Veintiocho. Dylan
Veintiocho
Dylan
Estos últimos días han sido un completo asco.
Normalmente, después de una victoria como la del otro día solemos pasarnos toda la semana con la auto estima por las nubes, felices y llenos de energía.
Pero esta vez mis malditos pensamientos han estado centrados en otras cosas.
En Emma. Que no ha parado de reventarme a mensajes y llamadas. Quería que le diera explicaciones después de haberla rechazado en el Rusty’s.
¿Qué razones iba a darle?
Joder, no me apetecía, simplemente.
Y eso me ha tenido peleándome conmigo mismo mientras intento descubrir el verdadero motivo. Porque tiene que haber uno.
En los dos años que hemos estado con nuestras idas y venidas, nunca nos habíamos negado el uno al otro.
Aunque intento convencerme de que solo tuve un mal día y no estaba para esas mierdas, mi cerebro acaba proyectándome una imagen de unos ojos enormes y preciosos del color del sol de manera inconsciente.
¿Qué cojones?
Pienso en Talya más veces de las que me gustaría, me viene a la mente su voz quebrada y sus manos temblando mientras confesaba lo que llevaba tanto tiempo guardándose. Eso ya sería suficiente para tenerme algo jodido, pero lo peor es que no se queda ahí.
También pienso en cómo se le erizaba la piel cuando le pasaba un mechón de ese pelo tan suave detrás de la oreja, en la calidez que desprendía a pesar de estar temblando y en cómo se mordía el labio. En lo fácil que hubiese sido acortar la poca distancia que nos separaba y rozarlos con los míos.
A veces me torturo imaginándolo. Porque en mi cabeza ese instante se repite una y otra vez como si me estuviera pidiendo traspasar esa línea que sé que no debo cruzar.
No paro de repetirme que no debería pensar en eso; no es lo que ella necesita de mí.
Ella necesita apoyo, calma y a alguien que la sostenga cuando sienta que se derrumba.
No un imbécil que se pasa todo el día imaginando cosas que no debería.
¿Será Talya el motivo de mi extraña actitud hacia Emma?
No.
La verdad es que esa relación ya estaba condenada desde mucho antes.
Yo lo sabía y aun así me dejaba arrastrar porque era fácil. Y cómodo. Y no me exigía demasiado.
Y estoy bien así. O… lo estaba.
Porque lo que ha terminado de tocarme las narices ha sido lo que ha pasado esta mañana.
Emma me había arrastrado hacia el baño de las chicas con un: «Vas a decirme ahora mismo por qué cojones me estás ignorando».
No sé cómo termino siempre en estas escenas con Emma. Arrastrado por ella, como si yo no tuviera ni voz ni voto. Y lo peor es que ni siquiera me sorprende.
—Dylan, ¿qué cojones fue lo que pasó en el Rusty’s? —me espetó en cuanto cerró la puerta a sus espaldas—. ¿Es que ya no me deseas?
—No es eso…
Mentira. O al menos una verdad a medias. Por cómo arqueó la ceja, ella sabía perfectamente que mi cuerpo seguía reaccionando a ella por pura inercia.
—Es que estoy harto de este jueguecito, Emma —suspiré, intentando mantener la distancia—. Ya lo hablamos. Íbamos a parar. ¿Qué quieres? ¿Que esté disponible para ti solo cuando ati te apetezca?
Lo dejé claro aquel día, pero Emma odia perder el control sobre las cosas, y estaba claro también que no iba a rendirse tan fácilmente.
No pareció conforme con mi contestación. Tiró de mi camiseta de golpe, acercándome a ella y pegando su cuerpo al mío.
Después, me observó de ese modo que antes me volvía loco.
Por un momento, sentí que mis defensas bajaban.
No es que fuera a tirármela ahí mismo contra los azulejos, ni de coña, pero la gravedad de dos años de costumbre tiraba de mí con demasiada fuerza.
Estaba regresando el anterior Dylan. El Dylan que se dejaría llevar por la facilidad de un beso de esos labios.
Joder. No quería seguir siendo ese mismo tío. Pero ella sabía exactamente cómo ponérmelo difícil.
—Me deseas y lo sabes —murmuró contra mi boca, acariciando mi pecho con delicadeza—. Aunque quieras hacerte el duro.
Sí, ella me conocía muy bien. Sabía que a mi cuerpo le quedaba muy poco para perder el control y rendirse a lo de siempre.
—Además… ¿Sabes que llevo ese tanga que tanto te gusta? —susurró, rozando sus caderas con las mías como si fuera un secreto entre los dos en ese baño desierto.
En ese momento, alguien irrumpió en el aseo con prisas. No sabía quién era, porque estaba de espaldas a la puerta, pero a Emma le molestó que alguien tuviera la osadía de necesitar usar uno de los baños públicos del instituto, como si estuvieran reservados solo para ella, así que le soltó:
—¿No ves que estamos hablando? ¡Fuera!
