Si decides quedarte Veintinueve. Talya
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Veintinueve. Talya

Veintinueve

Talya

El corazón me golpea tan fuerte que casi me impide respirar. Siento un calor incómodo subiéndome por el cuello mientras me pregunto si debería contestar a Dylan.

Nunca me ha gustado hab lar por teléfono. Prefiero los mensajes, me causan menos vértigo. Te dan tiempo para pensar, para borrar y volver a escribir antes de lanzarte. Una llamada no te da margen. Te obliga a decidir en milésimas de segundo, a exponer la voz, las dudas, el temblor.

La vibración persiste en mi mano, insistente, como si quisiera taladrarme los huesos.

Pienso que debería dejar que suene y luego enviarle un mensaje diciendo: «Acabo de ver tu llamada, ¿ocurre algo?». Sería lo lógico y lo seguro. Aunque tengo claro que, si me llama, es por los mensajes que le acabo de enviar.

Sujeto el móvil con tanta fuerza que me hago daño en los dedos.

Pero, sin darme cuenta, mis dedos se mueven antes de que mi cabeza lo apruebe. Deslizo la pantalla para hablar con él.

—¿Hola? —murmuro al aparato. Mi voz apenas supera el murmullo del supermercado, temblorosa, casi ridícula. Por un instante, me pasa por la cabeza la idea de que Dylan se haya equivocado al marcar, que en realidad no quisiera hablar con­migo.

—Talya. —Su voz llega clara, grave, demasiado real al otro lado de la línea. El estómago me da un vuelco tan fuerte que casi se me caen el móvil y la bolsa del bizcocho que llevo en la otra mano.

Aprieto los dedos alrededor de ambos objetos como si de ello dependiera para no desmoronarme en mitad del pasillo de los lácteos.

—Dylan. —Su nombre se me escapa como un suspiro más que como una palabra.

Él guarda silencio al otro lado y, por un segundo, me aterra haber sonado demasiado sorprendida, demasiado… vulnerable.

—¿Cómo estás? —me pregunta.

—Eh…, bien. ¿Y tú?

—Bien, muy bien. —Hay unos segundos de silencio que se me hacen eternos—. Te he buscado a la hora de la comida.

¿Me ha buscado a la hora del almuerzo?

¿A mí?

—Sí, a ti.

Mierda, ¿lo he dicho en voz alta?

—Eh, sí, ya, es que… —Ay, Dios, ¿por qué me estoy poniendo tan nerviosa?—. Hemos comido rápido y luego hemos ido corriendo a la biblioteca. Todavía tengo que adelantar trabajos.

—Ya, me lo ha dicho Erik.

—¿Le has preguntado a Erik por mí?

—Claro, ¿cómo iba a encontrarte si no? He ido a la biblioteca, pero quedaban cinco minutos para que empezaran las clases y no me han dejado entrar.

—Y… ¿por qué me buscabas?

Joder, joder. Ya lo sé, me estaba buscando para mostrarme sus molestias por haberlo interrumpido mientras estaba con Emma. Mierda. No debería haber contestado la llamada.

—Quería verte. —Su voz suena un tono más bajo, como si se le hubiera escapado sin querer, como si solo al pronunciarlo se hubiese dado cuenta de lo que realmente estaba diciendo—. Y pedirte perdón por… lo del baño.

Ay, madre. Tengo la boca seca. ¿Acaba de admitir que quería verme?

Cuando quiero darme cuenta, mis pasos me han dirigido hasta la cola para pagar. Sacudo la cabeza, es como si me hubiera teletransportado. Hace nada estaba en el pasillo de los lácteos.

—¿Pedirme perdón? ¿Tú a mí? —Creo que debe de haberse equivocado—. Yo acabo de mandarte un mensaje disculpándome, no quería interrumpiros.

—¿Interrumpirnos? ¡No! ¿Tus disculpas han sido por eso? Venga ya, no has interrumpido nada. El que tenía que disculparse era yo. Emma no debería haberte hablado así. Lo siento.

—Ah, bueno… No pasa nada. Supongo que yo tampoco tenía por qué estar allí. —Trago saliva, deseando que el suelo me engulla.

—Talya, solo ibas a entrar al baño. El que estaba en un baño que no le correspondía era yo. No ha sido culpa tuya.

Me quedo en silencio unos segundos y asiento como si pudiera verme.

—Lo sabes, ¿no?

—¿Efectivo o tarjeta? —La voz de la cajera me sacude de golpe.

—Ah, hola. Efectivo —respondo mientras le entrego el billete de veinte libras.

—¿Qué? —Dylan me habla desde el teléfono.

—Espera un segundo.

Mary, se llama así según la chapa que lleva en la camisa, se queda quieta con el billete en la mano, mirándome con cara de: «¿En serio tengo que esperar?».

—No, no, no es a ti. Puedes seguir —le digo a la cajera, nerviosa.

—Vale…, sigo —responde Dylan, como si yo se lo hubiera soltado a él.

—No, no era a ti, dame un momento —me apresuro a aclararle, sintiéndome idiota.

