Treinta. Dylan #2
—Hola, Dylan —dice, exhalando el aire de golpe. Intenta ordenar el caos que lleva en los brazos y se pasa un mechón por detrás de la oreja; ese gesto que ya empiezo a catalogar como su señal de «estoy nerviosa».
—Hola —contesto sin dejar de mirarla. Guardo en el bolsillo del pantalón las monedas que había olvidado que aún sujeto. De repente, se me ha pasado el hambre y solo puedo pensar en que estoy aquí con Talya.
Sonríe, haciendo que se le marquen dos pequeños hoyuelos en las mejillas. Eso sí que es adorable.
—¿A dónde vas cargada con todo esto? —Levanto la carpeta que he rescatado y señalo la montaña de libros que le llega casi a la barbilla.
—Pues… estoy buscando el aula A-8. Pero empiezo a pensar en serio que no existe.
—¿El aula de conferencias?
—Sí, eh…, la señora Collins necesitaba voluntarios para ayudar con el acto del mes que viene y a Alice le ha parecido buenísima idea que seamos nosotras.
—Eso me cuadra bastante. Pues, vamos —señalo con la cabeza el fondo del pasillo—, te acompaño. No está tan escondida como parece.
—No, no te preocupes —se apresura a contestar—. Si me dices dónde está, puedo…
—Talya, quiero acompañarte —la interrumpo.
No es una pregunta y mi tono deja claro que no voy a aceptar un no. Podría simplemente decirle que está al final del pasillo, pero me apetece acompañarla. Me apetece alargar esto un poco más.
—Además… —añado, bajando un poco la voz y dándole una mirada significativa—, creo que esto entra dentro de mi «pack completo». ¿No?
Noto cómo se sonroja al recordar la conversación que tuvimos ayer y suelta una risita nerviosa que mis oídos reciben con demasiada alegría.
—Entonces, supongo que no puedo rechazar la oferta —responde mientras me sigue el juego y noto que sus hombros se relajan.
Y eso me gusta. Me gusta ser yo quien consiga eso.
—Pero eso sí… —me acerco un paso más y extiendo las manos—, tienes que dejarme que sea yo quien te ayude con la montaña que llevas encima. Si sigues de ese modo, alguno de estos libros no llega vivo al aula.
Talya frunce el ceño y abre mucho la boca para fingir que se ha indignado.
—¿Me estás llamando torpe, Dylan Ashmore?
—Oh, para nada. No me atrevería a insinuar algo así —digo muy serio, aunque la risa me baila en los ojos—. Es todo culpa de los libros. Parecen querer escapar y tú… Bueno, digamos que tu técnica de sujeción es mejorable.
—Dylan —me señala con el dedo, intentando contener una carcajada—, te estás burlando de mí. Que sepas que puedo yo sol…
Pero parece que la propia gravedad quiere darme la razón, porque el libro de arriba del todo vuelve a resbalarse peligrosamente, haciendo que Talya pierda el equilibrio.
—Vale, vale, vale. —No puedo evitar reírme mientras sujeto la montaña entre mis manos. Talya no intenta impedírmelo, se ha rendido—. Tranquilos, chicos, ahora estáis a salvo.
Acaricio el lomo de uno de los libros con una suavidad exagerada y los aprieto contra mi pecho. Talya me mira con una mezcla de diversión e incredulidad y niega levemente con la cabeza.
—Estás fatal —murmura, pero es incapaz de ocultar una mueca alegre.
Me quedo mirando esa sonrisa. El pasillo está lleno de gente, pero tengo la sensación de que estamos solos en nuestra propia burbuja.
—¿Fatal yo? ¿Qué pasa? —pregunto bajando un poco el tono. Doy un paso hacia ella, invadiendo sutilmente su espacio personal, lo justo para que tenga que levantar un poco la vista hacia mí—. ¿Estás celosa?
Ella parpadea algo desconcertada.
—¿Celosa? —repite—. ¿De unos libros?
Esbozo una media sonrisa, disfrutando de ver cómo duda, cómo intenta descifrarme.
—De que los lleve tan pegados a mí…
Dejo la frase en el aire, suspendida entre los dos. No hace falta que diga nada más.
Veo que sus ojos descienden hacia mis brazos por un instante y luego vuelven a los míos. Traga saliva y un rubor suave le sube por el cuello.
Lo entiende, pero no entra al trapo.
Se ha quedado sin respuesta y, verla así, nerviosa, me recuerda que tengo que frenar.
Decido darle un respiro antes de que se ponga más roja.
—Estoy de broma —le guiño un ojo, relajando el ambiente y empiezo a caminar—. Vamos, chica nueva. No hagamos esperar a Alice.
Empiezo a caminar hacia la sala de conferencias, que no está a más de dos minutos de aquí. Compruebo por el rabillo del ojo cómo Talya también echa a andar, pero se queda unos pasos por detrás de mí, así que bajo el ritmo hasta quedar a su lado.
—Y tú… ¿qué tal estás? —pregunta, rompiendo el silencio cómodo que se había instalado entre ambos.
La pregunta me sorprende y no entiendo muy bien por qué. Acostumbrado a ser yo quien la saca a ella de su escondite, de repente las tornas han cambiado. Con una pregunta tan sencilla, ha conseguido hacerme sentir igual de expuesto que ella hace un momento.
—Bien, estoy muy bien —respondo rápido.
—¿Sí?
—Claro —digo con demasiada convicción—. ¿Por qué no iba a estarlo? —No sé si se lo pregunto a ella o a mí mismo—. ¿Cómo estás tú?