Estaba a punto de decirle que podíamos irnos a otro sitio para terminar de hablar o para lo que cojones estuviera a punto de pasar entre nosotros, pero entonces escuché a la chica susurrar un «lo siento» cargado de culpa.
Ahí reconocí su voz y se me heló la sangre.
Me giré justo a tiempo para verla desaparecer por la puerta. «Talya…», alcancé a llamarla, pero salió corriendo.
La rabia me subió de golpe. Siempre me ha molestado que Emma se vea en el derecho de hablar a la gente con ese tono, pero que lo usara con Talya me encendió de una forma distinta.
—¿Quién es esa? —preguntó Emma, con la ceja tan arqueada que casi se confundía con el nacimiento de su pelo.
—¿Por qué tenías que hablarle así?
—¿Ahora tampoco puedo pedir un poco de privacidad?
—Una cosa es pedirlo —gruñí, apretando la mandíbula— y otra es tratar a la gente como basura.
Me separé de ella, dándome la vuelta sin esperar respuesta, y eché a andar hacia la puerta. La escuché quejarse a mis espaldas.
—¿No vamos a continuar por donde íbamos? —me dijo, con ese tono cargado de suficiencia que me dio aún más ganas de largarme.
No me detuve. Había estado a punto de cagarla, a un solo paso de dejarme arrastrar. Sin embargo, verla tratar así a Talya fue como una hostia de realidad que rompió cualquier rastro de deseo de golpe. Nunca iba a poder estar con alguien como Emma.
Salí del baño, con la mirada fija en el lugar por donde Talya había desaparecido.
Por mucho que la busqué, no la encontré.
El pasillo estaba lleno de alumnos que iban y venían en todas direcciones.
En cuestión de segundos, se había perdido entre la multitud.
Maldije por lo bajo. Necesitaba verla, comprobar que Emma no le había hecho daño.
Y, sobre todo…, pedirle perdón. ¿Por qué exactamente?
Ni yo mismo habría sabido responder a esta pregunta.
Sentía que no podía fallarle y menos después de la confianza que había depositado en mí contándome lo de su madre.
Pero ni siquiera di con Talya a la hora de la comida. Menos mal que, durante mi búsqueda, me topé con Erik. Como ella solía juntarse bastante con él, sabría dónde se encontraba.
—Están en la biblioteca, tío, adelantando trabajos, que vamos a tope —me respondió—. ¿Ha sucedido algo? Te veo muy preocupado.
Me cago en todo, lo último que quería era dar explicaciones.
—No, eh… ¡Nos vemos luego!
No pensaba perder el tiempo inventándome excusas.
Para mi desgracia, cuando llegué a la biblioteca estaban a punto de cerrar, pronto empezarían las clases. Por lo que no iba a poder hablar con Talya.
Mientras me alejaba de esa biblioteca, intenté convencerme de que mi actitud con Emma no tenía nada que ver con Talya, sino que simplemente me había cansado. Pero ¿a quién quiero engañar?
—Hoy has estado en otra parte. —El entrenador Walter se acerca a mí y me pone una mano en el hombro—. ¿Todo bien?
La verdad es que el entrenamiento ha sido un suplicio. Me he notado más torpe de lo habitual y sé que lo que le ocurra a mi cabeza no debería repercutir en el campo.
—Lo sé y lo siento —contesto, pasándome la camiseta por la cara para disimular el sudor y, de paso, la frustración—. No he dormido bien esta noche.
Walter entrecierra los ojos para terminar negando con la cabeza.
—Te he visto viniendo a entrenar con fiebre, habiendo dormido un par de horas e incluso con resaca. Y nunca habías fallado tantos pases como hoy.
No sé qué contestar. Trago saliva y agacho la mirada hacia la cantimplora que llevo en la mano.
—Lo que sea que te tenga la cabeza en otra parte, arréglalo. El equipo te necesita aquí —dice, dándome un par de palmadas en la espalda para luego alejarse por donde ha venido.
Si supiera qué es lo que tengo que arreglar, quizá hasta lo haría.
Pero lleva razón. Cuando acostumbras a dar el cien por cien todos los días, la mínima bajada se nota como si fuera un desplome. Lo último que me apetece es dar la imagen de que no estoy a la altura. Y, sin embargo, es justo lo que está pasando.
Después de darme una ducha y prometerle a un muy insistente Jamie que mañana lo acompañaré a esa pastelería de tartas de chocolate que tanto le gusta, me dirijo al coche para, por fin, irme a casa.
Cuando saco el móvil para conectarlo al altavoz, veo un par de notificaciones que dudo en abrir. Podría ser mamá, preguntándome cuánto me queda para llegar a casa cuando sabe que siempre llego a la misma hora o, lo que es peor, Emma, volviendo a pedirme explicaciones. Y ambas cosas pueden esperar.
Pero, aun así, suspiro y decido leer los mensajes.
Talya
Oye, gracias otra vez por lo del otro día.
Y… lo siento mucho.
No me importa si es buena idea o no. Antes de darme cuenta, ya estoy escuchando el primer tono al otro lado de la línea.