Mary está a punto de entregarme el tique junto con el cambio, pero por mi petición vuelve a quedarse quieta. Cree de nuevo que las palabras van para ella.

Tierra, trágame.

Estoy tardando más en pagar un simple bizcocho que la señora que lleva un carro hasta arriba en la caja de al lado.

—Perdone, no se lo decía a usted —me dirijo a la cajera—, lo siento.

Ella me da las monedas y, para mi sorpresa, me lanza una pequeña sonrisa, como si se apiadara de mi torpeza.

—Gracias, que tenga una buena tarde —murmuro, recogiendo el cambio a toda prisa y sujetando la bolsa del bizcocho como si fuera un salvavidas.

—¿Ahora me hablas de usted? —pregunta Dylan, y puedo imaginarlo con una sonrisa ladeada al otro lado de la línea.

Me río nerviosa.

—Estoy en el súper.

—Lo he intuido, ha sido divertido presenciar el espectáculo —responde, y puedo escuchar la risa contenida en su voz.

Me tapo los ojos con una mano mientras camino hacia la salida. Rezo para que nadie más me haya visto discutir con una cajera y con un teléfono al mismo tiempo.

—Genial, me alegra haberte entretenido —le espeto con ironía.

—Oye, ha sido adorable.

Trago saliva, notando cómo el calor me sube a las mejillas.

—No creo que Mary piense lo mismo —opino.

—¿Mary?

—La cajera.

Lo oigo reír, fuerte y sincero, y me muerdo el labio. De repente, no me parece tan horrible eso de hablar por teléfono.

Quizá lo horrible sea lo mucho que me ha gustado oírlo reír. Porque eso hace que me sienta vulnerable.

—¿También te ha dado tiempo a aprenderte su nombre? —pregunta aún entre risas.

—Lo llevaba en la chapa, no es que yo le haya preguntado.

Vuelve a reírse antes de carraspear y decir:

—Bueno, aparte de para pedirte perdón, también te llamaba para… —titubea— asegurarme de que te encuentras bien. ¿Lo estás?

—Sí, estoy bien.

—¿Bien… de verdad?

No sé si «bien» sería la palabra que mejor define mis emociones, pero entiendo que se refiere a si estoy mejor después de contarle que mi madre había muerto.

—Sí, eh… Me sentó muy bien hablar contigo el otro día —confieso—. Creo que lo necesitaba.

—Lo dije en serio. —Su voz se suaviza antes de continuar—: Lo de que puedes contar conmigo cuando lo necesites.

—Eso dijiste… —Fuerzo una risa nerviosa—. Solo espero no abusar demasiado de la oferta.

—¿Qué oferta? —replica con un deje divertido en la voz, claramente bromeando—. ¿Todavía sigues en el súper?

Se me escapa una carcajada algo estridente.

—Dylan, ¿en serio? —digo mientras sigo riéndome.

Quien me vea ahora mismo, caminando por la calle, a oscuras, con un bizcocho en la mano y riéndome sola, pensará que he perdido la cabeza.

Las luces de los escaparates todavía abiertos parpadean en el asfalto mojado y mi reflejo me devuelve la imagen de alguien que parece… feliz.

Qué ironía.

Él ríe también durante unos segundos, después, retoma la conversación.

—Bueno, si abusas…, ya veremos la tarifa. De momento aprovecha que me siento generoso.

Me muerdo el labio, incapaz de borrar la amplia sonrisa que he esbozado.

—¿Y qué incluye exactamente tu generosidad? —pregunto, intentando seguir con la broma, aunque no termino de acostumbrarme a soltar este tipo de comentarios.

—Hum… —finge pensarlo—, escuchar todo lo que quieras contarme, asegurarme de que llegas a casa bien de vez en cuando, recordarte que no tienes la culpa de todo… No sé, lo básico.

—Vaya, un pack completo —intento sonar liviana, aunque en realidad noto un nudo en la garganta.

—Y exclusivo. —Puedo imaginarme otra vez su sonrisa ladeada; de hecho, casi podría decir que la estoy visualizando.

—¿Exclusivo para todo el que lo pida?

—Exclusivo para ti —responde rápido, demasiado rápido.

Me muerdo el interior de la mejilla, agradeciendo que no pueda verme, porque siento el calor acumulándose en mi cara.

El aire parece mil veces más frío cuando doblo la esquina hacia mi calle. Crujen las hojas secas bajo mis zapatos y, por primera vez en mucho tiempo…, no me siento sola al recorrer este camino.

Estoy llegando a casa y, aunque es lo último que me apetece ahora mismo, tengo que colgar.

—Gracias —murmuro, deteniendo mis pasos frente a la puerta—. Por eso y… por hacerme reír. Me ha gustado hablar contigo.

—A mí también.

—¿Nos vemos mañana?

—Nos vemos mañana.

No colgamos al instante. Permanecemos en silencio unos segundos, escuchando la respiración del otro a través de la línea. Al final soy yo quien se atreve a deslizar el dedo por la pantalla.

Mientras guardo el móvil en el bolsillo para sacar las llaves, me descubro con una sonrisa que no consigo borrar.