—Bien. He convencido a mi madre… —Se muerde el labio y sacude la cabeza—. Bueno, ya sabes, a mis tíos… para pasar la tarde en casa de Alice.
Casi olvido que soy la única persona que sabe la realidad. Está tan habituada a fingir delante de los demás que supongo que no se acostumbra a no tener que hacerlo ya conmigo.
—Necesito ayuda con un par de asignaturas —me explica— y, con el poco tiempo que tenemos para estar en la biblioteca, no podemos avanzar mucho.
—¿Te ha costado mucho?
Frunce el ceño, confundida, y añado:
—Convencerlos.
—Bueno, menos de lo que esperaba —responde tras pensarlo un segundo.
—¿Por qué son tan duros contigo?
Quizá no debería haber preguntado, pero es algo que de verdad me intriga. Se me hace difícil entender por qué alguien querría ponerle las cosas difíciles.
Talya se encoge de hombros, no obstante, percibo un atisbo de cansancio en el gesto, como si llevara una mochila invisible más pesada que el montón de libros que estoy cargando ahora mismo.
—Douglas…, mi tío Douglas suele estar a lo suyo —dice esquivando mi mirada—. Es más bien… cosas de mi tía. —Niega con la cabeza—. Bueno, es una larga historia. Y ni siquiera yo tengo todos los detalles.
Asiento y decido no insistir. No creo que sea el momento.
—¡Tachán! —anuncio al detenernos frente a la sala de conferencias—. Señorita, ha llegado a su destino sana y salva. Y los libros también.
—Has ayudado a esta damisela en apuros —suelta con una risita suave—. Otra vez. Gracias.
Me inclino hacia ella para devolverle sus cosas. Talya extiende los brazos y yo le paso la pila de libros con cuidado y me cercioro de que los tiene bien sujetos antes de soltarlos.
En el intercambio, mis dedos rozan los suyos.
Noto la calidez de su piel contra la mía.
Es un contacto breve, pero suficiente para que mis manos tarden un segundo más de la cuenta en retirarse.
Observo cómo asegura el agarre y, cuando levanto la vista, me doy cuenta de que ella también me está mirando, con los labios entreabiertos, como si estuviera a punto de decir algo más.
—¡Vaya! Pero qué caballero.
La voz interrumpe el momento. Talya da un pequeño respingo y yo giro la cabeza, aunque ya sé quién es.
Emma sale del aula A-8, abandonando los preparativos de la sala, con una sonrisa radiante, de esas que enseña todos los dientes, y se detiene justo a nuestro lado.
Lleva el uniforme impecable, la falda un poco más corta de lo reglamentario y esa expresión de suficiencia que antes me hacía gracia y ahora, por algún motivo, me resulta molesta.
—Espera…, tú eres la chica del baño de ayer, ¿verdad? —dice Emma, quien abre mucho los ojos tras reconocerla.
Siento cómo Talya se tensa. De hecho, Emma no parece contenta de haberla visto. Sabe que ayer me fui del baño por la chica que tiene delante y ahora nos ha pillado tan… Bueno, ni yo sabría explicarlo.
—Ay, perdona por echarte así. —Emma pone una mano en el pecho, con falso arrepentimiento—. Es que Dylan y yo estábamos… Bueno, ya sabes. —Su tono es demasiado agudo, parece casi dulce—. Hablando de cosas importantes . Privadas .
El énfasis en «importantes» cae como una losa. Lo pronuncia con una sonrisa, pero el mensaje es claro: Emma y yo compartimos una intimidad que ella jamás entendería. O eso es lo que cree la chica por la que ahora solo siento apatía.
Talya baja la mirada, avergonzada.
—No pasa nada —balbucea, y abraza los libros como si fueran un escudo.
—Me alegro, cielo. Por cierto, me encanta cómo te queda el pelo así tan… natural. Yo no podría salir de casa sin peinarme, me paso horas frente al espejo con la plancha.
—Esto… Bueno, no sé —contesta Talya. Puedo notar su incomodidad.
Emma le dedica otra sonrisa y, sin esperar respuesta, se gira hacia mí y le da la espalda, como si Talya ya no existiera.
—Dyl, menos mal que te veo. Te estaba buscando.
Entonces, se acerca un paso, invadiendo mi espacio con una familiaridad ensayada y me aprieta con suavidad el antebrazo.
Me quedo algo rígido ante su gesto. No me molesta que me toque, estoy acostumbrado, pero sí el momento en que ha decidido hacerlo.
Me revienta cómo ha construido un muro invisible entre nosotros dos y Talya en cuestión de escasos segundos, usando nuestro encuentro en el baño como si fueran ladrillos para alejarla de mí.
—Quería hablar contigo un momento, en privado —dice, y gira apenas la cabeza para señalar a Talya con la mirada, sin ni siquiera disimular.
—Sí, yo ya iba a entrar —murmura ella—. Gracias por acompañarme, Dylan. Encantada, Emma.
—Espera, Talya —le pido.
Doy un paso para rodear a Emma, pero ella no me suelta el brazo. Se pega un poco más. Bloqueándome sutilmente.
—Claro, pasa. La hermana de Jamie está dentro —le responde Emma con dulzura, haciéndole un gesto con la mano libre para que entre—. Ya nos veremos.
Talya asiente rápido, sin mirarme, y desaparece por la puerta del aula.
Y yo me quedo ahí clavado, sintiéndome como un imbécil por no haber sabido detenerla.