Veinticuatro Dylan
V einticuatro
Dylan
Me quedo un par de minutos con las manos apretadas contra el volante después de que Talya haya cerrado la puerta.
Todavía siento el peso de ella contra mi pecho y el temblor desesperado de sus dedos crispados en mi camiseta. También, el eco quebrado de su voz, las palabras que llevaba tanto tiempo tragándose y que al fin se han derramado sobre mí.
Y sus ojos… Me miraban tan tristes que parecían estar agarrándose a mí como si yo fuese el último lugar seguro que les quedara en el mundo.
Me arde la garganta. En el silencio del coche, solo puedo oír el eco de su respiración irregular.
Joder, la he tenido tan cerca que he podido distinguir un lunar diminuto al lado de su ojo izquierdo. Y también las pecas casi invisibles que le recorren la nariz como constelaciones escondidas.
He tenido que morderme la lengua para no decirle que no iba a dejar que se marchara.
Mi instinto era aferrarme a ella y no soltarla nunca.
Y, aun así, lo he hecho.
Ahora me siento como un cabrón por dejarla entrar en ese lugar como si ella no acabara de confesarme que está viviendo en un infierno.
Aprieto el volante con más fuerza. La idea de salir del coche, tocar el timbre y sacarla de ahí me golpea una y otra vez.
Pero sé que no es tan fácil, que, si lo hago, lo único que voy a conseguir es que cierre otra vez todas las puertas que acaba de entreabrirme.
Respiro hondo y me paso las manos por la cara.
«Déjala, Dylan. Esta vez no es cuestión de lo que tú quieras».
Cierro los ojos un segundo. El aire huele a su champú o quizá lo estoy imaginando. No lo sé.
Lo único que sé es que tengo que irme de aquí.
He recibido varios mensajes de Jamie insistiendo en que no tarde demasiado. «Ya habrá tiempo de hacer manitas con Talya en otro momento, ahora tienes que venir a celebrar que hemos ganado», me dice en uno.
Será idiota…
Pero él qué sabrá.
Es cierto que debería estar en el Rusty’s, celebrando la victoria con los chicos.
Pero ahora mismo es lo último que me apetece.
Aun así, termino girando en esa dirección. Sé que no voy a pegar ojo esta noche si me voy directo a casa y tal vez el bullicio del bar consiga acallar mis pensamientos.
Pensamientos que no paran de repetirse en bucle.
«Su madre ha muerto».
«No tiene a nadie».
«Sus tíos le hacen la vida imposible».
Joder.
Decido poner la música a tope, dejar que sean los acordes de las guitarras y los golpes de la batería lo que ocupe el sitio de sus palabras en mi mente.
Cuando aparco cerca del Rusty’s, ya puedo escuchar el follón desde la acera. El bar está a reventar. El olor a fritanga y cerveza me golpea incluso antes de cruzar la puerta.
Dentro, una bocanada de calor denso me recibe al instante, cargada de sudor, cerveza y humedad de decenas de abrigos amontonados.
Todo está abarrotado: estudiantes, compañeros de equipo, chicas que reconocen nuestras caras del campo.
Algunos me señalan, otros me dan palmadas en el hombro mientras me abro paso hacia el fondo.
Miro hacia la izquierda y veo a los chicos al final del todo, en nuestro lugar reservado para días como hoy.
Una mesa larga junto a la pared de ladrillo, medio escondida del resto, donde siempre acabamos apilando chaquetas y vasos vacíos.
Jamie es el primero que distingo, de pie sobre el banco, agitando los brazos como si fuera el puto héroe de la noche.
—¡Ashmore ha decidido honrarnos con su presencia! —grita, haciendo que todos se giren hacia mí.
—No grites, joder —murmuro mientras me dejo caer en la silla libre que hay a su lado.
Él no me hace caso. Tiene las mejillas un poco coloradas y la jarra de cerveza medio vacía en la mano, señal clara de que no es la primera del día. Me pasa un brazo por los hombros y me zarandea como si fuéramos críos.
—No me seas aguafiestas, Ash. Hoy toca celebrar.
Da un trago largo, se termina la bebida que le queda y me guiña un ojo.
—¿Qué? ¿Se te ha hecho tarde porque estabas demasiado ocupado dándole arrumacos a la señorita Monroe?
Pongo los ojos en blanco mientras el nudo en mi estómago se aprieta.
