Veintidos. Dylan
Veintidós
Dylan
Estoy verdaderamente jodido.
Yo no suelo quedarme sin palabras, ¿sabes? Se me da bien esto de hablar con chicas y todo eso. Puedo soltar alguna broma estúpida, un comentario ingenioso, incluso improvisar cuando no tengo ni idea de lo que digo.
Pero con Talya Monroe no funciona nada de eso.
Yo debería estar pensando en la victoria, en la fiesta que me espera en el Rusty’s, en cualquier cosa que no sea la chica que tengo sentada a menos de un metro de mí. Pero aquí estoy, intentando no mirarla más de la cuenta y buscando desesperadamente algo que decir.
—¿Sueles ver muchos partidos o lo de hoy ha sido un milagro irrepetible? —acabo soltando al final.
Ella inclina la cabeza y deja escapar una risita suave por la nariz.
—Más bien lo segundo.
—¿Y qué tal? ¿Te ha gustado la experiencia?
—No he entendido nada, realmente. Siempre me ha parecido que el fútbol son solo unos chicos corriendo tras una pelota.
En cuanto las palabras salen de su boca, abre un poco los ojos como si acabara de darse cuenta de lo mal que suena.
—¿Chicos corriendo tras una pelota? —repito, ladeando la cabeza hacia ella—. Guau, vaya forma de destrozar mi deporte.
Talya se tapa la cara y veo cómo empieza a sonrojarse.
—Perdona, no quería decirlo así. A lo que me refiero es a que…, se nota que sabes lo que haces. Me ha gustado veros jugar. Ha sido… emocionante.
—Tranquila, Monroe. —Sonrío. Joder, estoy disfrutando más de la cuenta al verla sonrojarse—. Te perdono. Aunque solo porque al final lo has llamado «emocionante».
—Me he explicado fatal —susurra, apartando la vista hacia la ventana.
—Y tú, ¿qué haces?
—¿Yo?
—Sí. ¿Qué te gusta hacer?
—Bueno…, me gusta hacer muchas cosas. —Se muerde el labio—. Pero, si te refieres al deporte, no practico ninguno. De pequeña hice gimnasia rítmica un par de años y luego mi madre me apuntó a natación.
—¿Y qué tal? ¿Eras buena?
—Normalita —contesta con rapidez—. Nunca destaqué mucho.
No sé por qué, pero esa forma de restarse importancia me incomoda más de la cuenta. Así que insisto.
—¿Y aparte del deporte? ¿Qué te gusta?
Ella se queda un segundo en silencio, pensativa, y entonces suelta con una sonrisa tímida:
—Hala, pues… No lo sé. Me gusta leer.
Asiento sin sorprenderme lo más mínimo.
—Me lo imaginaba. Te pega mucho.
—¿Me pega leer? ¿Cómo sabes a quién le pega y a quién no?
—Pues no lo sé… —Me encojo de hombros—. Supongo que se nota por cómo hablas. Tienes pinta de darle más vueltas a las cosas que la mayoría.
—Vaya análisis. Igual simplemente es que soy rara.
—Lo definiría mejor como interesante — replico, y al decirlo me descubro sonriendo.
Talya aprieta los labios y baja la mirada hacia sus manos, que no paran de juguetear con la manga de la chaqueta. En vez de continuar con la conversación, cambia de tema.
—La pequeña que estaba allí, ¿era tu hermana?
—¿Elsie? —Sonrío al pensar en ella—. Sí, tiene cuatro años y más energía de la que yo podría tener en tres vidas.
Ella sonríe.
—Es muy guapa, se parece mucho a… —Parpadea rápidamente, dándose cuenta de lo que estaba a punto de decir. Se muerde el labio y sacude la cabeza—. Bueno, se parece mucho a tu madre, creo.
Entorno los ojos divertido.
—¿Ibas a decir que se parece mucho a mí?
—¿Qué? —Sus mejillas se encienden mientras me lanza una mirada rápida casi de súplica—. Sí, bueno…, también. O sea…
—¿Se parece mucho a mí porque yo también soy muy guapo? —Arqueo una ceja, disfrutando demasiado de la situación.
Talya lanza una especie de risa nerviosa, mezclada con incredulidad y vergüenza.
—No era eso lo que quería decir. A ver, que tú tampoco estás nada mal, pero…
La carcajada se me escapa sin poder evitarlo. Hay algo adictivo en verla perder esa compostura que tanto intenta mantener.
—Relájate. Solo estaba bromeando.
—Pues no hace gracia.
Mientras habla, dirige la mirada hacia la ventanilla. Pero la curva diminuta en la comisura de sus labios me dice lo contrario.
—¿Tú tienes hermanos? —pregunto. No quiero terminar la conversación todavía.
