Veintiséis. Talya
Veintiséis
Talya
Este fin de semana, mis emociones han variado constantemente.
Del alivio al mi edo y del miedo a la confusión.
Ahora me siento aliviada, como si me hubiera quitado de encima un millón de ladrillos que llevaban apilándose en mi pecho mucho tiempo, presionando cada vez más fuerte, dejándome sin aire. Al soltar uno de esos secretos, sentí que, por fin, gran parte de ellos caían al suelo.
Pero no se rompieron contra el asfalto. Fue como si Dylan los hubiera recogido al vuelo y ahora no solo los cargo yo, también él los sostiene entre las manos.
Y, aunque eso me permite respirar un poco mejor, también me aterra haber dejado mis escombros en manos ajenas; que él, de alguna manera, termine mostrándolos.
Mi cerebro está confundido porque mi corazón ha decidido que quiere confiar en él.
Aunque no tiene del todo claro por qué.
Hoy es lunes y vuelvo a caminar por los pasillos del Evercrest. No paro de pasear la mirada de un lado a otro, buscando algo. O… a alguien.
—¡Tía! ¿Me estás escuchando? —Alice se coloca delante de mí para llamar mi atención mientras caminamos hacia la clase de Geografía.
—¿Qué? Claro que sí, me estabas hablando de que Jamie rompió un par de vasos en el Rusty’s el otro día.
—Talya Monroe, me estabas ignorando. He terminado esa historia hace media hora —exagera, llevamos caminando no más de cinco minutos—. ¿Qué te tiene tan embobada que te impide prestar atención a tu mejor amiga?
Parpadeo, pillada con la guardia baja.
«Mejor amiga».
Una sensación cálida se me instala de golpe en el pecho. Hace apenas unas semanas me aterraba la idea de no terminar de encajar con ella, de que el tiempo nos hubiera vuelto unas desconocidas. Pero, a pesar de todo, me sigue guardando ese sitio.
—Nada —respondo.
Acto seguido, me paro en las taquillas para coger los libros que necesito.
—Ajá. —Alice me lanza una mirada sospechosa arqueando una ceja—. ¿Ese «nada» que te tiene embobada camina con botas de fútbol y su sonrisa es de anuncio, quizá?
Me atraganto con el aire que respiro y uno de los libros termina en el suelo.
—¿Qué dices? —intento sonar ofendida, aunque mi voz sale un poco más aguda de lo normal.
Alice se agacha, recoge el libro del suelo y me lo tiende con una sonrisa demasiado satisfecha.
—Por favor, Talya. No soy tonta. Llevas todo el camino con los ojos dando saltitos, como si esperaras que alguien apareciera en cualquier momento.
—No sé de qué estás hablando —respondo.
No obstante, soy incapaz de mirarla a los ojos, ya que siento que el calor sube por mis mejillas. En ese momento, Alice fija la mirada en algún punto detrás de mí.
—Entonces no te importará que esa persona esté caminando ahora mismo en nuestra dirección.
El corazón me da un vuelco. Intento aparentar normalidad, pero me giro tan rápido que casi se me escapan los libros otra vez.
—¡Te pillé! —exclama Alice, dándome un pequeño empujón con el hombro—. Te has puesto nerviosa y has picado.
Me cubro la cara con una mano mientras cierro la taquilla y le pongo el candado. Cuando la vuelvo a mirar, me doy cuenta de que me dedica una expresión pícara.
—¿Te gusta, Talya? ¿Un poquito aunque sea? —Acerca el pulgar y el índice dejando apenas un espacio entre ellos.
—No me gusta, Alice. Ni siquiera lo conozco —respondo bajito mientras retomamos el camino a clase.
—Pero reconoces que es guapo. Y alto. Y atractivo. Y tiene una sonrisa que…
—Vale, para —la corto bajando aún más la voz—. Te va a oír todo el mundo.
Ella sonríe como si acabara de ganar una apuesta.
—Entonces ¿lo admites?
Suelto un resoplido, incapaz de contener una pequeña risa nerviosa.
—Admito que es… guapo. ¿Contenta?
—¡Muy contenta! —responde triunfal. Entonces, enlaza su brazo con el mío mientras entramos en clase—. Ya sabía yo que no eras tan inmune como finges.
Niego con la cabeza, aún con la sonrisa escondida, y me dejo arrastrar.
Alice se deja caer en su sitio, todavía sonriendo, y yo paso toda la hora intentando prestar atención al profesor.
Hoy imparte clase sobre cómo los glaciares han modelado gran parte del paisaje escocés, creando los característicos valles en forma de U y de los depósitos que estas enormes masas de hielo dejaron tras retirarse miles de años atrás.
Mis pensamientos se distraen más de lo que me gustaría. La voz del profesor va perdiendo intensidad hasta que en mi cabeza solo escucho la de Dylan.
«Puedes contar conmigo».
«Puedes llamarme, a la hora que sea».
Una sonrisa se me escapa sin permiso al recordar sus palabras.
¿Alice tendrá razón? ¿Tan evidente es?
Me descubro con el impulso absurdo de querer escribirle solo para darle las gracias otra vez, para asegurarme de que sabe lo mucho que significó para mí que se quedara a escucharme y consolarme.
La hora se me hace eterna. Cuando por fin suena el timbre, recojo mis cosas con más prisa de la necesaria.
—Voy al baño —me despido de Alice con un movimiento de labios.
Ella asiente y yo me uno rápidamente al pequeño embudo de alumnos que salen al pasillo.
Estoy en uno de esos días y necesito llegar con urgencia.
Empujo la puerta del baño de chicas y me encuentro con una escena un poco… extraña.
Hay una chica rubia apoyada contra la pared y, frente a ella, un chico al que solo distingo de espaldas, inclinado hacia delante.
Él tiene una mano escondida en el bolsillo, y la otra, apoyada en la pared, justo al lado de su cara.
No alcanzo a oír lo que dicen, pero por la forma en que están colocados me da la impresión de que acabo de interrumpir un momento privado.
La chica alza la vista en cuanto me ve entrar y me fulmina con la mirada. Tardo un par de segundos en ubicarla entre todas las caras nuevas del instituto, pero de pronto lo recuerdo: es Emma, la chica que me señalaron el otro día.
—¿No ves que estamos hablando? —Su tono es cortante, casi una orden—. ¡Fuera!
Me quedo quieta, desconcertada, con una mano aún en la puerta. Estoy a punto de desaparecer justo cuando el chico se gira.
Nuestros ojos se encuentran apenas un segundo, lo suficiente para que el corazón me dé un vuelco.
Es Dylan.
—Talya… —empieza a decir.
No espero a escuchar nada más. El calor me sube de golpe por la cara y retrocedo torpemente hasta salir del baño.
Me mezclo entre los alumnos con el corazón desbocado, intentando poner la mayor distancia posible entre esa puerta y yo.
Habrá cientos de baños repartidos por todo el instituto y yotenía que entrar justo en ese. Justo en el que Dylan parecía estar compartiendo un momento demasiado íntimo con, supongo, esa tal Emma de la que todo el mundo habla.