—Cállate —respondo, intentando sonar relajado.
Jamie suelta una carcajada que resuena por encima de la música.
—Tranquilo, tío, que no voy a chivarme. Si quieres cambiar el fútbol por hacer manitas, aquí nadie te va a juzgar.
—Estás borracho, tío. ¿Cuántas te ha dado tiempo a tomarte? —digo, apuntando con la mirada a su jarra vacía.
—¿Cinco? ¿Seis? No lo sé. —Se encoge de hombros con una sonrisa amplia.
—Con razón hablas tanta mierda.
—Venga ya, no te pongas tan serio. Solo estoy de coña. Además… —Me señala con el dedo, moviéndolo de arriba abajo—. Borracho o no, sé reconocer cuando alguien está diferente. Y tú, colega, llevas días muy raro.
No sé si es el alcohol hablando por él o su instinto de protección hacia mí, pero la incomodidad me sube por la garganta.
—Déjalo, Hartley. Solo estoy cansado —murmuro, haciéndole un gesto a Teo, el camarero, para que traiga otra ronda. Ya pediré un taxi más tarde, ahora mismo necesito cualquier cosa que me ayude a silenciar el ruido en mi cabeza.
Por un segundo, parece que Jamie va a seguir pinchando. Me aguanta la mirada con esos ojos entornados que pone cuando huele que algo no encaja.
Al final, me da un manotazo en la espalda y añade con media sonrisa:
—Como me entere de que le ocultas información a tu mejor amigo, tendremos problemas.
Suelto un resoplido y niego con la cabeza.
Él centra su atención en Noa, que está sentada a su otro lado, y ya te aseguro que no ha sido por pura casualidad.
No termino de comprender esa dinámica que se traen los dos.
Ella finge que lo odia, pero a la vez gravita a su alrededor como si fuese la única órbita capaz de atraerla.
Necesita tenerlo cerca para poder quejarse de él, para tener siempre a mano a alguien contra quien lanzar sus pullas.
Y lo peor, o lo mejor, es que Jamie no parece cansarse nunca.
Al contrario, parece vivir para provocarla.
Aprovecho para echarle un vistazo a los demás.
Nathan, cómo no, ya ha encontrado compañía.
Tiene en el regazo a una chica, que ni siquiera reconozco, inclinada hacia él.
Mi amigo le susurra cosas al oído mientras ella no para de sonreír.
Lo suyo no cambia nunca: si no es en el campo, es aquí donde despliega su juego, y parece que siempre consigue marcar.
Harry está sumergido en una conversación, que más bien parece un monólogo, con Owen sobre cuatro documentales distintos que se ha visto esta semana y que todos se conectan con el partido de hoy. Nuestro capitán no para de asentir como si lo que dice fuera la revelación del siglo.
Alice y Erik funcionan en una frecuencia distinta.
No necesitan alzar la voz ni lanzarse pullas para llenar el espacio: basta con una mirada rápida, un gesto mínimo.
Ella le roba un sorbo de la bebida sin preguntar y él la deja con esa calma suya que parece resignación, pero no lo es del todo.
Entre ellos hay algo… más silencioso, más difícil de descifrar.
Como si guardaran un secreto que ninguno de los dos está dispuesto a confesar delante del resto.
—¿Todo bien con Talya? —me pregunta Alice, y mis músculos se tensan al escuchar su nombre—. La habrás dejado sana y salva en casa, ¿no?
La he dejado en casa, pero no tengo claro que esté concretamente a salvo.
—Claro —respondo en cambio, encogiéndome de hombros mientras tomo una de las jarras que Teo acaba de dejar sobre la mesa.
—Bueno, ahora que no falta nadie… —Jamie vuelve a ponerse de pie sobre el banco y nos mira a todos—, ¡podemos brindar!
Los vasos se levantan casi al mismo tiempo, la mayoría rebosantes de cerveza, otros con refresco y algunos, por el color, parecen esconder algo más fuerte.
—¡Por el Evercrest, que sigue siendo imparable! —proclama Jamie orgulloso.
—¡Por la defensa más sólida del partido! —añade Erik.
—¡Y por el extremo más guapo del equipo! —remata Nathan, lo que provoca carcajadas en la mesa y un «gilipollas» de Noa.
—Y por el que de verdad hace que todo funcione en el campo —interviene Jamie de repente, mirando hacia mí con esa mezcla de respeto y complicidad—. Vamos, Ash, di algo.
