Si decides quedarte Veintitrés. Talya
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Veintitrés. Talya

Veintitrés

Talya

No sé cuánto tiempo llevo aquí, atrapada entre sus brazos, escuchando el golpeteo acelerado de su corazón contra mi oído. Quizá segundos. Quizá toda la vida.

Me he quedado rígida al principio. Pero después… después me he rendido.

Y ahora estoy escondida en su camiseta, dejando que mis lágrimas se mezclen con el olor a detergente de su ropa, co n ese calor extraño que me hace sentir segura cuando no debería.

No sé en qué momento decidí empezar a hablar. Solo sé que las palabras salieron disparadas demasiado rápidas.

Mi madre ha muerto.

He sido capaz de reconocerlo en voz alta por primera vez.

Y la primera persona en oírlo ha sido Dylan.

¿En qué estaba pensando?

No lo entiendo.

No entiendo por qué he tenido que decirlo justo ahora.

Ni por qué a él.

Quizá mi mente no soportaba más el peso de ese secreto y ha querido liberarse de algún modo.

Y, de entre todas las personas del mundo, le ha tocado a Dylan Ashmore estar presente justo en ese instante.

O quizá, simplemente, es que confío en él más de lo que debería.

«No puedes confiar en él, Talya».

«Eso es un error enorme».

«Ya sabes lo que ocurre cuando lo haces».

El nudo se aprieta aún más en mi garganta. El mismo que me avisa de que acabo de cruzar una línea y que ya no hay manera de retroceder.

Decírselo debería haberme aliviado, y en parte lo ha hecho, pero lo único que siento ahora es miedo.

Como si acabara de poner en sus manos un trozo demasiado frágil de mí y no supiera si va a sostenerlo o a dejarlo caer.

Me aterra lo que eso significa. Al decirlo en voz alta, ese secreto ha dejado de ser solo mío y ahora nos pertenece a los dos.

Aprieto los ojos, intentando recordar qué cara ha puesto cuando lo he dicho. Si se ha sorprendido, si se ha compadecido de mí o si lo va a soltar a la primera de cambio cuando alguien pregunte.

Porque, aunque lo haya reconocido en voz alta, no me siento preparada para que lo sepan todos.

No quiero esas miradas cargadas de lástima ni escuchar cómo bajan la voz cuando paso cerca.

No quiero convertirme en un recordatorio andante de lo frágil que puede ser todo.

Y, sobre todo, no quiero que nadie me haga preguntas.

Si lo saben, me lo recordarán cada vez que me miren, y yo no necesito que nadie me recuerde lo que ya me desgarra cada día.

Si nadie se entera, al menos puedo seguir fingiendo que todo está bien.

Aunque en realidad nada lo esté.

Me froto los ojos con el dorso de la mano, intentando borrar las lágrimas, pero solo consigo esparcir la humedad por mis mejillas. El cansancio me aplasta los hombros como si hubiera corrido kilómetros. Hablar me ha dejado vacía.

Dylan sigue envolviéndome con sus brazos, firme, inamovible.

No me ha soltado ni un segundo. Su barbilla descansa contra mi cabeza y, cada vez que respira, siento el movimiento en mi cabello.

Uno de sus brazos me rodea por los hombros, el otro me sostiene contra su pecho, temiendo que vaya a desvanecerme en cualquier momento.

—Lo siento… —susurro tan bajo que apenas se escucha.

Siento cómo se tensa contra mí y baja un poco la cabeza para poder oírme mejor.

Cuando alzo los ojos, me lo encuentro ahí, demasiado cerca.

Tanto que puedo distinguir cada destello dorado en sus iris verdes.

—¿Por qué? —pregunta en voz baja.

Su respiración roza mi frente y me eriza la piel. El espacio entre los dos parece inexistente.

Intento apartar un mechón húmedo que me molesta en la cara, pero él se me adelanta.

Sus dedos lo recogen con cuidado y lo lleva detrás de mi oreja, rozándome apenas.

El contacto es ligero, casi imperceptible, pero aun así mi cuerpo se tensa, confundido entre la necesidad de retroceder y la incapacidad de hacerlo.

Trago saliva antes de responder:

—Por… por todo esto. —La voz me sale quebrada.

Él no se aparta, sigue sosteniéndome la mirada, tan de cerca que siento que me atraviesa. Su mano sigue suspendida a un lado de mi rostro.

—No tienes que pedir perdón —afirma en voz baja sin apartar los ojos de los míos—. Ni por llorar ni por haber sido capaz de soltarlo todo.

El aire entre nosotros se vuelve denso, eléctrico, como si cada respiración nos perteneciera a los dos.

No sé si es porque sigo atrapada entre sus brazos o porque su voz me envuelve como un refugio al que ya no estoy acostumbrada, pero me descubro a mí misma sin querer apartarme.

En ese momento, un bucle de pensamientos me azota.

«Aléjate, Talya».

«No puedes dejar que siga abrazándote».

«Después, acabarás sufriendo aún más».

Mi mente no para de repetirme que me aleje, que ponga distancia de inmediato. Me está intentando proteger y debería hacerle caso.

Pero otra parte de mí, esa que llevo días intentando silenciar, no quiere moverse.

Llevaba tanto tiempo sin sentirme arropada por alguien que me gustaría quedarme aquí toda la vida.

Había olvidado lo que era esto.

Tener un pecho en el que apoyarse. Unos brazos que no exigen nada a cambio.

Quien debería cumplir esa función, ahora que mamá ya no está, solo sabe tratarme como si fuera una intrusa en su hogar.

El contraste me duele; no debería encontrarme así de bien entre unos brazos que no me pertenecen. Y, sin embargo, aquí estoy, con la piel erizada y sintiéndome segura por primera vez en los últimos tres meses.

