Si decides quedarte Treinta y uno. Talya
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Treinta y uno. Talya

Treinta y uno

Talya

—Si continúas suspirando así, vas a conseguir que se levante un vendaval aquí dentro y mis apuntes salgan volando por la ventana.

Levanto la vista del libro de Historia y parpadeo un par de veces para volver a la realidad. Alice está tumbada boca abajo en la alfombra de pelo blanco de su habitación, con los pies en el aire y un bolígrafo mordisqueado entre los dientes.

—No estaba suspirando —miento, mientras paso de página sin haber leído ni una sola línea.

—Ya, y yo soy la reina de Inglaterra. —Alice se quita el bolígrafo de la boca y me señala con él—. Llevas diez minutos mirando el párrafo de la Revolución Industrial con cara de que acabas de ver un fallo en la Matrix.

Siento cómo el calor sube por las mejillas y cierro el libro de golpe. Me dejo caer hacia atrás en los cojines que hay esparcidos por el suelo.

«Cosas importantes. Privadas».

Las palabras de Emma se repiten en mi cabeza como un disco rayado, una y otra vez.

El tono tan dulce que ha usado para dirigirse a mí me ha hecho sentir pequeña.

Insignificante. Pero reconozco que me ha servido para volver a la realidad.

Me ha hecho ver que, comparada con ella, para Dylan no soy nadie.

«Eres idiota, Talya».

«Eres idiota por creerte, ni siquiera por un segundo, que podías encajar en su mundo».

Dylan es luz, es fútbol, es el chico que todo el mundo quiere. Tiene una vida, una historia con gente como Emma, un pasado que desconozco. Y yo…, yo soy un puzle al que le faltan la mitad de las piezas, mientras que las de la otra mitad están rotas.

¿En qué estaba pensando? ¿Que me iba a acompañar a clase y de repente todo iba a ser fácil?

Lo peor es que por un momento sí. Me ha hecho sentir… bien.

Aún puedo notar el fantasma del roce de sus dedos. No ha sido nada, apenas un segundo. Pero mi cuerpo ha reaccionado como si me hubiera tocado un cable de alta tensión.

Había calidez en su mirada. Una promesa silenciosa en esa sonrisa torcida que tiene y que, por un instante, me ha hecho olvidar dónde estaba.

¿Qué me ha sucedido?

«¿Qué pasa? ¿Estás celosa?». Siento un cúmulo de nervios en el estómago al recordar sus palabras. Y, al recordar cómo se ha acercado a mí al decirlas, invadiendo mi espacio de esa forma que, por primera vez, no me ha dado ganas de huir.

Y eso es lo que más me asusta. Me ha hecho olvidar quién soy y el motivo por el que no puedo sentir nada.

La vida me ha enseñado, a base de golpes, que las cosas fáciles esconden un precio demasiado alto. Que las sonrisas encantadoras pueden esconder dientes afilados. Que cuando bajas la guardia, es cuando más daño te hacen.

Y eso sí que no puedo permitirme olvidarlo.

—¿Vas a contarme qué está pasando por esa cabecita o tengo que adivinarlo? —Alice vuelve a sacarme de mis pensamientos, lanzándome una mirada inquisitiva.

Suelto el aire despacio, rindiéndome.

—Estaba pensando en Dylan.

—¡Ajá! —suelta un gritito agudo y da una palmada en el aire—. ¡Por fin lo reconoces! Te gusta —afirma—. Es eso, ¿verdad?

—No, Alice, no es eso. —Niego con la cabeza e intento convencerme tanto a mí misma como a ella—. Simplemente me ha encontrado perdida en el pasillo y me ha acompañado a la sala de conferencias y…

—¡Lo sabía! —me corta—. Te avisé de que el aula estaba escondida, tendría que haberte esperado.

Lleva razón, todo comenzó porque en la clase anterior tuve que quedarme unos minutos más para terminar de pasar mis apuntes a limpio.

Insistí en que Alice se adelantara para no hacerla llegar tarde.

Demasiado hace ya por mí dedicando sus ratos libres en la hora de la comida como para, encima, convertirla en mi sombra.

—Alice, no tienes que cuidarme tanto. Puedo hacer las cosas sola, de verdad. —Me acomodo en los cojines, abrazando uno contra mi pecho como escudo—. El caso es que —continúo— me ha gustado estar con él. Me ha ayudado con los libros, hemos bromeado… Ha sido amable.

—Te gusta —repite cantarina, con una sonrisa de oreja a oreja. Después, se pone a bailar sin ni siquiera levantarse del suelo.

—Que no —persevero, pero siento cómo el miedo empieza a trepar por mi garganta—. No me gusta porque no tengo tiempo para eso. Mi vida ya es demasiado complicada como para añadirle más líos. Además, tiene novia.

Alice detiene su baile de la victoria en seco.

—¿Te refieres a Emma?

Asiento, encogiéndome de hombros.

—Emma no es su novia. —Hace un gesto despectivo con la mano—. Ella cree que es su dueña, aunque ya no estén juntos. Pero realmente nunca han tenido nada serio.

—Pues yo diría que parecen muy novios —murmuro.

—¿Los has visto juntos? —Alza las cejas.

—Me los encontré en el baño. Creo que estaban a punto de besarse o algo parecido. —Me estremezco al recordarlo—. Y esta mañana le ha faltado poco para colgarse un cartel que me gritase: «Dylan es mío».