Decenas de ojos se giran en mi dirección. No me apetece soltar ningún discurso, pero tampoco voy a quedarme callado con todos esperando.
—¡Por el equipo! —digo sin adornos—. Porque, sin cada uno de vosotros, lo de hoy no habría pasado.
Chocamos las jarras en el centro y la espuma salta por todas partes.
Jamie me zarandea el hombro como si acabara de dar el discurso del año, mientras las carcajadas estallan a mi alrededor.
Yo solo doy un trago largo. La cerveza me golpea la lengua con ese amargor áspero. El líquido frío baja demasiado rápido y me quema el estómago.
Me apoyo contra el respaldo y cierro los ojos un segundo. La música me retumba en las costillas y el calor del local se me pega a la piel. Normalmente me agobiaría, pero esta vez prefiero perderme en este estruendo que volver a escuchar la respiración temblorosa de Talya en mi cabeza.
Creo que ya voy como por la quinta jarra de cerveza y eso, sumado a unos cuantos chupitos que Nathan y Jamie me han puesto por delante y al hecho de que no he probado bocado desde esta mañana, por lo que tengo el estómago completamente vacío, está haciendo que el alcohol empiece a afectarme.
Normalmente esta sensación me causa rechazo.
Odio que la cabeza empiece a darme vueltas y también odio sentir que estoy perdiendo el control.
Pero ahora mismo eso me trae sin cuidado e incluso lo agradezco.
El cosquilleo en las sienes, la ligereza de los músculos y la risa fácil son un respiro comparados con la avalancha de pensamientos que empezaban a aplastarme hace un rato.
En mi mente no paraba de repetirse la imagen de esos ojos dorados anegados en lágrimas, mirándome como si por un segundo hubiera bajado sus defensas y me hubiera dejado entrar en un lugar donde nadie más tiene acceso.
Mierda. Otra vez no.
—Ojalá estuviera aquí Talya —dice Alice de repente, como si hubiera escuchado mis pensamientos—. Se estaría partiendo con vosotros.
—Mamá Monroe la tiene atada en corto —responde Jamie, al que ya se le empieza a trabar un poco la lengua—. Tendremos que ir a verla para que vuelva a confiar en nosotros. Seguimos siendo una buena influencia.
Entonces, Jamie se encoge de hombros y vuelve a dar un trago a la cerveza. Fuerzo una media sonrisa, pero me arde el estómago. Si ellos supieran…
El silencio amenaza con pesar demasiado, pero Owen lo rompe señalando a Harry.
—¡Que alguien le quite la cerveza, que está a punto de empezar el tercer monólogo!
—Esto es importante —dice Harry muy serio—.
Os digo que no hay peor sensación que jugar con las botas mojadas.
Y eso lo aprendí de la peor forma, porque el año pasado, ¿os acordáis del partido contra el Saint Mary’s?
—Apenas nos da tiempo a asentir antes de que siga—.
Pues llovía a cántaros y yo, listo de mí, dejé las botas en la ventana.
Mi padre siempre dice que me huelen los pies, un exagerado.
—Hace un gesto con la mano, como quitándole importancia—.
El caso es que, cuando me las fui a poner, estaban empapadas.
Literal que podía exprimirlas como si fueran una toalla.
—Harry… —suspira Noa, pero él no se calla.
—Total, que jugué así y me salió una ampolla que parecía otro dedo. Y hablando de dedos…, ¿sabíais que el portero suplente del Saint Mary’s se rompió tres el año pasado haciendo snowboard ? —suelta de golpe, como si ambos temas tuvieran alguna relación.
Nathan pone los ojos en blanco y vuelve a centrar su atención en la pelirroja que sigue sobre sus piernas. Por otro lado, Jamie empieza a golpear la mesa mientras estalla en carcajadas. Yo tampoco me puedo contener la risa.
—Tío, lo tuyo es de estudio —suelto—. ¿Cómo pasas de las botas a un portero con dedos rotos?
Las carcajadas vuelven a inundar el lugar y así nos quedamos bastante tiempo. Consigo despejar mi mente y dejar que sean el alcohol y las risas lo que me mantenga a flote. Por primera vez en toda la noche, siento que el nudo en mi estómago empieza a aflojarse del todo.
Hasta que un peso se acomoda sobre mis piernas con total naturalidad.