Puedo notar cómo su mirada se suaviza, perdiendo cualquier rastro de dureza. Un gesto que me hace sentir demasiado expuesta, porque reconozco esa expresión. Es exactamente la misma lástima de la que tanto intento huir.

—No quiero que… —empiezo a decir aún a centímetros de él—. No quiero que te compadezcas de mí. Yo solo… creo que no podía aguantar más sin hablar de esto con alguien.

Sus cejas se fruncen apenas, la duda en sus ojos revela lo mucho que busca las palabras exactas para convencerme.

—No es compasión, Talya. —Su voz es firme y segura—. Solo creo que nadie debería guardarse algo así para sí mismo todo el tiempo. —Sus palabras me pesan más que el silencio, porque no sé qué responder. No quiero que me vea como alguien roto, pero tampoco puedo negar que sea cierto.

Entonces, su mano se acerca despacio a mi rostro, dudando en el aire un segundo antes de atreverse a tocarme.

Sus dedos rozan apenas mi piel cuando aparta una lágrima silenciosa que empezaba a resbalar por mi mejilla.

Lo hace con una ternura queme hace contener la respiración.

Ese gesto tan simple consigue dejarme sin aire.

Sigue estando tan cerca que, si llegara a inclinarme apenas unos centímetros, podría sentir sus labios rozando los míos.

La idea me golpea tan de repente que me hace estremecer.

Él tampoco se mueve, su mirada sigue fija en la mía.

No sé cuánto tiempo llevamos ahí, mirándonos tan de cerca, pero al final soy yo la que rompe el hechizo en el que parecemos atrapados. Parpadeo, giro el rostro y me escapo de su abrazo.

El crujido del asiento acompaña mi movimiento. Su mano cae despacio, sin hacer ruido, como si nunca hubiera estado envolviéndome.

El calor de su abrazo se extingue al instante y un frío áspero me recorre los brazos. Instintivamente, me los froto, buscando recuperar el calor perdido, pero lo único que consigo es recordar dónde había estado ese calor unos segundos antes.

Me aclaro la garganta intentando recomponerme.

—Debería irme ya. —Mi voz suena más firme de lo que esperaba, aunque no sé si lo digo por convicción o porque necesito poner distancia antes de perderme más en esto.

Dylan frunce el ceño, ha vuelto a acomodarse en el asiento y tiene una mano apoyada en el volante.

—No tienes que volver todavía. —Se humedece los labios—. Podemos ir al Rusty’s con los chicos o… no sé, también podemos quedarnos aquí si lo prefieres.

El corazón me da un vuelco. Cualquiera de esas opciones me parece infinitamente mejor que tener que enfrentarme de nuevo al silencio de esa casa.

Pero sacudo la cabeza obligándome a mantener la distancia y a no empeorar más las cosas.

—Gracias, de verdad —respondo—. Pero, si no vuelvo ahora, será peor.

Veo cómo aprieta la mandíbula, el músculo se tensa con fuerza. Sus dedos tamborilean contra el volante, marcando un ritmo nervioso que no se corresponde con la calma en su voz.

—Entiendo. —Lo dice tan despacio que parece obligado a tragarse todo lo que de verdad querría contestar.

El silencio que sigue es incómodo, distinto al de antes.

—De verdad, no pasa nada —añado, aunque ni siquiera yo misma me lo creo.

Lo veo cerrar los ojos un segundo, inspirar hondo y volver a abrirlos. Entonces se pasa una mano por el pelo, despeinándolo y, sin mirarme, gira la llave del contacto. El zumbido del motor sustituye a nuestras palabras y el coche vuelve a circular por la carretera.

El trayecto que sigue lo hacemos en silencio y se me hace demasiado corto. Apenas parpadeo y ya reconozco mi calle por la ventanilla. El estómago se me encoge en cuanto distingo la silueta de la casa de mis tíos.

Dylan se detiene frente a la acera. El sonido constante del motor sigue llenando el silencio que ninguno de los dos se ha atrevido a romper en todo el camino.

Me quedo mirando la puerta oscura de la casa, con la garganta cerrada. Siento el impulso de abrir la puerta del coche y salir corriendo, pero no hacia el que debería ser mi hogar, sino hacia cualquier otra dirección.

—Talya. —Su voz me obliga a girarme. Tiene los dedos aún aferrados al volante, los nudillos tensos, pero sus ojos están puestos en los míos—. Puedes contar conmigo.

Trago saliva, incapaz de contestar.

Él duda un instante, se humedece los labios de nuevo y su voz baja todavía más cuando añade:

—Si alguna vez no puedes más…, puedes llamarme. A la hora que sea.

Siento mi pecho encogerse.

—Gracias —susurro, apenas audible, temiendo que esa simple palabra pueda quebrarme todavía más.

Sin apartar mis ojos de los suyos, abro la puerta despacio. El aire frío me golpea al salir.

Camino hacia la entrada, pero antes de meter la llave, me sorprendo echando una última mirada hacia atrás.

El coche sigue ahí, con las luces encendidas, y Dylan espera con las manos en el volante y esa expresión contenida que no sé cómo descifrar.

Cuando al fin cierro la puerta tras de mí, sus palabras todavía resuenan en mi cabeza, agarrándose a mí con más fuerza que el silencio de esta casa.

Ojalá las circunstancias fueran otras.

Ojalá pudiera creerlo sin reservas, dejarme caer en lo que me ofrece.

Pero mi vida es la que es.

Así que me aferro al único refugio que conozco: fingir que estoy bien, aunque lo único que quiera sea volver a salir y quedarme con él.