—Puaj. —Arruga la nariz y tuerce un poco la boca—. Emma es posesiva. Pero no creo que ahora estén juntos de ese modo. Dylan es libre. Y tú estás buscando excusas baratas.

—No son excusas…

Se incorpora despacio y se sienta frente a mí, cruzando las piernas. Su expresión se suaviza.

—Talya, mírame —pide y espera a que mis ojos encuentren los suyos—. Escúchame: no pasa nada.

—¿Qué?

—No pasa nada por que te guste alguien. —Se inclina hacia delante y me pone una mano en la rodilla—. Sé que tienes tus cosas y que hay partes de tu vida que son un desastre, aunque no me las hayas contado. Pero eso no significa que tengas que prohi­birte sentir algo bonito.

—Alice, no es tan sencillo…

—Sí lo es —me interrumpe con dulzura—. No puedes comportarte como si fueras un personaje secundario en tu propia vida, Tals. Eres importante. Eres inteligente, divertida y mucho más interesante que la mitad de la gente de ese instituto. También eres preciosa y te asusta que la gente lo vea.

Se detiene para conectar nuestras miradas y asegurarse de que la escucho de verdad.

—Te asusta porque crees que, si te ven, verán también las grietas —añade—. Pero escúchame bien: que tu vida se haya roto en algún momento no significa que tú seas los escombros que quedaron en el suelo.

Siento cómo el aire se me atasca en la garganta ante esa frase. Es como si hubiera metido la mano en mi pecho y hubiera tocado justo donde duele.

—Tienes derecho a que te pasen cosas buenas, Talya. —Baja un poco el volumen—. Tienes derecho a sentir cosas bonitas sin sentirte culpable por ello. Tienes derecho a gustarle a alguien y tienes derecho a ser feliz.

Me muerdo el labio con tanta fuerza que noto el sabor metálico de la sangre. Para no saber qué era aquello que día tras día callaba, ha sabido leer mis pensamientos muy bien.

Alice lo hace parecer tan fácil… Como si confiar fuera un interruptor que simplemente he decidido mantener apagado por miedo a la oscuridad. Ella me mira con esa esperanza limpia, intacta, y me doy cuenta de que no tiene ni idea.

No sabe que, para mí, la confianza no es una elección. Es un lujo que me robaron hace mucho tiempo.

No sabe que las manos que debían cuidarme fueron las primeras en hacerme daño. No sabe que he aprendido que «gustarle» a alguien puede resultar algo peligroso. Que abrir la puerta, aunque sea solo una rendija, es invitar al lobo a entrar.

Quiero creerla, juro que quiero. Pero mi cuerpo tiene memoria y, cada vez que pienso en dejarme llevar, esa memoria grita para protegerme.

—Ojalá tuviera tu seguridad —consigo decir, esquivando la verdad real que se agolpa en mi garganta.

Alice parece notar que ha tocado un nervio demasiado sensible, porque suaviza la expresión y retira la mano de mi rodilla para darme un pequeño empujón en el hombro.

—La tendrás. Es cuestión de práctica —dice y, acto seguido, se pone de pie de un salto—. Y de azúcar. Definitivamente, es una cuestión de niveles bajos de glucosa.

Me tiende la mano, ofreciéndome una vía de escape que acepto agradecida.

—¿Azúcar? —repito.

—Más bien chocolate. Jamie cree que ha guardado un paquete de galletas en la despensa. Lo que no sabe es que ya me sé todos sus escondites. Tenemos que acabárnoslas antes de que vuelva del entrenamiento.

—Eres imposible.

—Soy necesaria —corrige ella, sonriendo aún más y tirando de mí hacia la puerta—. Venga, vamos. Si nos damos prisa, será el crimen perfecto.

Nos hemos comido más de la mitad del paquete sentadas en la cocina cuando el sonido de la puerta principal abriéndose nos hace dar un respingo.

Segundos después, aparece Jamie, con el pelo rubio revuelto y la bolsa de deporte al hombro.

Se detiene en seco al vernos y sus ojos van del paquete de galletas que sujeta Alice a mis manos agarrando una de ellas.

—¡Seréis brujas! —suelta mientras tira la bolsa al suelo—. ¡Mis galletas! Llevo todo el día soñando con ellas. Han sido mi gasolina para no morir en el entrenamiento. ¿Cómo sabíais que estaban detrás de los paquetes de harina? Nadie mira nunca ahí.

Alice se mete el último trozo de galleta en la boca con una lentitud exasperante, manteniendo el contacto visual con su hermano.

—Subestimas mi capacidad de rastreo cuando hay chocolate de por medio, hermanito —dice con la boca llena—. Además, te hacemos un favor. El azúcar es malo para el rendimiento deportivo.

Jamie se lleva una mano al pecho, como si le acabara de dar un infarto, y avanza hacia nosotras con paso trágico.

—De ti no me lo esperaba. —Me señala con el dedo—.

Alice es una criminal reincidente, pero tú me has traicionado, Monroe.

¡En mi propia casa! —Le quita el paquete de las manos a Alice y mira el interior con desolación—.

Dos. Me habéis dejado solo dos tristes galletas.

—Levanta la vista hacia nosotras con ojos brillantes—. Sois el mal.

Suelto una carcajada.

—Deja de llorar, drama queen —se ríe también Alice—. Cómetelas antes de que cambie de opinión y te las robe también.