios —continúa—. Y ahí se ha quedado plantada hasta que él ha salido.

—Ah, ¿sí? —La voz de Alice suena ahora un poco más aguda.

—Sí. Y parece que hoy os habéis puesto todos de acuerdo para traicionarme —se queja indignado—, porque me ha dejado tirado para irse con ella. Me ha dejado plantado a mí, a su mejor amigo.

El trozo de galleta que me acababa de comer se convierte en una piedra en mi estómago. Alice estaba equivocada: Dylan y Emma sí están muy juntos.

—Ha sido como si me dieran una puñalada —continúa Jamie, totalmente ajeno a mis pensamientos—. ¡Íbamos a ir a comer tarta de chocolate!

Jamie lo dice sin malicia. Para él, que Emma y Dylan salgan juntos es algo que entra dentro de la normalidad.

Es el orden natural de las cosas. Pero a mí me revuelve algo por dentro.

Me hace ser consciente de la realidad. Que por mucho que Alice intente animarme, Emma siempre va a estar ahí, ocupando un espacio en la vida de Dylan al que yo ni siquiera sabría cómo acceder.

—Eres un dramático, Jamie —se queja Alice, negando con la cabeza.

—Pero a esa relación le quedan dos telediarios. —Jamie la ignora y continúa su discurso mientras coge una botella de agua—. Ya os lo digo.

—Pienso igual. —Alice se encoge de hombros y me lanza una mirada cómplice, en un intento silencioso de darme seguridad—. Dylan es demasiado bueno para aguantar algo serio con Emma. Es demasiado posesiva.

Recuerdo nuestro encuentro esta mañana. Sus comentarios disfrazados de falsa simpatía pero que querían dejarme claro quién es ella. Y quién soy yo.

—En fin —concede Jamie después de dar un trago largo a su botella de agua—. Yo paso de sus dramas. —Me mira y me dedica una sonrisa—. ¿Te quedas a cenar? Mi madre va a hacer sopa.

—Eh…, no —murmuro, levantándome de la silla—. Ya se me ha hecho tarde y tengo cosas que hacer en casa.

—¿Necesitas que te lleve? —se ofrece.

—No, debe de quedar nada para que pase el próximo bus. Pero gracias. —Le ofrezco una sonrisa sincera.

—Tú te lo pierdes. Yo voy a ducharme antes de que el olor a vestuario os deje inconscientes —habla mientras se dirige a la puerta—. Y la próxima vez que toquéis mis galletas —nos apunta con el dedo—, llamaré a mi abogado.

Jamie desaparece escaleras arriba, silbando.

Alice me despide en la puerta, no sin antes asegurarse casi un millón de veces de que me encuentro bien.

—No hagas caso a Jamie con lo de Dylan y Emma —me aconseja—. No pueden estar en crisis matrimonial porque para eso tendrían que estar juntos primero. Y no es el caso.

—De verdad, que no me pasa nada. —Esquivo su mirada—. Gracias por lo de esta tarde, Alice. Nos vemos mañana.

El aire frío en contraste con la calidez de la casa de los Hartley me golpea en la cara al salir, colándose por el cuello de mi abrigo, pero lo agradezco. Es mejor que el ardor que siento en el pecho.

Camino hacia la parada del autobús con las manos metidas en los bolsillos, contando las baldosas del suelo para no pensar.

Una, dos, tres.

Grieta.

Una, dos…

El sonido de un motor que se va acercando me hace perder la cuenta.

Levanto la vista instintivamente justo cuando un coche negro pasa por la carretera principal, reduciendo la velocidad para girar en una esquina.

El mundo parece detenerse un segundo.

Es el coche de Dylan.

Y justo al lado, en el asiento del copiloto, está ella. Puedo reconocer su pelo rubio perfecto incluso desde aquí.

Está recostada contra el asiento, con la cabeza girada hacia él. No puedo ver sus expresiones ni oír qué dicen, pero la imagen es nítida. Emma está ahí, con él.

El coche gira y desaparece calle abajo, dejando tras de sí una estela de humo rojizo por el destello de los faros traseros y que se clava en mis retinas.

Alice ha dicho que tengo derecho a que me pasen cosas buenas. Que tengo derecho a ser feliz.

Pero mientras veo cómo el coche se aleja llevándose a la única persona que me ha hecho sentir algo real en todo este tiempo, tengo la terrible certeza de que el universo me acaba de recordar cuál es mi lugar.