—No. —Niega despacio—. Soy hija única. Me habría encantado, pero… —se encoge de hombros— no se pudo.
Su tono cambia en la última palabra. Algo en su voz se afloja, como si llevara demasiado peso escondido ahí dentro.
Me quedo unos segundos en silencio, sin saber si decir algo o no.
—Yo no me imagino sin Elsie —acabo soltando al final. Me resulta inevitable pensar en ello—. Es pequeña, pero llena la casa como si fuera diez veces más grande.
Talya sonríe imaginando la escena. Luego vuelve a bajar la mirada.
—Debe de ser bonito… tener a alguien que te quiera así, sin condiciones. Seguro que te adora tanto como tú a ella.
Esa frase me hace sonreír al pensar que lleva razón, pero a la vez hay un hueco en su mirada, un vacío que me remueve por dentro y que me entran ganas de tapar como sea.
—Oye… —comienzo despacio sin apartar la vista del asfalto—. No tienes por qué decirme nada si no quieres, ¿vale?
Ella me mira con un gesto confuso.
Respiro hondo.
—Es por tus padres, ¿verdad? —añado al fin.
Talya gira el rostro hacia mí, claramente confundida.
—¿Qué? ¿El qué?
—Pues lo de no poder venir. Lo de que siempre pongas excusas. —Trago saliva, consciente de que puedo estar cruzando una línea—. Es por ellos, ¿no?
No me responde. Se queda quieta, demasiado quieta. El sonido de su respiración empieza a temblar.
Cuando me atrevo a mirarla de reojo, veo que los ojos le brillan, cargados de lágrimas que no está dispuesta a dejar caer delante de mí.
«No tendrías que haber sacado el tema».
«No quiere hablar de eso contigo, joder».
Mi mente habla por mí, recordándome que no paro de cagarla.
El nudo en la garganta me aprieta hasta doler. Quiero decirle que no pasa nada, que no tiene que explicarme nada si no quiere. Quiero estirar la mano y rozar la suya, aunque sea un segundo, demostrarle que no está sola.
Pero me quedo paralizado, con los dedos tensos en el volante y el corazón martilleándome en el pecho.
Por el rabillo del ojo, veo que se lleva una mano a la mejilla, secando una lágrima que está a punto de caer. Su respiración se quiebra una vez más y entonces es cuando cedo.
Giro el coche hacia el arcén y aparco de golpe, incapaz de soportar seguir conduciendo como si nada.
—Talya… —Mi voz sale más áspera de lo que pretendía—. ¿Qué pasa?
Ella se encoge sobre el asiento sin mirarme. Está tan pegada a la puerta que creo que, aunque estirara el brazo, no llegaría a tocarla.
—Vámonos, por favor. ¿Por qué paras?
—Estás llorando, joder. —El nudo en mi garganta me quema—. ¿Es por mi culpa?
—No, es solo que… —Traga saliva, la voz le sale entrecortada—. No es tu culpa, no pasa nada. Lo siento. Vámonos.
—¿No pasa nada? —suelto con algo de rabia contenida—. Entonces ¿por qué lloras?
Ella aprieta los puños sobre las piernas, intentando retener el temblor de su cuerpo, pero, en cuanto levanta la cabeza, la veo deshacerse. Los ojos ahora inundados, la respiración entrecortada.
—Mierda… —murmuro. Joder, me siento un completo inútil—. Talya, puedes decirme qué está pasando. Puedes confiar en mí.
—No puedo. —Sacude la cabeza con fuerza—. No puedo confiar en ti, Dylan. No puedo confiar en nadie. Te prometo que no puedo.
Sus palabras me atraviesan como un puñal. Me quedo agarrado al volante, sin saber qué hacer con las manos ni con la puta impotencia que siento al verla así y no poder ayudarla.
—¿Te están haciendo daño? —pregunto al borde del pánico—. ¿Tus padres están haciéndote daño?
Ella me mira, al fin, con los ojos muy rojos y llenos de tristeza.
—¿Qué? ¡No!
Estoy haciendo mil suposiciones y ninguna me calma. Mi cabeza va a cien por hora mientras imagino escenarios que me revuelven el estómago. Cualquier mierda que pueda justificar por qué tiene tanto miedo de hablar.
—Por favor. —Mi voz sale quebrada, ni siquiera suena como la mía—. Quiero entenderlo.
Ella niega. Una. Dos veces.
Las lágrimas están cayendo al fin sin ningún control. Siento una jodida tentación de tocarla, de cogerle las manos para detener ese temblor.
Joder, quiero abrazarla.
Quiero prometerle que lo que sea que le está pasando se arreglará. Quiero prometerle que va a estar bien.
—Mamá… —murmura de repente entre sollozos.
