Veintisiete Talya
Veintisiete
Talya
De verdad que no hay quien me entienda. Ni yo misma soy capaz de hacerlo.
Por algún motivo, mi mente ha estado repitien do en bucle el momento de Dylan y Emma en el baño.
¿Qué estaban haciendo? Mi cabeza me lo dejó bien claro:
«Pues qué iban a estar haciendo, idiota».
«¿Acaso has visto bien a Emma?».
«Y vas tú y los interrumpes».
Siento en el estómago algo parecido a ¿celos?
Mierda, ¿qué estoy diciendo?
Ya sabía que Dylan tenía novia. Y una novia muy guapa.
Como él.
De hecho, se ven increíblemente bien juntos. Parecen una pareja sacada de una foto de esas de Pinterest.
«Y seguro que ella no está tan llena de problemas como tú», me recuerda mi mente.
Eso también.
Pero ¿qué más me da? No es que yo fuera buscando tener absolutamente nada con Dylan. Todo lo contrario, de hecho.
Tampoco es que piense, dado el caso, que él se fijaría en mí teniendo opciones como Emma.
De todas formas, da igual, porque, repito: no veo a Dylan de ese modo.
Ni a él ni a nadie. Así es como debería ser. Y así es como va a seguir siendo durante muchísimo tiempo.
No debería darle tantas vueltas, pero el caso es que todos esos pensamientos me han acompañado durante todo el camino de vuelta a casa, como una sombra de la que no consigo deshacerme. Además, como no he vuelto a cruzarme con él, no he tenido la oportunidad de agradecerle lo del otro día.
Un olor a algo dulce mezclado con lejía y friegasuelos se me mete en la nariz nada más cruzar el umbral.
Margaret está en la cocina, con el delantal puesto, alternando entre la encimera y un cubo de la fregona.
Un bol con la masa de un bizcocho a medio batir descansa junto a la ventana y en el horno parpadea una luz naranja.
Dejo la mochila al lado de las escaleras y me acerco a ella.
—¿Necesitas ayuda? —pregunto en un intento por ganarme algo de su simpatía.
Ella levanta la vista del suelo que está limpiando.
—Ya estás aquí. —Me mira con la ceja arqueada—. ¿No tienes que hacer deberes?
—Los he hecho todos en la hora de la comida. Puedo ayudarte con algo —insisto, haciendo un gesto con las manos apuntando a todas las tareas que tiene a medio empezar—. No me cuesta nada.
Ella se lo piensa demasiado tiempo, como si sopesara el riesgo de dejarme meter las manos en su cocina. Al final señala con la barbilla el bol de la masa.
—Pues bate eso mientras termino de fregar.
Nada, ni un gesto de agradecimiento ni una sonrisa. Ni siquiera una señal mínima que indique que no le molesta tener que compartir espacio conmigo.
Me acerco al bol, como me ha pedido, y empiezo a remover.
El movimiento circular y el olor dulzón me transportan irremediablemente a las tardes en que mamá horneaba su famosa tarta de queso mientras canturreaba. Y siempre me dejaba rebañar la cuchara. El pecho se me encoge tanto al recordar su sonrisa que tengo que tragar saliva para no ponerme a llorar.
Para apartar el recuerdo, me centro en la masa, pero enseguida noto la mezcla más densa de lo que pensaba.
Veo el cartón de leche a un lado y decido echarle un chorrito para que sea más fácil trabajarla.
Muevo la varilla con fuerza, pero, al estar más líquida, pierdo el control.
En un mal movimiento, la varilla resbala y la masa sale disparada, salpicando la encimera, el suelo… y parte del delantal de Margaret.
—¡Por el amor de Dios, Talya! —suspira mientras deja caer la fregona en el cubo con un golpe seco y viene a quitarme la varilla de las manos—.
¿Tan difícil es? Si no sabías hacerlo, mejor no te hubieras ofrecido.
¿Qué hago ahora con todo esto? —Señala los restos de masa desparramados por toda la cocina—.
Este pastel tenía que llevarlo Douglas al trabajo.
¿Vas a decirle tú ahora cuando llegue que no está porque te has encargado de fastidiarlo?
—Lo siento —susurro, y parpadeo rápido para evitar ponerme a llorar.
Ni siquiera batir un simple bol con masa se me da bien. Lo que era un intento por ganarme la simpatía de Margaret se ha convertido en un motivo más para que me odie.
—Puedo empezar a hacerlo de nuevo —digo mientras intento recoger como puedo los restos de harina, huevo y algo más con un papel—. Lo tendré listo antes de que llegue el tío Douglas.
Margaret suelta una risa seca mientras me quita el papel de las manos.
—Déjalo. —Su tono es tajante—. Lo último que necesito es perder más ingredientes contigo.
Se queda en silencio un momento, observando el desastre, y luego añade:
—Ve al supermercado y compra un pastel ya hecho. Al menos así Douglas tendrá algo que llevarse mañana.
La orden me sirve como un recordatorio de que, por mucho que lo intente, aquí siempre seré la que estropea las cosas.
—Lo siento, Margaret, de verdad que quería ayudar.
—Bueno, pues ya ves que no es necesario. —Va en búsqueda de su bolso, saca de la cartera un billete de veinte libras y me lo entrega—. No tardes.
Aprieto el billete en el puño hasta arrugarlo. El papel cruje entre mis dedos mientras salgo de casa y trato de ignorar el nudo que me arde en la garganta.
Me froto los ojos con la palma de las manos mientras una voz en mi cabeza no para de repetirme: «No eres capaz de hacer nada bien».
Me gustaría poder hablar de esto con Alice, contarle lo que pasa y así poder desahogarme con alguien. Pero eso implicaría confesarle todo lo demás.
No, todavía no.
Saco el móvil casi sin pensarlo. La pantalla me ilumina la cara y, de inmediato, pienso en él.
«Puedes contar conmigo», me dijo.
Con Dylan sí que podría desahogarme, él ya sabe la peor parte. Pero no quiero molestarlo para una tontería como esta. Tampoco es que sea tan importante.
Aun así, mis dedos parecen tener vida propia porque empiezo a escribir algo en su chat.
Oye…, gracias otra vez por lo del otro día.
Y… lo siento mucho.
Los he enviado antes de que me diera tiempo a arrepentirme en un intento por sentirme menos estúpida.
Bloqueo el móvil y lo meto en el bolsillo. El corazón me empieza a ir más rápido, como si imaginarme su respuesta ya fuera suficiente para agitarme por dentro.
Quizá no conteste.
Quizá ni siquiera lo lea.
O tal vez lo haga y piense que soy una idiota.
Aprieto el paso hacia el supermercado y busco distraerme con cualquier cosa: las luces de los coches, una pareja agarrada de la mano mientras pasea a un perro o las hojas de los árboles que se balancean de un lado a otro por culpa del viento.
El murmullo de la ciudad me acompaña, pero no consigue acallar el martilleo de mi propio corazón.
Entro al supermercado y me dirijo a la sección de dulces. Me fijo en un par de pasteles que tienen buena pinta, incluso parecen recién hechos. «Seguro que Margaret se alegra cuando le lleve este», pienso tras decantarme por un bizcocho con sabor a limón.
De camino hacia la caja, el móvil vibra en mi bolsillo.
¿Dylan me habrá contestado?
Pero la vibración no se detiene, es insistente, continua.
No ha sido un mensaje, alguien me está llamando.
Lo saco convencida de que será Margaret para pedirme que lleve algo más.
Pero no.
En la pantalla parpadea un nombre que me deja sin aliento.
No es una respuesta escrita.
Es una llamada.
Dylan Ashmore.