Treinta. Dylan
Treinta
Dylan
—Hola, Gary —saludo a mi gato, que estaba esperándome en la puerta de entrada y le doy un par de caricias en la barbilla—. Te echaba de menos.
Me responde con un maullido exigente y, sin el menor pudor, se deja caer de lado para ofrecerme la barriga. Normalmente a los gatos no les gusta que le s toquen ahí, pero a Gary le encanta cuando yo se lo hago. Bueno, y cuando lo hace Elsie. A ella le deja hacer cualquier cosa.
Dejo las llaves en el cuenco de madera y cierro la puerta con el pie, mientras Gary me sigue de cerca como una sombra.
—Ya, ya, pesado. Primero le digo «hola» a mamá y luego te doy de comer —lo aviso, aunque él me hace saber con un maullido que el orden debería ser al contrario.
—¿Qué tal el día, campeón? —Richard me saluda desde la cocina. Cuando entro, veo que se ha puesto un delantal y que está secándose las manos húmedas con un paño.
El olor me llega antes que su voz: tomate y orégano. Debe de estar cocinando lasaña, su plato estrella.
—No ha ido mal —respondo mientras me encojo de hombros—. ¿Dónde están mamá y Els?
—Arriba —contesta Richard. Entonces, se gira hacia la encimera para volver a la salsa. Luego añade con una sonrisa—: Tu hermana está enseñándole en primicia el baile que están preparando en el colegio para la función de Navidad.
—¿Solo a ella?
—Quiere que sea una sorpresa para los demás. —Ríe mientras remueve la mezcla de carne y verduras.
Esbozo una media sonrisa porque conozco a Elsie. Se toma en serio esas sorpresas, aunque al final siempre termina mostrándolo todo a cualquiera que le insista un poco.
Me dejo caer en una de las sillas de la cocina y a los pocos segundos tengo a Gary reclamando su sitio en mi regazo.
—¿El entrenamiento bien? —pregunta Richard sin apartar la vista de la sartén.
—Genial —miento con toda la naturalidad que puedo.
Antes de que Richard pueda contestar, el sonido de unos pasos torpes resuena en la escalera. A los dos segundos aparece Elsie con las mejillas encendidas y el pelo recogido en un moño torcido que amenaza con deshacerse en cualquier momento.
—¡Dylan! —chilla antes de correr hacia mí. Gary protesta con un bufido cuando mi hermana se lanza sobre mis piernas, obligándolo a saltar hasta al suelo.
—Eh, tranquila —me río mientras la abrazo—. ¿Qué pasa con tanto entusiasmo?
—¿Quieres ver mi baile? Es una sorpresa, así que no se lo puedes contar a naide — me susurra con total seriedad.
—Cariño, se dice nadie — la corrige mamá, que acaba de aparecer en la puerta de la cocina y se acerca a mí para darme un beso en la frente.
Richard le da la espalda medio segundo a la sartén, con una sonrisa divertida.
—¿Ves? No puede guardarse la sorpresa ni media hora.
—¡Sí que puedo! —replica—. Pero Dylan tiene que verlo, porque si me sale mal, él me ayuda.
—Yo no sé nada de bailes, enana.
—Sí sabes —dice con convicción—. Tú juegas al fútbol.
—Pero eso no tiene nada que ver.
—Claro que sí. —Se planta delante de mí con las manos en la cintura, como si hubiera resuelto un gran misterio—.
Tú también tienes que mover los pies rápido, girar —da una vuelta torpe sobre sí misma, casi perdiendo el equilibrio— y saltar.
—Pega un brinco exagerado, como si con ello mostrara la prueba definitiva—. ¡Eso es como bailar!
No puedo evitar soltar una carcajada a la vez que asiento y levanto las manos. ¡Me rindo!
—Vale, vale. Supongo que llevas razón. —La cojo en brazos y le planto un montón de besos ruidosos en la mejilla, haciéndola chillar entre risas.
—¡Ya! ¡Oye! ¡Que me despeinas!
Demasiado tarde. Su pelo ya está alborotado por naturaleza.
Al final, Elsie me lleva de la mano a su habitación y termino siguiendo sus pasos frente al espejo. Manos arriba. Vuelta. Salto. Izquierda. Me da más instrucciones que el señor Walter, mientras yo intento imitarla y aguantarme la risa.
Al final, más que enseñarme su baile, me está obligando a que me lo aprenda. Como si yo fuera a participar en la función también…
—¡Dyl! ¡Así no! —Acto seguido, coloca mis brazos como cree que deberían estar.
Me dejo corregir sin protestar, porque verla tan seria en su papel de profesora me resulta muy adorable.
Su risa contagiosa y la forma en la que se toma tan en serio algo tan simple consiguen apartarme de cualquier nube gris.
Estar con Els es como respirar aire fresco después de llevar demasiado tiempo bajo el agua.
Y, mientras estoy con ella, consigo evadirme de cualquier pensamiento que me estuviera persiguiendo.
Sin embargo, en cuanto cierro los ojos, vuelve a mí la imagen de Talya al otro lado del teléfono.
Con esa risa que sonaba tan frágil y, al mismo tiempo, como un regalo.
Me sorprendí con lo mucho que me gustó oírla.