—¿Tu madre? —repito con cuidado—. ¿Te ha hecho algo? ¿Te está haciendo algo?
Talya niega con la cabeza, ahogada en lágrimas.
—No está. Ella… se ha ido.
—¿Se ha ido? —Frunzo el ceño intentando entender—. ¿Cómo que se ha ido? ¿De casa?
Ella vuelve a negar. Aprieta los ojos con fuerza, como si cada palabra le costara una batalla entera.
—Se ha ido. — Cierra los ojos aún más fuerte, como si estar diciendo esas palabras en voz alta terminaran de romperla del todo—. Ya no está aquí, Dylan. No va a estar nunca más. Me ha dejado sola .
Creo que me he quedado sin respiración. Estoy mirándola como un gilipollas sin saber qué decir.
«Se ha ido».
«No va a estar nunca más».
¿Su madre ha muerto? La idea me golpea con violencia. Ella está llorando por su madre porque… porque ya no la tiene.
Y yo preguntándole si estaba haciéndole daño o si se había ido de casa como un auténtico imbécil.
Me estoy mordiendo el labio con tanta fuerza que casi me sangra, intentando encontrar las palabras adecuadas.
Pero no existen las palabras adecuadas para arreglar esto.
—Talya… —susurro—. Lo siento, joder. Yo… no tenía ni idea.
Ella niega despacio con el rostro aún empapado y la mirada clavada en el parabrisas.
—Nadie lo sabe. —Su voz se parte en mil trozos—.
No he sido capaz de admitirlo hasta ahora.
—Se cubre la boca con una mano para ahogar otro sollozo y aprieta los ojos con tanta fuerza que, si pudiera, desaparecería dentro de sí misma—.
Todo esto es horrible, Dylan. Y además no paro de mentir.
Lo hago todo el tiempo porque no soy capaz de reconocer que mi madre me ha dejado sola.
Me congelo un instante. Nadie lo sabe. Eso quiere decir que soy la primera persona en enterarse.
Por eso siempre está poniendo excusas y por eso titubea cada vez que habla de «su madre».
Porque no existe ninguna madre en realidad.
Las piezas comienzan a encajar en mi cabeza poco a poco, aunque hay algo que se me escapa.
—Pero no estás sola, ¿no? —pregunto, esperando que me diga que no, que en realidad vive con su padre o con algún familiar que la trate tan bien como se merece—. ¿Lo estás?
—Yo… Tuve que venir a vivir con mis tíos. Pero me odian, soy una carga para ellos. No soportan que esté aquí.
—No digas eso… —Reprimo las ganas de limpiarle una lágrima que amenaza con caer en el asiento—. Nadie que te tenga cerca podría odiarte.
—Es la verdad, Dylan. Lo sé. Vivían solos y ahora tienen que hacerse cargo de mí. Soy una molestia.
—¿Fueron ellos los que te dejaron fuera la otra noche?
Ella asiente bajando la cabeza.
La rabia me sube por el pecho en forma de calor, mezclado con una impotencia que me hace apretar el volante hasta que me crujen los nudillos.
—No me jodas —escupo más para mí que para ella—. ¿Hace cuánto que pasó? Lo de… tu madre.
No sé a qué viene esa pregunta, pero necesito entender de alguna manera cómo cojones pueden tratarla así después de lo que ha perdido.
—Fue a finales de agosto —responde mordiéndose el labio.
De eso no han pasado ni tres meses. No hace ni tres malditos meses que ha perdido a su madre. Y ahora tiene que cargar con todo ese dolor sola. Mientras sus tíos le hacen la vida imposible.
Se supone que deberían ayudarla, sostenerla, darle un puto respiro. Joder, tiene dieciséis años y acaba de perder a su madre. ¿No hay nadie más en su familia aparte de esos cabrones?
Mierda, ahora mismo me vienen a la cabeza muchísimas preguntas.
Sin poder aguantarme ni un segundo más, me desabrocho el cinturón.
Necesito darle un abrazo e intentar tranquilizarla de alguna manera.
Así que lo hago. Me inclino sobre la palanca de cambios, esquivándola como puedo, y la atraigo contra mi pecho. Ella se queda rígida, noto que aguanta la respiración.
Pero después, con las manos aún a los lados, me deja abrazarla. Se derrumba contra mi camiseta y solloza como si por fin hubiera dejado de luchar contra ello.
Joder, no sé cómo ha podido aguantar tanto tiempo sin hablar de esto con nadie.
Ni siquiera puedo imaginarme el dolor que debe de sentir.
La aprieto con suavidad, no demasiado fuerte para no hacerle daño. El volante me golpea la espalda. Esta posición es incómoda de cojones, pero me da igual.
Lo único que me importa en este momento es que ya no tiene por qué volver a llorar sola.