Si decides quedarte Veinticinco. Dylan
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Veinticinco. Dylan

Veinticinco

Dylan

Emma.

Tengo a Emma sentada en mi regazo mientras sus manos frías me agarran el cuello.

Como si no llevásemos días sin intercambiar palabras, como si la última discusión nunca hubiera existido.

Pero esta es nuestra dinámica. Discutimos por cualquier tontería y luego volvemos a vernos como si nada.

Y nunca me ha molestado, al contrario. Estoy bien así.

Normalmente me gusta verla, consigue distraerme y, joder, me alegra la vista.

Lleva un top tan diminuto que apenas llega a cubrirle el pecho. La minifalda es tan corta que si llegara a agacharse lo más mínimo dejaría de ser falda para convertirse en un maldito cinturón.

El pelo rubio le cae en ondas brillantes sobre los hombros descubiertos y la luz del Rusty’s hace que su piel parezca casi dorada.

Es una chica extremadamente guapa y es completamente consciente de ello.

Emma nunca pasa desapercibida. Sabe cómo entrar en un sitio y que todas las miradas giren hacia ella. Soy consciente de que más de uno en este bar la está mirando ahora mismo, aunque esté sentada sobre mí.

Me roza el cuello con sus largas uñas, pintadas de un rosa empolvado idéntico al de sus labios, y me sonríe como si supiera exactamente el efecto que provoca.

Solo que, esta vez, por algún motivo, ese efecto no es el de siempre.

Me quedo mirándola, impasible, mientras pienso en cómo cojones ha conseguido entrar al reservado.

Aunque la verdad es que no debería sorprenderme.

No es la primera vez que lo hace. Otras veces hemos venido juntos y aquí todos la conocen de sobra.

Si Emma quiere estar en algún sitio, termina estando. Así de simple.

—He venido antes a buscarte y no estabas aquí —dice, inclinándose hacia mí. Sus labios rozan mi oreja al hablar y noto el cosquilleo de su voz en mi piel.

Después se aparta despacio, calculando al milímetro cada uno de sus movimientos y se queda mirándome mientras se muerde el labio.

Sus dedos juegan con el borde de mi camiseta, apenas rozándome la piel del pecho, y luego ascienden otra vez por mi cuello, donde las uñas dibujan un recorrido lento que me pone los pelos de punta.

Hace un pequeño puchero y ladea la cabeza con un gesto infantil que no pega en absoluto con el destello malicioso de sus ojos.

—Casi pensaba que no ibas a venir —reconoce mientras me lanza un pestañeo rápido y juguetón.

Fuerzo una sonrisa. En cualquier otro momento, yo le estaría siguiendo el juego. Es lo que hacemos siempre. Pero ahora mismo mantengo las manos apoyadas en el banco, a ambos lados de mi cuerpo. Porque lo más fácil sería sujetarla por la cintura, y eso es justo lo que no quiero hacer.

—Pues ya ves, aquí estoy —respondo, e intento centrarme en la jarra de cerveza.

—¿Me has echado de menos?

Después, me sujeta la cara con sus frías manos para obligarme a mirarla.

—Habíamos discutido, ¿no?

—Han pasado días… —Su sonrisa torcida y su mirada traviesa me deja claro que cree que seguimos jugando—. ¿Es que pensabas ignorarme para siempre?

—¿Crees que vamos a estar en esas toda la vida?

—No te hagas el duro, Dylan —replica con una risa baja.

Sus dedos se enredan en mi pelo y tira suavemente como si buscara provocarme un escalofrío.

Pero el escalofrío que siento no es de placer. Es incomodidad.

Joder, quiero que me deje en paz.

El alcohol cada vez está empezando a nublarme más la vista y la presión de su peso sobre mis piernas me resulta asfixiante.

Me obligo a esbozar una sonrisa, tampoco quiero tratarla como un gilipollas. Aparto un mechón de su cara y lo coloco detrás de su oreja solo para poder acercarme lo suficiente y susurrarle:

—Esta noche no, Emma.

Ella se echa hacia atrás un poco, con las cejas arqueadas, sorprendida. Creo que nunca antes la había rechazado.

—¿Tan enfadado estás? Ni siquiera fue para tanto.

—No estoy enfadado. —Trago saliva—. Estoy celebrando que hemos ganado. Podemos hablar en otro momento.

—Vale… —Se inclina de nuevo hacia mí—. Podemos ir a mi casa después.

—Hoy no.

Ella ladea la cabeza, como si no me hubiera escuchado, y sus labios ya están a un suspiro de los míos. Me sonríe mientras se pasa la lengua por el labio inferior con descaro.

Y, antes de que pueda reaccionar, me besa. No es un beso tímido ni un tanteo. Es directo, con la seguridad de que siempre acabo cediendo.

Pero esta vez no.

El golpe en el estómago es inmediato. No por el gesto en sí, sino porque siento que me está robando el aire justo cuando más necesito respirar.

Apoyo las manos en su cintura, no para corresponderla, sino para apartarla. Lo hago con cuidado, pero con firmeza. Me levanto de golpe y durante un segundo queda suspendida en el aire, obligada a recomponerse rápido para no perder el equilibrio.

Emma me mira con los labios entreabiertos, desconcertada.

—¿Qué te ocurre? —pregunta sin gritar, pero sí con una mezcla de enfado y sorpresa en la voz.

Me paso una mano por la nuca y siento el calor del local demasiado sofocante.

—Te he dicho que hoy no. —La voz me sale ronca, más grave de lo que pretendía.

El murmullo del bar parece bajar de golpe. Sé que más de uno habrá presenciado lo que acaba de suceder.

Emma parpadea sin terminar de creerse que por primera vez no le esté siguiendo el juego.

Sin decir nada más, agarro mi chaqueta de la silla y me abro paso hacia la salida. Necesito tomar el aire.