Podría convertirse en mi canción favorita…
Es como esas canciones que descubres de repente y, sin darte cuenta, terminas queriendo escuchar en bucle hasta aprendértelas de memoria.
«¿Qué estás diciendo?».
«Dylan, estás perdiendo la cabeza».
Sacudo la cabeza para dejar de pensar estupideces y me obligo a centrarme en Elsie.
Después de que mi hermana me ofrezca un generoso «aprobado por los pelos» y me obligue a salir de su habitación para seguir ensayando sola, me tumbo en mi cama.
Gary me acompaña una vez más y se ha enroscado a mis pies.
Acto seguido, desbloqueo el móvil sin pensar demasiado en para qué.
Así que leo por encima las notificaciones que se han ido acumulando a lo largo del día: un par de memes de Jamie, más de cien mensajes que no pienso abrir del grupo de clase y un mensaje que me congela por un segundo.
Enhorabuena por el derbi.
Muy orgulloso de ti.
La palabra «papá» me arde en la pantalla.
Siempre aparece cuando hay algo que celebrar. Ni siquiera recuerdo la última vez que me preguntó cómo estaba.
¿Acaso alguna vez lo ha hecho?
Me incorporo para acariciar a Gary, que empieza a ronronear en cuanto mi mano roza su suave pelaje. Mientras pienso que la familia no siempre viene contigo cuando naces.
No es algo que esté escrito en la sangre ni garantizado por un apellido. No basta con compartir genes si nunca compartes tu vida con esa persona, si no hay llamadas cuando no pasa nada importante, si no hay palabras amables ni manos tendidas cuando todo va mal.
La familia no es quien aparece solo para aplaudir desde lejos. Es quien se queda cuando no hay nada que celebrar.
La familia es algo que eliges… o que otros eligen no ser.
Y asumir eso duele más de lo que debería, porque durante mucho tiempo te pasas la vida esperando que alguien cumpla un papel que nunca tuvo la intención de aceptar.
Convenciéndote a ti mismo de que, si haces lo necesario, si destacas lo suficiente, si no fallas, quizá esta vez sí que se quede.
Quizá esta vez sí que merezcas estar en su vida.
Pero hay personas que no saben cómo formar parte de la tuya. Y no importa cuánto lo intentes: no puedes convertirlas en familia, por mucho que el ADN diga lo contrario.
Como si leyera mis pensamientos y quisiera mostrarme su apoyo, Gary se estira y acaricia su cabeza contra mi mano.
—Menos mal que tú nunca me fallas.
Al día siguiente, estoy parado frente a la máquina expendedora del pasillo principal del instituto, intentando decidirme entre una barrita energética o un sándwich mixto que tiene una pinta bastante dudosa.
No he desayunado esta mañana, por lo que tengo un hambre descomunal y aún queda la mitad de la jornada para que empiecen a servir en el comedor.
Saco las monedas que me piden, a punto de pulsar el botón de esa barrita de cereales, cuando alcanzo a ver de reojo un movimiento familiar. Un par de mechones castaños que últimamente visualizo más en mi mente de lo que me gustaría admitir.
Joder.
Me olvido de la máquina y me giro para mirarla de frente.
Camina en mi dirección a paso lento, haciendo malabares con un puñado de libros en un brazo, una carpeta fina bajo el otro y un papel entre las manos que parece llevarse todo su interés. Sus ojos van de un lado a otro mientras escanea las puertas del pasillo con atención.
Me quedo observándola y apoyo el hombro en la máquina expendedora.
En ese momento siento cómo, sin darme cuenta, mis comisuras se elevan hasta formar una sonrisa.
Intenta con todas sus fuerzas mantener el equilibrio para que no se le caiga nada y se muerde el labio inferior en un gesto de concentración que me resulta ridículamente tierno.
Aprovecho que no me ha visto para recorrerla con la mirada.
Lleva el pelo suelto, que le cae por los hombros de forma descuidada, como si no hubiera dedicado mucho tiempo a domarlo esta mañana. Aun así, mis dedos hormiguean al recordar su tacto.
¿Alguna vez había prestado tanta atención al pelo de una chica?
No es algo en lo que suela fijarme, pero sé que me muero por volver a tocar el de Talya.
Mientras la mayoría de las chicas llevan el uniforme del Evercrest adornado de alguna forma llamativa para hacerlo menos aburrido, ella no parece preocuparse en absoluto por cómo la ven los demás. Busca pasar desapercibida. Y no entiendo por qué, en mí, causa justo el efecto contrario.
Pasa por mi lado sin verme, concentrada en el papel que sostiene entre los dedos, y, cuando está a punto de dejarme atrás, me despego de la máquina.
—¿Estás perdida, chica nueva?
Tarda un segundo en reaccionar, como si mi voz le hubiera llegado a destiempo. Entonces, se gira de golpe hacia mí y el movimiento brusco hace que su torre de libros se tambalee peligrosamente. La carpeta amenaza con salir disparada de su brazo.
Doy un paso al frente, rápido, y sujeto la carpeta en el aire justo antes de que termine en el suelo.
—Ha estado a punto —murmuro cerca de ella.
Talya se queda quieta y clava sus intensos ojos color ámbar en los míos.
Joder.
Es tremendamente guapa.